May 28 2016
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Cultura

El Buda de Oro

Seis
Es del todo probable que la literatura sea el terreno de lo particular y por lo tanto el campo de los detalles y gestos mínimos que sólo se expresan en lo concreto, detalles y gestos que apuntan a la irreductible singularidad de la existencia, último reducto de la verdad, pongamos.

Entonces esta historia, por su vaguedad, por la ausencia de detalles que la caractericen, se declara a sí misma desterrada de la literatura, habitante del limbo de lo universal que viene a ser como el purgatorio o el útero, o la inconsistencia misma de la vida.

Esta es la historia de un colombiano que al parecer se llama César. Un colombiano de veintitrés años que ha estudiado dos carreras universitarias, que ha terminado la segunda y que a pesar de ello decide, no sabemos por qué, venirse a Chile en busca de mejores perspectivas.

Tampoco sabemos de qué parte de Colombia viene César. Podría ser de la costa, la sierra o la selva; podría ser del campo o la ciudad. No sabemos cuán malas son las perspectivas de César en su país ni tampoco cuánto sabe él de este otro país, qué le habrán contado o mostrado, por boca de quién o de quiénes se habrá enterado de qué, se desconocen los detalles y ya dijimos que esta historia ha sido desterrada de la literatura, que está hecha de detalles.

Cinco
Esta historia parte con un anticlímax, con lo peor que le ha pasado al colombiano César en este país, si estamos todos de acuerdo en que lo peor es encontrarse cerca de la muerte. Porque si esto no es literatura, convengamos en que es posible recorrer en sentido contrario la tensión narrativa, o sea, ir paso a paso alejándose de la muerte.

Como César estudió una carrera relacionada con números, y al decir “números” obviamente queremos decir “dinero”, el colombiano tuvo su primer trabajo en una casa de cambio en el centro de Santiago. No se conocen detalles de cómo habrá llegado al negocio del spread de monedas, ni por qué le habrán encargado hacerse responsable del traslado de dinero desde la casa de cambio hacia otro lugar que tampoco es conocido, pero uno podría suponer que el dueño del negocio, buen calculador de los riesgos, habrá traspasado el riesgo de portar dinero a un colombiano en busca de mejores perspectivas.

El asunto es que lo asaltaron y le dieron una tremenda paliza entre varios. Mientras unos tres hombres le daban duro, otro no dejó de apuntarle un revólver a la cabeza. Se llevaron todo el dinero, incluido el suyo, y el dueño de la casa de cambio se cobró del sueldo de César lo que le habían robado, bastante más de lo que ganaba el colombiano. También esto se lo hizo notar el dueño, como si le hiciera un favor al no exigirle más que su sueldo completo. Tampoco se sabe con qué argumentos lo echaron de la casa de cambio, pero es un hecho que se quedó sin trabajo.

Cuatro
César, el colombiano, estaba viviendo en algún barrio del sector sur de Santiago, podría ser Puente Alto o San Bernardo, y compartía un departamento y probablemente una pieza con otros colombianos, no sabemos cuántos. El hecho es que nos vamos alejando de la muerte, paso a paso. Cabe suponer que alguno de ellos lo introdujo en el budismo, pero es aún más probable, en este océano de conjeturas, que el interés por la religión oriental se le hubiera despertado en Colombia, pongamos en otro ambiente, pongamos leyendo Siddhartha de Hermann Hesse, que todavía sigue siendo una lectura frecuente entre jóvenes que buscan su destino y con el correr de las páginas se encuentran con la enseñanza de que no hay ningún destino personal, no existe, es una ilusión de la cual debemos despojarnos para entrar en el camino de la iluminación, que es como dar el paso definitivo en contra de la muerte.

Pero más probable aún que todo lo anterior es que alguno de sus compatriotas le pasara el dato del empleo en el centro de llamados, en lo que desde hace algunos años se conoce como barrio industrial El Cortijo, un conjunto de oficinas y bodegas en la intersección de Américo Vespucio Norte y la Panamericana, un despoblado al final de Conchalí, pegado a Quilicura y muy cerca de Renca.

Nos apartamos de la muerte, pero su sombra gira en redondo por aquí. Resulta que el colombiano pasa las pruebas de reclutamiento (el call center cumple con las formalidades para la contratación de personal) y se encuentra de camino a su empleo de operador luego de tomar un bus de acercamiento al metro, luego de combinar de línea en el metro y tras subirse a un segundo bus que según le han dicho tendría que dejarlo a las puertas del barrio industrial El Cortijo, donde están las oficinas del call center. Van casi dos horas de viaje, pero qué son dos horas al lado de la eternidad. Todavía no aclara el día.

Quedan pocos pasajeros en el bus y uno de ellos lo está mirando. Seguro que lo nota medio perdido, tratando de ubicarse en el paisaje más bien homogéneo, digamos residual y penumbroso que corre por las ventanas. El colombiano acaba por preguntarle dónde está El Cortijo y el hombre, que es joven y lleva puesto el gorro de la chaqueta, le advierte que ahora viene el último paradero antes de Renca, que si no baja aquí pasará de largo y tendrá que tomar una micro de vuelta.

