Venezuela es un ejemplo – De lo que no se puede desear a ninguna nación

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Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

¿La Venezuela de hoy es fundamentalmente diferente a la de hace dos años?

–Desde luego. Es evidente. Un proceso de cambio fundamental está en marcha. A todos los niveles. En lo interno, hemos organizado seis elecciones en dos años. Por primera vez en nuestra historia, hemos organizado un referendo popular que ha creado un marco para el poder ‘constituyente’, para retomar una expresión de la Revolución Francesa. Hemos despertado el poder constituyente, es decir, un poder revolucionario ‘pacífico’ que ha lanzado por tierra las viejas estructuras carcomidas.

«El nuevo poder ha destruido lo que debía ser destruido y ha creado lo que debía ser creado. Es un poder a la vez destructor y creador, en paz y democracia. Disponemos de una Constitución nueva y de nuevas instituciones, de un presidente electo por seis años y de una nueva Asamblea Nacional. Nos hemos desembarazado de más de doscientos jueces corruptos. Estamos en vías de establecer un nuevo poder judicial.

«Hemos creado un nuevo poder, el ‘poder ciudadano’, e incluso un quinto poder, el ‘poder electoral’. La casta político-electoral ha sido transformada radicalmente a través de los Estados y las alcaldías. En el plano interior y político hemos vivido un cambio total, del Cielo a la Tierra.

«En el plano económico, hay igualmente cambios importantes. La reforma está en marcha, según nuestros métodos. No aceptamos que se nos imponga nada, y además no tenemos necesidad. Llevaremos a cabo nuestro ajuste macroeconómico nosotros mismos. Y constatamos ya los efectos. Hace dos años Venezuela tocó fondo.

«Hoy la economía se pone de nuevo en marcha. Tenemos un crecimiento cercano al dos por ciento. Hemos reactivado los diferentes elementos de una economía diversificada que no dependerá solamente del precio del petróleo. Incluso en este dominio hemos obtenido un cambio considerable. Hace dos años el barril estaba a menos de 10 dólares; hoy gira alrededor de 30 dólares en promedio. En el plano internacional, el cambio es aún más evidente: nos hemos convertido en un país soberano e independiente. La cumbre de la OPEP ha mostrado al mundo de lo que nuestro pueblo es capaz.

«En el plano social este país estaba como encadenado moralmente. Hay ahora un pueblo en plena ebullición, mucho más optimista, que ha reencontrado la fe en sí mismo.

«He aquí algunos ejemplos concretos: Hemos hecho retornar a las escuelas a un millón de niños que estaban en las calles. Hemos reducido en un 10% la desnutrición infantil. El desempleo, que era de 16%, ha pasado a 14.3%».

–¿Cómo se puede explicar la situación de desorganización general y de pobreza que prevalecían en Venezuela antes de su llegada?

–Venezuela es un ejemplo de lo que no se puede desear a ninguna nación. Tenemos, en efecto, un país rico en recursos naturales; rico en hombres creativos, dotado de una magnífica herencia histórica. Tenemos petróleo, gas, diamantes, bosques, maderas, lagos, tierras fértiles…y 80% de pobreza. Superficie: un millón y medio de km2 y apenas 20 millones de habitantes. Y, sin embargo, ¡un desastre!

«Todo tiene su explicación. A lo largo de la segunda parte de este siglo, se instaló en este país un sistema politico y social contrario a toda regla, un modelo político triturador. Yo llamo a eso la «caída venezolana».

«El origen de la crisis fue ético. Se creo una corrupción sin freno. Un cáncer que se extendió por todas partes y al que nada detiene. Para hablar más claramente, fue el periodo de los presidentes ladrones. Presidentes, así como ministros, gobernadores, funcionarios. Esta crisis ética evolucionó y se transformó en crisis económica.

«A fines de la década de los setentas, Venezuela se hunde: una deuda exterior enorme y una recesión de veinte años de la cual apenas empezamos a salir. Inflación, déficit fiscal, deuda exterior, etc. Todos los demonios de la economía azotaron este país. De ahí viene una crisis social monstruosa».

–¿Por qué las élites de este país no reaccionaron, no intentaron nada?

–Porque todo sistema, incluso la democracia, como explicó Montesquieu, puede degenerar en tiranía. En Venezuela se instaló una tiranía de partidos políticos. Un pequeño grupo de individuos negaba a la mayoría del pueblo su derecho a la participación. Limitaron la democracia a un juego electoral que se organizaba cada cinco años. Desnaturalizaron la democracia.

