Somos víctimas de una agresión alevosa, sanguinaria y no provocada. Sin previa declaratoria de hostilidades, con armamento tecnológicamente superior, masacraron a centenares de compatriotas, en su mayoría no combatientes. Mientras no se firme un tratado de paz digno, estamos en guerra: ejército y autoridades de Estados Unidos son enemigos, y como tales deben ser tratados.
Analicemos el estado del conflicto. Tras un cuarto de siglo de agresiones y sabotajes, la única ventaja obtenida por el adversario es el secuestro bajo falsos pretextos del presidente Nicolás Maduro y de su esposa y diputada Cilia Flores.
Estados Unidos no domina un centímetro cuadrado del territorio nacional. Ni un soldado estadounidense ocupa nuestro suelo. No han instalado bases militares ni naves, aeronaves o equipos militares en nuestro país. El único poder que maneja es el mismo que antes de su atentado: la amenaza.
Examinemos si esta amenaza basta para lograr los objetivos declarados repetidas veces por el mandatario estadounidense. “Yo gobernaré Venezuela (…) Yo manejaré su petróleo, reservando una parte para nosotros y otra para ellos, hasta que realicen una transición sensata y juiciosa”.
Examinemos la verdadera motivación del conflicto: los hidrocarburos de los cuales Venezuela posee las reservas más grandes del mundo. En texto anterior señalé que la reunión del 9 de enero en la Casa Blanca con ejecutivos de 17 petroleras estadounidenses puso en evidencia su imposibilidad. Ninguna de las compañías formuló ni una sola oferta para participar en la rebatiña, por dos motivos: no había seguridad jurídica para las inversiones, y el objeto de estas, los principales yacimientos, habían sido contratados en un 45% por Venezuela con la petrolera Roszarubezhneft, filial de la estatal rusa Rosnef, en contratos que el propio Trump reconoció como “legítimos, y que serían cumplidos”.
Si para saquearnos necesitan seguridad, sabemos lo que debemos darles.
El economista marxista Richard Wolff divulga transcripción de conversación telefónica del día anterior en la cual Trump suplicaba a Putin dar parte de los yacimientos venezolanos a empresas estadounidenses. El mandatario ruso habría contestado: “Nosotros invertimos mientras ustedes abandonaron; tomamos los riesgos mientras ustedes imponían sanciones, ahora quieren que compartamos las ganancias. Esto no es negocio, es caridad. Y Rusia no hace caridad a Estados Unidos” (https://www.youtube.com/watch?v=Rv8MimeqaPI.)
Por tanto, el principal y verdadero objetivo del conflicto está perdido para Estados Unidos, pues ha sido legítimamente adjudicado por lapsos de 15 años a empresas de Rusia, potencia nuclear que desarrolló una “flota fantasma” de 1.200 naves para eludir bloqueos y puertos afectos a los estadounidenses. Aparte de que la rehabilitación de las explotaciones requeriría inversiones multimillonarias y prolongados lapsos de puesta en marcha.
Para Estados Unidos, Venezuela ha devenido un cascarón vacío, un objetivo económico inalcanzable por el cual no valdría la pena continuar el inútil y costosísimo bloqueo, ni enfrentar un conflicto nuclear con sus competidoras económicas en el área.
Analicemos el otro objetivo, el “yo gobierno Venezuela” enunciado por el jactancioso mandatario. Ningún título, ni jurídico, ni constitucional, ningún tratado confiere al mandatario estadounidense ni un ápice de competencia para ejercer poderes públicos en nuestro país.
Tampoco sería factible su ejercicio por la mera fuerza o la intimidación. Obligaciones impuestas por extorsión o violencia no son vinculantes. El poder efectivo sobre un Estado de la talla de Venezuela depende de una compleja agregación de factores geográficos, sociales, económicos, jurídicos, políticos, diplomáticos y culturales en estrecha correlación que no es favorable a la potencia del Norte.
Preguntémonos cuántos efectivos debería destinar Estados Unidos para dominar efectivamente nuestro extenso y accidentado territorio de 916.445 kilómetros cuadrados. Las Fanb cuentan con unos 63.000 efectivos, y aun así, como dijo alguna vez Chávez, hay zonas donde la presencia del Estado es débil. Añadamos que los invasores deberían incurrir en gastos incalculables para enfrentar geografía, clima, enfermedades y población local desconocidos o adversos.
La opción clásica para los imperios ocupantes es mandar a través de un gobierno local colaboracionista, manejado por complicidades o amenazas. Difícil sería la escenificación de tal patraña, así como el destino de sus protagonistas. En octubre de 2025, según consulta de Hinterlaces, 83% de los encuestados afirmó que estaría dispuesto a enfrentar una invasión militar extranjera. Solo 6% dijo que no lo haría, y 11% prefirió no responder. Un 89% consideró que el verdadero objetivo de una eventual intervención sería derrocar al presidente Nicolás Maduro para apoderarse del petróleo.
Un irrisorio 6% es el capital político con el cual contaría un gobierno colaboracionista, y ello con reservas, pues “no estar dispuesto a enfrentar” una invasión no equivale a ayudarla.
La amenaza que todavía se cierne sobre nosotros se apoya en el mayor gasto militar del planeta en armas de elevado poder destructivo y complejidad tecnológica. Pero históricamente el aparente poderío estratégico ha sido derrotado por pueblos con armamentos escasos e inferior tecnología. Para 1945 la tercera parte de la población mundial, unos 750 millones de personas, vivía bajo regímenes coloniales. Los imperios que mantenían tal situación eran más fuertes militarmente, más avanzados tecnológicamente y más desarrollados que sus colonias.
Pero el precio estratégico, económico y político de mantenerlas subordinadas se hizo cada vez más incosteable, y desde entonces 80 países han obtenido su independencia. Algunos tras prolongada resistencia contra armamentos superiores, como la India, China, Corea del Norte, Cuba, Vietnam, Argelia, Irak, Afganistán. Nunca tecnologías de la muerte vencerán la complejidad y fecundidad de la vida.
* Narrador venezolano, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En 2002 recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.
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