Ocho académicos, profesores e investigadores de distintos países europeos descartan una ruptura «instantánea» de la alianza transatlántica, del mismo modo que consideran poco probable una «guerra» por Groenlandia, la isla más grande del mundo.
«Trump es un magnate inmobiliario, nada hace pensar que sus intereses personales en la isla coincidan con los de EEUU. Este argumento empieza a moverse entre algunos senadores de su partido», dice Steven Blockmans, investigador principal del Centro de Estudios Políticos Europeos de Bruselas. «Washington podría desvincularse de la OTAN, pero no lo hace porque la utiliza para amenazar a Europa», añade el catedrático José Antonio Sanahuja, que destaca que «muchos países estarían dispuestos a casi cualquier cosa» antes de que los estadounidenses «abandonaran Europa» en pleno conflicto con Rusia.

«¡Necesitamos Groenlandia! Es muy estratégica en estos momentos. (…) Está rodeada de barcos rusos y chinos por todas partes». Donald Trump lleva meses, incluso años, tanteando con la cláusula de defensa mutua de la OTAN. El magnate sueña con anexionar la isla más grande del mundo y no descarta utilizar la vía militar para saciar sus ansias imperialistas.
«Vamos a hacer algo, por las buenas o por las malas». La excusa vuelve a ser la de la «seguridad nacional», una excusa «peregrina» y «falaz», según los ocho expertos en geopolítica y relaciones internacionales consultados por este diario. ¿Cómo afectaría un movimiento de estas dimensiones a la OTAN? Trump ya reconoce que «podría ser un dilema» tener que elegir entre la colonización del Ártico y la Alianza del Atlántico Norte.
Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, como lo son las Islas Feroe. El Gobierno de la isla controla sus propios recursos naturales y la administración de justicia. La política exterior la gestiona, sin embargo, Copenhague. Y no de la manera en que lo haría Donald Trump.. «Dinamarca aumentó la seguridad de Groenlandia, enviaron un trineo de perros más», bromeó recientemente el líder de la Casa Blanca. «El hecho de que desembarcaran allí hace 500 años no significa que sean dueños de esa tierra», reiteró este mismo viernes. Las mofas del magnate enfadaron a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen.
«Si Estados Unidos decide atacar militarmente a otro país de la OTAN, entonces todo se detiene, también la OTAN», denunció la mandataria el pasado martes. Las autoridades groenlandesas se han pronunciado en los mismos términos: «Basta de presiones, insinuaciones y fantasías sobre la anexión». ¿Qué planes tiene el trumpismo para Groenlandia? ¿Cómo reciben estas amenazas los países europeos? ¿Y qué pasa con la OTAN?
Las injerencias en Groenlandia
Trump defiende que necesita la isla por motivos de «seguridad nacional». La postura parece firme, inamovible. Los fines expansionistas vienen expresamente recogidos en su plan de seguridad nacional. «Estados Unidos está reclamando parte del territorio de uno de sus aliados. Trump ha llegado tan lejos con sus amenazas que es poco probable que se detenga sin obtener nada a cambio», arranca Hanna Ojanen, experta en seguridad europea y profesora de relaciones internacionales en la Universidad de Tampere (Finlandia). El magnate aseguró que «no le importan las restricciones impuestas por el derecho internacional» y considera que la isla está en su «esfera de influencia».
Mira fundamentalmente «la cantidad skignificativa de elemtos crìticos de la tierra que posee», señala Harri Mikkola, investigador especializado en política exterior y seguridad de la región ártica en el Instituto Finlandés de Asuntos Internacionales (FIIA). Esto impregna todos sus movimientos de una incertidumbre cuando menos «peligrosa».
Estados Unidos puede promover en un plazo relativamente corto un referéndum en Groenlandia
La posición actual consiste en presionar a todos los actores implicados para «ganar influencia» en la «mesa de negociaciones», pero las fuentes que han hablado con Público no tienen claro que la idea de anexionar Groenlandia guste realmente a los estadounidenses, ni siquiera a todos los votantes republicanos. «Trump es un magnate inmobiliario, nada hace pensar que sus intereses personales en la isla coincidan con los de Estados Unidos. Esta línea argumental empieza a moverse entre algunos senadores influyentes de su propio partido. Groenlandia no tiene sentido estratègico para Washington», continúa Steven Blockmans, investigador principal del Centro de Estudios Políticos Europeos (CEPS) de Bruselas.

