Mar 25 2005
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Opinión

Un totalitarismo diferente, pero no menos peligroso

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoEn alguna ocasi√≥n Lacan implement√≥ la palabra-concepto ‚Äúyocracia‚ÄĚ. Podr√≠amos decir etimol√≥gicamente que es el gobierno de s√≠ mismo. Uno ilusorio, claro est√°, dado que el hombre contempor√°neo no se gobierna a s√≠ mismo ‚Äďy adem√°s pierde aceleradamente la capacidad de gobernarse en sociedad‚Äď. La yocracia, pensamos nosotros, es el producto de la sociedad del bienestar.

El goce es el nuevo alimento posible y en √©l el hombre se solaza. El bienestar conduce al rompimiento del lazo social. Por lo dem√°s, ese goce se homogeneiza, se hacen universales las maneras. La yocracia, parad√≥jicamente, est√° inserta en una homog√©nea subjetividad absoluta prefabricada e impuesta. De manera que podemos traducir yocracia como ‚Äúindividualismo autista‚ÄĚ.

La democracia implica el inter√©s por lo colectivo y es, en el fondo, incompatible con el ego√≠smo. Si el inter√©s colectivo, en esta forma de gobierno, est√° por encima del inter√©s particular, podemos comenzar a entender porqu√© la democracia presenta resquebrajaduras. La ‚Äúrealidad real‚ÄĚ de lo social ha sido sustituida por la ‚Äúrealidad fantasmag√≥rica‚ÄĚ de la imagen. El mundo del hombre que se satisface, el y√≥crata, est√° representado por la imagen, mientras cada vez m√°s gruesas masas empobrecidas no tienen expresi√≥n pol√≠tica.

Para seguir utilizando, seguramente de manera distinta al original, palabras lacanianas, la gran masa de la poblaci√≥n est√° ‚Äúforcluida‚ÄĚ.

 
El af√°n de bienestar

 
El hombre dominado por el af√°n de bienestar carece de significado. Ha ido largando el sentido de lo eterno. Se ha convertido en un ‚Äúdividuo‚ÄĚ. La cultura y el pensamiento son estorbos que impiden el acceso al bienestar. De esta manera la organizaci√≥n pol√≠tica sufre las consecuencias. Se hace indispensable la sepultura de la pol√≠tica. Sin pol√≠tica el cuerpo social no puede funcionar. Queda abierto el camino hacia la aparici√≥n de las nuevas formas de totalitarismo.

Algunos sucesos han regado el árbol peligroso del autoritarismo. El ataque contra las torres gemelas en Nueva York abrió una espiral de control interno en los Estados Unidos, que aparentemente se disfraza de paranoia. Los presos afganos en Guantánamo encarnan la violación de las normas jurídicas y el ataque a Iraq establece el uso del unilateralismo violento como la norma.

A eso hay que sumar el islamismo radical donde el suicidio terrorista convierte a miles de seres en objetivo potencial de la violencia ciega.

 
El amor del tirano

 
Quiz√°s Nelson Mandela haya sido el √ļltimo de los h√©roes. Pertenece a un lejano siglo XX que no reproducir√° en el XXI las manifestaciones de hero√≠smo, sino las consecuencias totalitarias. El y√≥crata es el antih√©roe. El pol√≠tico no tiene ya ninguna similitud con el h√©roe, es, m√°s bien, una especie en v√≠as de extinci√≥n.

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Surge, entonces, la antipol√≠tica a llenar el vac√≠o. El dedo acusador contra la degeneraci√≥n de los partidos y de la democracia se alza como el nuevo h√©roe. Es el hombre fuerte, el aspirante a la nueva forma dictatorial del siglo XXI que ya no llena estadios con prisioneros sino que utiliza el arma fundamental del viejo sistema: el poder ‚Äúmassmedi√°tico‚ÄĚ.

