Jul 30 2009
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Opinión

Teódulo López Meléndez / no polaridad o declive

La pluradidad en materia de interpretaciones, miradas, concepciones –ideas, en suma– enseña los caminos para descubrir las fuezas que inciden en –y a veces determinan– los movimentos presentes en la acción filosófica, social y estrictamente política (el asunto del poder) que juegan el enrevesado ajedrez contemporáneo. De la discusión surge la luz –viejo apotegma–, pero hay que tener los ojos abiertos. He aquí un texto que acaso precise puntualizaciones y definiciones; es decir: discusión.

La obviedad es que el mundo fue bipolar hasta la caída del muro de Berlín. La obviedad es que el mundo fue unipolar en tiempos remotos. De lo primero, citemos a Estados Unidos y a la Unión Soviética. De lo segundo, a Roma, para no involucrarnos en un listado extenso.

Un mundo multipolar indica la existencia de muchas potencias, cada una con su propia área de influencia y autosustentable para resolverse.

Reclamar un mundo multipolar parece un absurdo ante la realidad de los tiempos presentes cuando todo parece indicar una evolución hacia un mundo no polar. Uno donde hay actores varios y no necesariamente Estados. En la actual geopolítica de este continente hay una situación no polar, dado que Brasil no puede dirigir el subcontinente, a pesar de su influencia creciente de potencia que emerge. Menos Venezuela, limitada a pescar algunos clientes ansiosos de petróleo barato.

De lo que muchos no se han dado cuenta en el caso Honduras es que por vez primera flaquea ostensiblemente la influencia de Estados Unidos en la región. Apartando o eliminando la verborrea de una izquierda sin discurso, o con uno repetitivo y sesentoso, lo cierto es que los norteamericanos no participaron en la defenestración del ridículo hombre del sombrero y, por el contrario, ejercieron todas las presiones para evitar que el Congreso lo destituyese. La pérdida de influencia radica en que los militares actuaron por encima del embajador gringo, una especie de pretendido procónsul en Tegucigalpa. Tal desobediencia es lo que marca la nueva situación latinoamericana. Recalquemos, pues, que ahora los militares actúan contra la opinión de Washington.

Obama ha renunciado a la línea de la superioridad militar para ejercer la vigencia del imperio, comprendiendo la situación no polar del mundo y recurriendo al multilateralismo, como en el caso Honduras o en los entrelineados de sus discursos, por ejemplo,  en Estambul y El Cairo.

De allí su posición de respaldar a Zelaya, caso latinoamericano, y procurar lavarse la vieja cara estadounidense de estar detrás de todo golpe de Estado en América Latina. A ello deberían ayudarlo los izquierdistas trasnochados y no empeñarse en un lenguaje absolutamente falso y desquiciado de estar acusándolo de complicidad o ingerencia en lo sucedido en Honduras.

La izquierda ebria no entiende la nueva política exterior de Estados Unidos, independientemente de si ella es válida o no, tanto para el propio actor como para el resto del mundo. Washington quiere asociaciones y para ello se hace tolerante con las discrepancias y se plantea las nuevas formas de ejercicio de su tradicional liderazgo.

El asunto de fondo es si el ejercicio de tal política lo debilitará o no, si dará resultados o no, si marcará el inicio del declive del imperio. No falta quien diga, cínicamente, que un imperio que no ejerce su poderío entra en el tobogán de la historia.

Estados Unidos se torna pragmático y de entrada ello no es malo, quizás sólo para quienes aún sueñan con su participación en el derrocamiento de gobiernos izquierdistas en nuestro continente. Su pérdida de influencia aquí es notoria, y no me refiero a la existencia de algunos gobiernos contestatarios. Me refiero a la disolución de su influencia directa, como ahora lo vemos solicitando los servicios de Brasil para aplacar la intemperancia del dictador venezolano frente a Colombia, a pesar de que el malabarista que es Lula alce su voz contra las bases gringas en ese país. Esta última acción la hace Brasil porque pretende exclusividad policial en este subcontinente.

Resulta claro que no se podía alargar la política exterior de Bush, pero el cambio implica riesgos, en primer lugar para el propio Obama quien pudiera verse derrotado en las próximas elecciones presidenciales si los norteamericanos perciben una falta de oxígeno en su preeminencia y para los propios Estados Unidos inmerso en un declive que se torne indetenible.

Es cierto que Obama puede verse desafiado, en algún momento o circunstancia, a usar la fuerza y nadie puede tener la menor duda que la usaría, pero ello marcaría el fin de su “política de inteligencia, de cooperación, de multilateralismo”. Contribuye a la sensación de declive la crisis económica que se alargará algún tiempo a pesar de los signos de freno que muestra. También es cierto que nadie llega al gobierno sabiéndolo todo y que hay un período de natural inmadurez, sólo que para la inmadurez hay poco tiempo.

Lo cierto es que la influencia norteamericana sobre su “patio trasero” –detestable expresión heredada desde tiempos de Teodoro Roosevelt y acrecentada en el mundo bipolar– está más que disminuida. Obama se inclina por la vieja tesis de Henry Kissinger que indica que para donde vaya Brasil irá el subcontinente, tesis, en mi opinión, inválida.

No marchamos –insisto– hacia un mundo multipolar donde Brasil solo esté en capacidad de imponer criterios –aunque si, es obvio, de ejercer influencia–. Marchamos hacia un mundo no polar donde los llamados imperios pretenderán ser uno más en el juego, lo que, de hecho, marca el fin de la hegemonía estadounidense y donde los países emergentes se necesitarán unos a otros para resolver los conflictos, esto es, no serán autosuficientes, lo que de entrada prueba la inexistencia de la multiplicidad de polos.

Los pequeños países como Venezuela, destruidos sus aparatos productivos, desarrollados métodos alternativos de energía, en metástasis el cáncer del populismo, quedarán como bazas a jugar entre quienes mantengan su influencia sobre el devenir del mundo.

* Escritor.
 

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