Jun 25 2012
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Opinión

A la paraguaya y contra un muro

Fue rápido, sin aspavientos, sin protestas. Y hasta el momento de escribir esta nota todo sigue como si nada hubiera ocurrido. Sólo que Fernando Lugo además de ser ex obispo católico ahora también es ex presidente de la República. Para algunos analistas —incluidos varios gobernantes de esta parte del mundo— el ex mandatario fue víctima del un “golpe blanco”, pero golpe al fin.| WILSON TAPIA VILLALOBOS.*

 

La visión de la derecha paraguaya y continental se escuda en que todo se hizo sin sobrepasar las disposiciones constitucionales. Algo así como lo que le gusta decir al ex presidente Ricardo Lagos: las instituciones funcionaron.

 

Lo concreto es que Lugo era el primer presidente del Paraguay, desde 1954, que no se había formado en las huestes del conservador Partido Colorado. En estos casi 60 años —incluidos los 35 de dictadura de Alfredo Stroessner— las estructuras políticas de esta nación mediterránea fueron forjadas con marcada orientación derechista.

 

Según un reciente informe de la Comisión Verdad y Justicia del Paraguay, durante la dictadura militar se entregaron de manera irregular cerca de siete millones de hectáreas a personas militantes o allegadas al Partido Colorado. Eso representa casi el 19% del territorio del país. Y fue precisamente en uno de estos predios donde se desató el último drama político de América Latina.

 

Se trata de un latifundio que le fue concedido por el gobierno de Stroessner al ex senador Colorado, hoy retirado, Blas Riquelme. Cien familias llegaron hasta un sector del predio y lo ocuparon. Pertenecían a la Liga Nacional de Carperos, organización que agrupa a sin tierras. Cuando la policía intentó desalojarlos, en el enfrentamiento armado murieron 9 campesinos, siete policías y además hubo 80 heridos.

 

Fue la última escaramuza que afectó a un gobierno debilitado desde su génesis. Lugo ganó las elecciones en abril de 2008, imponiéndose con el 40,82% de los votos emitidos. Pero él prácticamente carecía de una estructura política de respaldo. Por ello fue en una alianza con partidos tradicionales, como el Liberal. De esa agrupación era su vice presidente y hoy quien lo reemplaza en la Primera Magistratura, Federico Franco.

 

A poco andar, las relaciones de Lugo con sus aliados se debilitaron. La ex autoridad eclesiástica planteó a los ciudadanos de su país un programa que intentaba saldar viejas deudas y llevar al Paraguay a un estado más equilibrado en la relación ricos-pobres. En la actualidad, el país muestra más del 40% de sus seis millones de habitantes viviendo en condiciones de pobreza.

 

En 2011 su economía creció a un ritmo levemente superior al 10%, especialmente por el desarrollo de polos dedicados a la agroindustria. Pero la bonanza no se derramó. Y Lugo, hasta el momento de su destitución, no había logrado cumplir con una parte significativa de sus promesas de redistribución o al menos de mitigación de la pobreza.

 

No era por falta de decisión. Sin fuerza propia en el Parlamento —en la Cámara de Diputados 76 parlamentarios votaron por la destitución y sólo 1 lo apoyó, y en el Senado la votación en su contra es 39 a 0— y careciendo de estructura social de apoyo, poco podía hacer, Así, sólo con pena, Fernando Lugo termina otro de los sueños que, de vez en cuando, crean los pueblos pobres.

 

Pero su salida genera graves dudas acerca de la institucionalidad política en esta parte del mundo.

 

El Parlamento paraguayo demoró menos 24 horas en juzgar y destituir al Presidente. Tiempo claramente insuficiente para que el acusado —¡nada menos que el jefe del Estado!— pudiera preparar siquiera su defensa. Estas son las razones que han llevado a Argentina, Ecuador, Bolivia, Venezuela y República Dominicana a anunciar que no reconocerán al gobierno de Franco. Otros regímenes se debaten aún entre la constitucionalidad y la ética. Es el caso chileno.

 

Independientemente de las aristas novedosas que pueda tener el caso, el fondo sigue siendo el mismo a que nos tienen acostumbrados quienes manejan el poder. Desde el comienzo, los medios de comunicación regionales abundaron en detalles sobre la vida personal de Lugo. El ex obispo católico había engendrado a lo menos dos hijos mientras ejercía su ministerio. Y periódicamente detalles al respecto eran reflotados en los principales medios de nuestros países.

 

Hasta hoy si alguien preguntaba por Lugo, la respuesta inmediata apuntaría a los juicios por paternidad que debió enfrentar. Nada más. Los medios no ayudaban a que se supiera algo de la situación del país.

 

No de las particularidades de un sui géneris sistema parlamentarista que parece imperar allí, sino de la realidad que enfrenta el pueblo. Y la renuncia de Lugo es una clara demostración de que poco es lo que se puede hacer. Más bien su alejamiento señala de manera palmaria que la democracia no está funcionando para resolver los problemas de los más necesitados. Por el contrario, la concentración económica hace a los ricos cada vez más ricos. En la otra banda, los pobres tienen que esperar ¿qué?

 

Es la gran respuesta que la caída de este presidente sigue manteniendo pendiente. Es su cercanía con los más humildes lo que hace que la derecha lo adverse. El voto que lo censura por la matanza de Curuguaty, señala textualmente:
“Fernando Lugo, (…..) desde que asumió la conducción del país, gobierna promoviendo el odio entre los paraguayos, la lucha violenta entre pobres y ricos, la justicia por mano propia y la violación del derecho de propiedad(…)”

Sin embargo, en este episodio se da una paradoja. La masacre se produce por defender el derecho de propiedad. Todos los argumentos valen, Lugo era molesto.
——
* Periodista.

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