Mar 5 2012
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Política

El año de la protesta

Como preámbulo de la cascada de protesta social que tendrá lugar este año en Chile, la población de la región de Aysén, de los más variados sectores —pescadores artesanales, transportistas, funcionarios públicos, estudiantes, ecologistas, etc.—, se levantó para exigir la solución de sus carencias más urgentes. Peticiones largamente contenidas o dilatadas por el centralismo y la insensibilidad burocrática estallaron en una protesta unánime y corajuda.*

 

Que fue duramente reprimida por fuerzas policiales que cometieron graves atropellos a los derechos humanos. Sin embargo, los ayseninos no se amedrentaron y desafiaron al gobierno a cumplir su deber de atender el clamor ciudadano.

 

El quid de esta protesta fue el precio de los combustibles, que exceden en más del 30% lo que cuestan en el resto del país. Igualmente el aislamiento de Aysén —en la Patagonia chilena— que afecta tanto a la salud como a la educación.

 

Los jóvenes se ven obligados a emigrar para cursar estudios superiores, lo que significa para sus padres desembolsos imposibles de afrontar por la precariedad de sus sueldos. Faltan además fuentes de trabajo y el medioambiente se encuentra amenazado por la construcción de las represas del proyecto HidroAysén, que arruinarían el porvenir turístico de la región.


 

El gobierno ha repetido los errores ya habituales en su conducta. Rehuye el diálogo, se niega a asumir sus responsabilidades y tergiversa la verdad. Vacila entre el diálogo y la represión y termina aplicando esta última, empujado por la ultraderecha enquistada en el gobierno.

 

En Aysén, cuando parecían progresar las negociaciones, repentinamente La Moneda golpeó la mesa e hizo retroceder el conflicto a sus inicios y en una forma aún más violenta. Fuerzas policiales de refuerzo arribaron a la región en un vano intento por amedrentar a la población. Los perdigones de goma (y también metálicos, según denunciaron los dirigentes) y el gas lacrimógeno ocasionaron numerosos lesionados.

 

El ministro de Economía, Pablo Longueira, a su turno, sostenía que la movilización era artificial, manipulada desde Santiago, porque Aysén mostraba un elevado “crecimiento económico” (casi 20%). Tuvo que salir El Mercurio a reconocer en un editorial que “crecimiento” no es lo mismo que “desarrollo”. El otrora elogiado “modelo chileno”, es la mejor demostración de que el “crecimiento” económico sólo llega a una elite poderosa, mientras la mayoría sufre las consecuencias de un escaso “desarrollo” económico, social y cultural.


 

La protesta en Aysén no ha sido la única en lo que va del año. Protestas de pescadores artesanales vienen produciéndose en el litoral en contra de la Ley de Pesca del ministro Longueira. Los trabajadores portuarios paralizaron dos días sus labores en febrero y estudiantes de la Universidad de Santiago protagonizaron manifestaciones callejeras. Hasta al Festival de la Canción de Viña del Mar llegaron las expresiones de descontento. Público y artistas manifestaron mensajes de apoyo a Aysén, al pueblo mapuche, al movimiento estudiantil, al movimiento contra las represas en la Patagonia, o sea al amplio abanico de la protesta social.

 

En otras zonas (Punta Arenas, Arica, Iquique, Calama, etc.) existe una inquietud que revela un estado de ánimo precursor de más protestas. 


 

Lo notable es que existe un nuevo ambiente en el país. Se acumula una rebeldía que exige cambios profundos. La institucionalidad heredada de la dictadura está severamente cuestionada. Los sectores populares y las clases medias parecen convencidos que los cambios verdaderos sólo se producirán si se protesta en la calle, exigiendo soluciones, confrontando a las autoridades con el cumplimiento de sus deberes y reclamando los derechos que fueron cercenados por la dictadura y que los gobiernos de la Concertación eludieron restituir al pueblo.


 

Entretanto, los partidos políticos —sin excepción— se empecinan en funciones cuasidomésticas que velan por sus privilegios, tales como las discusiones y maniobras parlamentarias, las negociaciones electorales, la búsqueda de recursos para las próximas elecciones, etc. No dan señales de mayor preocupación ante el crecimiento de la protesta y la disminución, a la vez, de su propia representatividad.

 

Incluso partidos de izquierda han caído en lo que con razón puede calificarse como “cretinismo parlamentario”, sumidos en la banalidad de la feria electoral, distantes no sólo de la realidad del país sino también de la crisis capitalista que está generando la indignación de millones de trabajadores en el mundo.


 

Tampoco los movimientos sociales aparecen todavía en condiciones de sostener movilizaciones prolongadas y formas de coordinación y dirección que aumenten su eficacia. Resulta clara la ausencia del instrumento político que permitiría levantar una alternativa guiada por los más altos intereses del pueblo y no por mezquinas ventajas partidarias. Esto no va a surgir artificialmente. Dependerá de la conciencia acumulada que permita canalizar la protesta social a la convocatoria a una Asamblea Constituyente que elabore y someta a referéndum una Constitución democrática, respetuosa de los derechos de los ciudadanos. 


 

Con todo, a pesar de que las incertidumbres son más que las certezas en el camino de la protesta social, lo concreto es el ánimo de lucha que hoy se extiende en el país. En ese sentido, bienvenido 2012, un año que estará marcado por el ejemplo de Aysén.
——
Editorial de la revista Punto Final, edición Nº 752, 2 de marzo de 2012.

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