Feb 26 2012
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OpiniónSociedad

Chile: farándula, pero más que farándula: ¿por qué callan las princesas?

Si una princesa recibe un puñete de su sapo, no debe renunciar a la felicidad que viene con el sapo; o al menos no puede hacerlo causando conmoción pública. Si lo hace, arrasarán con ella. Es el caso de la conocida princesa de la farándula chilena que, ad portas de la consagración del cuento de hadas con la ceremonia ad hoc, dijo no y se mandó a cambiar.| LENA LIDDID.*

 

No recuerdo otra que se haya atrevido. En este caso, el sapo, como si nada, siguió con los preparativos del magno evento, incrédulo que una princesa pudiera renunciar a tanta felicidad. Pero ella se mantuvo en sus cuatro y el sapo hizo el ridículo. Este sapo era un ídolo de uno de los negocios más suculentos de la propaganda neo-fascista: el fútbol.

 

Y aunque la princesa mantuvo silencio, su actitud fue considerada un desafío por las cortesanas y cortesanos faranduleros. No se renuncia a los ritos de consagración de las princesas así como así, aún manteniendo el silencio, porque el precio es que la honorabilidad de la princesa se desliza como en una pista de hielo.

 

La princesa pasa a puta indeseable (porque hay putas honorables en la farándula neo-fascista). Pero si además la princesa comete la imprudencia de hablar, de dar sus motivos…Ay, ay, ay, la corte la hace ñachi.[1]

 

Lo más insólito en este caso, es que las cuchilleras que llevan el pandero tienen antecedentes que las relacionan con robos de bienes públicos y privados.[2]. Este impecable coro del patriarcado logra que el silencio sepulcral de las mujeres allegadas al poder sea un sello marcado a fuego.

 

Las princesas han sido históricamente asesinadas por los sapos del poder, que las envenenaban o, en el mejor de los casos, las metían al convento o a la cárcel cuando aparecía otra princesa más conveniente para los negocios que fortalecían los egos inagotables y compulsivos de los sapos.

 

Pareciera que, en general, las princesas han guardado silencio con dignidad, manteniéndose en el lugar que les ha sido designado de acuerdo a la estupidez de la corte donde reinan. Parte constitutiva de la dignidad de las princesas es que los trapos sucios se lavan en casa. Los trapos sucios se refieren a los malos tratos que reciben las princesas de parte de los sapos y su entorno.

 

Actualmente vemos algunas princesas que tras una sonrisa tiesa, languidecen de aburrimiento o de sin sentido, pero callan; otras desfallecen de anorexia, pero callan. Se ha visto a algunas calladas junto a un sapo que maneja un auto como loco con la cabrería atrás; otras calladas cuando el sapo drogado o borracho o simplemente enrabiado, maltrata o humilla a hijas e hijos; para qué decir de las que no miran cuando el sapo violenta sexualmente a la descendencia.

 

Es que a las princesas les parece más seguro callar, porque las princesas más vitales, más autónomas o “indiscretas” corren graves peligros: amedrantamiento público y privado, despojo de bienes, sanción de hijas/os; hasta ser asesinadas —todo junto o por separado-—son los riesgos que corren las princesas valientes.

 

Pero lo más preocupante es que no quedan residuos de los gestos de las princesas que han optado por su integridad física, moral y económica. No queda nada que pueda sustentar los gestos de sobrevivencia de las princesas, menos aún queda algo que pueda darle una perspectiva histórica/política a la autonomía de las princesas revolucionarias.

 

Es que el feminismo institucionalizado, además de compartir políticamente el silencio de las princesas, está ocupadísimo tratando de amortiguar las fisuras del sistema. Un parchecito por aquí, otro por allá. Pero no sólo el feminismo institucional. Actualmente no hay proyecto político que se proponga el fin del patriarcado. Ni siquiera hay uno que se proponga el fin del capitalismo.

 

Sabido es que los “analistas políticos” (maquilladores) del patriarcado se van dando maña para aislar los hechos de la realidad, para disimular los procesos históricos libertarios. Ellos van dejando en el olvido; poniendo —por la razón de las conveniencias y la fuerza del poder establecido— fuera del conocimiento las luchas de las mayorías, van sepultando sistemáticamente  la memoria histórica de los pueblos.

