Oct 23 2016
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OpiniónPolítica

A la derecha chilena la une un objetivo común. ¿La izquierda tiene alguno?

Diga usted lo que quiera, lo que se le ocurra, lo que se le antoje, pero hay un hecho irrefutable, y es el que señala la profundidad del cuestionamiento público en que se encuentra la actividad política en Chile.

Lo cierto es que hay una verdadera majamama de marchas, movimientos, peticiones, demandas, concentraciones y declaraciones de índoles diversas que demuestran cuán atomizada políticamente está hoy nuestra sociedad. ¿Sirve ello, por sí mismo, para provocar los cambios de fondo que esa sociedad requiere? Quizás no, pues no existe una orgánica en la cual puedan insertarse tales demandas, así como tampoco hay un liderazgo único que las guíe.

Nos encontramos en un momento muy particular, ya que se está produciendo el fenómeno social que muchos analistas anticiparon, cual es el despertar de las masas (o al menos de algunas organizaciones y segmentos); pero, tamaña situación entrega un diagnóstico que desalienta a pesar de lo esperanzador que pudiese parecer el despertar señalado. ¿Cómo así? Hay una amplia movilización popular por causas diversas; desde las estudiantiles a la de los pensionados, atravesando intereses de trabajadores, pobladores y del mundo femenino y sus luchas (que deberían ser de toda la sociedad).

Mostrando

Hoy se movilizaron las mujeres, mañana lo harán los funcionarios públicos, ayer fueron los trabajadores, antes fueron los universitarios, anteayer lo hicieron los secundarios y los pensionados… y así suma y sigue, pero no hay un meollo fundacional que aglutine en un solo cuerpo todas estas concentraciones. Cada sector lucha por sus intereses particulares y no por establecer un programa nacional determinado, lo que resulta miel sobre hojuelas para quienes tienen en sus manos las riendas del país.

Creo que ningún movimiento masivo perdura en el tiempo –ni logra objetivos políticos mayores– si no se sustenta en una base ideológica que cuente con aceptación mayoritaria en la población. Es por ello que mega empresarios y derechistas se esmeran en repetir hasta la saciedad que las movilizaciones sociales se están ‘ideologizando’, pues de ese modo creen evitar lo principal: impedir que realmente se ideologicen, ya que ocurrido ello es un hecho de la causa que gobierno y sistema neoliberal salvaje se irían por el excusado rumbo a la alcantarilla política.

La derecha (que ha gobernado el mundo más siglos que la izquierda, y por ello posee mejor ‘background’ en complots, traiciones y chanchullos), tiene muy claro que en la medida que persista una “no ideologización” de las manifestaciones, le será en extremo fácil separar y dividir en la masa a los verdes de los rojos y de los blancos, puesto que la ausencia de conducción central se traduce como carencia de liderazgo político, y esa ‘no presencia’ es producto de la carencia de una ideología que represente a las masas, las aglutine y les abra el camino.

En suma, es mi pensamiento, las movilizaciones –por muy masivas que sean– sin referente ni sustento ideológico con aceptación mayoritaria en la población son simples estallidos ocasionales que alertan a los gobiernos, pero no los conmueven.

La derecha chilena –aunque muchos la consideren extemporánea y poco ‘avispada–, siempre ha sabido sacar maquila de todas las situaciones en las que se derraman escandaleras públicas. Cuando ella entra en problemas serios, se divide… pero lo hace con sapiencia, con un objetivo claro y una programación efectiva.

Si la derecha se separa no significa que se atomice dispuesta a experimentar el requiescat in pace partidista. Lo hace para repartir sus huevos en varias canastas y sin renunciar jamás a su objetivo común y principal, lo cual le permite en el futuro mediato rearmar la unidad del sector e instalarse con renovados bríos en el escenario político.ch estudiantes reforma

Muy por el contrario, la izquierda –cuando se divide, y siempre se divide–, demuestra de inmediato sus carencias principales, ya históricas: programa común y liderazgo. En el amplio abanico (‘archipiélago’, a estas alturas) de la izquierda nos topamos con una verdad que no admite discusiones: todos los izquierdistas están de acuerdo en lo que no desean, pero se atomizan y se dividen al momento de concordar lo que sí desean.

Además, cuesta muchísimo convertirse en líder de los cuadros izquierdistas pues en ellos predominan diversas tendencias que, en algunos casos, llegan a ser contrapuestas. Es que en la izquierda todos y cada uno de sus integrantes creen ser dueños de la verdad, del amor del pueblo y del programa de gobierno que el país requiere. He ahí su gran problema, y me refiero específicamente a la izquierda en serio, pues la otra, la que está en la Nueva Mayoría, con suerte logra tener peso para ser considerada socialdemócrata reconvertida a la fe capitalista, y titulada como mayordomo de la derecha dura.

La derecha, en cambio, tiene claro qué es lo que desea y qué es lo que rechaza. Entonces, cuando vienen los ventarrones y las tormentas, no se anda con chicas para desgranar su propio choclo y formar grupos menores que salen al campo público criticando ácidamente al tronco madre, a la vez que ofrecen alianzas temporales con quienes eran, hasta poco tiempo, sus adversarios.

Pasado el temporal, atraídos por el imán del dinero y las finanzas, esos grupos regresan al seno fundamental, histórico e inmutable del conservadurismo clásico. Dejan tras de sí una estela de acuerdos menores, intrascendentes, con los que obnubilaron a los socialdemócratas inadvertidos, retardando eficazmente todo intento de reformas de fondo.

El problema, mi amigo, es que la derecha se conoce muy bien a sí misma y mejor aún a la izquierda, mientras esta última es analfabeta en ambos casos, ya que se niega a reconocer y asumir sus propias fallas y aún no aprende que la derecha es inmutable: aunque pasen años, décadas y siglos, es y será siempre la misma, independientemente de los colgajos que de vez en cuando se desprenden –de forma temporal y programada– de su tronco principal.

Hoy, en medio de la crisis integral que sacude a la actividad política, y del vendaval electoralista que tiene a la derecha criolla con bajos índices de aprobación ciudadana, los viejos patricios conservadores, y sus ahijados pinochetistas entienden que la moda necesaria se llama “republicanismo”.

Asunto que detestan, claro está, pero envían al campo político a algunos de sus escuadrones para marear al electorado, y desde el corazón mismo de la coalición de las tiendas consideradas ‘progresistas’, ofrecer alianzas de corto aliento, destinadas a ganar todo el tiempo que el tronco madre requiere para recomponer sus cuadros, fortalecerse y regresar a la lucha.

No es democrática, no es republicana… la Derecha sabe… la Derecha es pilla… la Derecha es PENTA, es Barrick, es Hidroaysén, es Soquimich, es Fuerte Aguayo… y la Izquierda actual es un archipiélago de referentes, grupos y partidos emolientes sin conducción unitaria ni programa común.

Saque usted sus propias conclusiones.

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