Desde Caracas
Bien diferente el amanecer de este sábado 10 de enero, si lo comparamos con el de hace una semana, cuando las primeras luces dejaban ver la magnitud del desastre. Aún no era tiempo para entender, más allá de los títulos principales, qué había sucedido, y mucho menos imaginar qué podía seguir.
En el amanecer del 3, cuando la luna que había iluminado parcialmente el paso de los helicópteros Chinook de la Marina de los Estados Unidos que secuestraron a Nicolás Maduro y Cilia Flores se escondía por el oeste, las calles lucían desiertas. No era para menos.
Venezuela estaba bajo ataque. El primero directo en su territorio por parte de una potencia extranjera en toda su historia republicana. Las luces del día mostraban que la supuesta “operación quirúrgica” de la que siguen hablando, embobados, los medios de incomunicación no era tal. Atacaron barracas donde descansaban oficiales, subestaciones eléctricas, antenas de comunicación civiles, y hasta apartamentos.
El ministro de Interior, Diosdado Cabello, cifró en alrededor de 100 las muertes, más otros 100 heridos. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta ejecutiva de Maduro, juramentada el lunes como presidenta encargada advirtió en el homenaje a los caídos venezolanos y cubanos: “aquí nadie se entregó, aquí hubo combate”.
Delcy dijo que “el pueblo de Venezuela no merecía esta agresión vil de parte de una potencia nuclear” y definió el ataque gringo como “desigual, unilateral, ilegal e ilegítimo.”
Qué pasó
Durante las primeras horas tras el ataque, las versiones, las conjeturas y también las visiones interesadas dominaban los corrillos. La perplejidad lógica por el secuestro del presidente Maduro junto a su esposa y diputada llevaban a pensar que las defensas aéreas fallaron por algún tipo de sabotaje interno.
Con el correr de las horas, fue quedando claro que la falta de respuesta al ataque -más allá de la desigual resistencia que opusieron los internacionalistas cubanos y los militares de la Guardia de Honor Presidencial- se debió al uso de guerra electrónica por parte de sofisticadas aeronaves estadounidenses sobre el Caribe, que causaron una suerte de blackout para los sistemas de radares coordinados con la defensa antiaérea.
Junto a esto, el bombardeo simultáneo a baterías antiaéreas Buk-M2E rusas en Caracas, Higuerote y La Guaira, más el ataque a antenas de comunicación en el sector de El Volcán, en el sur de la ciudad, y subestaciones eléctricas en la misma zona prepararon el terreno a la acción de la Delta Force que ya volaba bajo cerca del Fuerte Tiuna para secuestrar al presidente.
Qué pasará
Es difícil saber cómo sigue. Lo que sí está claro, es que el ataque terrorista del 3 de enero es un parte aguas tanto en la relación de Estados Unidos con Venezuela, como para toda América Latina. E incluso más allá, algunos analistas opinan que es el hecho más importante después del fin de la guerra fría entre las superpotencias. Ya se verá.
Lo cierto es que esta semana aquí en Venezuela, dejó claro aquello de que la guerra es la continuación de política por otros medios. Después del ataque -sangriento, feroz, terrorista, insistimos con los adjetivos que la mediática desprecia y oculta- comienza una nueva etapa de una negociación con Washington. Y aunque no lo parezca en principio, Delcy Rodríguez y el gobierno de Nicolás Maduro (que permanece unido, lo que no es poco) tiene cartas.
Durante toda la semana se repitió un esquema: Estados Unidos anunció acuerdos y Venezuela los confirmó. Primero la provisión de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano al norte. Después, el envió de misiones diplomáticas de exploración a las dos capitales para reestablecer relaciones diplomáticas y finalmente, pero no menor, el anuncio de una operación en colaboración para interceptar y devolver a puerto venezolano un petrolero ligado a empresas rusas.
Trump hizo lo que podía: una acción militar sorpresiva y apabullante y un despliegue de un grupo comando para secuestrar al presidente. Aún así, no puede invadir Venezuela para imponer un gobierno adscripto. Para empezar, ni siquiera tiene un referente (o referenta) que genere al menos un módica expectativa. Por otro lado, una acción en el terreno se enfrentaría a una resistencia organizada que no fue puesta a prueba el sábado 3.
Esa es la carta de Delcy Rodriguez, aún condicionada por la violencia de la acción, ella puede esgrimir que solo el chavismo puede gobernar Venezuela. Eso quedó claro en otros momentos (como el de la muerte del Comandante Chávez) y también ahora, cuando ya se disipa el humo del ataque y el país hace un esfuerzo de resistencia (valiente y heroico, vamos de nuevo con los adjetivos que nos niegan) para volver a la normalidad.
* Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTV en Venezuela, editor de Questiondigital.com. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

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