Sep 19 2004
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Sociedad

Un poeta de la tierra de nunca jamás

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Conocí a Jorge Teillier en el refugio Ramón López Velarde, de la Sociedad de Escritores de Chile, en el invierno de 1977. Un bar que reúne a escritores, que vende vino y empanadas fritas en el subterráneo de esta casa que consiguió Pablo Neruda para el gremio durante el gobierno del presidente Jorge Alessandri (1958-1964), situada en pleno centro de Santiago y cuya vajilla fue donada por el gobierno mexicano; razón por la cual el refugio lleva el nombre del poeta López Velarde -y sin duda, también por aquella preferencia de Neruda-.

Él, Teillier, tenía cuarenta y un años y yo recién veintitrés. Hacía pocos meses había publicado mi primer libro. Una mutua empatía hizo fácil el desarrollo de una amistad que se extendió hasta el día de su muerte, en abril de 1996.

Conocí a Jorge Teillier lo suficiente como para referirme a su origen, su entorno, sus influencias, su postura intelectual, sus amistades y su obra; fundamentalmente su obra, la cual admiro hasta el día de hoy.

Nació en Lautaro, en el sur de Chile, cerca de Temuco, tierra donde se educó Neruda, el 24 de junio de 1935 -cuando en otro suceso moría en un accidente aéreo cerca de Medellín Carlos Gardel-. Jorge Teillier siempre sostuvo, con cierto honor, haber nacido el día que murió Gardel.

El país, la sangre y la mirada

Esa zona es conocida como la región de La Frontera, ya que las autoridades españolas durante la colonia determinaron que al sur del río Bío Bío era territorio inexpugnable, de alta peligrosidad dada la fiereza, el espíritu indómito y guerrero de los araucanos2. Entre el 80 al 90 por ciento de los españoles muertos en la conquista de América muere en la Araucanía. El poeta y soldado español Alonso de Ercilla y Zúñiga los describe como orgullosos, soberbios y belicosos -entre otras características- en su extenso poema épico La Araucana, donde canta con emocionados versos el valor de los araucanos. De hecho, la guerra de la Araucanía duró trescientos años.

De ahí proviene Jorge Teillier. Su abuelo paterno era francés, de Burdeos. Quizá por aquella sangre que corría por sus venas, Teillier siempre admiró a aquel loco de Orelie Antoine Primero, un aventurero francés que se hizo proclamar Rey por los araucanos en 1861, cuando Chile ya se había independizado de España.

Orelie Antoine fue apresado y expulsado del país por las autoridades chilenas de la época. Pero porfiadamente reingresó a través de la Argentina a sus míticos territorios siendo apresado otra vez y deportado definitivamente a Francia, donde hoy un tataranieto sostiene ser descendiente directo del Rey de la Araucanía. Eso por el lado francés del poeta, degustador de ostras, calamares y otras delicias oceánicas y su inigualable amor por el vino tinto, amor tan profundo que lo prefirió a muchas mujeres que pretendieron su corazón de alondra.

Siempre me habló de su tío abuelo Jorge, razón por la cual él llevaba su nombre, un francés que había participado en la Primera Guerra Mundial, que bebía vinos de buena cepa y narraba sus hazañas con lujos de detalles.

fotoEl vate casó joven con Sibila Arredondo Ladrón de Guevara, digo los dos apellidos para señalar a su madre, la escritora Matilde Ladrón de Guevara. Tuvieron -como en los cuentos de hadas unos años felices y dos hijos-. Teillier había estudiado Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en Santiago, y tiempo después fue director del Boletín de la misma universidad, órgano de gran prestigio en el medio literario e intelectual chileno, cargo que abandonó voluntariamente años después cuando las Fuerzas Armadas derrocaron violentamente al presidente constitucional Salvador Allende Gossens.

Poesía, amores

Chile, entonces, cae en el peor de los oscurantismos. La situación de los escritores se hace extremadamente difícil. Su ex esposa Sibila se empareja con el escritor indigenista peruano José María Arguedas, al cual acompaña sentimentalmente hasta poco antes del suicidio de éste ocurrido en Lima, Perú.

