Dic 13 2011
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OpiniónPolítica

Chile, estudiantes: el día después de los comunistas

Analizar resultados electorales “sobre caliente”, es decir a pocas horas de terminado el recuento de votos, como acaba de ocurrir con la elección de FECH, tiene el riesgo del subjetivismo si quien aborda el tema se deja llevar por un exceso de euforia, o por los roncos suspiros que se hacen por la herida cuando el que opina es el derrotado.
Existe, eso sí, algo peor: la suerte de los que predicen resultados y no le apuntan. | CRISTIÁN JOEL SÁNCHEZ.*

Por fortuna respecto de eso esta vez mantuve pleno silencio. No vaticiné nada. Confieso, en cambio, que un pensamiento machista y concupiscente me rondó majadero por varios días: para que gane la Jota bastaban los encantos de Camilita. Por suerte para mi ego, no se lo dije ni a los más cercanos de mi entorno.

Me habría equivocado subyugado por esos bellos ojos que habrían hecho perder la objetividad hasta al propio Marx. ¿O no ha oído usted hablar de esa hermosa carta de amor que le escribiera don Carlos a Jenny von Westphalen, su esposa de toda la vida, donde relegaba su materialismo dialéctico a segundo plano, obnubilado por la luz que irradiaba la bella alemana?.

En cambio, aun a riesgo de ser general post batalla, no resisto la tentación de analizar los resultados afrontando el subjetivismo, como dije al comienzo de este artículo, enfocando la temática en lo que ha sido, a mi juicio, la principal sorpresa de los resultados: la derrota de la lista comunista que venía controlando la FECH desde hace bastante tiempo.

Hay que partir diciendo que los propios comunistas, no sé si por lo palmario de la derrota o porque por fin comienzan a conocer la autocrítica, han reconocido a medias el traspié de sus fuerzas en la FECH, lo que ya es un buen avance. Lo último fueron las declaraciones de Camilo Ballesteros, presidente de la FEUSACH y militante de la Jota, que utilizó la palabrita vedada, “autocrítica”, para referirse a los “posibles” yerros que pudieron haberse cometido en la conducción del movimiento estudiantil, siendo el principal, aunque no lo dijo, transar la lucha de masas en las calles por buscar acuerdos con el gobierno y el Congreso.

Un convidado de piedra: los estudiantes

La insurrección de las masas estudiantiles sorprendió al PC en pleno intento de ensamblarse otra vez en la máquina clásica de la democracia burguesa, camino en el cual hasta ahora ha obtenido algunos triunfos —aunque la historia dirá si han sido a lo Pirro—. Tiene ya tres diputados, unos pocos ediles y dos o tres alcaldes, gracias a sus tratos con la Concertación. “La han sufrido” como diría un comentarista deportivo, para llegar a este nivel que, aunque
escuálido, peor sería “mascar lauchas”.

Y he aquí que saltan a la palestra los molestosos muchachitos que no sólo piden “lo imposible” sino que, además, cuestionan y repudian a todo el espectro político, ese aparataje de monigotes y saltimbanquis desprestigiados por la ciudadanía entera y entre los cuales el PC logró posicionar algunas de sus pieza. La pregunta generalizada que ronda al mundo político es ¿qué ganan los comunistas con subirse ahora al desvencijado barco institucional que amenaza hundirse más rápido que el Titanic no sólo en Chile sino que también a nivel mundial?

Quizás si el fondo de la respuesta está en la frase que el presidente del PC, Guillermo Teillier, se mandó en una entrevista reciente con radio Duna. Se le preguntó si acaso los conciliábulos del PC con la Concertación y el acuerdo en materia presupuestaria con el gobierno pudieran haber sido la causa de un voto de repudio de los estudiantes a la lista de la Jota en la Universidad de Chile, a lo que respondió textual: “Yo creo que no, esos acuerdos nos dieron a nosotros mucha más visibilidad”.

¿Se le “chispoteó” al vetusto dirigente? Pero la palabra es clave: visibilidad. ¿Se da cuenta usted, amigo lector, del meollo de la táctica del PC?. No importa si “tratar con el enemigo” como decía Volodia Teitelboim, es bueno o malo: lo que importa es que así se alcanza “visibilidad”. Agreguemos a esto lo dicho por Pepe Auth —diputado del PPD— en una entrevista televisada hace tres días por CNN-Chile y realizada por el periodista Tomás Mosciatti.

