Feb 24 2013
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CulturaSociedad

Colombia: Los caminos de hierro de la memoria

Aqu√≠ cada pueblo guarda una historia, cada camino signific√≥ una haza√Īa y cada tecnolog√≠a dibuj√≥ una promesa, pero tambi√©n cada olvido y cada negligencia labraron para muchos una cat√°strofe.

I

Hacia 1840, la extensa regi√≥n que conformar√≠a m√°s tarde el Eje Cafetero colombiano era una selva casi impenetrable, entre el ca√Ī√≥n del r√≠o Cauca y el valle del Magdalena, entre las √ļltimas parcelas del sur de Antioquia y las primeras haciendas del Valle del Cauca.

Parec√≠an tierras intocadas por la historia, pero sus pobladores antiguos, pant√°goras, onimes, marquetones, gual√≠es, eb√©jicos, noriscos, carrapas y picaras, exquisitos ceramistas quimbayas y refinados orfebres calimas, hab√≠an sido arrasados tres siglos atr√°s por la Conquista, por las espadas de Robledo y las herraduras de C√©sar, las lanzas de Jim√©nez de Quesada, las jaur√≠as de Galarza y los incendios de N√ļ√Īez Pedrozo.

Una densa vegetación de guaduales y guarumos, guarandás y guayacanes, guamos y guásimos, carboneros y palmas de cera amanecía en el bullicio de todas las aves del mundo; jaguares y serpientes, osos y venados silvestres, armadillos, guatinajos, zaínos y zorros, vivían bajo los millares de monos que saltaban entre los árboles. Pero esas selvas vírgenes guardaban la memoria de su pasado: incontables obras de arte y de religión, cementerios de indios revestidos de oro.

Parec√≠an tambi√©n selvas sin due√Īo, pero desde la Conquista la tierra de todos se hab√≠a vuelto tierra de unos cuantos. Tras la Independencia los latifundios pasaron √≠ntegros de manos espa√Īolas a manos de generales criollos o empresas extranjeras, y uno de los mayores estaba precisamente en aquella regi√≥n de la cordillera central: eran las 200.000 hect√°reas de la Concesi√≥n Aranzazu. Seg√ļn las escrituras, en 1763 el rey de Espa√Īa se las hab√≠a concedido a Jos√© Mar√≠a de Aranzazu; un siglo despu√©s sus herederos criollos y sus aliados ejerc√≠an all√≠ un dominio implacable.

Explotaban minas de oro y mercurio, y defend√≠an a sangre y fuego las fronteras de aquel pa√≠s privado, sus selvas llenas de tesoros. Pero a mediados del siglo XIX √©ramos ya m√°s de dos millones y medio de habitantes; las regiones pobladas estaban saturadas de gente, y comenz√≥ la forzosa expansi√≥n de caucanos, santandereanos y antioque√Īos hacia las tierras v√≠rgenes.

Si ya el latifundio de Felipe Villegas se hab√≠a convertido en los municipios de Abejorral y Sons√≥n, ¬Ņno era justo que las selvas de los Aranzazu se convirtieran tambi√©n en pueblos y ciudades, en parcelas de miles de colonos y no en el feudo de una sola familia? All√≠ comenz√≥ otra de las guerras colombianas que apenas se han contado: la de la Concesi√≥n Aranzazu contra los colonos que ven√≠an descubriendo de √°rboles y venados las tierras cultivables.

No cre√≠an que las monta√Īas del centro del pa√≠s fueran excelentes para la agricultura: ven√≠an buscando el oro que olvidaron los conquistadores. Lo mismo las minas inexploradas que el oro de las tumbas ind√≠genas. Rosarios y escapularios, hisopos con agua bendita y cruces de mayo rezadas por obispos los proteger√≠an de los ensalmos y maldiciones que sellaban las tumbas. Tomaban los poporos y los pectorales, arrojaban huesos y c√°ntaros, y encima de las guacas abiertas alzaban chozas y enramadas.