A partir de este hecho Jorge Teillier, a mi juicio, comienza a guiñarle el ojo del corazón a muchas distintas etiquetas de vino. Bebe a destajos. Se enamora de la novia del poeta Enrique Lihn, una buenamoza llamada Beatriz (como en la Divina Comedia), Beatriz Ortiz de Zárate, con la cual contrae segundas nupcias (náuseas dicen algunos pícaros chilenos) y cuyo matrimonio duró otros escasos años.

Solo otra vez, recorre el femenil firmamento de las bellezas chilenas, siempre acompañado de un trago alentador. Así conoce a Cristina Benke, una hacendada chilena de origen alemán que lo acompañará hasta el final de sus días, quien lo cuida y protege a su manera. A su manera, porque lo interna muchísimas veces en clínicas y hospitales siquiátricos contra su voluntad.

Recuerdo una carta que me entregó para que la publicaran los diarios, donde fustigaba a Cristina, al escritor Enrique Lafourcade y al poeta Fernando de la Lastra, a quienes acusaba de traición e hipocresía a raíz de la trampa que se le tendió cuando por ellos invitado al bar de la plaza Mulato Gil de Castro se encontró que lo esperaban violentos enfermeros del sanatorio El Peral que lo redujeron a camisa de fuerza y lo internaron en dicho hospital público.

Guardo la carta como un recuerdo ya que jamás la hice publicar por considerar que el contenido de ésta atentaba contra su seguridad inmediata.

Sus visitas a mi casa de Pérez Valenzuela, en la comuna de Providencia, fueron frecuentes. Bebíamos algunos brindis y conversábamos de cualquier cosa a excepción de poesía, tema que le causaba un gran tedio.

fotoLa cofradía del bar:

resistencia y amistad

También nos reuníamos casi a diario en el legendario bar La Unión -La Unión Chica lo llamábamos, el famoso Nueva York 11-, lugar de encuentro de escritores, pintores y poetas, especie de escuela literaria capitaneada por el mismísimo Teillier y constituída, entre otros, por los poetas Rolando Cárdenas, Eduardo Molina Ventura, Roberto Araya, Aristóteles España, Ramón Carmona Carrasco, Mardoqueo Cáceres, Ronnie Muñoz Martineaux -a su regreso del exilio-; los escritores Iván Teillier, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Olivares, Enrique Valdés, el ensayista Juan Guzmán, el pintor Germán Arestizábal, y el hípico, y amigo de todos, Augusto Morales.

Un grupo heterogéneo con cuyos cófrades se publicó una antología titulada Nueva York 11, que era la dirección del bar, en pleno centro de Santiago. Esta antología, hoy una rareza, tuvo un éxito insospechado y se vendió rápidamente. Los medios de información cultural le dedicaron sendos artículos y muchos amantes de la literatura comenzaron a acercarse a nuestras mesas, sin embargo, eran sistemáticamente rechazados ya que el grupo era un tanto díscolo y cerrado a nuevos tripulantes, lo que trajo antipatías y comentarios, ensañados, con aquella saña que produce el rechazo y la envidia.

Teillier era un poeta de pocos amigos y muchos conocidos. La rutina cotidiana le aburría enormemente. Más de una vez me confesó que bebía para rehuir esta escalofriante realidad. Parodiando el título de las memorias de Neruda declaraba «Confieso que he bebido». Decía que un poeta que escribía tres poemas buenos durante su vida ya cumplía su misión literaria, la cosa era escribir estos tres poemas y no mil quinientos malos.

La Unión Chica fue una estricta academia literaria en un mar de botellas de vino, donde la presencia esporádica de otros autores, entre ellos, Francisco Coloane, Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Enrique Lafourcade, Mario Ferrero, Gonzalo Drago y muchos más, no hacían sino confirmar que las voces del grupo de escritores que ahí se reunían habían traspasado los muros del bar, en gran medida muros impuestos por los tiempos salvajes y represores de la dictadura militar.

Botones negros

En la «Unión Chica» se intercambiaban libros y revistas sin permiso de circulación. Había que saber expresarse y saber defenderse porque en cualquier minuto uno podía ser blanco de una agresión verbal, aumentada por los vaporosos efluvios de un Cabernet-Sauvignon.