«Por tanto, en resumen : crisis ética, económica, social, que se convierten en avalancha si se suma la crisis política. Todo eso provocó, el 27 de febrero de 1989, una verdadera revolución popular que dejó centenares de muertos en las calles de Caracas. Esta revuelta, el Caracazo, explotó como un volcán y tomó por sorpresa a todo el mundo. Hubo luego dos rebeliones militares. Pese a que sonaban alarmas por todas partes, pese a las alertas y a los levantamientos populares, el poder político se mantuvo invariablemente sordo, ciego, insensible, repitiendo que dirigía el país por la vía correcta, mientras nos conducía directo al infierno».

–Venezuela era percibida, sin embargo, como una de las escasas democracias del continente. Imperferta, ciertamente, pero una especie de modelo, hasta cierto punto.

–Eso constituye justamente una de las grandes mentiras, un fraude de cara al mundo exterior. Una creación del «monstruo» de la comunicación. Se lo he dicho: jamás hubo aquí una verdadera democracia. La democracia no podría limitarse a un escrutinio episódico, en el marco de una campaña mediatizada en el curso de la cual se gastan fortunas. La democracia debe tener un contenido y un compromiso social, un proyecto de participación. Es eso lo que, en suma, estamos tratando de poner en marcha. Un proyecto en el cual la gente ha recuperado su influencia, su voto y su participación activa en el proceso.

–¿Cómo explica usted el fracaso de las democracias en América Latina, dado que se trata de países que son indepedientes desde hace siglo y medio? ¿Hay una fatalidad latinomericana?

–¡No hay tal fatalidad, sino que las cosas fueron mal manejadas desde el comienzo! El gran revolucionario Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, decía hacia 1830: ‘¡No engañen a los suramericanos! No hay repúblicas aquí, aunque las llamemos así. No hay repúblicas porque no hay pueblos. No hay aún pueblo republicano, formado por hombres republicanos que piensen en términos colectivos’.

«Rodríguez llamaba a una revolución política y económica. Invocó la necesidad de formar un gobierno de tipo diferente, apoyado en leyes originales. No podemos continuar copiando modelos, decía él. Lo que ha fracasado en América Latina es la tentativa de copiar y adaptar modelos extraños a nuestra cultura, a nuestra realidad. Nos hace falta abrir nuevas vías, inventar modelos.

«En Venezuela hablamos ahora de «democracia participativa», incluso si muchos tienen miedo de esta expresión. Lo he sentido en el curso de numerosas cumbres y reuniones en las que he participado. Mucha gente pone mala cara cuando evoco este concepto. Sólo quieren oir hablar de democracia representativa, pese a que esa fórmula ha conocido un sonoro fracaso.

«Hemos inscrito la democracia participativa en nuestra Constitución e incluso hablamos de democracia «protagonista», «activa». Un sistema político que permite al pueblo, a toda la sociedad, a todo el país mismo, dirigir y no estar a las órdenes de «representantes» que lo privan de su legítima participación en la cosa pública, en las decisiones».

–¿Nos gustaría saber cómo se define usted: ¿revolucionario?, ¿de izquierda? ¿marxista?, ¿nacionalista?

–Soy bolivariano. Ser bolivariano engloba varios conceptos. No se puede clasificar de manera dogmática, como uno se dice «de izquierda» o «de derecha». ¿Qué quiere decir de izquierda, de derecha? En Venezuela hay personas que se supone que son de izquierda y que se comportan como si fueran de derecha… y viceversa. Estas definiciones corresponden a un periodo de la Historia, a la segunda mitad del siglo XX, a la Guerra Fría.

«Yo me considero también un revolucionario, un luchador social. No soy marxista. Nunca he estudiado marxismo. Pero comprendo al marxismo, o mejor dicho, sus motivaciones. No lo condeno.

«Soy cristiano. Profundamente cristiano. A fin de cuentas, soy un revolucionario cristiano-bolivariano. El pueblo venezolano se ha puesto en marcha bajo la bandera de Bolívar. No queremos importar ideologías, ni exportarlas tampoco al exterior. Hemos regresado a nuestras raíces».

–Comprendemos bien. Pero en Venezuela, los círculos de negocios, los patronos, una parte de la clase media no comprenden ese discurso y se encuentran en la oposición. ¿Se puede hacer la revolución bolivariana sin ellos?

–Seguro. Forman parte de este proceso, aunque no lo quieran. Esa columna que está aquí, en mi oficina, forma parte del edificio. Incluso si no lo quiere. Los élites de este país, están rodeadas por un proceso; son arrastradas por un movimiento muy importante. Es la fuerza revolucionaria la que impone el ritmo, fija el objetivo y da la velocidad requerida al proceso de transformación. Algunos no estén de acuerdo. ¡Bienvenidos a la oposición! Continuaremos avanzando, con ellos, sin ellos o contra ellos. No daremos marcha atrás.