Uno de los pioneros de la colonizaci√≥n hab√≠a sido Ferm√≠n L√≥pez Buitrago, quien recorri√≥ temprano aquellas tierras fundando pueblos de un d√≠a y trazando caminos que despu√©s nadie pudo borrar. Fund√≥ a Salamina, lleg√≥ a lo que ser√≠a Manizales, pero de todas partes lo expulsaban los due√Īos de todo, hasta que finalmente en Santa Rosa pudo fundar otro pueblo duradero. Siguiendo su rastro creci√≥ con las d√©cadas la presi√≥n de los colonos: algunos s√≥lo tra√≠an hambre, otros recuas de mulas y de bueyes. Siempre tropezaban con los esbirros de Aranzazu y de los socios Gonz√°lez y Salazar, que esgrim√≠an sus t√≠tulos, quemaban las chozas y los caser√≠os, y asesinaban a los colonos.

Colonos indignados mataron en el puente de Neira a uno de los hombres m√°s ricos del pa√≠s: El√≠as Gonz√°lez, socio de la gran Empresa, due√Īo de tabacales en Mariquita y de salinas en Neira; un poderoso se√Īor feudal que estaba construyendo por razones privadas uno de los caminos m√°s dif√≠ciles del pa√≠s: el que unir√≠a por los abismos del Ruiz sus minas de sal en Salamina con sus haciendas de tabaco en el valle del Magdalena.

Para apagar la guerra el gobierno dividi√≥ por fin la Concesi√≥n. Dej√≥ a sus due√Īos 90.000 hect√°reas y reparti√≥ 110.000 entre los colonos. As√≠ nacieron Marulanda, Filadelfia, Aranzazu, Neira y Manizales.

Vinieron m√°s colonos, y acompa√Īando aquel avance ven√≠an los mineros ingleses. Estaban aqu√≠ desde las guerras de Independencia; a cambio de sus empr√©stitos recibieron licencias para explotar las minas. Sab√≠an que los espa√Īoles s√≥lo hab√≠an extra√≠do el oro que puede obtenerse con brazos y picas, pero ellos tra√≠an t√©cnicas nuevas y poderosas porque Inglaterra estaba siendo transformada por la Revoluci√≥n Industrial. Fue tal su influencia, que las nuevas fincas y pueblos ya obedec√≠an al estilo de la arquitectura de las colonias inglesas de la India y del Caribe: no eran casas de piedra con patios cerrados y geranios en las rejas sino casas de tabla parada con grandes aleros y corredores de barandas pintadas de colores.

Hab√≠amos vivido por siglos del oro, de la quina, del a√Īil y el tabaco. Pronto se descubri√≥ que aquel suelo reci√©n colonizado era √≥ptimo para el cultivo del caf√©, una planta abisinia que hab√≠a llegado a Santander de las Antillas, y que ya se cultivaba en La Mesa, en las vertientes de la Cordillera Oriental que miran al Tolima.

Y Colombia pasó de la economía de las grandes haciendas a la de los minifundios cafeteros. No era un cultivo apenas lo que nacía: era una época de nuestra historia.

II

En Manizales, para poder hacer la casa, había que hacer primero el col campesinadolote.

Esa leyenda popular ilustra las dificultades de los hombres que decidieron fundar aquel caserío a la vez en las crestas de la cordillera y en el corazón de una selva. Una valiosa antología: Manizales, su historia y su cultura, de Pedro Felipe Hoyos, permite ver ese impresionante proceso que convirtió un poblado lluvioso de mediados del siglo XIX en la más dinámica ciudad del país a comienzos del XX.

Empez√≥ en 1834, cuando una segunda oleada de colonos sali√≥ de Marmato, el pueblo de oro colonial construido a riesgo sobre los t√ļneles de la monta√Īa. Con Antonio Arango y con Nicol√°s Echeverry ven√≠a el alem√°n Wilhelm Deghenhardt: quer√≠an conocer el nevado del Ruiz, estudiar su potencial minero, aprovechar la descendencia cimarrona de un ganado abandonado en otras d√©cadas que ahora proliferaba en los p√°ramos.