Había dos grandes cuadernos empastados. Uno era la bitácora, donde se llevaba el registro de los días, y el otro era un libro de actas, donde se especificaba quienes eran miembros, cuales eran las reglas de admisión, declaraciones juradas sobre algún hecho puntual y respuestas de algunos que, ausentes, habían sido víctimas de injuria. Todo se anotaba en estos libros y también a veces poemas sobre un tema sugerido. Recuerdo que Teillier una vez propuso con gran nostalgia y como buen sureño el tema del tren y todos escribieron algo sobre el mundo ferroviario.

Tiempo después dada la confusión entre integrantes y allegados se llamó a reunión general y en aquella sesión se nombró Presidente Honorario, Relativo y Transitorio al mítico poeta Eduardo Chico Molina, por ser el mayor de todos. Éste -desde su cargo presidencial- determinó crear la Cofradía de los Botones Negros. Uno de los contertulios fue al bazar más próximo y trajo una docena de ellos, los cuales fueron repartidos entre los miembros formalmente inscritos en el Libro de Actas y de ahí en adelante para sentarse a la mesa de los poetas era necesario mostrar el botón negro, negro, negro de los días oscuros y tristes. Si algún miembro era sorprendido sentado con extraños era castigado a pagar dos botellas de vino. El aspecto lúdico de aquellos días, sin duda, hizo más llevaderos los tiempos en que «la delación era una virtud».

Un mensaje al poeta

Se me viene a la memoria una anécdota de la cual fui testigo. Una tarde Teillier me citó al Bar Baquedano, en la Plaza Italia, en Santiago. Llegué antes que él, me senté en una mesa desde la cual observaba las cabelleras primaverales de los árboles del Parque Bustamante. Ordené un Casillero del Diablo, un vino de buena calidad, pensando que era menos dañino para el deteriorado hígado del poeta.

A los diez o quince minutos lo vi entrar, venía pálido y preocupado. Hace unos días había muerto su hermano menor Iván, al cual me referiré más adelante. Se sentó, bebió unos sorbos de vino y me confesó que algo extraño le ocurría. Que desde hacía dos días al bar que entraba se le acercaba un extraño, un extraño distinto cada vez, que le ofrecía servirse un Campari, lo invitaba a beber una copa de este trago de dudoso origen italiano.

A decir verdad, pensé que era un cuento, un hecho real trastocado o que se hallaba en el umbral del delirium tremens. Le pregunté de qué cosa hablaba, que la realidad a veces era imaginaria. A lo que me respondió un tanto alterado, que todo era absolutamente real y que la situación se reiteraba una y otra vez. A los pocos minutos un hombre desconocido que solitario bebía en la barra se acercó a nuestra mesa y derechamente a él le ofreció por su cuenta un Campari. Yo enmudecí y perplejo ordené otra botella de vino. Ahora pienso que su hermano Iván venía a brindar desde un estadio abstracto y a susurrarle al oído que morir es mentira.

A su madre, Sara Sandoval, originaria de Chillán, no la conocí. Sí a su padre, don Fernando Teillier, una vez que vino a Chile no sé si de Rumania o Mozambique, países en los que residió durante su largo exilio a la caída del presidente Salvador Allende1.

Recuerdo que le hicimos una recepción en mi casa y también recuerdo que bebí agua mineral todo aquel atardecer observando el rostro del padre de Teillier. Él, a su vez, observaba con agudeza a Jorge e Iván -hermano menor del poeta- también escritor, de cuentos, novelas y relatos, los que firmaba como Iván Teillier. No así la poesía cuyos libros llevaban como autor a I. A. Stern. Don Fernando observaba a ambos beberse sus tintos con cierto dolor en medio de los recuerdos y narraciones de aquellos lugares en los cuales había residido. Sin caer en chauvinismo le regalé la bandera de Chile doblada para que la llevara a su casa en la selva de Mozambique.

«Renuncia a gananciales»

En suma, Jorge Teillier hizo de su vida una renuncia a gananciales. La dedicó a la observación, de un paisaje a otro, bucólico o urbano, a la observación por sobre todas las cosas, a la observación de la naturaleza y del hombre, a sus oficios (a lo Whitman) y a la lectura, no solamente de la Poesía, de la cual conocía prácticamente su Historia Universal, sino también a la lectura de la Historia y de la Geografía (por él pasaban los ríos y golpeaban las olas de todos los océanos del mundo).

