Abr 26 2016
1478 lecturas

Cultura

Cervantes en cautiverio

De las muchas y diversas veces que, desde la adolescencia, me he puesto a gozar de Don Quijote de la Mancha, hay una, extra√Īa y arquet√≠pica y colectiva, de cuyo alcance no me quiero olvidar. Esa lectura, hace m√°s de cuarenta a√Īos, junto a un grupo desesperado de hombres y mujeres cautivos, importa especialmente hoy cuando la conmemoraci√≥n del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes nos obliga a preguntarnos por la vigencia de su obra, si tiene ese escritor insigne, m√°s all√° del inmenso placer de leerlo, alg√ļn recado urgente y especial para nuestro turbulento siglo XXI.

Por cierto que Cervantes mismo, si resucitara para sólo ello, no habría imaginado a lectores más afines y perfectos para comprender la relevancia imperecedera de su literatura que aquellos que estaban hacinados en uno de los amplios salones de la Embajada Argentina en Santiago, a mediados de octubre de 1973. Afuera, a pocos pasos de nuestros cuerpos vulnerables, la muerte rondaba la ciudad. Un mes antes, el 11 de septiembre, los militares habían derrocado al gobierno democrático de Salvador Allende, inaugurando un reino de terror.

Durante el mes despu√©s del golpe, hab√≠a vivido yo en la clandestinidad, apenas libr√°ndome de ser apresado por los servicios del General Pinochet, hasta que la Resistencia me orden√≥ pedir asilo en la Embajada Argentina. Una vez que logr√© trasponer dificultosamente la barrera de soldados y polic√≠as que trataban de impedir que los perseguidos encontraran amparo, me encontr√© con un espect√°culo alucinante: casi mil hombres, mujeres y ni√Īos acampando desastradamente en habitaciones destinadas, hac√≠a poco, a c√≥cteles donde selectos y pr√≠stinos invitados eran agasajados. La escena rayaba en lo apocal√≠ptico. Un jard√≠n otrora opulento arrasado por la presencia desbordante de hu√©spedes indeseables. Cuerpos malolientes haciendo cola ante ba√Īos arruinados por el sobreuso y perpetuamente hambrientos debido a que la cocina era incapaz de alimentar tantas bocas √°vidas. Y, sobre todo, un ambiente sofocante, sobre todo el hedor de la desolaci√≥n y el miedo.

Leer Don Quijote era parte de un plan para combatir esa atm√≥sfera deprimente durante las eternas semanas a lo largo de las cuales tendr√≠amos que esperar salvo-conductos que las autoridades militares, por supuesto, tardaban en otorgar. Habiendo ense√Īado esa novela en la Universidad, am√©n del Persiles, la Galatea y las Novelas Ejemplares, hab√≠a ofrecido hacer de gu√≠a de quienes quisieran explorar las bulliciosas aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero, con la perspectiva de que sirvieran como ant√≠doto a la tristeza y el duelo ‚Äúen ese lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido su habitaci√≥n‚ÄĚ. ¬ŅNo era posible que cada uno de nosotros fu√©ramos, como quiso Cervantes, ‚Äúmovidos a risa‚ÄĚ, y extraj√©ramos tambi√©n alguna esperanza de un h√©roe que recorre con tenacidad los caminos de su Espa√Īa en pos de viudas que defender y hu√©rfanos que auxiliar, sin que lo desalentaran los golpes que le llov√≠an a ra√≠z de sus deseos insanos de reanimar los ideales que su sociedad ya no valoraba?

Para obtener una copia del libro tuve que ped√≠rselo al desagradable y fascista funcionario a cargo nuestro en la Embajada Argentina, de cuyo nombre definitivamente no quiero acordarme. El tipo coment√≥, en forma displicente, que deber√≠amos haber le√≠do aquella novela antes de lanzarnos al est√©ril intento de liquidar la injusticia social en Chile. ‚ÄúArremetieron contra molinos de vientos,‚ÄĚ se burl√≥, ‚Äúy las aspas les dieron una merecida paliza, aunque dudo de que la gentuza asilada ac√° sea capaz de aprender otra cosa que huir como ratas.‚ÄĚ