Don Pepe, además de declarar su pleno acuerdo con la nueva época de la Concertación que incorpora ahora al PC como aliado, incluso con la venia de la DC, reconoció tácitamente que la derrota de Vallejo y el partido comunista se debió al camino elegido de privilegiar los tratos con el mundo político, relegando el papel de la presión en las calles a sólo un trampolín que convirtiera a los estudiantes en interlocutores válidos para negociar con el gobierno y el Parlamento.

No lo dijo así, de manera textual, pero en sus balbuceos y en su cara de “chicha fresca” se notaba el trasfondo de su opinión. Pero dijo algo más, ahora sí que textual. Según Auth, el camino tomado por Vallejo y el PC de uncir el destino del movimiento a los tratos con los políticos, se justificaba y se hacía obligatorio si se quería alcanzar el éxito, señalando que ningún movimiento social de envergadura puede prosperar si no se convierte en movimiento político, añadiendo:

“…los movimientos sociales, si se quieren traducir en éxitos, tienen siempre que terminar conversando con los actores políticos”, es decir, amigo lector, con ellos, sin importar que sean una piara desprestigiada y reblandecida, no sólo para los jóvenes sino que para todo el país.

Insistamos: ¿por qué los comunistas deciden oxigenar al desprestigiado aparato político
de la Concertación y de la derecha justamente en este momento? ¿Sólo para ganar “visibilidad” o es acaso una vocación genética esto del PC de “sacar borrachos a mear” a contrapelo de la realidad?

¡Oh, témpora, o mores!

¡Qué tiempos, qué costumbres! Lo dijo Cicerone con ojos añorantes. Si nos detenemos a analizar la historia más antigua del comunismo chileno, su época de gloria, podríamos entender el por qué de este afán del PC chileno de preferir trabajar en el estrecho margen que le dejan las instituciones y los gobiernos de la burguesía. Entender, quizás, la razón por la cual el comunismo criollo trata de encuadrarse en las reglas de una democracia que fue adaptada en los últimos cien años precisamente para prescindir de ellos.

El éxito de la Unidad Popular y el triunfo de Salvador Allende en 1970, le duela a quien le duela, fue el corolario de un paciente trabajo social y político desarrollado por el PC por más de tres décadas hasta convencer a sus renuentes aliados históricos, los socialistas, de que la posibilidad de derrotar a la oligarquía en su propio terreno era perfectamente posible en la realidad chilena. Hay que recordar que ello ocurrió precisamente cuando en América —y aun más allá— campeaba la hegemonía de La Habana, a la que la extrema izquierda y gran parte de los socialistas, miraban con el mismo culto reverencial con que los comunistas miraban a Moscú.

Detalles más, detalles menos, la UP fue un “aggiornamento” de los frentes populares de preguerra cuando hubo que aliarse con la burguesía más democrática ante el peligro fascista, aunque en 1970 los protagonistas fueron las clases populares que obtuvieron, al menos, parte del poder. Lo malo estuvo en que a los comunistas se les quedó pegado el fantasma de Dimitrov hasta convertir lo que fuera una táctica adaptada a una realidad transitoria, en una estrategia de poder que parecen todavía no superar.

El logro de esa táctica, con la experiencia de la UP y para la cual el PC trabajó prácticamente durante toda su historia, llevó al partido a pasar varios años dando palos de ciego después que las circunstancias cambiaron a partir de 1972 y comienza la insurrección de la burguesía. Acuérdese usted que propiciaron durante casi toda la dictadura la lucha de masas y el frente antifascista como la panacea para sacarse a los militares.

Cuando por fin comprendieron que esa táctica no concordaba con la nueva realidad y decidieron irse a las armas, camino que le habían criticado a la ultra izquierda todos esos años, ya “la vieja había pasado” como se dice en Chile, y el frente político con el que machacó el PC desde el día mismo del golpe ¡oh, paradoja! se había formado con socialistas “renovados”, democristianos ahora muy democráticos y radicales, pero… sin los comunistas.