El eros que ha sido derrotado, abandonado y lanzado a la cesta del olvido por la yocracia es sustituido por el ‚Äúamor‚ÄĚ que el dictador emergente ofrece: amor al pueblo, amor a las pobres, amor a los despose√≠dos, amor a los d√©biles y lo que quiz√°s sea peor, amor a la patria, pues ello implica el resurgimiento de una enfermedad del siglo XX: el nacionalismo.

 
La política desdibujada

 
¬†No hay duda del resquebrajamiento del lazo social impulsado por la yocracia, como no hay duda de la mediocridad de nuestro tiempo.¬† El mundo se ha hecho est√©ril y con √©l la forma ideal de organizaci√≥n pol√≠tica, la democracia; s√≥lo que tal declive parece no angustiar al com√ļn, s√≥lo a una minor√≠a alerta. Es que en este mundo mediatizado s√≥lo se est√° disponible para la trama comunicacional y la democracia ha pasado a ser parte de ella.

La cohesión viene ahora desde allí, no de las instituciones políticas que pasaron a ser enredadoras de la libre velocidad con que el mercado y la comunicación deben desarrollarse. La política está obligada a desdibujarse, no puede haber instituciones de ella derivadas que se mantengan pues automáticamente se convertirían en escollos. Esta es la era de la velocidad impuesta por lo técnico-mediático y las viejas ideas que inspiraron a la democracia no son compatibles con la velocidad.

D√©monos cuenta de que estamos perdiendo la memoria. El totalitarismo de nuevo cu√Īo lo primero que intenta es desterrarla, sign√°ndola como da√Īina. Sin memoria la pol√≠tica carece de sentido. Los pol√≠ticos se han hecho la rutina, los administradores del aburrimiento, se han hecho innecesarios. Las nuevas formas de organizaci√≥n social no los necesitan.

 
La idea de la cyberdemocracia

 
Esta situaci√≥n est√° clara en el declive de las instituciones tradicionales. Ha dejado de ser verdad ‚Äďaunque algunos repitan la frase‚Äď aquello de que ‚Äúno hay democracia sin partidos. La gente se organizar√° de otra manera, posiblemente atados por intereses comunes. De all√≠ la abundancia de ONGs de las m√°s diversa √≠ndole.

La representaci√≥n, por lo dem√°s, ha sido adulterada recurriendo a la matem√°tica, como sucede en el caso venezolano. La pol√≠tica se ha ‚Äúmassmediatizado‚ÄĚ. La adecuaci√≥n a la l√≥gica de los ‚Äúmassmedias‚ÄĚ ha desatado una discusi√≥n que, a mi entender, es s√≥lo acad√©mica. Comienza a hablarse de cyberdemocracia, teledemocracia o democracia electr√≥nica.

La verdadera raz√≥n de esta b√ļsqueda es la desaparici√≥n de la mediaci√≥n pol√≠tica y, en consecuencia, se piensa en c√≥mo habilitar una especie de democracia directa donde todos los graves asuntos p√ļblicos sean sometidos a todos mediante el uso de la t√©cnica. Si los intermediarios desaparecen, como de hecho ha sucedido (l√©ase partidos y pol√≠ticos) se recurre a un medio asc√©tico donde, desde el hogar, cada quien dar√≠a su opini√≥n.

Si bien es cierto que, en este campo, la discusión gira entre el establecimiento de una democracia directa electrónica, por una parte, y el uso complementario de la tecnología, por el otro, los bemoles a anotar son demasiados: virus, fraude, falta de cultura, falta de acceso masivo al medio tecnológico.

 
La era del vacío

 
Lo que nos interesa resaltar sobre esta discusi√≥n ‚Äďque, repito, es acad√©mica‚Äď es su origen: viene del individualismo creciente y de la crisis de los medios de expresi√≥n hasta ahora empleados. A¬† quienes dudan de la validez del t√©rmino posmoderno, habr√≠a que se√Īalarles este hecho como el m√°s rotundo en cuanto al fin de la modernidad.

Lo que vemos en el mundo actual nos indica la crisis del Estado-nación, pero también el de nación.