Diez a√Īos despu√©s, Arango y Echeverry, acompa√Īados entre otros por Manuel Grisales y Agapito Monta√Īo, por Benito Rodr√≠guez y Gil Vicente, a quien llamaban Cap√≥n Saraviado, volvieron con once bueyes a buscar m√°s ganado, y terminaron fundando un caser√≠o. As√≠ eran esos tiempos, a veces resultaba tan dif√≠cil volver al sitio de origen, que era preferible inventar otro pueblo.

Lo que vemos aquí fue la lenta, inevitablemente violenta, población de las tierras centrales: colonos contra indígenas, terratenientes contra colonos, todos contra la naturaleza, y la naturaleza contra todos. Manizales, tal vez porque fue tan difícil fundarla en las crestas de la cordillera, entre los remezones de la tierra y el rugido del volcán, entre el barro de los deslizamientos y la tristeza de la lluvia, se fue convirtiendo en el centro de un mundo.

Algunos de los primeros colonos, despu√©s mitologizados como ‚ÄúLos Fundadores‚ÄĚ y exaltados en su escultura tutelar por Luis Guillermo Vallejo, tras mil conflictos con la concesi√≥n Aranzazu ascendieron a terratenientes y emprendieron una exitosa carrera como agricultores y comerciantes. Cultivaron cacao y domaron la hacienda cimarrona para establecer la primera industria de l√°cteos. Lo que hab√≠a sido selva se cruz√≥ de caminos: ya en las hondonadas se o√≠an m√°s las hachas que los p√°jaros.

El cacao ensanchó los caminos que iban a la tierra de origen; el comercio de quesos los abrió hacia las llanuras inundadas del sur y a las mansiones y claustros del Cauca Grande. Las tierras ofrecidas por el gobierno estaban repartidas pero los colonos seguían llegando: siguió la colonización de las selvas del Risaralda, y otra tierra prometida, los yarumales y los guaduales infinitos del Quindío.

El difunto El√≠as Gonzales hab√≠a trazado un camino sobre la cuerda floja del abismo de Letras, para salir al Valle del Magdalena y conectar con el centro del pa√≠s y con el mundo. A finales del XIX, ya diez mil bueyes recorr√≠an esa ruta de tierra inestable, ‚Äúhondos fangales donde las bestias se consumen hasta los pechos‚ÄĚ, r√≠os de piedras, redes de ra√≠ces, derrumbaderos de greda, suelos de estacas y de p√ļas, una telara√Īa de chorros y saltos y resbaladeros casi borrados por la niebla, y una lluvia incansable sobre tantos fantasmas de mulas y bueyes y peones despe√Īados. Baste saber que un viento atroz mat√≥ a cuarenta mulas un d√≠a en un solo paso de la monta√Īa.

Bajaban al puerto de Honda el fruto de las tierras colonizadas, sub√≠an manufacturas de los pa√≠ses industriales. El avance hacia el sur fund√≥ entre tantos pueblos a Pereira, sobre el Ot√ļn, en las ruinas de la vieja Cartago, a Armenia y Chinchin√°, Caicedonia y Sevilla. El descenso al oriente fund√≥ a Soledad, tan parecida a su nombre que mejor se lo cambiaron por Herveo, y a Fresno ante la primera luz de la planicie. L√≠bano, Villahermosa, Casabianca, Murillo, Manzanares, Pensilvania: no hubo desde la Conquista una fiebre de fundaciones como esa, que llev√≥ incluso a la quinta fundaci√≥n de Victoria. Donde las mulas se echaban con las petacas corr√≠a el riesgo de nacer alg√ļn pueblo.
En las √ļltimas d√©cadas del siglo XIX la producci√≥n anual de caf√© pas√≥ de 60.000 sacos a 600.000. Aunque ya empezaba a cultivarse en las tierras colonizadas, lo produc√≠an sobre todo las haciendas de Santander y Cundinamarca. Pero al final del siglo una dram√°tica ca√≠da de los precios golpe√≥ las haciendas, y el caf√© del viejo Caldas respondi√≥ mejor a la crisis. Abundantes hijos prove√≠an la mano de obra y la calidad del caf√© cosechado era mejor.