Que 20 años no es nada, dijo Gardel

Dos décadas después el PC vuelve a sus viejos fueros. En estos días desarrolla un intenso “lobby” —así se le dice hoy a los chanchullos si quiere usted estar “in”— para que lo acepten en el contubernio de los políticos del neoliberalismo, sólo que ahora en calidad de carro de cola y con menos peso que un paquete de cabritas.

Trabaja denodadamente para ingresar en la superestructura de esta sociedad rabiosamente neoliberal e injusta y que se les deje algunos diputaditos y, si no fuera mucho pedir, algún mofletudo y cetrino senador, usted sabe quién, ojalá por el norte. Pero para eso hay que validar ese estrado donde el PC quiere insertarse y qué mejor que darle categoría como interlocutor prestigioso y solucionador del problema estudiantil.

En una entrevista aparecida el domingo en La Tercera, Camila Vallejo lo reafirma: “El movimiento (estudiantil) va a tener que entender que esta cuestión no pasa sólo por la articulación social, que es muy necesaria y hay que hacerla, sino que también por ver tácticas para incidir en esta institucionalidad, por tener nuestros representantes, por disputar los espacios donde se toman las decisiones. Tenemos que lograr de alguna forma, en algún momento, subvertir la correlación de fuerzas en el Parlamento”.

He ahí las dos posiciones que comienzan a delinearse en el horizonte político de la izquierda, aunque todavía por un camino incierto de largo recorrido: como en los viejos tiempos, la táctica del PC es la de trabajar dentro de la institucionalidad, lo que implica aceptar las reglas legitimando su existencia.

Del otro lado un movimiento todavía difuso, circunscrito por ahora al ámbito universitario, como ocurrió en los inicios del MIR en el año 1965, pero que plantea un discurso diferente que se basa en ampliar la lucha que iniciaran los estudiantes hacia la totalidad de la sociedad chilena. Su aspiración de fondo es destruir el edificio carcomido de la institucionalidad reemplazándolo ojalá por una asamblea constituyente que refleje de verdad las aspiraciones de este 80% chileno y mundial que ha terminado por saturarse de injusticias.

La hora de los hornos

El primer triunfo de estos nacientes indignados ha sido las elecciones de la FECH. Los comunistas lo saben y han optado por una explicación absurda que permita desviar el repudio estudiantil a las transacciones de la directiva perdedora. Han dicho que la elección de Gabriel Boric se debió a que el gremialismo —léase derecha piñerista— habría votado por el flamante nuevo presidente de la FECH porque “para la derecha es más fuerte como competidor un sector de la izquierda que tiene una estructura nacional, como nosotros, que otro que está reducido al ámbito universitario y, particularmente, a la U. de Chile y dos o tres federaciones más”.
(Textual tomado de las declaraciones que hizo Vallejo a “La Tercera”, defendiendo esta teoría, aunque el domingo, entrevistada por “El Mercurio”, aparece retractándose de tamaña tontería que también fuera esgrimida por Teillier).

Por otra parte se sabe que el mayor temor del gobierno es el retorno de los estudiantes a la lucha callejera, que fuera reprimida de manera brutal y que le valió el peor desprestigio a Piñera ante la ciudadanía y ante la opinión mundial, repudio que llegó, incluso, desde la ONU, que condenó el método salvaje empleado para aplastar las protestas.

Hoy se cree de manera unánime que el movimiento estudiantil se radicalizará el próximo año con las nuevas directivas que se les están escapando de las manos a los comunistas. Es por eso que hasta el más obtuso de los votantes de derecha habría entendido que, al revés, apoyar la lista comunista significaba reforzar el diálogo institucional que se logró a través del Congreso donde el piñerismo tiene un amplio margen de maniobra, incluso aunque hubiera que condescender con el PC asegurándoles todavía más “visibilidad” si ello fuera necesario.

Oscura la cosa, paciente lector. Hay algo, sin embargo, que está bien claro: el próximo año, con la FECH de Boric, la FEC de Petersen, con el díscolo Titelman de la Católica, más otros que están “de por verse”… ¡agárrate, Camilita, que vamos a galopiar!

* Escritor.

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