A pesar de tales desaires, el diplom√°tico, quiz√°s agradecido de que no solicit√°ramos manuales para fabricar bombas o los diarios del Che Guevara, termin√≥ por hacer entrega de una copia de Don Quijote y as√≠ pudieron conocer a fondo ese libro sorprendente e ir√≥nico unos treinta damnificados que hasta entonces solo lo hab√≠an frecuentado en forma espor√°dica y siempre de una manera superficial. Adem√°s de algunos chilenos, la mayor√≠a de estos improvisados lectores hab√≠a arribado a nuestro pa√≠s desde las revoluciones fracasadas de otras tierras latinoamericanas ‚Äď Uruguay, Bolivia, El Salvador, Colombia, Guatemala, Brasil y, naturalmente, Argentina. Aportaban a la novela, por ende, una riqueza de experiencia y madurez, y una profunda fragilidad, que no pose√≠an, sin duda, los j√≥venes que hab√≠an estudiado conmigo en la Universidad. Muchos de aquellos asilados hab√≠an pasado per√≠odos extensos en la c√°rcel, hab√≠an sufrido tortura y opresi√≥n y exilio, hab√≠an tratado de mantener viva, adentro de la caverna de la derrota y el desconsuelo, una sed por la justicia con que Cervantes, estoy seguro, hubiera simpatizado. Capaz incluso, dada su admiraci√≥n por la Utop√≠a de Tom√°s Moro, no se hubiera extra√Īado de algunos de los sue√Īos socialistas que abrig√°bamos. Como estos lectores de la Embajada, Cervantes hab√≠a sido v√≠ctima de una encarnizada adversidad, y tambi√©n como ellos, sinti√≥ el desaf√≠o, mientras escrib√≠a las dos partes de El Quijote, de nutrir, en un mundo cruel, una paciente creatividad.

De hecho, la experiencia que defini√≥ la vida de nuestro Miguel, que lo transform√≥ en el hombre y el artista que termin√≥ siendo, fueron los cinco a√Īos aterradores y formativos (1575-1580) que pas√≥ el manco de Lepanto en los ‚Äúbagnos‚ÄĚ (es decir, cadalsos) de Argel como prisionero de los piratas berberiscos. Fue ah√≠, en la frontera fluctuante donde el Islam y el Occidente se enfrentaron y entremezclaron, que Cervantes aprendi√≥ a valorar la tolerancia hacia aquellos que son diferentes, y ah√≠, tambi√©n, que aprendi√≥ que, de todos los bienes a los que puede aspirar un hombre, el mayor es la libertad. Mientras aguardaba el rescate que su familia indigente no pod√≠a pagar, inquietado por la muerte cada una de las cuatro veces que intent√≥ fugarse, presenciando los suplicios y ejecuciones de otros esclavos cristianos, ansiaba una vida sin muros desp√≥ticos ni grillos que lo maniataran a un due√Īo arbitrario. Pero una vez retornado a Espa√Īa, un veterano de guerra mutilado al que ninguneaban aquellos que lo hab√≠an mandado a pelear, una vez que se hall√≥ sin trabajo ni reconocimiento, en la medida que el desencanto y las traiciones se amontonaban, lleg√≥ a la conclusi√≥n de que si no podemos determinar los infortunios que saquean nuestros cuerpos, somos capaces, no obstante, de dominar la manera en que reaccionamos ante esa malaventura, podemos comprometernos en la tarea m√°s crucial de emancipar nuestra alma.

Don Quijote deriva de esa revelaci√≥n. En el pr√≥logo de la Primera Parte de esa novela (1605), el autor advierte al ‚Äúdesocupado lector‚ÄĚ, que su obra se engendr√≥ en una c√°rcel. Como Cervantes estuvo preso en m√ļltiples ocasiones en su vida, siempre en forma injusta, siempre perseguido por magistrados venales e ineptos, no sabemos a ciencia cierta qu√© ciudad espa√Īola merece el ins√≥lito honor de albergar la prisi√≥n donde los iniciales resplandores del Ingenioso Hidalgo vieron la luz, pero aquella experiencia traum√°tica de un nuevo encierro, que le forz√≥ a revivir el calvario de Argel, tiene que haberlo enfrentado al dilema que resolvi√≥ asombrosamente, para nuestro j√ļbilo: o sucumbir a la amargura del desaliento o echar a volar las alas de la imaginaci√≥n, probando que los seres humanos disponemos de una capacidad infinita, dir√≠ase divina, para superar el presidio inmediato y materialista de esta Tierra. El resultado, eventualmente, fue un libro que iba a empujar los l√≠mites de la creaci√≥n, desencadenando su escritura de las ligaduras y linderos de la literatura previa, subvirtiendo toda tradici√≥n y convenci√≥n que Cervantes hab√≠a heredado. Un milagro: en vez de una diatriba rencorosa contra una Espa√Īa que ya deca√≠a y que lo hab√≠a rechazado y censurado, Cervantes invent√≥ un tour de force tan juguet√≥n como multifac√©tico, fundando los cimientos para todos los abigarrados experimentos ambiguos que el g√©nero novel√≠stico iba a sondear en los siglos venideros, una fuente de la que han bebido desde entonces todos los narradores.

