Jun 10 2012
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Opinión

A contrapelo: un artista llamado pinochet y el dilema democrático chileno

Sábado, poco después de las 23, frío, calle de San Diego, un par de docenas de personas frente al Caupolicán; en pocas horas allí se escenificará un acto político bajo el pretexto de exhibir un documental (a partir de $ 4.000 la “invitación”, unos ocho dólares estadounidenses) sobre un tal pinochet, fallecido ex dictador. Medio país está pendiente de lo que podrá —o no— suceder; la otra mitad intenta operar a propósito de ese acto. ¿Democracia? Un concepto vacío.| LAGOS NILSSON.

 

Convengamos: no es democracia lo que es democracia para él y no para tí; para ellos y no para ellas; la que fuerza olvidar a unos para premio de otros será una mascarada; y convengamos también que cualquier cosa que haya significado para sus teóricos el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo ya no significa nada para nadie.

 

El pretexto del homenaje al siniestro dictador devenido en “starlet” es el estreno de un “documental”, filme que ensalza su memoria, justifica el golpe de Estado de 1973 (un tal Alwyn, golpista de los primeros en primer plano). Se ha deslizado que la película obtuvo un primer premio en un (fantasmal) festival estadounidense de dudoso financiamiento y oscura organización.

 

Media hora después, mientras el calendario salta de sábado a domingo, las personas que combaten el frío ante las puertas del Caupolicán, son más de un par de decenas. Suman adherentes incluso a esta hora de la noche. La mayor parte gente mayor: sobrevivientes de los morideros de la dictadura militar-cívica, hijos, amigos, parientes de desaparecidos y desaparecidas, sin que falten los que fueron torturados, y viudas, huérfanos, en fin, por acciones de aquellos que son los dibujados héroes del filme.

 

Y es triste que esas personas deban estar ahí, casi exigiendo la comprobación de sus identidades por parte de la policía: si la calle no es pública —es decir libre— la calle es espacio democrático en duda. Pero eso no es lo más triste, a lo sumo devela esta noche la sumisa mansedumbre de los chilenos, su falta de coraje cívico. Sólo falta que, como en otra época, digan esos indignos ciudadanos al carabinero que comprueba sus identidades una paráfrasis: “Paco, amigo, el pueblo está contigo” (estudiantes y mapuches aplauden).

 

(¿Recuerdan los mayores? ¿Lo saben los más jóvenes? ¿Saben en qué perversa cocina se cocinó tal consigna?).

 

Lo triste además es que para que el homenaje se realice se deba amenazar con represión a quienes a él se oponen.

 

Convengamos también que el homenaje al tata asesino y ladrón es un absurdo democrático sólo porque la democracia no existe; a su “remodelamiento” a hachazos en los tiempos pijotechistas sucedió la firme voluntad de los héroes de la Concertación de hacer olvidar, con los mil días de la Unidad Popular, décadas anteriores de lucha por conquistar democracia para Chile.

 

La democracia no es una formalidad de los modales callejeros, es manifestación de orgullo ciudadano bajo un paraguas común: igualdad de oportunidades y expectativas en todos los terrenos de la vida social, comenzando por salud, educación y salarios.

 

Quienes han comenzado a protestar porque cinco mil locos estúpidos —diría moral y siquiátricamente insalvables— van a echar de menos a la bestia, se equivocan: les prestan micrófono y altavoces. Les dan lucimiento. Caen en la trampa (“soldado, amigo…”).

 

Es justa su indignación. Sólo que los medios elegidos para expresarla, piensa uno, constituyen un error, otro más, otra piedra en el camino de la democratización de Chile. A veces hay que comer sapos, finalmente hemos ayudado a prepararlos:

 

Los hemos aderezado al tolerar a ese Alwyn como candidato y luego presidente; los hemos cocinado con un naerdental Frei Ruiz Tagle (primero el gran visir, luego el hijo del sheik a costa del olvido de la traición); pusimos la mesa con el absolutista y desmemoriado Lagos Escobar; servimos el postre con la dama Bachelet; escanciamos los bajativos con el crediticio y volátil maese Piñera y su corte de otrora efebos pijotechistas —hoy, reciclados recomiendan no usar corbata: hora, es decir, de volver a ella.

 

Es la democracia (perfectible, dicen). Pero si aguantó el país la justicia en la medida de lo posible, la “Oficina”y el hotel para los genocidas y la estafa a la voluntad póstuma de Neruda ¿por qué hacer un escándalo ahora? Al fin y al cabo, y duele decirlo, aguantamos que el dictador muriese contento en cama y con buena parte de lo mal habido a buen recaudo.

 

Todo —la oportunidad del homenaje, las formas de protestar— parece un sainete callejero; de seguro la verdad es como agua subterránea que de repente emergerá. Ojalá ahogue a unos y a otros. Las guerras del pasado son el recuerdo del presente —y oportunidad de la autocrítica en serio—. Una sociedad no se reconcilia en el olvido; tampoco mirando para otro lado cuando las luchas verdaderas marchan bajo la ventana de los “recordantes”.

 

A Violeta Parra le gustaban los estudiantes. Ojalá los que se preparan para la inútil protesta por el acto pijotechista marchen el 28 de junio con los estudiantes. No lo hicieron ayer. Acaso esperan dirigir el movimiento estudiantil: sería catastrófico.

 

Por último: el Caupolicán se hizo conocido porque era un “teatro-circo”, con payasos y trapecistas, con algún mono con hambre y varios ilusionistas: sin dudas el mejor lugar para ver el documental de marras —por el que acusan, incidentalmente, a sus desconocidos realizadores del robo de material filmado por terceros —entre ellos al cineasta Miguel Littin.

Sub sole nihil novi est

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