Dic 9 2012
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OpiniónPolítica

Conflicto Colombia-Nicaragua: La virgen sus cabellos

La vieja cicatriz de la p√©rdida de Panam√°, que parec√≠a desvanecida para los colombianos, ha vuelto a doler esta semana. Romeo dice que ¬ęse r√≠e de las cicatrices el que nunca ha sufrido una herida¬Ľ, y Homero nos recuerda siempre que ¬ęall√≠ donde hay una cicatriz hay una historia¬Ľ.

Un expresidente de esos que pescan en todo río revuelto, casi ha llamado a tomar las armas para defender el mar arrebatado. Otros llaman a desconocer el fallo de la corte de La Haya, que con gran arbitrariedad repitió con el mar lo que nos sucedió hace un siglo con el istmo. Pero este dolor sólo ha sido posible gracias a una serie de paradojas y negligencias.

La primera paradoja consiste en que las democracias modernas tengan que basar la legitimidad de sus fronteras en la voluntad de unos monarcas antiguos. Todav√≠a tienen que repetirnos que la soberan√≠a de Colombia sobre el archipi√©lago de San Andr√©s, Providencia y Santa Catalina, se funda en la C√©dula Real del 20 de noviembre de 1803, que segreg√≥ ese archipi√©lago y la costa de la Mosquitia de la capitan√≠a general de Guatemala, y la incluy√≥ en el territorio del Nuevo Reino de Granada. Por fortuna, en junio de 1822 esa soberan√≠a se vio confirmada por la adhesi√≥n voluntaria de la poblaci√≥n de las islas a la Constituci√≥n de C√ļcuta.

La segunda paradoja consiste en que Colombia renunciara voluntariamente, creo que por un sentimiento de justicia, a su soberan√≠a sobre la costa de la Mosquitia, a cambio de que Nicaragua le reconociera su soberan√≠a sobre el archipi√©lago. El tratado Esguerra-B√°rcenas, de 1928, defini√≥, aunque imperfectamente, esas dos realidades, extendi√≥ el territorio nicarag√ľense hasta la costa este y el mar hasta el meridiano 82, y dej√≥ el territorio insular en manos de Colombia, pero ello no se tradujo en sentimientos de hermandad sino en nuevos reclamos.

La tercera paradoja es que Nicaragua niegue el valor del tratado Esguerra-B√°rcenas sin advertir que ello significar√≠a que las fronteras de los dos pa√≠ses vuelven a ser las anteriores a ese tratado. Equivaldr√≠a a decir que Colombia vuelve a ser due√Īa no s√≥lo del archipi√©lago sino de la costa de la Mosquitia: algo que Colombia jam√°s ha pretendido. Nicaragua niega un tratado que la favorece, con el argumento sin duda razonable de que estaba sometida a una invasi√≥n de Estados Unidos en el momento de firmarlo.

La cuarta paradoja consiste en que no hayamos delimitado mediante un tratado serio nuestras fronteras marítimas, y hayamos preferido someter un tema tan delicado y tan local a la jurisdicción de una corte lejana, cuyos miembros ni conocerán estas regiones y ni siquiera están en condiciones de dictar su fallo en castellano. Cualquier frontera definida por un tratado bilateral habría sido más justa y más benéfica que este fallo absurdo. Y ello se agrava si pensamos que el sometimiento a la corte de La Haya, en lugar de resolver las diferencias pacíficamente, no ha hecho más que crear un nuevo malestar.

Asombra que Colombia se sintiera tan segura de sus derechos que ni siquiera imaginó la posibilidad, no de que el fallo fuera adverso, como terminó siéndolo, sino incluso de que fuera arbitrario. Los sucesivos gobernantes de Colombia han debido prever que un nuevo despojo despertaría en la población un viejo malestar y un justo sentimiento de orfandad.

Me siento muy lejano de todo nacionalismo enfermizo, y de todo patriotismo oportunista, de esos que aparecen en seguida tratando de traducir en votos y en favoritismo pol√≠tico el malestar y el sufrimiento de los ciudadanos, pero siempre he sentido el dolor de que nuestra dirigencia no sea capaz, no s√≥lo de conservar, sino de engrandecer, esas que ellos mismos llaman ‚Äúlas regiones apartadas del pa√≠s‚ÄĚ.

Y all√≠ hay que se√Īalar las negligencias: el hecho de que un odioso centralismo haya permitido a lo largo del tiempo que cuanto m√°s alejadas de la capital est√©n las regiones, mayor sea su abandono. Por eso creo que la reacci√≥n de los dirigentes frente a este despojo es sobre todo una manifestaci√≥n de oportunismo, pues si de verdad les interesaran los territorios no habr√≠an mantenido en el extremo abandono la Orinoquia y la Amazonia, que siempre aparecieron en un peque√Īo recuadro en los mapas escolares. Eran regiones de segunda clase llamadas apenas territorios nacionales, que s√≥lo hace veinte a√Īos empezaron a tener los derechos y la estructura administrativa de los departamentos.

Si a los gobernantes y a los pol√≠ticos les interesaran de verdad estos suelos cuya p√©rdida parece dolerles tanto, Buenaventura, el principal puerto del pa√≠s y la principal fuente de riqueza para muchos, no estar√≠a en el nivel de abandono, de postraci√≥n y de violencia en que vive; el Choc√≥ no habr√≠a sido dejado por tanto tiempo a su suerte; y ese medio pa√≠s lleno de riquezas, las planicies del Orinoco y de la Amazonia, no habr√≠a quedado a merced de las guerrillas y de fen√≥menos de colonizaci√≥n rudos y expoliadores. Esos territorios pueden decir del Gobierno lo que dijo cierta dama cuando su marido, siempre indiferente, entr√≥ en crisis porque ella lo abandonaba: ‚ÄúPrefiere morir por m√≠ que vivir conmigo‚ÄĚ.

Si tuvi√©ramos m√°s atenci√≥n por el territorio, si lo am√°ramos m√°s, si lo engrandeci√©ramos de verdad, no correr√≠amos tanto el riesgo de perderlo, y no tendr√≠amos que rasgarnos las vestiduras cada tanto tiempo, ni arrancar en agon√≠a nuestros cabellos para colgarlos del cipr√©s, como dice la caricatura verbal de Rafael N√ļ√Īez.

Pero estos gobiernos prefieren ponerse la mano en el pecho, y hasta llamar a la guerra cada cincuenta a√Īos, en vez de gobernar con responsabilidad, con amor y con dignidad cada d√≠a.

 

Nota del editor: La octava estrofa del himno colombiano dice: ‚ÄúLa Virgen sus cabellos / Arranca en agon√≠a / Y de su amor viuda / Los cuelga del cipr√©s./ Lamenta su esperanza / Que cubre losa fr√≠a; / Pero glorioso orgullo / circunda su alba tez‚ÄĚ.

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