Pero nadie sabía que lo que estaba naciendo era una región económica y que, aunque poderosa, esa economía no significaría tanto opulencia como estabilidad: una dinámica de la que podían participar tantas familias hizo nacer una tradición de arraigo y de orgullo, abrió camino a una democracia posible, dio poder de consumo a los productores, integró al país comunicando sus regiones, enlazando el norte y el sur, el oriente y el occidente.

No habían llegado los tiempos bárbaros en que el precio final de los productos es más importante que el orden que propicia su cultivo, no habían llegado los tiempos en que se podía destruir un orden social y familiar, todo un sistema de trabajo y de relaciones humanas, sólo porque los productos puedan conseguirse más baratos en otra parte.

col postalesHasta alemanes como Julius Richter, que so√Īaban a√ļn con El Dorado, descubrieron que el oro estaba menos en las minas que en las ramas: muy pronto una peque√Īa regi√≥n del centro del pa√≠s iba a hacer visible a Colombia en el mercado mundial, y nos asomar√≠a a los primeros sue√Īos de la modernidad.

Para que ello ocurriera, entraron en acción los ingleses.

III

Nuestro gran desafío desde el comienzo era unir y comunicar el país.

Pero a la extrema diversidad geogr√°fica se a√Īad√≠a la complejidad racial, la opresi√≥n de indios y de esclavos, el culto a las metr√≥polis ilustres y el menosprecio por todo lo local. Esta geograf√≠a impuso proezas, sufrimientos y brutalidades. La exploraci√≥n del territorio, el paso de los r√≠os y hasta la apertura de caminos exigieron desde el comienzo haza√Īas heroicas.

Pero también esa diversidad, unida a las odiosas estratificaciones que dejó la colonia, a la disputa por las riquezas del suelo y por el suelo mismo, nos hundió sin cesar en guerras y conflictos. Pocas cosas tan difíciles de seguir y de explicar como la sucesión de las guerras colombianas.

Los caminos, que prometían el progreso, también abrieron paso al conflicto incesante. No es por realismo mágico que García Márquez habla de las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía. Mientras llegaba el cultivo del café a las tierras quebradas de Caldas, Colombia vivía la guerra civil de 1851, la del 54, la del 60, la del 76, la del 85 y la del 95. Después, la Guerra de los Mil Días le costó al país 200.000 muertos, el cinco por ciento de su población, que es como si hoy una guerra arrebatara dos millones de vidas.

El Gobierno había confiado al alemán Elbers la navegación por el Magdalena, pero en Honda los raudales impedían que las naves alcanzaran la parte alta del río. Había un tramo que los barcos de gran calado no podían superar, y eso hizo aun más necesarios los ferrocarriles.

Antes del café, la economía giraba alrededor del tabaco. Por primera vez los ingleses abandonaron las minas y pusieron su interés en otro producto. Todavía en Ambalema la casa de los ingleses, que manejó el embarque de tabaco hacia Europa, y la casa donde se prensaban las hojas, esperan su restauración y su nuevo destino.

Los ingleses hab√≠an explotado las minas de Marmato y Sup√≠a, las minas de Mariquita y Santa Ana. Hijo de un ingeniero irland√©s era Diego Fallon, el poeta que descubri√≥ a la Luna en los ca√Īones del Gual√≠, y que escribi√≥ el poema m√°s famoso de Colombia antes de que llegara la m√ļsica de Jos√© Asunci√≥n Silva.col cartagena

Esos brit√°nicos tra√≠an ya ‚Äúla mineralog√≠a, la mec√°nica aplicada, la teor√≠a del calor, la qu√≠mica inorg√°nica, los m√©todos geof√≠sicos, el sism√≥grafo, la ingenier√≠a de v√≠as, los reactivos qu√≠micos, la rueda hidr√°ulica, la t√©cnica de amalgamaci√≥n‚ÄĚ. Tra√≠an el molino liviano de pistones, el monitor hidr√°ulico, la draga flotante; pasaron del mercurio al cianuro, trajeron la turbina Pelton y la dinamita.