La complejidad social (recuérdese el grado extremo de pobreza de alrededor del 80 por ciento de nuestras poblaciones) ha acabado con  el lema de identidad nacional como elemento de cohesión y pertenencia; en este sentido se pone en duda que tal complejidad pueda reducirse a una sola voluntad colectiva.

La segunda es que el viejo asunto de la mayor√≠a decidiendo en democracia con el acatamiento de la minor√≠a ha pasado a ser una entelequia y, en consecuencia, la idea misma de representatividad v√°lida se diluye. En otras palabras: no hay nadie que represente lo que podr√≠amos denominar ‚Äúintereses generales‚ÄĚ.

Eso hace saltar por los aires infinidad de conceptos sobre los cuales se ha basado la democracia. M√°s claro a√ļn: se est√° tornando imposible definir una identidad social. Antes pertenecer a un partido, por ejemplo, nos dotaba de una identidad. Ahora no, y cada uno construye su propia yocracia. Vivimos en lo que Lipovetsky llam√≥ ‚Äúla era del vac√≠o‚ÄĚ.

Alain Badiou alarga la lista: el gobernante no representa la voluntad del pueblo, el voto es un simulacro, el clientelismo político es asfixiante, los intereses se han fragmentado en demasía, el desencanto es general. Pobre democracia, podríamos exclamar. Lo cierto es que podemos coincidir con él en que la individualización extrema lleva a los “dividuos a desconocerse entre sí como sujetos de derecho y a moverse como átomos deshumanizados. Es cierto, no obstante, que se están buscando nuevas formas de hacer política, fuera de los partidos y sin el Estado.

 
Una democracia contra sí misma

 
V. Marcel Gauchet se√Īala un hecho muy interesante, y es el de la ascensi√≥n de los derechos humanos a elemento dominante, pero como uno despolitizado. La despolitizaci√≥n es un hecho,¬† mientras algunos reclamamos m√°s pol√≠tica como salida. Este fil√≥sofo franc√©s piensa que existe una situaci√≥n de desequilibrio entre el elemento del derecho en relaci√≥n con la pol√≠tica puesto que la articulaci√≥n fue a parar a los massmedias.

Para Gauchet estar√≠amos entrando en lo colectivo sin colectivo, esto es vamos hacia una democracia contra s√≠ misma y lo explica arguyendo que antes se conjugaban en la ciudadan√≠a lo general y lo particular, o lo que es lo mismo: cada uno asum√≠a el punto de vista del com√ļn desde su propio punto de vista. En lo que ahora tenemos prevalece la disyunci√≥n: cada uno hace valer su particularidad.

La despolitizaci√≥n se alimenta con la actitud, por parte de la sociedad, de no querer hablar de pol√≠tica y con lo que √©l llama ejercicio profesional de la pol√≠tica basado en la ‚Äúdemagogia de la diversidad‚ÄĚ.

 
Estigmatizar el desacuerdo

 
 
Jacques Ranci√®re se centra en la relaci√≥n entre pol√≠tica y filosof√≠a, una que se torna vital analizar en esta hora de rebrote totalitario. La pol√≠tica ha entrado en el terreno de la ausencia y Ranci√®re nos propone rescatarla como ‚Äúfen√≥meno pensable‚ÄĚ, en su ‚Äúoperatividad como acontecimiento‚ÄĚ. Es decir, liberarla del sentido centrado en una filosof√≠a de la historia y de su car√°cter superestructural. Acontecimiento es lo que detiene la mera sucesi√≥n de los hechos y exige una interpretaci√≥n, es lo que intuye el conflicto y da lugar al desacuerdo necesario; es evidente que sin desacuerdo no hay pol√≠tica pues integra la racionalidad misma de la interacci√≥n.

Estigmatizar al desacuerdo es el acoso que vivimos las víctimas del nuevo totalitarismo. Rancière no vacila: cuando la política desaparece viene la policía.

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* Escritor y ensayista. Co-editor del portal Ala de Cuervo.
Artículo anterior: La democracia sin ideas.

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