Mar 11 2016
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Política

Chile. ¡A las municipales, a las municipales…!

 

Hace muchos (pero muchos) años, en mi tierra natal –Curicó– todas las primaveras traían en sus calendarios una fiesta que jamás he olvidado y que añoro de tarde en tarde. Era el rodeo.

Es que en Curicó, allá por la década del 50, el rodeo era más que una fiesta… era, simplemente, la actividad anual más esperada por todos. Durante los días en que la ciudad deseaba hacerse presente en fondas, ramadas y cocinerías, decenas de microbuses cambiaban sus recorridos y cruzaban Curicó de norte a sur y de este a oeste con un muchacho instalado en la pisadera de cada microbús gritando a pleno pulmón: “al rodeo, al rodeo”. Y al rodeo íbamos todos.

Hoy, en comunas pequeñas y rurales como es en la que vivo, amo y trabajo, la fiesta se produce también con ocasión de los comicios municipales o elecciones edilicias. No hay microbuses que cambien sus recorridos, sino que los diferentes candidatos arriendan furgones, micros y vehículos en general, para trasladar a sus huestes desde los rincones más alejados de la comuna a objeto de llevarlos a los centros de votación.

Ese día casi la mayoría de los habitantes se encuentran en la cabecera comunal. Es el momento de la conversa, del pelambre, el rumor, el chiste, las predicciones y la amistad. Es el pueblo, mi comuna rural, donde la amistad –a veces– supera a las diferencias políticas.

Pero, los comicios municipales no comienzan y se agotan el día mismo de las votaciones, pues las campañas comienzan casi al iniciarse el mismo año en que la gente deberá –en el mes de octubre- emitir sus sufragios y elegir las autoridades que los gobernarán durante cuatro calendarios. Así, todo evento, toda fiesta local que se realiza antes de que llegue el mes de los comicios se transforma, obviamente, en un imperdible puente para mostrarse y ganar electores.

Y ya que hablamos de elecciones municipalidades, digamos que en nuestras comunas rurales el evento más insólito de cualquier fiesta huasa, tradicional o folclórica es, sin duda alguna, la inauguración oficial de fondas y ramadas. Digno de Kafka.

El día pertinente, cerca de las 20:00 horas, aparecen el alcalde (que busca la reelección), los concejales (que también la buscan) y varios de los candidatos a cualquier cosa (desde el sillón edilicio a una silla en el Concejo Municipal). Vienen con sed y hambre.

Obviamente, varios de ellos visten de huasos, listos y preparados para que algunas de las chiquillas allí presentes los saquen a bailar cueca. Pero, también traen a la zaga un montón de entreveros, discusiones, acusaciones y odios personales que son típicos de estas ‘autoridades políticas’ de comunas pequeñas. Se detestan con alevosía y siempre están pensando cómo partir al otro por el eje.

Sin embargo, en esta ocasión de inauguración de fondas y ramadas, rinden tributo a la tradición festiva, y cualquier persona que no viva en la comuna creería que son grandes amigos, pues los ve reírse, palmotearse las espaldas, aplaudir los esquinazos, cortar cintas, posar amigablemente para el fotógrafo, visitar sagradamente todos y cada uno de los locales existentes y, obvio, echarse al guargüero unos vasos de chacolí para después entretener las tapaduras molares con anticuchos y empanadas.

Todo regalado “espontáneamente” por los locatarios que siempre ruegan al Altísimo por el pronto retiro de esas visitas protocolares que consumen (y mucho) gratuitamente.

Terminada la inauguración todo vuelve a su cauce normal, y tanto el alcalde como los candidatos variopintos recuperan sus odios intransables, yéndose cada uno por caminos y ramadas distintas, acompañados siempre por la cáfila de obsecuentes habituales que colaboran con el pertinente pelambre.

Lo digo en serio, “las municipales”, en comunas pequeñas, tienen un sabor completamente distinto al que se observa y huele en comunas grandes, como las del Área Metropolitana, Valparaíso o Concepción. Es cosa cierta que a las grandes metrópolis donde engordan los políticos mayores, mucho de aquello que suceda o aqueje a los habitantes de localidades campesinas les importa un pepino… estos ‘no existen’ para los medios periodísticos de tiraje nacional, y los parásitos del poder legislativo les consideran ciudadanos de menor talante político, fáciles de burlar, engañar y manejar. ¿Doloroso decirlo? Tal vez, pero real.