Esta es una lógica que también comparte José Antonio Sanahuja, catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y autor de La cumbre de la OTAN y la crisis del atlantismo.
«Estados Unidos no se va a meter en una guerra, mucho menos con aliados. Esto no quiere decir que se descarte la posibilidad de una intervención armada en Groenlandia, pero todo se enmarca más bien en una política performativa que se plantea en términos de inevitabilidad para Europa», desliza el profesor.
«La OTAN se verá más o menos afectada en función de la forma en la que se materialice esa hipotética anexión: no es lo mismo hacerlo de manera negociada y de acuerdo con la población local que utilizar la vía militar. El compromiso norteamericano con sus aliados europeos queda en cualquier caso muy en entredicho», añade Félix Arteaga, investigador principal de seguridad y defensa del Real Instituto Elcano.

Esta eventual «negociación» también genera dudas en el plano académico, toda vez que hablamos de un país intentando incidir en el rumbo político de otro –ambos, miembros de la misma organización–. Los expertos apuntan aquí a un posible referéndum de autodeterminación, que sería el segundo en menos de veinte años para los habitantes de Groenlandia.
«Estados Unidos puede promover en un plazo relativamente corto ese referéndum e incidir con ofertas económicas, desinformación y otros instrumentos para conseguir un resultado favorable a la independencia. Lo haría para establecer una nueva relación con la isla preservando su soberanía, pero manteniéndola en una posición subordinada, sobre todo en materia de defensa y recursos naturales», señala José Antonio Sanahuja.
Las elites atlantistas europeas no quieren oír hablar del enfrentamiento con Estados Unidos
Las encuestas más recientes juegan a favor de la Casa Blanca: siete de cada diez groenlandeses votarían a favor de su independencia, según un sondeo de la demoscópica Verian. El 85% de los habitantes rechazarían, eso sí, la integración del territorio en el mapa de Estados Unidos. Las autoridades de la isla han emitido un comunicado a última hora de este viernes reivindicando su derecho a «decidir sobre el futuro del país», sin «retrasos o interferencias» de terceros.
«Las presiones pueden ser cuestionables, pero están a la orden del día. Lo que realmente perturbaría la relación transatlántica sería el uso de la fuerza para tomar el poder», insiste Niels Byrjalsen, investigador en el Centro de Estudios Militares de la Universidad de Copenhague.
Europa se resiste a dar un golpe sobre la mesa
La respuesta de los países europeos a las amenazas estadounidenses tampoco ha pasado desapercibida. Los expertos consultados por este medio la definen como «lenta» y «fragmentada», incluso «fría». Dinamarca ha tardado en incluir este asunto en la agenda europea. El país defiende no obstante la soberanía de Groenlandia, una postura que también han respaldado esta semana Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia.
«El panorama más allá de los países nórdicos y algunas otras excepciones (como España) sigue siendo confuso, todavía son muchos los dirigentes que siguen reivindicando el apoyo de Washington a la seguridad de Europa», subraya la finlandesa Hanna Ojanen. ¿Por qué es tan tibia la postura de algunas capitales?
La estrategia de seguridad nacional de los estadounidenses, eso sí, relega el viejo continente a una posición casi anecdótica. El desinterés salta a la vista. Bruselas, sin embargo, se resiste a dar un golpe sobre la mesa, como piden casi todas las voces que han respondido a las preguntas.
«Europa sigue tolerando los movimientos del trumpismo porque carece de una alternativa sólida a corto plazo, especialmente en el contexto de una guerra con Ucrania», matiza el danés Niels Byrjalsen. «Los europeos deberían empezar a prepararse para lo peor y detallar un plan de posibles represalias ante las eventuales agresiones de Estados Unidos: desde sanciones individuales a miembros del Gobierno de la Casa Blanca hasta restricciones en la compra de deuda americana o en el mercado único de la UE», sostiene Héctor Sánchez Margalef, investigador principal del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB).
«Bruselas no puede seguir en silencio y someterse de esta manera al acoso de Trump. Las amenazas de apoderarse del territorio de un aliado son incompatibles con la lógica fundamental de la OTAN», insiste Steven Blockmans.
¿La OTAN todavía tiene sentido?
La OTAN es actualmente responsable de la defensa de Groenlandia. Esto hace que una posible incursión de tropas estadounidenses en la isla atente contra los principios rectores de la organización. Los expertos que han hablado con Público no creen que esto suceda y, por tanto, tampoco contemplan que la alianza pueda llegar a romperse, al menos de forma «inmediata». Aseguran, eso sí, que su razón de ser quedaría fuertemente tocada.
«Lo que cada país miembro tiene que ver es qué gana y qué pierde si abandona la OTAN. La alianza pasaría de perseguir una defensa colectiva a practicar una defensa discriminada, pasaría de defender valores a defender intereses», advierte Félix Arteaga. Los miembros de la organización tienen supuestamente un compromiso para resolver cualquier disputa internacional por medios pacíficos y abstenerse del uso de la fuerza en sus relaciones, de acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas.
La confianza de los estadounidenses como garante de seguridad se ha visto mermada, pero las funciones críticas de nuestras sociedades dependen de Washington
Steven Blockmans cree que «es poco probable que una acción estadounidense contra Groenlandia pueda suponer la muerte instantánea de la OTAN», sobre todo, mientras en muchas capitales se mantenga viva la creencia de que «a corto plazo puede haber un cambio en el Gobierno de la Casa Blanca y, por tanto, en la política exterior de Estados Unidos».
El investigador del CEPS añade: «A los aliados europeos no les compensaría declarar el fin de sus acuerdos[por lo que resta del mandato de Trump], aunque el movimiento pudiera calificarse a posteriori como algo imperdonable». Los expertos consideran además que si alguien llegara a poner en duda la alianza transatlántica serían los estadounidenses, «mucho más que los europeos». ¿Cuáles son los motivos?

