Feb 11 2008
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Economía

TUDO É UM / TODO ES UNO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Inteligência deriva de intro legere, ser capaz de ler dentro, de captar com acuidade o que há atrás das aparências, de alcançar a essência, pois todos sabemos ou ao menos intuímos que a realidade percebida por nossos sentidos é apenas a ponta do iceberg.

Há uma íntima conexão entre todas as coisas. O primeiro a percebê-la foi Tales de Mileto, filósofo grego do século VI a.C. Suas obras não chegaram até nós, mas há quem lhe atribua a autoria do Guia de navegação pelas estrelas, suspeita que ele divide com Focos de Samos.

As idéias de Tales de Mileto nos são conhecidas graças aos comentários de Platão, Aristóteles, Teofrato, Simplício, Diógenes e Eudemo. Para aquele que é considerado o primeiro filósofo, «todas as coisas estão cheias de deuses.» Há uma sacralidade inerente a todo o criado. Proposição que, com certeza, era conhecida pelo apóstolo Paulo, que a cristianizou ao afirmar: «Ele não está longe de cada um de nós, pois nele vivemos, nos movemos e existimos, como alguns dentre os poetas de vocês disseram: ‘Somos da raça do próprio Deus'» (Atos dos Apóstolos, 17, 27-28).

Tales reconhecia na água a matéria-prima da natureza, o sustentáculo da Terra. Não se equivocou de todo, se considerarmos que a fórmula da água – H2O – indica que ela se compõe de duas moléculas de hidrogênio e uma de oxigênio. E, na escala atômica, o hidrogênio está na origem de toda matéria.

Encantado com as idéias de Tales, Nietzsche sublinha que a água, como «útero materno de todas as coisas», nos remete à origem do Universo, e a proposição contém «em gérmen a idéia de que Tudo é Um.» No Gênesis, o autor bíblico inclui a água como elemento primordial, citado já no segundo versículo: «Javé pairava sobre as águas» (1,2).

No século XX, a ciência comprovou que tudo que existe pré-existe, subsiste e coexiste. Todos os seres da natureza, incluídos o homem e a mulher, são feitos dos mesmos 92 átomos resultantes da explosão inicial do Universo, o Big Bang, há cerca de 14 bilhões de anos.

Átomos e moléculas de nosso organismo sabem contar a história do que foram antes, desde que a vida emergiu do fundo dos mares e evoluiu através dos reinos mineral, vegetal e animal. Por isso, viver é dar um beijo na boca da natureza. Nossas células se alimentam do gás que ingerimos pela boca e nariz, o oxigênio, produzido pelos plânctons e pelas plantas; ao expirar retribuímos a plânctons e plantas o nutriente que os sustenta, o gás carbônico.

Nossa vida se mantém graças à capacidade de reciclar a natureza num gesto cotidianamente eucarístico. Os alimentos ingeridos no almoço eram vegetais que estavam vivos e morreram para nos dar vida, na forma de salada; grãos que estavam vivos, o arroz e o feijão, morreram para nos dar vida; animais que estavam vivos – a carne de peixe, frango ou gado – morreram para nos dar vida.

Teilhard de Chardin afirma que todas as coisas são impelidas rumo à completa sinergia, o Ponto Ômega, que a fé identifica com Cristo Ressuscitado, no qual no futuro seremos todos unificados, sem, no entanto, perder a nossa individualidade. Mistério que só encontra analogia na união da Santíssima Trindade, três pessoas distintas em eterna comunhão amorosa.

Se fôssemos capazes de seguir o conselho de Platão e perceber essa unidade entre todos os seres, a cosmofraternura que nos une, a energia vital que faz da vida esse maravilhoso milagre, com certeza, seríamos menos insensíveis perante a miserável situação em que sobrevivem tantos de nossos semelhantes.

TODO ES UNO

Inteligencia deriva de leer el interior, ser capaz de leer dentro, de captar con precisión lo que hay detrás de las apariencias, de alcanzar la esencia, pues todos sabemos o al menos intuimos que la realidad percibida por nuestros sentidos es apenas la punta del iceberg.

Se da una íntima conexión entre todas las cosas. El primero que lo percibió fue Tales de Mileto, filósofo griego del siglo 6 a.C. Sus obras no han llegado hasta nosotros, pero hay quien le atribuye la autoría de la Guía de navegación por las estrellas, atribución que comparte con Focos de Samos.

Las ideas de Tales de Mileto nos son conocidas gracias a los comentarios de Platón, Aristóteles, Teofrato, Simplicio, Diógenes y Eudemo. Para quien es considerado el primer filósofo, «todas las cosas están llenas de dioses». Hay una sacralizad inherente a todo lo creado. Proposición que, con seguridad, era conocida por el apóstol Pablo, quien la cristianizó al afirmar: «Él no está lejos de cada uno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos, como algunos poetas de ustedes dijeron: ‘Somos de la raza del mismo Dios’» (Hechos de los Apóstoles 17, 27-28).

Tales reconocía en el agua la materia prima de la naturaleza, el sostén de la Tierra. No se equivocó del todo, si consideramos que la fórmula del agua -H2O- indica que se compone de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno; y que en la escala atómica el hidrógeno está en el origen de toda materia.

Encantado con las ideas de Tales, Nietzsche subraya que el agua, como «útero materno de todas las cosas», nos remite al origen del Universo, y la proposición contiene «en germen la idea de que Todo es Uno». En el Génesis el autor bíblico incluyó el agua como elemento primordial, citado ya en el segundo versículo: «Yavé se mecía sobre las aguas».

En el siglo 20 la ciencia comprobó que todo lo que existe preexiste, subsiste y coexiste. Todos los seres de la naturaleza, incluidos el hombre y la mujer, están hechos de los mismos 92 átomos resultantes de la explosión inicial del Universo, el Big Bang, hace unos 14 mil millones de años.

Los átomos y las moléculas de nuestro organismo saben contar la historia de lo que fueron antes, desde que la vida emergió del fondo de los mares y evolucionó a través de los reinos mineral, vegetal y animal. Por eso, vivir es dar un beso en la boca a la naturaleza. Nuestras células se alimentan del gas que ingerimos por la boca y la nariz, el oxígeno, producido por los planctons y por las plantas; al espirar regresamos a los planctons y a las plantas el nutriente que los sustenta, el gas carbónico.

Nuestra vida se mantiene gracias a la capacidad de reciclar la naturaleza en un gesto cotidianamente eucarístico. Los alimentos ingeridos en el almuerzo eran vegetales que estaban vivos y murieron para darnos vida, en forma de ensalada; granos que estaban vivos, el arroz y el frijol, que murieron para darnos vida; animales que estaban vivos -la carne de pescado, cerdo o res- y murieron para darnos vida.

Teilhard de Chardin afirma que todas las cosas son impelidas hacia la completa sinergia, el Punto Omega, que la fe identifica con Cristo Resucitado, en el cual en el futuro todos nosotros seremos unificados, aunque sin perder nuestra individualidad. Misterio que sólo encuentra analogía en la unión de la Santísima Trinidad, tres personas distintas en eterna comunión amorosa.

Si fuéramos capaces de seguir el consejo de Platón y percibir esa unidad entre todos los seres, la cosmofraternura que nos une, la energía vital que hace de la vida ese maravilloso milagro, ciertamente seríamos menos insensibles ante la miserable situación en que sobreviven tantos de nuestros semejantes.

(Traducción de J.L. Burguet)

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* Fray dominico. Escritor.

Publicado en ADITAL. Agencia de noticias de América Latina y el Caribe.
www.adital.com.br.

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