Mar 29 2015
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CulturaPolítica

Chile: Un cuento imposible

El 29 de marzo se cumplieron 30 a√Īos del secuestro y degollamiento de Parada, Guerrero y Nattino, ese abominable crimen cometido en dictadura pinochetista. Daniel Pizarro, un ni√Īo a√ļn, estaba en la escuela desde donde secuestraron a las tres v√≠ctimas… De ah√≠ viene este cuento imposible, desgarrador, necesario.

¬ęEl que aqu√≠ escribe quisiera contar un cuento, pero no se la puede.
Le gustar√≠a un cuento de ni√Īos, para ni√Īos.
El que aquí escribe quisiera empezar así:
Santiago es un cementerio.
Y luego decir: Abramos las p√°ginas del cementerio.
Pero ni√Īos: la muerte no se deja decir.
Pero bueno.
El asunto es: el que aqu√≠ escribe ten√≠a trece a√Īos. No catorce a√ļn. Trece. Ya no era lo que se dice un ni√Īo, treinta a√Īos atr√°s. Pero tampoco un adulto. Y no quer√≠a ser lo segundo, para nada, aunque las circunstancias empujaran fuerte.
Cuando oy√≥ lo que oy√≥, el que aqu√≠ escribe estaba en la sala de clases de octavo b√°sico, en el segundo piso, y era temprano. Y como era de los m√°s altos lo sentaban en la √ļltima fila de bancos, cerca de las ventanas que miraban hacia la avenida Los Leones.
Al oír lo que oyó había pensado en otra cosa, muy distinta. Una plancha metálica azotándose de lleno contra el suelo. Algo así.
Pero no. Era un balazo.
Había un profesor baleado a las puertas del colegio. Todos los alumnos se tiraron al piso de la sala y después de unos segundos se buscaron con los ojos entre las patas de las mesas y sillas, y alguien entre esa alfombra de cotonas y delantales dijo que el profesor baleado era el padre de G, y a G, todavía en el piso, muy cerca del que aquí escribe, le saltaron las lágrimas como si tuviera regadores en los ojos.
Pero luego se supo que no. El profesor herido en la vereda no era el padre de G. sino uno que trató de detener a los secuestradores y recibió un balazo a quemarropa en el vientre.

As√≠ es, ni√Īos: la muerte no se deja decir.
Pero vamos a intentarlo de nuevo.
Digamos: Santiago es un cementerio. Digamos: Abrir el libro en la p√°gina ochenta y cinco.
Ni√Īos: el que aqu√≠ escribe no era un adulto y tampoco quer√≠a serlo. Ya se dijo: corre el a√Īo del Se√Īor de mil novecientos ochenta y cinco. Es marzo. Y ya han pasado tres decenios de aquello.
A principios de ese mes hubo un terremoto. Y al que aqu√≠ escribe ‚Äďaunque ya no era un ni√Īo‚Äď lo sorprendi√≥ jugando a las tapitas en casa de un vecino.
Las tapitas. Tomas una tapa de bebida y la forras con un pedazo papel. Pero antes dibujas la camiseta del jugador: con una moneda antigua de 1 peso haces un c√≠rculo en el papel. Ya has decidido el dise√Īo. Luego la pintas. Le pones un nombre al jugador, el que se te ocurra. Lo haces once veces incluyendo al arquero. Si quieres haces m√°s jugadores y formas una banca de reserva.
Y juegas contra un amigo que ha hecho lo mismo que t√ļ. Juegan como ni√Īos aunque ya no lo sean y un terremoto est√© a punto de interrumpir el juego.
La pelota es un botón. Metálico por un lado, acolchado por el otro. Así debe ser, lo exigen los estándares del juego.
Te lo tomas muy en serio. Todo est√° reglado.
Pelota y jugadores se deslizan por el piso.
Hasta que viene un terremoto y el pasto de allá afuera ondula como si fuera el mar y el perro amarillo corre como un loco y nadie sabe a quién le está ladrando.
Eso fue un domingo. A√Īo del Se√Īor: mil novecientos ochenta y cinco.

Veintitantos días después secuestran del colegio a un profesor y a un apoderado. Ambos comunistas, dicen los hechos.
Y balean a otro profesor a la entrada. El que aquí escribe está tirado en el piso de la sala.
Eso fue un viernes.
Entonces: las clases se suspenden y el que aquí escribe, junto con los otros alumnos que aquí no lo hacen, queda como suspendido a la espera de un desenlace que lo vuelva todo a la normalidad, y el que aquí escribe se repite a sí mismo mientras vuelve a la casa antes de hora: no va a pasar nada, van a soltarlos pronto, ya lo han hecho antes con otros profesores, con otros opositores a la dictadura.
Es que ni√Īos: la muerte no se deja decir.
El que aqu√≠ escribe parti√≥ a la casa pensando en un partido de f√ļtbol. Uno que se jugar√≠a al d√≠a siguiente y que ser√≠a la revancha de otro. Ese otro se hab√≠a jugado el s√°bado anterior en una parcela con cancha empastada y √©ste se jugar√≠a en cancha de tierra. Pero esta vez ser√≠a local porque la cancha estaba detr√°s de su casa, en el lugar donde hac√≠a pocos a√Īos hubo una poblaci√≥n callampa que fue arrasada por la crecida del Mapocho y ahora se manifestaba un aborto de parque p√ļblico.
Pero allí existía una cancha, con arcos de palo y redes de alambre. Y había un partido.
Y lo mejor que hac√≠a en la vida, el que aqu√≠ escribe, era organizar partidos de f√ļtbol. Por lejos. Ten√≠a un m√°ster o quiz√°s un doctorado en la especialidad.
Las mujeres todav√≠a le daban miedo. Pero el f√ļtbol era su tambor de hojalata.
En S√°bados Gigantes lo hab√≠a visto: los que escond√≠an el pulgar dentro del pu√Īo le ten√≠an miedo al mundo. Lo afirmaba un invitado argentino de especialidad desconocida, y el que aqu√≠ escribe se sinti√≥ identificado con el diagn√≥stico.