Mientras el país se desangraba en la Guerra, entre 1899 y 1903, que fue también responsable de la pérdida de Panamá, la cosecha de los campesinos cafeteros de Caldas abrió para el país un horizonte nuevo. Pero había un problema.

Nadie sabía cómo sacar esos millones de sacos hacia los puertos: ni siquiera los diez mil bueyes de Letras lograban bajar el café al Valle del Magdalena. Entonces Tomas Miller y sus ingenieros ingleses hicieron una propuesta genial: tender un cable aéreo por aquellos abismos, llevar en vagonetas desde Manizales hasta Mariquita la cosecha cafetera.

En 1912, bajo la direcci√≥n del ingeniero australiano James Lindsay, empezaron las obras que parec√≠an imposibles. El tendido de los cables se hizo desde Mariquita, subiendo la cordillera. La guerra del 14 interrumpi√≥ por un tiempo los trabajos y se dice que el barco que tra√≠a una de las torres principales fue hundido por alemanes en el Atl√°ntico. Ello hizo necesario reemplazar el hierro ingl√©s por troncos de guayac√°n de las monta√Īas, y en mayo de 1922 un cable a√©reo de 72 kil√≥metros, el m√°s largo del mundo en su tiempo, fue inaugurado en un banquete donde giraba por un gran sal√≥n, llevando flores en sus vagonetas, una r√©plica en miniatura de la obra.

Ese cable convirtió a Manizales en la ciudad más dinámica del país. Todavía era un pueblo grande de casonas de tabla parada y balcones de colores, una imprudente sucesión de casas de madera pegadas una a otra como jamás lo habrían recomendado los ingleses, y con una catedral de cedro, nogal y maderas balsámicas que era orgullo de los piadosos campesinos iniciados en las costumbres urbanas.
En 1925 un incendio consumi√≥ 32 manzanas y las llamas alcanzaron a morder la catedral perfumada. Un a√Īo despu√©s un segundo incendio se llev√≥ otras manzanas y devor√≥ la catedral por completo. La ciudad emprendi√≥ su reconstrucci√≥n con edificios dise√Īados por arquitectos notables y se empe√Ī√≥ en alzar una catedral capaz de resistir a dos grandes enemigos: el fuego implacable y los terremotos que desmoronaban los barrios en el abismo.

Necesitaba inventarse un pasado: se aferraba al gótico, al hispanismo, a las filigranas del mundo grecolatino, pero también quería estar a la altura de la modernidad. Un biznieto de aquel Julius Richter que había venido a trabajar en las minas, Danilo Cruz Vélez, discípulo de Heidegger en Friburgo, habría de convertirse en uno de los más importantes filósofos de Colombia.

John Wotard dise√Ī√≥ en 1926 la estaci√≥n del ferrocarril. La catedral vertiginosa, vaciada en concreto, hecha para desafiar al volc√°n y al incendio, fue dise√Īada por Julien Auguste Polti, jefe de monumentos p√ļblicos de Par√≠s, y se convirti√≥ en 1939 en el √°pice de aquella ciudad de contrastes, todav√≠a llena de brujas y aparecidos, todav√≠a olorosa a yerbabuena y a musgo, pero que era ya la capital de la primera comarca campesina en Colombia conectada de verdad con el mundo.

IV

Al lado del camino de agua hicieron el camino de hierro. Hacia 1886, un hombre llamado Antonio Acosta estableci√≥ en un peque√Īo puerto llamado La Curva del Conejo, una venta de le√Īa para los vapores que bajaban y sub√≠an por el Magdalena.

