Jul 30 2009
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Sociedad

Víctor Jara: no basta con morir

Lagos Nilsson

Curioso, la palabra edil tiene las mismas vocales que la palabra imbécil, pero una sílaba menos; es aguda y grave imbécil; hace muchos años, cambiando de asunto, en periódicos y revistas era muy vista una tira cómica de Otto Soglow, se llamaba El reyecito.

Su protagonista era un monarca cuya dignidad real sufría menoscabos varios. Cualquier parecido con el alcalde de Santiago es, naturalmente, mera coincidencia: el reyecito hacía reír.

Casi la misma edad que los dibujitos del rey en cuestión tienen las trifulcas que ocasionalmente se producían en lo que fue el corazón chic de Santiago de Chile: la Plaza Brasil. Hasta hace unos años era posible encontrarse con algún viejo dandy que las recordaba. Eran trifulcas, peleas a puñetazos entre jóvenes; las razones, las mismas de siempre: alguna chiquilla pizpireta de la época, el uso de uniforme de cadete, alguna más o menos clandestina cerveza.

Eso sí: eran jóvenes de buenas familias, como se decía antaño, y esas familias procuraban –con cierta simpatía policial de por medio, que el escandalete quedara en nada. Otro tiempo, otras costumbres.

A mediados del siglo XX la plaza y calles adyacentes no tenían el brillo de antaño; la gente bien se mudaba al galope al bario alto y las viejas casonas se fueron convirtiendo en comederos de regular muerte, clubes varios, pensiones, conventillos, pasto del terremoto. El progreso iluminó todo con la oscura sombra de las torres que más tarde fueron edificadas para parejas con ganas de medrar y trabajo en el centro.

En 1973 muere el cantor y se "apaga la vida". El barrio Brasil estaba apagado y el señorial cine frente a la plaza convertido en restorán chino de dudosa categoría.

Los cantores, como los poetas, sin embargo, mueren y no mueren cuando el pueblo los quiere, y el pueblo los quiere cuando lo representan en sus cantos y reflejan en sus amores. Víctor Jara, así, no murió. Anda por ahí todavía cantando, está en la memoria del país que se resiste a perder la memoria. Frente al costado sur de la plaza está hoy el galpón y sala de exposiciones de la Fundación Víctor Jara.

Santiago es un ciudad con mal aire y peor prensa. Hace más de medio siglo que toda autoridad que haya pasado por ella sabe que es necesario eliminar de manera absoluta las fuentes contaminantes. O mudar la capital. Pero no. Automóvil detrás de automóvil detrás de autobuses colman sus calles. Otras calles y rincones de la ciudad ceden a la picota y son barridos por el cemento de nuevas autopistas. Altas torres con departamentos-oficina o viviendas-caja de fósforos se construyen.

Santiago tiene mala suerte con sus gobernantes y administradores. Colegios se caen y quedan ahí, ballenas en la playa de la desidia; todo lo quieren enrejar, robar a sus habitantes la ciudad en aras de la seguridad y una elegancia de comic.

Víctor Jara, decíamos, no murió con su asesinato; peo el actual reyecito –¡perdón, el alcalde Zalaquett!– pretende volver a enterrarlo. Razones de seguridad, higiene y elegancia lo obligaron de dos zapatazos (eso de pensar con las patas quizá no sea después de todo una metáfora, ni pensar con el culo, si a eso vamos) a ordenar el cierre del Galpón Víctor Jara y del estadio que lleva su nombre y donde comenzó su martirio.

Lo siente el alcalde o reyecito. No puede hacer otra cosa. Tampoco puede sino mantener clausurado el Liceo de Aplicación –a la espera de estudios, presupuestos y otros pretextos que van para un año.

El Galpón se ordenó cerrar porque tenían lugar allí espectáculos masivos, se orinaba en los troncos de los árboles próximos, se cantaba en las calles, y la policía no ve con buenos ojos a esos melenudos y esas chicas que fuman, fornican y protestan contra las santas indignidades del poder –que, como todo el mundo sabe, deben permanecer en los limbos de la discreción.

Rápido el alcalde: un día cierra el Galpón, al día siguiente el estadio. ¿Ofecer lugares alternativos? De ningún modo, ¿para qué?, en su mayoría son pobres los que disfrutan de esos sitios y, también se sabe, a los pobres hay que darles con el mocho del hacha –que si no se insolentan.

La Fundación Víctor Jara, también al parecer parte de la administracióna del estadio, como algunos maridos y algunas mujeres, fue la última en enterarse, acaso por la prensa.

E l periodista Francisco Mardones, de Radio Universidad de Chile, nos permite conocer la cereza final de la defecación alcaldicia: "El alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett, reconoció que el desalojo del martes no ha sido el único que ha tenido como protagonistas a centros culturales de la comuna, pero que las órdenes responden a una política de mejoramiento en las medidas de seguridad".

Todo es amor, decían los gnósticos, y los hermetistas cierran el círculo: amor, pero bajo el mandato de la voluntad". Para el alcalde de marras la cultura es importante, pero es más importante la seguridad definida policialmente.

Agregó el alcalde: “Todas las fiscalizaciones obedecen, en su gran mayoría, a petición de los vecinos, pero también a un plan municipal de revisar todos los sectores que generan mayor controversia y que tienen reclamos o que, según Carabineros, generan inseguridad. Queremos una comuna más segura y los lugares que no cumplen deben ser sancionados”.

Luego recogió caña. A  partir del jueves 29 se suspende –¿se habrá suspendido?– la clausura del galpón y se le da un plazo de 90 días para que hagan llegar al municipio un expediente con las propuestas de remodelaciones y mejoramiento de accesos, evacuación, fachada de continuidad arquitectónica, así como el aumento de la cantidad de baños y solicitar una ampliación de patentes, para albergar actos masivos. La Fundación afirma que hace seis meses y dos días entregaron un proyecto de remodelación.

Quién fue… ¿Perón?, si Juan Domingo Perón, el gobernante argentino fue el que dijo que los pueblos avanzan con sus dirigentes a la cabeza. O con la cabeza de sus dirigentes.

Amén.

 

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