Ago 3 2013
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PolíticaSociedad

Colombia: El martillo de la historia

Las guerras no terminan cuando se cuentan los muertos sino cuando se eliminan sus causas. Por eso el tremendo informe que ha presentado el Centro de Memoria Histórica, con las cifras del conflicto que hace medio siglo arruina física y moralmente a Colombia, no puede ser el final de un proceso, sino el comienzo de un examen muy serio de cuáles son las causas que hicieron que hayan muerto por el conflicto 220.000 personas y sólo 40.000 en el campo de combate.

Además, que se hayan degradado hasta lo indecible los métodos de exterminio, se haya expulsado de sus tierras en medio del horror y el desastre a cinco millones de personas y se haya profanado una vez más la dignidad de la Nación.

Porque esas cifras escalofriantes son apenas la punta del iceberg de la cat√°strofe colombiana. No s√≥lo hay que preguntarse qu√© ser humano muere bajo el balazo, el machete o la motosierra, sino qu√© ser humano se degrada y se destruye cometiendo ese crimen. Y si a algo nos deben conducir estas cifras tan necesarias es a la comprensi√≥n de que la guerra no es la estad√≠stica: que detr√°s de unas cifras que forzosamente los dise√Īadores gr√°ficos convierten en bellas tipograf√≠as y en √≠conos de colores hay largas jornadas de terror, incontables horas de angustia, r√≠os de desesperaci√≥n, miles de hijos hu√©rfanos de sus padres y miles de padres hu√©rfanos de sus hijos. Y noches de desvelo, y desembarcos monstruosos, y fiestas de sangre, y violaciones aterradoras, y torturas desesperantes, y el fuego del odio en los ojos, y el hast√≠o de la maldad, y las moscas de la muerte.

Las cifras corren el riesgo de ordenar el caos y de invisibilizar el infierno. Las frases euf√≥nicas y definitivas con que se reacciona ante estos hechos tienden a hacernos pensar que el horror ha terminado, que estamos pasando la p√°gina. Un informe valeroso, que tiene el deber de conmovernos y de hacernos reaccionar, corre el riesgo de ser considerado una suerte de veredicto hist√≥rico que declara concluido el episodio macabro. No de otra manera a lo largo de un siglo de afrentosa tiniebla hemos cantado contra toda evidencia: ‚ÄúCes√≥ la horrible noche‚ÄĚ, cuando posiblemente la noche siguiente iba a ser peor.

Las cifras pueden hacernos creer que en un conflicto tan irregular como el que est√° viviendo Colombia, todo puede ser descrito en t√©rminos b√©licos de confrontaci√≥n. Llamamos ‚Äúejecuciones extrajudiciales‚ÄĚ a los asesinatos cometidos por la Fuerza P√ļblica, como si en un pa√≠s donde est√° prohibida la pena de muerte hubiera la posibilidad de ejecuciones debidas a un juicio. Y hay que preguntarse si muchas otras muertes, que no ocurren en el campo de batalla entre paramilitares, guerrillas y Fuerzas Armadas, no son atribuibles al conflicto o no son potenciadas por √©l.

Resulta asombroso que la odiada guerrilla, contra la que se ha levantado la sociedad en masivas manifestaciones de rechazo a pr√°cticas tan repudiables como el secuestro o el minado de campos, sea responsable apenas de una tercera parte de los hechos atroces consignados en el informe, y que casi dos terceras partes de esos hechos se deban a los paramilitares y a su alianza con lo que solemos llamar ‚Äúlas fuerzas del orden‚ÄĚ.

Las preguntas m√°s terribles vienen despu√©s. Al cabo de cincuenta a√Īos de col asesinato de paracosmatanzas, que aqu√≠ le atribuimos al conflicto, ¬Ņno ser√° necesario buscar causas m√°s hondas? Esta estad√≠stica, que comienza m√°s o menos en 1963, es la continuaci√≥n de otra estad√≠stica, la de la Violencia de los a√Īos cincuenta, que le cost√≥ al pa√≠s otros 300.000 muertos. Pero este medio mill√≥n de muertos mal contados, de masacrados, torturados, desaparecidos, secuestrados, y estos ocho millones de desplazados en los √ļltimos setenta a√Īos, ¬Ņno corresponden a una enfermedad m√°s extendida y que es necesario analizar de un modo m√°s profundo?

Finalmente: ¬Ņqu√© responsabilidad le cabe a la dirigencia que ha tenido el pa√≠s en sus manos durante los √ļltimos cien a√Īos en este desangre inhumano? ¬ŅNo era a ella a quien le correspond√≠a educar a la comunidad en pautas m√≠nimas de civilizaci√≥n, incorporar a millones de personas a un orden de m√≠nimas oportunidades y de garant√≠as sociales, construir un Estado operante, formarnos a todos con el ejemplo y la responsabilidad, ya que ha sido tan aguerrida en la defensa de sus privilegios pol√≠ticos y de su dignidad social?

¬ŅO vamos a echarles la culpa, como nos gusta, de los males de la Naci√≥n, a las comunidades siempre postergadas, a los pobres que se murieron por d√©cadas a las puertas de los hospitales, a los que han huido sin rumbo noche a noche perseguidos por los machetes, alumbrados por los incendios, y despreciados en las ciudades adonde llegaban, o a los 180.000 civiles muertos por este conflicto? ¬ŅQu√© van a decir ahora los grandes poderes y los partidos pol√≠ticos que nos gobernaron?

Hay responsabilidades que van más allá de la estadística y del código penal. Altas responsabilidades históricas que corresponden a quienes tuvieron en sus manos el poder de construir un país civilizado, los recursos para modificar terribles realidades de injusticia y de marginalidad, el acceso al conocimiento y el contacto con el mundo para saber cómo se construyen de verdad sociedades orgullosas y dignas.

Frente a estas tremendas evidencias de la irresponsabilidad, de la mezquindad y de la peque√Īez hist√≥rica, no bastar√° con mostrar ojos asombrados y rostros compungidos. Hay que modificar con urgencia el tremendo cuadro de injusticia y de impiedad en que vivimos, o esperar el martillo de la historia.

*Publicado en El Espectador (Colombia)

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