La destrucci√≥n de las selvas hab√≠a comenzado mucho antes: en t√≠pico rebusque colombiano, los vendedores de le√Īa empezaron a potrerizar las orillas, los bosques acabaron en las calderas de los barcos, la tierra que soltaban las ra√≠ces se sediment√≥ en el lecho del r√≠o, y fue as√≠ como los propios barcos acabaron con la navegaci√≥n.

Pero por un tiempo el fenómeno le dio prosperidad a aquel poblado, al que llegaron hacia 1904 muchos guerrilleros que había dejado sin oficio el final de la Guerra de los Mil Días. Desde Ambalema, que llenó de humo aromático los pulmones europeos casi un siglo, se estaba tendiendo el ferrocarril que pasaría por Beltrán, San Lorenzo, Mariquita, Honda y Yeguas, hasta llegar a El Conejo, que alguien vislumbraba como gran puerto fluvial del futuro. Y aquellos guerrilleros, cansados de plomo, se aplicaron a otro metal: a tender los rieles del tren en cuyos vagones venía el siglo XX.

Al comienzo, en el mapa, los caminos de hierro eran casi imperceptibles: recomenzaba la lucha con esta naturaleza rebelde. En 1855 ya un ferrocarril, entre Ciudad de Panam√° y Col√≥n, hab√≠a unido el oc√©ano Atl√°ntico con el Pac√≠fico. T√≠midamente avanzaron las carrileras, como las llamamos en Colombia: de Barranquilla a Sabanilla, de Santa Marta a Ci√©naga, de Cartagena a Calamar, de Medell√≠n al Magdalena, de C√ļcuta al T√°chira, de Medell√≠n a Amag√°, de Cali a Buenaventura, de Bogot√° a Facatativ√°, de Bogot√° a Girardot, de Girardot a Ibagu√© con un ramal que segu√≠a para Neiva.

A finales del XIX la iniciativa modernizadora tuvo el respaldo de la administraci√≥n de Manuel Murillo Toro. A comienzos del XX Rafael Reyes le dio empuje. Y fue Pedro Nel Ospina, ingeniero, quien en 1922, aprovechando la indemnizaci√≥n de 25 millones de d√≥lares que Estados Unidos pagaba por Panam√°, intent√≥ la prolongaci√≥n de aquellos tramos para formar tres grandes troncales ferroviarias: Bogot√°-Buenaventura, cuyo principal obst√°culo era el paso de Ibagu√© a Armenia; Pasto-Mompox, que deb√≠a pasar por Popay√°n, Cali, el ca√Ī√≥n del Cauca y la Boca de Tocaloa; y la ruta Bogot√°-Santa Marta, pasando por Tunja, Sogamoso, el Chicamocha, Bucaramanga y Puerto Wilches.

Cada tramo ten√≠a un desaf√≠o: el mayor era la cordillera Central, y en 1914 comenzaron los estudios para unir a Ibagu√© con Armenia. En 1920 se defini√≥ por d√≥nde perforar la cordillera, pasando la depresi√≥n de Calarc√°, para llegar al Pac√≠fico. Ya hab√≠an comenzado los trabajos cuando otra gran depresi√≥n, la crisis del a√Īo 29, acab√≥ con el proyecto.

Pero as√≠ pas√≥ el ferrocarril por Ambalema y recogi√≥ las √ļltimas grandes cosechas de tabaco, y as√≠ se encontraron en Mariquita las locomotoras de la Dorada Railway Company, con las vagonetas de la Ropeway Branch que bajaban la cosecha cafetera.