«Se lo explico con un ejemplo: en el curso de 1999, firmé aquí mismo el decreto presidencial convocando a un referendo: llegué a este palacio bañado en sudor después de prestar juramento. Había millares de personas en la calle y la multitud invadió el edificio. Viejitos, niños, etc. Yo les decía: «¡Entren! ¡Es su palacio!» Y firmé el decreto sobre esta mesa, en medio de ellos.

«Ese decreto fue presentado veinticinco veces a la Corte Suprema. Los partidos tradicionales, Acción Democrática y Copei, controlaban la Corte y se oponían al proceso constitucional. La elite, con los mejores juristas y los mejores abogados del país, produjo millares de documentos muy bien hechos, muy bien pensados, en teoría, y volvieron a la carga veinticinco veces para oponerse al decreto. Pero el pueblo estaba en la calle. ¿Quién podía detenerlo?»

–En Europa es muy difícil imginarse que un militar, que ha dirigido un golpe de Estado, pueda ser también el jefe de una democracia moderna…

–Admito que en Europa han tenido dificultad en comprenderlo. El análisis de los europeos es superficial y lleno de clichés, de falsas dicotomías…Yo, por ejemplo, es evidente que soy un soldado. Ése también es un soldado –señala los cuadros que adornan la oficina: Bolívar, Sucre, etc.–, y ése, ¡y ese otro también! ¿Quién construyó Venezuela? ¡El pueblo hecho soldado! El análisis de Occidente es incompleto.

«Los occidentales piensan que los militares de América Latina son todos unos gorilas y tiranos. Eso sólo es una parte de la verdad. Porque también hemos tenido libertadores, también hemos enfrentado a imperios, y los hemos expulsado de nuestras fronteras. Hemos hecho retroceder a Europa, la Europa imperialista. A golpes de fusil y de bayoneta y al precio de grandes sacrificios. Europa pretende que nos «descubrió», y lo que hizo fue «exterminarnos».

«La llegada de Cristóbal Colón, el 12 de octubre de 1492, no es para mí una fecha para celebrar, sino un día de duelo. ¿Qué queda de la cultura precolombina, qué queda de esa extraordinaria cultura americana? No nos descubrieron. Nos invadieron. Ya existíamos. Y uniendo la espada y la cruz, masacraron a los indígenas: esa es la moral de la Historia. Respondemos por tanto a Europa con nuestra propia moral. Hemos luchado quinientos años contra los invasores, los imperios, las dominaciones…»

–Creo comprender.

–No he terminado todavía con mis críticas a los europeos… Bolívar, en 1828, debió asumir un gobierno autoritario. Había una situación anárquica que amenazaba el proyecto y él trató de atajar el desastre instalando una dictadura. En Europa, uno de los que más lo criticó fue Benjamín Constant. «Todavía un tirano, decía él, todavía un Napoleón». Decía eso de muy lejos, desde un salón lujoso. ¿Cómo comparar a Bolívar con Napoleón, sin haber venido una sola vez a ver el rostro de un esclavo indígena? De lejos todo es fácil…

«Hoy yo desdeño a estos críticos europeos que pensaban estar sentados en la cumbre de la cultura. Habría que recordarles, como dijo un día Oriana Fallaci, que detrás de los blasones de las grandes familias de Europa, bajo el oro de esos blasones, sólo hay que rascar un poco para encontrar sangre y mierda».

–Usted es un golpista. El autor de un golpe de Estado.

–No di un golpe de Estado, no soy un «golpista». Soy un soldado revolucionario. Del otro lado de ésta avenida está el llamado Palacio Blanco. Ahí trabajaba yo. Por la ventana de mi oficina vi pasar una rebelión popular. Y vi con mis propios ojos como los soldados de mi ejército masacraron entonces al pueblo. Y eso, siguiendo órdenes de un pretendido demócrata que estaba aquí –señala el sillón donde se sienta–. ¿Carlos Andrés Pérez, no era oficialmente demócrata? ¿De qué democracia se trata? ¿Quién hizo disparar al ejército sobre el pueblo, mientras éste se reunía frente al palacio para protestar? Nosotros jamás recibiremos el pueblo con disparos de fusil. Lo recibiremos con amor: ¡Vengan! ¡Entren! ¿Qué quieren? ¿Qué necesitan?