 

Un banal ejemplo de ello es el acto descarado de Ricardo Lagos que, genuflexo hacia una dictadura con la que negoció, decretó 50 años de  prohibición sobre los nombres de los asesinos de la dictadura. También es sabido que si no hay culpable, no hay delito y cómete esa.

 

Silencios del poder patriarcal y crímenes políticos que han ido quedando en las sepulturas del conocimiento son los cometidos con las mujeres: inmolaciones variadas para los dioses de turno; quemas en hogueras en la Edad Media; ejecuciones en la guillotina en la revolución francesa; sepulturas en vidas, enclaustramientos, enmuramientos, lapidaciones…

 

Todas las variantes posibles de abusos hacia el cuerpo y la vida de las mujeres se derivan de las restricciones de religiones y de las “libertades” neoliberales contemporáneos: tráficos de esclavas sexuales; mutilaciones y atentados a la integridad de los cuerpos y de la dignidad de las mujeres; obligaciones de actividad sexual degradante; automutilaciones al servicio del proyecto facho de la imagen de la mujer, etc., etc.

 

Y todos estos actos se efectúan en la más absoluta legalidad, indiferencia e impunidad de los regímenes patriarcales de turno y de las cortes que los rodean, sean estos del proyecto político que sean, casi sin excepciones.

 

¿Y las princesas?

 

¿Qué pasa con las princesas? El silencio de las princesas se impone como inherente a la condición humana mujer en el patriarcado. Cualquier mujer que denuncie a su sapo arriesga perder legitimidad, rango, derechos, respetabilidad y bienes.

 

Dicen que los tiempos han cambiado, se ha modernizado todo, sin embargo las princesas se perpetúan. Algunas, encerradas en construcciones fastuosas se entretienen jugando a las barbies; otras, entran felices al proyecto político patriarcal, con bombos y platillos que van silenciando a medida que van haciendo alianzas con los sapos.

 

A estas princesas el patriarcado las ama. Mientras más obsecuente es la princesa y más controlada está por los sapos dominantes, más amada. Por eso las princesas que llegan al poder, también callan, incluso cuando se dan cuenta que los sapos las están engañando. Se ha visto princesas callar cuando se les niega el helicóptero que tenía que llegar más que fuera por la dignidad del cargo.

 

Es que les ha costado tanto llegar a donde llegaron y hay tantos silencios en el camino que una se va acostumbrando, por eso ellas también callan.

 

No sé si es más fácil ser princesa de un sapo o de varios sapos. Quizás cuando son varios los que administran a la princesa, hay la posibilidad de escabullirse y jugar un poco entre las envidias y competencias de los sapos, quizás. Pero ese es un juego muy peligroso, porque los sapos son traidores.

 

Cuando una princesa cae, no hay sapo cerca, no hay sapo solidario; a no ser que encuentre otro sapo que, para usarla, la cobije. Es lo que buscan muchas princesas: un sapo protector. Y siempre tras bambalinas la amenaza: que te hagan ñachi.

 

Y si alguna princesa supo algo de la libertad en su infancia, renunció a ella cuando corrió tras la manzana envenenada de la felicidad que le ofrece la sociedad patriarcal ceremoniosa compulsiva y fastuosa.

 

Y para terminar una pregunta fuera de lugar. ¿Y el amor? ¿Qué era el amor en esta historia?

 

1] Término culinario del mapudungun; consiste en sangre de cordero con sal, cilantro, ají, jugo de limón y aceite que se cocina revolviendo lentamente sobre el fuego. En rigor el ñachi se prepara inmediatamente después de muerto el animal con la sangre que cae por la herida del degüello; se acompaña con pan y un poco de vino.

2] Según informa El Mercurio, el tres septiembre 2007 un “Acuerdo impide que Raquel Argandoña vaya a juicio por desaparición de lujosos muebles del municipio de Pelarco.“ Tras ser formalizada por actos negligentes en el uso de caudales públicos, aceptó pagar cerca de 900.000 pesos por la pérdida de dos sitiales Luis XV, entre otros objetos, mientras era alcaldesa de esa comuna.

Por su parte —otro caso—, Pamela Díaz fue denunciada cuando apareció en la patalla facha con sus dedos cargados de joyas robadas que la dueña reconoció. Según ella se las había regalado su marido.
——
Argandoña es una veterana de las pantallas de televisión en Chile; Díaz una especie de vedette o “modelo” del medio “artístico” en el país. (N de la R.)
——
Feminista.

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