Para administrarla, se estableci√≥ desde 1905 en Mariquita la Ciudadela Inglesa. Bordeada de canales para controlar inundaciones, era ejemplo notable de la arquitectura de la √©poca. Todav√≠a sobreviven en ruinas, pero con sus estructuras intactas bajo los √°rboles, la estaci√≥n del ferrocarril, la estaci√≥n del cable a√©reo, las inmensas bodegas, los talleres, las quintas de ingenieros y la capilla de esa Ciudadela que dur√≥ 50 a√Īos y que tuvo en su tiempo iglesia anglicana y cementerio ingl√©s.

Un capítulo de nuestra historia parece caerse a pedazos a la sombra de cámbulos y ceibas. Alrededor han construido urbanizaciones, pero de las 42 hectáreas originales queda espacio suficiente para una Ciudadela de la memoria, antes de que sea arrasada por el olvido.

Esos diez mil metros cuadrados de construcciones en peligro nos hablan todav√≠a de gestas asombrosas y promesas frustradas. Tantas cosas se cruzan all√≠: la ruta de la Expedici√≥n Bot√°nica y la memoria de la navegaci√≥n por el r√≠o, la colonizaci√≥n de las selvas centrales, medio siglo de fundaciones, el relato de la Concesi√≥n Aranzazu, la saga del caf√© y muchos relatos que marcaron nuestro destino: los diez mil bueyes del Camino de la Moravia, las llanuras del tabaco, las minas de alemanes e ingleses, las ruinas de Santa Ana bajo la luna de Fallon, el tendido de los ferrocarriles, el Cable a√©reo que inspir√≥ el de Gamarra a Oca√Īa y el de Manizales al Choc√≥, las vagonetas en la niebla del p√°ramo descendiendo hacia la tierra caliente, la edad en que los esfuerzos de nativos, criollos e inmigrantes nos pusieron a las puertas de la modernidad.

Esa historia de hace un siglo cambi√≥ la cara de una vasta regi√≥n y dej√≥ salpicadas de apellidos ingleses a las estirpes criollas de la monta√Īa, pero no s√≥lo es una invitaci√≥n a recuperar la memoria. La vieja Ciudadela deber√≠a convertirse en lugar de visita para viajeros, de trabajo para organizaciones y talleres de creaci√≥n, en centro de reflexi√≥n sobre suelos y pisos t√©rmicos, sobre las relaciones entre los glaciares y el r√≠o, sobre clima y transporte, sobre modelos econ√≥micos y desaf√≠os ecol√≥gicos. Testimonio visible de una edad del continente, es el espacio ideal de muchas cosas necesarias y urgentes para aprender a habitar con respeto y sabidur√≠a el territorio, como nos lo recuerdan cada d√≠a, pocos kil√≥metros al sur, las ruinas de Armero, arrasada por la desmemoria, la negligencia y la ignorancia.

Porque¬† aqu√≠ cada pueblo guarda una historia, cada camino signific√≥ una haza√Īa y cada tecnolog√≠a dibuj√≥ una promesa, pero tambi√©n cada olvido y cada negligencia labraron para muchos una cat√°strofe.

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    Comentarios

    1. Ricardo Salazar Ch.
      19 octubre 2016 19:48

      Doctor Ospina quisiera saber un poco mas de Bartolome Chaves,quienes fueron sus esposas e hijos,como termino su fortuna, quien eran Ulpiana y Ursula de la Roche , el nombre del cura que sedujo a Ursula de la Roche.
      Ademas de una Manuela el cura Bonafont tuvo otras mujeres?

      Gracias

    2. Maria de La Roche
      26 junio 2018 22:29

      Soy la nieta de Gabriel de La Roche chaves

    3. Diego Chaves chujfi
      27 septiembre 2018 22:14

      Quisiera saber quiénes fueron los hijos, mi abuelo fue Pablo Custodio Chaves, mi papá era Hernando Chaves Morales

    4. Ricardo Salazar Chaves
      9 diciembre 2018 0:13

      Maria de la Roche, quisiera intercambiar lo que conocemos de nuestra familia Chaves ascendientes de Bartolome Chaves Monta√Īo. Mi correo es ricardo salazar ch@hotmail.com. Cordial saludo