«En este país no había demócratas ni democracia. Lo que había era una tiranía disfrazada de democracia. Lo que hice, junto con otros desde luego, fue arrancarle esa máscara. ¡Clac! Puedo decirte que me iré a la tumba con un pequeño orgullo, el de la rebelión bolivariana que dirigí el 4 de febrero de 1992. No me arrepentiré jamás de haber participado en esta rebelión. No soy violento y no amo la violencia. Pero incluso Cristo un día, debió tomar un látigo para echar a los mercaderos del templo. Nosotros no hicimos otra cosa. Tomamos las armas, que pertenecían al pueblo, para echar del palacio a los tiranos que masacraban al pueblo.

«Ahora, no es fácil, evidentemente, comprender todo desde lejos. Pero los que vengan que lleven a cabo una investigación más a fondo sobre los antecedentes, sobre la historia de este país. Lo contrario es lo cierto. Hay ahora una democracia naciente».

–Usted milita contra un mundo unipolar. ¿Pero qué pueden hacer los países en vías de desarrollo para cambiar este orden de cosas?

–No tenemos otro camino que la unión. La unión hace la fuerza. La unión es liberadora. El Tercer Mundo constituye la mayoría. No podemos aceptar más tiempo que les otros nos impongan, por ejemplo, la Carta de 1945 y la composición actual del Consejo de Seguridad de la ONU. Yo decía en la Cumbre del Milenio que si había que haber salido vencedor de una guerra para entrar al Consejo de Seguridad, ¿por qué no tomar de referencia, entonces, las guerras de Alejandro Magno o las Guerras Púnicas? Todo eso, ya pasó. Lo dejamos atrás. Cómo podemos navegar en el siglo XXI con la ayuda de una carta político-militar que data de hace cincuenta años.

«Hay que cambiar, y para eso debemos unirnos.

«Tomemos la OPEP. Es un buen ejemplo de cómo los países del Tercer Mundo, al unirse, pueden mejorar su situación. Yo discutí con el presidente Obasanjo de Nigeria, que es también presidente del Grupo de los 77, y le dije: «Veamos como podemos redinamizar juntos este organismo» Le propuse incluso Caracas para acoger, si lo deciden, una reunión ordinaria o extraordinaria del Grupo de los 77. También propusimos la creación de un banco de la OPEP, de un Fondo Monetario Latinoamericano, la creación de una Organización del Tratado del Atlántico Sur, a la imagen de la OTAN.

«¿Por qué no iba a existir también la OTAS, con Brasil, Argentina y los países costeros del Atlántico, Africa del Sur, Nigeria y las otras grandes naciones de la costa occidental de Africa? La unión es nuestra ruta. Si no la construimos, permaneceremos bajo el yugo».

–¿Usted fue a ver a Saddan Hussein. Fue un gesto que no fue comprendido en Europa ni en los Estados Unidos.

–Lamento mucho que no lo comprendan.

–¿Cuál fue el objetivo de su visita a Bagdad?

–El mismo que me llevó a Trípoli, a Teherán y a Yakarta: ¡la preparación de la cumbre de la OPEP y la defensa de nuestros intereses! Yo quería explicar a los líderes, cara a cara, «face to face» , por qué se necesita la unión. Y pienso que el resultado está aquí. Saddam me dijo: «No puedo ir allá, pero voy a enviar al vicepresidente Ramadan». Y el vicepresidente vino. Mouammar Kaddafi dijo igualmente que él no podía ir. Sin embargo, insistí mucho. Pero comprendo pefectamente que, por razones evidentes, no haya podido desplazarse. En verdad espero que podrán venir a la próxima cumbre, que desde luego, no tendrá lugar en Caracas…

–Los estadounidenses se dijeron «irritados» por su viaje a Bagdad…

–Considero esa rección como una falta de respeto. Es como si yo, aquí, dijese que estoy «irritado» por el viaje de Clinton a Cartagena, para impulsar el plan Colombia, con el cual estamos en desacuerdo fundamental, porque estimamos que puede conllevar un gran riesgo para nuestro país. Pero no, yo no estoy irritado. Fue electo y puede ir donde guste. Si quiere ir al infierno y hablar con el diablo, ¡que vaya!

«Yo también, soy libre. Si eso les irrita, ¡es problema de ellos! No tengo que justificar ante ellos mi viaje a Bagdad. ¡Voy donde quiero, soy el presidente de un país libre!»

–Para los estadounidenses, incluso si se es el presidente de un país libre, se debe escoger su campo: con ellos o contra ellos.