Sin embargo, queridos lectores, me atrevo a pronosticar que todo lo mencionado en las líneas anteriores será distinto este año 2016. Algo (y grave) está ocurriendo en el país a nivel político, ya que la corrupción se ha enseñoreado de todas las instituciones, incluyendo aquellas que durante décadas fueron consideradas “reservas morales de la patria”, como es el caso de la iglesia católica y las fuerzas armadas, mismas que incluso en localidades campesinas se les ha perdido también el respeto.

Se observa y palpa una preocupante división que afecta a tiendas partidistas de un mismo bloque. Vea usted lo que sucede, por ejemplo, en la coalición oficialista (Nueva Mayoría), donde –hace un par de décadas, cuando se llamaba Concertación- los partidos que la integraban amaban incluso los defectos de cada cual… hoy se odian hasta las virtudes.

Ello, quiérase o no, se ha traspasado a comunas alejadas de las grandes urbes, pues ahora las odiosidades carcomen las viejas amistades, los viejos sistemas; y las pasiones –que siempre resultan ser elementos que benefician a los corruptos- comienzan a tomar posesión de los nichos que, en nuestras rurales comunas, pertenecieron a la alegría de discutir, disentir, conversar, respetar, concordar y vivir en armonía a pesar de las diferencias de opinión.

Lo anterior tiene un lado bueno. Estas diferencias –cada vez más severas– han permitido a miles de habitantes de comunas pequeñas percatarse de algo que habían pasado por alto durante un par de decenios. En algunas regiones –la de O’Higgins viene al caso– la desidia del electorado dio pábulo al nacimiento y desarrollo de una especie de cacicazgo político que ya se está transformando en mal mayor.

En esta región, llamada también ‘del Libertador’, la derecha –por propia incapacidad y clasismo– fue perdiendo terreno a grado tal que, por ejemplo, a Andrés Chadwick casi no se le vio pelo ni nariz por estos rumbos durante sus años como senador, y aparecía (de vez en cuando y en determinadas comunas nada más) para la nueva campaña que le permitía ser reelecto. El desdén de ese parlamentario hacia el electorado de comunas pequeñas era cosa sabida, cierta y comprobable.

La cancha entonces le quedó despejada al entonces diputado socialista Juan Pablo Letelier para conformar una organización fuerte, personal, que actuase como gobierno paralelo al gobierno regional… y lo consiguió. Hoy día, ya como senador, Letelier ordena a La Moneda (tan proclive a dejarse dominar por carcamales de la política) la designación de intendente, gobernadores y seremis.

Todo el mundo lo sabe por acá… y si a usted, que no vive en esta región, le merece duda, permítame aconsejarle que consulte estas cuestiones con un diputado de la Nueva Mayoría por esta zona –también socialista–, el doctor Juan Luis Castro. Estoy seguro que él dará largos rodeos explicativos difíciles de tragar, pero no desmentirá lo que estas líneas han dicho.

¿Se da cuenta, amigo lector, que para nosotros, los ‘rurales’, las elecciones edilicias ya no serán lo que antes eran? En nuestra comuna todos nos conocemos, sabemos qué piensa, hace, yerra o acierta cada uno de los candidatos. Conocemos sus capacidades y sus limitaciones. Hasta ayer, ello podía ser mejorado mediante la conversación amistosa, de viejos conocidos, de eternos vecinos, buenos vecinos.

Hoy, las odiosidades emanadas del corazón mismo del duopolio, trastocaron el panorama haciendo que la desconfianza e incredulidad se avecindaran también en sitios campesinos. Los de antes ya no somos los mismos, escribió Neruda…y en materia de comicios edilicios la frase es más nefasta y negativa que en materia sentimental, como quiso expresarlo el vate.

Esta vez el grito de “a las municipales, a las municipales”, no será festivo. Más bien parecerá un estentóreo alarido bélico, hijo de las odiosidades que la casta política creó merced a sus corrupciones, mentiras y traiciones… odios que ha logrado transferir a las autoridades locales de cada municipio, a sus opositores y a la gente en general. Además, bien sabemos que en materias de administración del estado, si el campesino (que es paciente y aguantador de injusticias) se enoja y demuestra estar harto, significa que políticamente la cuestión está hedionda de fea y, como canta Myriam Hernández, ‘huele a peligro’.

*Publicado en Politika

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