Jul 8 2012
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Opinión

Cara y sello de una condena

Resulta triste aplaudir la nueva condena a Videla y suyos en la Argentina; se hizo justicia, sí, pero es triste (y la tristeza es más fuerte que la justicia) que esa condena no pueda reparar el daño hecho a los niños robados de lo que debió ser su historia ni pueda dar mayor luz sobre sus madres asesinadas.| LAGOS NILSSON.

 

Es terrible pensar que seres humanos fueron tratados como cerdos —cerdas en este caso— de criadero; controladas y vigiladas luego de haber sido golpeadas y violadas en sus cuerpos y almas a la espera de que parieran para luego repartirse esos neonatos todavía unidos, acaso umbilicalmente, a sus madres, llevárselos quizá envueltos en trapos de tortura carcelaria para que otros —fatalmente cómplices—los lucieran como ampliación de su carnicera familia.

 

Es terrible pensar que luego esos mismos agentes de Estado, u otros a la espera, les dispararon mientras ellas todavía sangraban el parto, todavía acaso tenían contracciones, o las asfixiaron o les dieron de culatazos y luego las enterraron en descampado, subieron sus cuerpos convertidos en bultos a helicópteros y las arrojaron a la mar o las disolvieron en cal viva.
Es terrible pensar en los médicos y otros profesionales de la salud que siguieron —incluso en hospitales— paso a paso por semanas la evolución de cada una de esas muchas decenas de preñeces a sabiendas de cómo iba a terminar todo.

 

Es terrible pensar en esos niños —mujeres y hombres ahora— que viven sin saber o sin atreverse a saber, víctimas de pesadillas que no logran describir, condenados a llamar madre y padre, y tios y tías y primas y primos y abuelas y abuelos y madrinas y padrinos a los verdugos de su verdadera estirpe. Resulta espantoso que el amor de personas y familias, de familias y personas, haya sido regado por la ignorancia y la muerte de quienes los esperaron ansiosos hasta el día en que fueron llevados a la cámara de la oscuridad.

 

En otro país de los hijos que esperaban mujeres apresadas —y que luego desaparecieron sin mayor rastro— nunca se supo. Se documentan nueve casos de embarazadas detenidas y luego asesinadas; no ha quedado en el moroso orden vesánico impuesto por la dictadura militar-cívica chilena huella alguna de esas vidas.

 

Cuarenta años después, en sus cómodas habitaciones y mientras giran el dinero de sus pensiones de honorables militares en retiro, los asesinos no saben, no recuerdan, no contestan. Fueron cruzados espectrales de una guerra, dicen, por los valores patrios; hoy reciben homenajes, cantan canciones, firman libros que quizá escribieron, salen de sus cárceles-resort a pasear y hacer compras. Algunos son respetables “hombres públicos”.

 

Y no recuerdan. No recuerdan cómo mataron a esas mujeres, no recuerdan si hundieron sus bayonetas en los vientres hinchados, si los rasgaron con los corvos de servicio, si sus perros violadores devoraron esos nonatos. No recuerdan si luego festejaron. No recuerdan.

 

Es terrible la condición humana.

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