Abr 3 2013
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CulturaSociedad

Relato / Agua caliente a la izquierda, igual que en Zurich

azafata1“Nos equivocamos, amor, vos no viajaste a Buenos Aires a lagrimear sobre mi pecho y a tatuarme una melancolía que ya presiento. Vos llegaste aquí a ver malambo con boleadoras y conocer a vetustos tangueros disfrazados con pañuelo al cuello; vos viniste a mi Buenos Aires querido para dejarme tu nombre en una servilleta de papel que al subirte al avión y por mucha añoranza que le inventemos, se borrará de olvido.” | EDUARDO PÉRSICO.*

 

La avenida de Mayo en Buenos Aires parece no existir hasta el cruce con Florida; allí —todavía sin muchas pretensiones de ser exclusiva y distante— es ajetreada por caminantes del apuro bancario. Y nada exhibe ahí la reminiscencia histórica de los imaginarios paraguas del 25 de mayo de 1810 cuando el pueblo quiere saber de qué se trata, ni las palomas ahuyentadas a multitud y bombo de las bullangueras marchas con sabor a revancha.

 

A dos veredas de esos ecos de vivas y juramentaciones, en un bar con sillones canasta límites del Cabildo, el Quelo Varela apuraba a pura sonrisa, verso y camelo, a una rubia azafata suiza que conociera en el trámite de cambiar unos dólares el día anterior y se negara a ser regresada en taxi a su hotel. Pero que le anotaba a Quelo su dirección en una servilleta de papel: Freni Dietz, Kloten, Zurich.
Él en verdad leía ‘Vreni’ y ella aplicando sus dientes al labio inferior le repitió “Freni”.

—Is my name.— Y él en tarzánico inglés y le preguntó “¿do you like another whisky?”. Acaso mejor sonaría juiski pero si esta viajera al fondo del mapamundi entendiera la cierta intención de su “¿do you like?”, no se escandalizaría.

 

Sí, Quelo, no cualquiera actúa de exponente tribal ante una auténtica rubia europea que te diera su dirección en Zurich como si te invitara a verla ahí cualquier tarde de estas. Así que sin esperar dispuso llevarla a conocer Buenos Aires, y ser Quelo protector de azafata indefensa en la riesgosa ciudad, en repentina y apreciable ocurrencia.  
 


 

—¿Ves? Por aquí sucedió el Cabildo Abierto de 1810; ésta es la diabólica Plaza de Mayo donde los guarangos se lavaron las patas en la fuente en octubre del 45 y durante años las Madres de los treinta mil Desaparecidos nos siguen espabilando una vez por semana que tengamos más memoria y eso muchos no lo entiendan.
“En esa Casa Rosada trabajan las autoridades nacionales, es una manera de decir, y te mostraré la Recoleta el barrio que desafía todo a puro lujo y ese desperdicio de cemento es el Monumental estadio de fútbol que pagamos a tanto por gol para disimular nuestro arrabal no capitalista.
“Esa confitería casi en sombras es la más costosa del planeta —very expensive, Freni, too much,— pero allí hoy no entraremos porque, mirá que casualidad, este es mi departamento. Donde debemos entrar sigilosos y en voz baja porque mi cama solitaria es ancha y ajena como la pampa y antes que me olvide, si querés ducharte la llave de agua caliente está a la izquierda, to the left, Freni, igual que en Zurich”.

—¿Vos sabías que los sudacas no somos seres tan distintos? Ustedes, cronométricos que miden en décimas de micrones y nosotros, miserables de tanta inmensidad toda diferencia la mensuramos en hectáreas, y aquí vos y yo por mandato de la especie ajena a cualquier mapa, quizá tenemos ese mismo temblor de muestro primer apareo hace un milloncito de años en una íntima selva.
“Por eso y sin temor usemos nuestra encendida piel envuelta en acrobacias de tigre silencioso y pequeñas palabras, sin que tu rubor no sea fingido, Freni, y no sigas tensa en la habitación con sonrisa apenas y rubor de hembra sorprendida en silencio.
“Es tiempo de no temblar al besarnos y si tu sonrojo iguala a este ataque adolescente que me llegó de golpe, nuestra tímida escena defraudaría al espejismo que tienen de nosotros los países rubios.
“Y vos no dejes de ser Freni Dietz, alhaja suiza de mi corazón hablándome del cantón donde naciste y cómo te peinaban cuando eras chica antes de oír misa en la iglesia de Schauffhauser, igual que una piba de mi barrio. O apretada, muy apretada a mí pecho, me digas de aquel novio que inauguró tu ternura al llevarte en la bici tras el puentecito del Rhin, y no sigamos distrayendo nuestra desnudez recreando el pasado y averiguar de paso nuestra pasada historia.
“No vale renunciar a esta hora inolvidable, Freni, y ya probemos con suiza precisión que el amante argentino es de buena ‘perfomance’ y poco rechazo de fabricación… Esa otra ficción nacional de ganadores imbatibles del principio al fin, así nos va en la vida…
“Dulce, te cuento que entre nosotros hacer el amor es el modo de seguir en el mundo, por bisnietos de algunos que hace un siglo enriquecieron a los sastres londinenses comprando trajes por docena y dando un saltito al Canal de la Mancha, coparon los burdeles de Francia a punta de guita y vaca llevada en el barco. Reprimido y represor morocho y argentino rey de París, Freni, estancieros millonarios con olor a bosta llenando los prostíbulos y despreciados por los rubiecitos de ojos azules, como los tuyos.
… … …
—Y no te rías mi amor de este secreto nacional porque vos, mujer hermosa del mundo civilizado conmovida si te beso los párpados y los dos en lenguaje mezclado lamentamos tanta demora en conocernos.
“Nos equivocamos, amor, vos no viajaste a Buenos Aires a lagrimear sobre mi pecho y a tatuarme una melancolía que ya presiento. Vos llegaste aquí a ver malambo con boleadoras y conocer a vetustos tangueros disfrazados con pañuelo al cuello; vos viniste a mi Buenos Aires querido para dejarme tu nombre en una servilleta de papel que al subirte al avión y por mucha añoranza que le inventemos, se borrará de olvido.
azafata2“¿Eso no lo imaginaste, Freni? A nuestra final ternura de los dos en el aeropuerto la llenaremos de un futuro que bien pronto sentirá el olvido de otras nuevas miradas; y este nuestro intento de amarnos de fuga y contrafuga se llenará de tiempo…” 



 

Recién despierto y ya la luz detenida en el corazón de la mañana, Quelo Varela miró a Freni replegada sobre su propio cuerpo. Un mechón de pelo desordenaba el blanco de la almohada y al quitarle una mano sobre su vientre, la besó tiernamente en un hombro. Una inigualable noche de olvido inevitable había pasado y él se refugió en un cinismo doloroso y absurdo: era cierto, las azafatas suizas también son seres humanos.

——
* Escritor.
www.eduardopersico.blogspot.com

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