Ene 19 2016
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CulturaSociedad

Cursilería

El vocablo cursi es un término que se utiliza en el idioma castellano de manera informal para hacer referencia a una actitud exageradamente demostrativa que ya pasa los límites de lo que es normalmente aceptado por la sociedad. También hace referencia a aquellas expresiones, formas de actuar o de comportarse que pretenden tener cierta elegancia o estilo pero que nos hacen quedar en mayor evidencia por ser artificiales o antinaturales.

El término cursi se aplica para algo o alguien que, con pretensión de ser fino, elegante y distinguido usa expresiones, frases, palabras o muestras de cariño muy trillado y gastado, tanto que a aquellos que lo presencian suele darles vergüenza. “Ser cursi” es, pues, pretender   mostrar un refinamiento expresivo o un sentimiento apasionado que resulta rebuscado y excesivamente delicado.

El origen etimológico de este vocablo es incierto, y fue y sigue siendo objeto de polémica entre los lingüistas, sin haber llegado a un acuerdo. Podría ser como algunos sostienen que cursi procede del árabe marroquí kursi, silla, con una larga derivación hasta llegar al sentido que hoy le damos.

Tal vez sea ése el origen remoto del vocablo, porque según la tesis más acertada, parece que, la palabra “cursi” apareció no lejos de Marruecos, en España, en la ciudad de Cádiz, en el año 1865.

Años antes, -sostiene un relato- un sastre francés llamado Sicour, llego a Cádiz con el encargo de vestir a las damas más importantes del lugar. Como no quería que sus dos hijas desentonaran entre la elegancia reinante, quiso vestirlas igual que a sus ricas clientas, pero como el dinero no les alcanzaba, decidió emplear en los mismos modelos telas baratas y adornos falsos de manera que pudieran pasar por ricas damas.

Cuando las hijas del sastre se paseaban pavoneándose, la gente, siempre presta a la burla, cantaba a su paso: “Ahí van las niñas de Sicour, sicursisicursisicursi…”con lo que quedo acuñada la nueva palabra para nombrar a quien intenta aparentar más de lo que es recurriendo a efectos engañosos, muchas veces, grotescos y casi siempre ridículos.

La cursilería, supone mal gusto, pero no todo lo de mal gusto es cursi; precisa de un elemento adicional que es el ridículo. Todo lo cual conforma una falsa elegancia, un pretender ser elegante sin lograrlo; por eso no hay mayor cursilería que el rebuscamiento, que los alardes de refinamiento, que lo postizo, lo artificial y lo afectado, que la falta de sobriedad, de sencillez y de espontaneidad.

Existe una cursilería hereditaria: personas que nacen y mueren siendo cursis. Hay, incluso familias tradicionales caracterizadas por sus cursilerías. Hay épocas y estilos, modas y hasta frases típicamente cursis. Hay cursilerías que han desaparecido para ser reemplazadas por otras.cursileria1

Serán siempre una cursilería: el poner candelabros en la mesa de un almuerzo, o ponerlos en una cena sin encender las velas; los apodos que acompañan a los nombres propios en las esquelas de defunción; publicar en la prensa poemas dedicados a familiares fallecido; las imitaciones de mármol; escribir un correo electrónico: “como estoy en tal ciudad te escribo”; desear a quienes comen “buen provecho” o “buen apetito” en la creencia de que son buenos modales; colocar en los floreros flores simuladas; utilizar en la conversación palabras de otro idioma y pronunciarlas mal; pintar en los parabrisas de los carros “mi hija se graduó”; tatuarse el nombre de la pareja.

Los graduandos que muerden las medallas en los actos de grado, como si realmente estuvieran recibiendo oro. Los avisos en las camionetas de pasajeros aquí estuvo “El Maikel”. La gente que combina los nombres para obtener un nombre nuevo. Las personas que anteponen su título al nombre, para ostentar cierto grado de importancia.

Hay cursilerías masculinas: usar como sortija un solitario de brillante.; presentar a su mujer como “mi esposa” o como “la señora”. Las hay femeninas: presentar a su marido como “mi esposo”; colocarse uñas postizas con dibujos o pintarse cada una de un color distinto.

Otro grado de cursilería lo constituyen los matrimonios de smoking con zapatos deportivos.

A todos se nos puede pegar la cursilería en algún momento, hay quien se complace en llevarla siempre encima: los cursis de profesión, que no es igual a los profesionales cursis.

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