–Sí… verdaderamente piensan así; espero sinceramente que un día cambiarán su manera de aproximarse a los problemas internacionales. No estamos dispuestos a aceptar un gendarme del mundo que certifica por aquí, condena por allá. Esta manera de comportarse debe relegarse al pasado.

«Yo continuaré enviando este mensaje a mis colegas presidentes, a los pueblos de América Latina, de Africa y de Asia. ¡Ya basta! ¡Afirmemos al mundo nuestra dignidad! No estamos más dispuestos a aceptar estos comportamientos imperialistas!»

–Los que se han opuesto al imperialismo, como usted dice, han acabado mal. Los que negocian con él, encuentran un espacio bajo el sol. ¿Qué piensa usted?

–El mundo es como un juego de ajedrez. A veces, la situación nos obliga a negociar, eso es seguro, pero queremos negociar con dignidad. Con Estados Unidos tenemos muchas negociaciones en curso. ¿No les vendemos petróleo todos los días? Hace cerca de un siglo que les vendemos petróleo a chorros. Vamos a continuar haciéndolo, pero a un precio justo.

«Tenemos aquí numerosas empresas estadounidenses como Chevron. He discutido con sus dirigentes, hemos tomado café juntos, de igual a igual. Pueden continuar explorando y explotando el petróleo, ¡pero sin contaminar los ríos y respetando los derechos de los trabajadores venezolanos!

«He recibido aquí mismo a delegaciones del Congreso estadounidense. He recibido a delegados del Presidente Clinton que han venido a solicitarme permiso para que aviones estadounidenses puedan sobrevolar el territorio venezolano, en persecución de aviones sospechosos de traficar droga. En esta lucha contra el narcotráfico, nosotros colaboramos y lo hemos demostrado. Pero para combatir este tráfico no es necesario que violen nuestra soberanía.

«Yo pregunté a uno de los enviados del presidente Clinton: ¿Qué diría usted si yo demandara la posibilidad de que un F-16 venezolano entrase en el espacio aéreo de Estados Unidos? Finalmente ellos comprendieron y aceptaron nuestra posición. Si no tenemos el sentido de la dignidad, ellos permanecerán con sus aviones en nuestro espacio aéreo, navíos en nuestras aguas territoriales para abordar los barcos sospechosos de tráfico…como piratas de otra época.

«Acabo de regresar de los Estados Unidos, donde fui al nombramiento oficial del nuevo presidente de una empresa venezolana con sede en Houston, la CITCO. Resulta que la CITCO –una de las más importantes empresas distribuidoras de carburantes en los Estados Unidos, de la cual el Estado venezolano es propietario en su totalidad– ha sido siempre un norteamericano. En consecuencia, nombré en Houston a un general venezolano en activo.

«Ellos reaccionaron diciendo: ¿Pero qué pasa? Es una tradición establecida nombrar a un estadounidense.

Sí, pero yo voy a inaugurar otra tradición. Esta es nuestra empresa. Soy presidente de este país, represento a un pueblo, y soy yo quien fija las reglas. Si se la quiero vender a los chinos, se la vendo a los chinos, si se la quiero vender a Saddam Hussein, se la vendo. Claro, no lo voy a hacer. Pero es para decir que estamos en pleno derecho de manejar nuestra empresa según nuestros propios criterios. Finalmente comprendieron. La cuestión es negociar con dignidad. Es eso. Y no negociar de rodillas.»

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*El diálogo entre la revista africana y el presidente Chávez se publicó en la edición del 14 al 20 de noviembre de 2000.

No son entonces exabruptos, «loquerías» del primer mandatario de Venezuela las referencias que tanto asustaron a tan pocos –pero influyentes– políticos latinoamericanos, en especial chilenos y demócrata-cristianos, con motivo de haber presentado ese país suramericano su candidatura al simbólico asiento del Consejo de seguridad de las NNUU.

Seis años: un golpe de Estado; probablemente un intento de asesinato; presiones fuertes de gobiernos de ciertos países europeos y amenazas estadounidenses; la invasión de Iraq; atentados terroristas varios; la cuasi invasión de Líbano; la polémica con Alan García; la elección a la presidencia de Evo Morales, en Bolivia, y el proceso en marcha de nacionalización de sus recursos naturales; el ascenso y actual «meseta» de Michelle Bachelet en Chile… … Seis años y el discurso sin variaciones.

Notable hazaña en un continente en el que las posiciones políticas conforman un abigarrado Kama Sutra del mal gusto y donde la mano derecha de la izquierda es por completo autónoma y la mano izquierda de la derecha cortada al nacer.

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