Le interesaba enormemente la botánica y el esoterismo, porque siempre el misterio le hacía sonreír. Teillier en una época fue el favorito de Neruda, aunque eludió hábilmente ese honor. Años después, ya muerto el Nobel, declara en una entrevista que Pablo Neruda era un poeta de cortes y él lo contrario, un poeta del silencio, que le debía más a los bosques, a las aguas, a los ríos, que al Partido.

Admiraba a Sergei Esenin, a Paul Verlaine, a René Char, a George Tralk, a Heinrich Heine -de cuya obra extrajo un verso para intitular su primer libro; me refiero a Para Angeles y Gorriones-, a Lewis Carroll, a Dylan Thomas, al cubano Eliseo Diego y a varios otros, a Rilke, a Pavese. Nunca a autores por ser militantes del partido que fuesen , derechas o izquierdas, sino a poetas comprometidos con la Poesía, con el Hombre, con la Belleza (aunque ésta sea amarga).

En los últimos diez años de su vida no le interesó viajar. Decía que un viaje a La Ligua (pequeña ciudad del norte de Santiago) ya era suficiente para él. No le interesó ni siquiera viajar a Congresos. Lo vi arrojar al basurero invitaciones y pasajes a Suecia y a la India.

No recibir periodistas. Cerrar las puertas. Desechar los quince segundos, los famosos quince minutos de gloria a lo cual se refería Andy Warhol, la fama, ese asunto de vanagloria. El éxito siempre a Jorge Teillier le pareció algo casi vulgar, aunque el orgullo de ser poeta tocado con la vara de los dioses fue más que suficiente en él, soberbio ante los desconocidos, un poco creído para los ninguneados. Para muchos un selectivo. Recuerdo que una vez me regaló un libro que se llamaba (se llama) Un pedante sobre un poeta del poeta ruso Alexander Blok. El título ya dice bastante.

Teillier sostenía que un iluminado de Cabildo, tierra última de él, le había revelado que poseía un ángel de la guarda andrajoso pero de gran poder. Subentendiendo, el poeta, que no debería preocuparse demasiado de las cosas mundanas, dejaba pasar las horas observando los detalles de los días.

¡Salud!

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1 Fue gobernador de Lautaro durante el período de la Unidad Popular.

2 Nombre que recibe en Chile el pueblo originario mapuche.

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Notas bío-bibliográficas

Jorge Teillier nació el día que murió Carlos Gardel, el 24 de junio de 1935, noche de San Juan y día en que los araucanos celebran el año nuevo, en la ciudad de Lautaro, Chile. Estudió Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en Santiago.
Su poesía ha sido traducida a diversos idiomas, entre ellos francés, ruso, italiano, inglés, rumano, checo, polaco y portugués. Obtuvo entre otros premios el Premio Gabriela Mistral, y el Premio Eduardo Anguita, en Santiago de Chile.
JMurió en el hospital Von Buren, en Valparaíso, Chile, el 22 de abril de 1996.

fotoObra publicada

– Para angeles y gorriones, 1956.
– El cielo cae con las hojas, 1958.
– El árbol de la memoria, 1961.
– Poemas del país de nunca jamás, 1963.
– Los trenes de la noche y otros poemas, 1964.
– Poemas secretos, 1965.
– Crónicas del forastero, 1968.
– Para un pueblo fantasma, 1978.
– Para hablar con los muertos, 1979.
– Los trenes que no has de beber, 1979.
– Poemas, 1983.
– Cartas para reinas de otras primaveras, 1985.
– El molino y la higuera, 1993.
– En el mudo corazón del bosque, 1997.

Además sus trabajos se recogen en una serie de antologías; entre ellas, Muertes y Maravillas, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1971. From the Country of Nevermore, University Press of New England, EEUU, 1990. Los Dominios Perdidos, Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile, 1994.

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(*) Poeta chileno nacido en Ottawa, Canadá, en 1953 -su padre era funcionario diplomático en la embajada chilena-.
Ruiz es autor de: Dieciocho poemas,1977; A orillas del canal, 1982; Es tu cielo azulado, 1989; Casa de barro, 1991; La virgen de los tajos, 2001.

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