Aclamado inauguralmente por su valor festivo y farsesco, los lectores gradualmente llegaron a reconocer que estaban viviendo, sufriendo, fantaseando en el mundo que Cervantes, por la primera vez en la historia de Occidente, hab√≠a expuesto como digno de ser tratado con cuidadosa, minuciosa deliberaci√≥n. Comprendieron que somos todos unos locos constantemente sobrepasados por la historia, seres fr√°giles pose√≠dos por el espejismo de qui√©nes somos y de lo que deseamos y de la construcci√≥n y preconceptos que otros hacen de nosotros, amarrados a cuerpos que cumplen la condena maravillosa de tener que comer y dormir, defecar y hacer el amor y alg√ļn d√≠a morir, vueltos rid√≠culos y a la vez gloriosos por las quimeras que albergamos. Cervantes, para decirlo sin rodeos, descubri√≥ el vasto territorio psicol√≥gico y social de la modernidad, lo que significa ser cautivos de un mundo inexorable del que las v√≠ctimas bregan por escaparse con alguna semblanza de dignidad, aunque sea a trav√©s de ilusiones ef√≠meras.

Aquellos que le√≠amos Don Quijote en 1973, en una Embajada que no pod√≠amos abandonar, rodeados de militares prontos a transportarnos a estadios y s√≥tanos y cementerios, respondimos visceralmente a esa obra desenfrenada concebida en circunstancias no enteramente dis√≠miles a las que sobrellev√°bamos. Esa pr√°ctica y exaltaci√≥n incesante de la libertad era una continua inspiraci√≥n, la apuesta de que, por mucho que estuvi√©ramos acosados por la realidad m√°s s√≥rdida, √©ramos, todos y cada uno, un experimento magn√≠fico y progresivo que solo cesa con nuestro √ļltimo aliento. Esta fe de que el esp√≠ritu humano no puede ser aplastado se reflejaba ejemplarmente en un pasaje de la Segunda Parte del Quijote (1615) que nos conmovi√≥ hasta las l√°grimas.

Los fr√≠volos Duque y Duquesa han hecho a Sancho Panza gobernador de una ‚Äú√≠nsula‚ÄĚ, donde el escudero demuestra m√°s cordura y compasi√≥n que quienes quieren divertirse a su costa. Una noche, haciendo la ronda, se encuentra con un joven que se muestra un tanto impertinente. Y Sancho lo manda a dormir en la c√°rcel. Con descaro, el condenado insiste en que ‚Äúno me har√°n dormir en la c√°rcel cuantos hoy viven‚ÄĚ por cuanto ‚Äúsi yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche, sin pegar pesta√Īa, ¬Ņser√° vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?‚ÄĚ. Escarmentado por este ejemplo de independencia y entereza, Sancho lo suelta.

Es un episodio que me acompa√Īa se√Īeramente desde entonces. Si lo rememoro ahora, es porque creo que contiene el mensaje esencial del Pr√≠ncipe de los Ingenios para nuestra desanimada humanidad contempor√°nea.
Es cierto que la mayor√≠a de los habitantes del planeta no est√°n encarcelados, como lo estuvo tan a menudo Cervantes, ni se encuentran confinados, como aquellos revolucionarios de la Embajada Argentina, por murallas de temor. Y, sin embargo, vivimos, a√ļn m√°s que el autor de El Quijote en un mundo at√≥nito de espejos y espejismos movedizos, cada vez m√°s distantes un ciudadano del otro, somos una especie cautiva de la violencia y la desigualdad, de la codicia y la estupidez, de la intolerancia y la xenofobia y el fundamentalismo, n√°ufragos en un planeta del que hemos perdido el control. Como si fu√©ramos lun√°ticos caminando a ciegas hacia el abismo.

Cervantes falleci√≥ hace cuatrocientos a√Īos y sigue, de todas maneras, envi√°ndonos palabras, la sabidur√≠a transmitida por ese muchacho amenazado por Sancho Panza, palabras que necesitamos leer otra vez y escuchar de nuevo y meditar a fondo antes de que sea demasiado tarde.
Nadie tiene el poder de hacernos dormir si no es por propia decisión.
Cervantes nos est√° diciendo que nuestra humanidad asediada, aturdida, cautiva no debe perder la esperanza de que podamos despertar antes de que sea demasiado tarde.

*Autor, recientemente, de la novela Allegro, narrada por Mozart. Vive en Estados Unidos y Chile. Publicado por P√°gina 12 – Argentina

  • Compartir:
X

Envíe a un amigo

No se guarda ninguna información personal


    Su nombre (requerido)

    Su Email (requerido)

    Amigo(requerido)

    Mensaje

    A√Īadir comentario