«Estados Unidos podría desvincularse de la organización [y de la guerra de Ucrania], pero no lo hace porque la utiliza para amenazar a Europa. Washington presiona desde la alianza para que los países europeos aumenten el gasto en defensa, pero no a cualquier precio, sino comprándole armas a la industria estadounidense; también lo hace para conseguir que se dobleguen ante sus exigencias comerciales y lo hará para acabar con la regulación digital de Bruselas», reconoce el catedrático José Antonio Sanahuja.
La falta de una alternativa seria en el escenario europeo dificulta además la determinación de muchos dirigentes contra el trumpismo y ralentiza su posible salida de los tratados de la organización. «No tenemos en el mercado demasiadas opciones para sustituir a la OTAN. La confianza de los estadounidenses como garante de seguridad y protección se ha visto mermada, pero las funciones críticas de nuestras sociedades dependen de las tecnologías y los procesos de Washington», señala Harri Mikkola, investigador del FIIA.
«Los aliados europeos tienen que asegurarse antes de que pueden seguir cooperando sin la participación de Estados Unidos», añade Hanna Ojanen.
Las incoherencias son, con todo, fácilmente identificables. Así lo resumen los expertos al ser
preguntados por Público sobre el futuro de la OTAN. «La cuestión tiene truco, porque no tiene sentido que el socio principal de la organización suponga a la vez su principal amenaza. La pata europea de la alianza tiene que aprovechar esta situación para defender sus intereses por encima de las ansias imperialistas de Trump», insiste Héctor Sánchez Margalef.
«Los países europeos tienen que asumir que el mundo ha cambiado, tienen que asumir su soledad estratégica y desplegar luego una verdadera red de alianzas con otros actores, incluido el Sur Global», sentencia José Antonio Sanahuja, porque, mientras esto no ocurra, «Trump va a seguir utilizando la alianza para chantajear a Europa».

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