Ene 10 2012
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CulturaSociedad

Chile: racismos, incendios y dictaduras

Los senderos de la memoria son inextricables, como el canto de los b√ļhos en las sombr√≠as noches de invierno. No se sabe de d√≥nde viene y tampoco hacia d√≥nde se dirige aquel ulular oscuro y melanc√≥lico que parece buscar compa√Ī√≠a, pero ‚ÄĒen realidad‚ÄĒ s√≥lo esconde los misterios del universo en la caverna del olvido, pero basta con hurgar la superficie de nuestra historia para exhumar aquello que se ha pretendido esconder. |TITO TRICOT.*

Porque, los humanos no entienden la memoria sin el olvido y aquellos en el poder se encargan de tanto en tanto de recordarnos que es mejor olvidar que develar los secretos de la historia que son sus propios secretos.

Terribles y feroces son, como el miedo a que se descubran y redescubran, escriban y re-escriban los racismos, incendios y dictaduras de las clases dominantes que de tanto ocultarlos han terminado por hacer creer a muchos que jam√°s existieron. Pero, a pesar de oligarcas de antiguo o nuevo signo, en el barco de la memoria siempre viajan marineros irreductibles que guardan en √°nforas de plata recuerdos dolorosos de la barbarie de aquellos que dicen haber construido la rep√ļblica en nombre de la civilizaci√≥n o que, un siglo despu√©s, claman haber restaurado la democracia en nuestro pa√≠s, instalando s√≥lo un r√©gimen militar y no una dictadura.

Son los mismos que llaman terroristas a los mapuche mientras los asesinan a balazos.

Pero digamos las cosas por su nombre: aqu√≠ no hay nada nuevo. Basta con hurgar la superficie de nuestra historia para exhumar aquello que se ha pretendido esconder por verg√ľenza o descaro. Entre ellos, el racismo entronizado en las elites chilenas que es de larga data y que se ha transformado en ideolog√≠a y en pol√≠tica p√ļblica desde los or√≠genes de la rep√ļblica que, por lo dem√°s, nada tuvo de democr√°tica.

Sin embargo, tuvo un parlamento elitista, excluyente y olig√°rquico que permit√≠a que un connotado intelectual y pol√≠tico, como lo fue Benjam√≠n Vicu√Īa Mackenna, declarara, refiri√©ndose a los mapuche, que el indio no era ‚Äú‚Ķsino un bruto indomable, enemigo de la civilizaci√≥n porque s√≥lo adora todos los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traici√≥n y todo ese conjunto de abominaciones que constituye la vida del salvaje‚Ķ‚ÄĚ.

Aunque ten√≠a la delicadeza de se√Īalar que ‚Äúla conquista no quiere decir bajo ning√ļn concepto exterminio; y que bien puede subyugarse a los ind√≠genas sin matarlos‚ÄĚ. El objetivo, sin duda, era apropiarse de territorio mapuche para ‚ÄĒcomo planteaba claramente el diario El Mercurio en 1859‚ÄĒ ‚Äúformar de las dos partes separadas de nuestra Rep√ļblica un complejo ligado; se trata de abrir un manantial inagotable de nuevos recursos en agricultura y miner√≠a; nuevos caminos para el comercio en r√≠os navegables y pasos f√°cilmente accesibles sobre las cordilleras de Los Andes‚Ķen fin, se trata del triunfo de la civilizaci√≥n sobre la barbarie, de la humanidad sobre la bestialidad‚ÄĚ.

Ni para Vicu√Īa Mackenna ni para El Mercurio importaban los mapuche, por el contrario, constitu√≠an un estorbo para lo que se consideraba el desarrollo y el progreso chilenos. Es lo mismo que acaeci√≥ m√°s de un siglo despu√©s cuando se foment√≥ la expansi√≥n de la industria forestal en territorio mapuche, acrecent√°ndose el despojo de este pueblo originario; despu√©s de todo, como sostuvo Juan Agust√≠n Figueroa, ex ministro de Agricultura de la Concertaci√≥n, a los mapuche hay que reciclarlos.

Como la basura, suponemos, como desperdicio o limpieza étnica, suponemos, como la limpieza que se hizo con sus tierras para allí instalar colonos extranjeros en el siglo diecinueve, porque el más grande incendio de que se tenga memoria en nuestro país no lo provocaron ni los mapuche ni turistas ni ciudadanos comunes y corrientes, sino que el Estado de Chile. Claro, porque la colonización del sur de Chile fue una política de ocupación impulsada desde el Estado con grandes recursos económicos e institucionales.

De hecho, el presidente Manuel Montt design√≥ a Vicente P√©rez Rosales como agente de colonizaci√≥n de Valdivia y Llanquihue y √©ste √ļltimo procedi√≥, no s√≥lo a facilitar la llegada de alemanes y otros inmigrantes europeos, sino que a arrasar el bosque nativo, incendiando la selva valdiviana para desbrozar el territorio y hacerla apta para la agricultura y el usufructo de los europeos.

Una vez más, no importó que allí habitaran los mapuche quienes, nos imaginamos, contemplaban estupefactos como ardían sus tierras, lugares sagrados y espacios de reproducción cultural.

Los incendios fueron un acto de terrorismo de Estado, como lo fueron las violaciones de los derechos humanos verificados en Chile durante la dictadura militar.

Por lo mismo, el cambio que pretendió realizar el gobierno en los textos escolares para suprimir el término dictadura por el de régimen militar no es algo inocente. Es un peligroso giro ideológico que busca obliterar la memoria y seguir escondiendo los feroces secretos de las clases dominantes, como siempre lo han hecho.

Loreto Fontaine, coordinadora nacional de la Unidad de Curr√≠culum y Evaluaci√≥n del Ministerio de Educaci√≥n ha sostenido que ‚Äúel cambio es de √≠ndole m√°s general. No se refiere s√≥lo a una palabra sino a ense√Īar a pensar‚ÄĚ.

¬ŅEnse√Īar a pensar qu√©? ¬ŅQu√© no existieron los torturados, los asesinados, los presos, las mujeres violadas, los desaparecidos? ¬ŅQu√© no se vivieron y sobrevivieron 17 a√Īos de represi√≥n y terror?

Puede que los caminos de la memoria sean sinuosos y que aquellos en el poder intenten de cualquier manera esconder sus secretos, pero en el barco de la memoria siempre viajan marineros irreductibles que conservan en sus vetustos recuerdos la verdad oculta: que el Estado ha provocado m√°s incendios que nadie; que el racismo aflora todo el tiempo, ya sea en la vinculaci√≥n de los actuales y lamentables incendios en el sur con la causa mapuche ‚ÄĒsin prueba alguna‚ÄĒ o en la aplicaci√≥n de la ley anti-terrorista a los mapuche cuando, simult√°neamente, se pretende blanquear la historia reciente eliminando por decreto a una dictadura terrorista de las aulas de clase.

Si hay que hablar de racismos, incendios y dictaduras, hay que decir las cosas por su nombre.

* Sociólogo, director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe (CEALC).
Despacho de Alai-AmLatina.

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