Y as√≠, queridos ni√Īos, el que aqu√≠ escribe martill√≥ y martill√≥ hasta fraguar un partido de f√ļtbol al d√≠a siguiente del secuestro.
Eso fue el s√°bado en la tarde. 30 de marzo del ochenta y cinco. A√Īo del Se√Īor.
Ese día hubo partido y las encías se le llenaron de polvo como siempre. Empezó ganando con un amague por fuera y un tiro cruzado, alto, al ángulo contrario. Pero luego terminó perdiendo.
Eso fue el s√°bado en la tarde, ni√Īos.
Entretanto los habían degollado.
Pero la muerte no se deja decir.
El que aquí escribe se enteró por el noticiero de televisión. Y de la muerte se acuerda por el reflejo en la cara de sus padres. Porque la muerte, ya se sabe.
Hubo una vigilia en el colegio, donde no estuvo.
Las clases se suspendieron durante una semana. O tal vez dos, ya no se acuerda bien.
Algo como la vida también se suspendió, y el que aquí escribe andaba suspendido por la calle, al sol, y el tiempo también se había suspendido. No quedó nada a lo que echar mano. Sólo suspenderse.
A lo mejor, piensa, iba jugando con el amigo de las tapitas a patear una piedra desde el paradero de micros hasta la casa, unas cuatro cuadras con vista al peladero donde estaba la cancha de tierra. Por el mismo trayecto donde unos meses m√°s tarde se les acercar√≠a un auto americano y el tipo de atr√°s les ense√Īar√≠a un fusil sobre las piernas.
A lo mejor.
Pero no, lo más seguro. Porque las clases seguían suspendidas.
Y entretanto: el que aqu√≠ escribe escond√≠a el pulgar en el pu√Īo.
Y luego: algunos compa√Īeros no volvieron al colegio.
Los hijos del apoderado se quedaron, los del profesor se fueron del país.
El que aqu√≠ escribe se acuerda del profesor: hizo una vez un reemplazo de clases y fue como si metiera los dedos en un cielo raso m√°s denso y lo bajara hasta muy cerca de sus cabezas, y todo se hiciera de repente m√°s pesado, m√°s de adultos, menos de ni√Īos.
Por otra parte, dicen los hechos, el profesor y el apoderado investigaban las confesiones de un agente desertor que esclarecería las actuaciones del Comando Conjunto.
Porque ni√Īos: hab√≠a una vez un Comando Conjunto.
Había una vez una Dicomcar.
Y por supuesto una CNI: p√°ginas setenta y siete a la ochenta y nueve.

Ni√Īos: el que aqu√≠ escribe quisiera contarles un cuento.
Pero no tiene imaginación.
¬ŅQuisieran saber c√≥mo los mataron? Lo que dicen los expedientes, lo que cuentan los testimonios. Lo que recogen los libros.
Primero.
Primero el corvo ‚Äúatacame√Īo‚ÄĚ, ni√Īos. Uno que usa el Ej√©rcito en el norte. Mide cuarenta cent√≠metros, tiene doble filo y una medialuna en la punta. Ya se lo imaginan.
Los secuestrados, que son tres, van hacia Quilicura en dos autos, vendados y esposados.
En el baldío los llevan de a uno hasta un zanjón.
Primero el profesor. Y todo es r√°pido, dicen los hechos.
Luego el pintor y publicista, que nada tiene que ver con el colegio. Pero es comunista, dicen los hechos.
Finalmente el apoderado, que intenta resistirse.
Y entonces se oye un grito, desde el zanjón. Y el que aquí escribe trata de imaginarse el grito, pero no puede.
Y el grito se trata de lo siguiente, queridos ni√Īos: el agente de turno no pudo degollarlo. No fue capaz. Entonces le enterr√≥ el corvo en el vientre. Y volvi√≥ demudado. Y otro agente fue a terminar la faena. Y √©ste s√≠ lo degoll√≥.
Luego se acabaron los gritos.
Y los cuerpos quedaron a unos cincuenta metros de distancia entre sí.
Unos lugare√Īos los encontraron al mediod√≠a siguiente. 30 de marzo. Ya se dijo. Cuando el que escribe fraguaba su partido de f√ļtbol.
Y así.
Se nos acaba el cuento, ni√Īos.
Santiago es un cementerio. Pongamos que ése es el nombre.
Pongamos.
Vamos cerrando las p√°ginas del cementerio.
La muerte no se deja decir.
Vamos cerrando los ojos.
Vamos durmiendo, ni√Īos.
Apaguemos la luz.
Ya es tarde. Es hora de so√Īar.
Y son tiempos de paz.

*Tomado de Politika

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