Mar 26 2018
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Política

Catalunya, ¿y ahora qué?

Rozamos los 100 días desde que se celebraran las elecciones catalanas el pasado mes de diciembre. Desde entonces, ninguna de las partes ha movido ficha para tratar de buscar una solución a este conflicto a pesar de que, como pudo volver a evidenciarse anoche, mantiene dividida a la sociedad catalana sin que la imposición parezca ser la solución en ningún caso.

Detenido Puigdemont, las calles volvieron a llenarse. Los Mossos dejaron de ser buenos para algunas personas y, curiosamente, volvieron a ser ejemplo para otras. Crispación, tensión, estancamiento político y social debido a la ineptitud y la mediocridad de la clase política española; ese es el panorama.

Desde aquel 21 de diciembre, lejos de avanzar en una solución a la confrontración que se vive en Catalunya, se está aún más lejos.

El Gobierno de Rajoy continúa con la cabeza metida en su agujero, siendo uno de los máximos responsables en esta deriva política, sin ánimo por reconocer que el modelo estatal español ya no sirve, está obsoleto. Es necesario afrontar un nuevo proceso constituyente que resuelva las carencias e incongruencias de la actual.

Por su parte, quienes apuestan por una república catalana tampoco han facilitado el camino hacia una resolución del conflicto. De hecho, se han movido más en la provocación, en la búsqueda de imposibles hoy por hoy que no hacen más que enquistar la situación, cada vez más infectada. Tampoco ha constribuido a mejorar la conyuntura que el partido más votado, Ciudadanos, se haya borrado del mapa y sólo aparezca para incendiar con declaraciones que únicamente buscan saciar sus ansias de votos a nivel nacional. El PSOE ni está ni se le espera.

Adicionalmente, el esclerótico movimiento de la Justicia, que parece avanzar más a ritmo político que judicial, ha contaminado aún más todo el proceso, aumentando el confort de Rajoy en su agujero y alentando la provocación de los partidos independentistas.

Y ahora, ¿qué? Soy pesimista en esta cuestión, precisamente, por la mediocridad de la clase política, que se sitúa en las antípodas de tener altura de miras. La diferencia con otras situaciones es que buena parte de la ciudadanía parece no estar ya dispuesta a seguir tolerándolo, pero incluso est@s ciudadan@s han de tener también altura de miras. Todas las partes habrán de ceder para volver a alcanzar la paz social. Personalmente, veo opciones y todas ellas pasan por meterle mano a la Constitución que, cada vez más, quienes no la votamos (la mayor parte de l@s español@s) sentimos que nos tiene secuestrad@s.

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No habrá rendición

Juan Carlos Escudier–Público.es| Entre Sor Lucía Caram con su hiperbólica comparación entre Puigdemont y Jesucristo y quienes celebraron este domingo la detención del cesado president en Alemania como la caída del enemigo público número uno, se abre un extenso territorio de temerosos que vieron arder anoche las calles catalanas y se preguntaron si esta nueva fase del conflicto consiste en despertar abruptamente del sueño de Quebec para abrazar la pesadilla del Ulster.

Las primeras víctimas de ese conflicto fueron los llamados equidistantes, aquellos que intentaron guardar distancias, los que se resistieron a ver enemigos a ambos lados del camino, los que comprendieron las razones de unos y otros, los que pusieron peros a los dos bandos, los que creyeron ingenuamente que era posible algo parecido a la reconciliación, los que no quisieron ver en blanco o en negro y se resignaron a ser traidores por partida doble.

Los equidistantes se equivocaron porque hay problemas que no buscan solución sino que aspiran a perpetuarse, y contra ese instinto de supervivencia, de preservación, poco o nada se puede hacer. La montaña no es el mirador desde el que contemplar a los que están enfrente, no es el observatorio de nuevos paisajes, de nuevos horizontes. Nadie tiene interés en levantar la vista y comprender lo que se extiende más allá de sus narices. Es, simplemente, una frontera vigilada, un río sin puentes, un mar muerto que nadie quiere navegar, dos orillas irreconciliables que desprecian el encuentro.

El problema es Catalunya y lo es España, que han escrito a cuatro manos la continuación de ese desierto de los tártaros, un interregno donde muchos se han pasado décadas atrincherados, esperando una guerra que jamás acontecía, una escapatoria a la rutina, una manera de demostrar el valor que se les suponía, de descargar la fiereza acumulada, de ser merecedores del aplauso de los suyos, ya fuera por la intensidad de su artillería o por su numantina resistencia.

Desatadas las hostilidades, se equivocan quienes piensan que apresar al general enemigo y a su plana mayor equivale a la victoria definitiva. Hay fortalezas inexpugnables que no se pueden tomar por mucho que se arríen sus banderas y se desfile en sus calles. Buscar la humillación suele ser contraproducente. Quienes la sufren tejen nuevas complicidades y es de esperar que, incluso, en ese pretendido quintacolumnismo afín a la causa no tarden en producirse deserciones. Quizás se logre el sometimiento pero no habrá rendición.

 

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