El colombiano y el otro bajan juntos del bus en un lugar donde no hay nada que se parezca a un barrio industrial.
Yo vivo allá, dice su acompañante apuntando hacia unos bloques de departamentos del otro lado de la autopista, recortados en la oscuridad que se diluye.
¿Por qué no te devuelves?, le pregunta el colombiano.
Te quiero acompañar.
Hay que decir que César es bajo y tirando para gordo, y que a su lado el otro se ve más grande y corpulento, tal vez por la chaqueta y el gorro que no se quita de la cabeza.
¿De dónde erís?
De Colombia.
Igual es peligroso aquí.
Llevan dos cuadras caminando y todavía no aparece ningún barrio industrial o algo parecido, y César le pregunta al que lo acompaña si no tiene que ir a su trabajo.
Sí, pero igual ya llegué tarde.
¿Cómo es Colombia?, pregunta su acompañante media cuadra después.
¿Cómo es cómo?
Cómo es po.
Sí había otro paradero, comenta César ante la parada de bus, y al mirar más allá se encuentra por fin con el barrio industrial.
¿Por qué no bajamos aquí?, se le ocurre preguntar. (venían caminando…)
Si te gusta nomás po, gil culiao.
El de la gorra da media vuelta y se aleja rápido.

Tres
Van a ser las ocho de la mañana y hay que suponer, junto con César, que detrás de las paredes ya se instaló la luz del día. Lo que sucede en sincronía con el amanecer, mientras César se coloca los audífonos y el micrófono y acomoda a la vista las cartillas de los productos, es que hay personas en sus hogares, dueñas de casa la gran mayoría –hay que suponer, en este universo al margen de lo singular–, que han encendido el televisor y en estos momentos sintonizan el canal de los infomerciales y deciden llamar al número que aparece en pantalla.

Del otro lado de la línea se encuentra César, los siete días de la semana –excepto dos domingos al mes, para cumplir con la legislación–, atento al momento preciso en que hincar el diente y abrochar una venta, como dicen aquí, que es como dice el supervisor de los operadores telefónicos. No es ni antes ni después, dice el supervisor, hay un momento preciso y ustedes tienen que olfatearlo. Y el supervisor de César se lleva los dedos a la nariz.

El colombiano huele, trata. El call center huele a espuma plástica. El colombiano intenta vender por teléfono una mopa a vapor, un artefacto electrónico capaz de matar un noventa y nueve por ciento de las bacterias domésticas y que sirve para muchos tipos de suelos, y el colombiano enumera los tipos de superficies sobre las cuales funciona la mopa a vapor, se los aprendió de memoria, y luego explica el modo de funcionamiento, que es muy sencillo: llenar de agua el contenedor, conectar la unidad, esperar treinta segundos.

Si no es una mopa es una faja reductora, pues hay gente que tiene fe en estas prendas ocultas que no sólo ayudan a quemar grasas reduciendo las medidas del abdomen y la cintura sino que además, gracias a un diseño ergonómico, sirven para corregir la postura y están hechas de Neotex, que es un material de fibras inteligentes que aumentan la temperatura, dice el colombiano por teléfono, también recitando de memoria.

Dos
Así, en lo abstracto-universal y al margen de cualquier posibilidad literaria, transcurren los días del colombiano, hasta que lo despiden otra vez. Por qué alguien como César pierde el trabajo podría ser motivo de controversias escolásticas, pero a él le dan a entender razones aritméticas: la proporción entre llamadas atendidas y negocios abrochados, de donde resulta que el colombiano al cabo del tercer mes se encuentra entre los peores evaluados, lo que no obstante coincide con el hecho de que al mes siguiente le correspondía pasar a otra modalidad de contrato, un poco más segura para él, un poco más costosa para el call center.

Con la muerte cada vez más lejos, con el anticlímax cada vez más cerca, uno puede permitirse digresiones y apuntar que detrás del manejo de recursos humanos hay una psicóloga que intenta hacerse cargo de la alta rotación de operadores telefónicos, es alguien que reduce el problema a la irresponsabilidad de personas que se ofrecen a trabajar y sin decir ni pío dejan botado el empleo o ni siquiera se presentan el primer día, o se les ocurre ausentarse–hubo un caso– y aparecer como si nada dos meses después. Gente que no valora el trabajo, a su modo de ver.

Entre esas dos visiones –seres humanos como números, números como billetes– avanza esta parte de la historia, y cualquiera puede ver cómo ambas visiones confluyen hacia el anticlímax.

Uno
Duele la falta de detalles, se padece. Pero no queda otra que apretar el estómago y poner al colombiano César de estatua humana en el paseo Ahumada, porque así fue, a una cuadra de la casa de cambio, si esto hace alguna diferencia.

Está claro que alguien le habló de budismo, aquí o en su país de origen, o puede ser que leyera Siddartha, de Hermann Hesse, o algún folleto, o un artículo en Internet que lo hubiera tocado en el corazón.

Y así.
En alguna parte vio César la estatua del Buda de Oro, algo averiguó de su historia y sus características, de alguna parte consiguió pintura dorada y se la esparció por todo el cuerpo, alguien le prestó la tarima y la alfombrita con motivos hindúes, de algún modo se las arregló, no sabemos cómo, para representar a Buda en la postura de bhumisparshamudra, en alguna farmacia compró gomina para levantarse el pelo y simular una llama o ushnisha, símbolo resplandeciente de su energía espiritual –la de Buda–, alguien le contó o leyó en algún sitio web que los tres pliegues del cuello y los lóbulos de las orejas muy alargados representan su estatus anterior de príncipe, y sigamos: supo por ahí que el gesto sagrado de la estatua –la mano derecha tocando el suelo con el dedo índice cerca de la rodilla– representa el momento cuando, tomando a la Tierra como testigo, Buda resolvió el problema de acabar con el sufrimiento, no sabemos si el suyo propio o el de toda la humanidad, y sigamos: fue entonces, sentado bajo el árbol de Bhodi, la higuera sagrada, cuando Siddartha Gautama alcanzó la iluminación espiritual, repite de memoria el colombiano en el paseo Ahumada, moviendo suavemente los brazos como si fueran serpientes ante la mirada hueca, atenta, intrigada o divertida de los transeúntes: tampoco lo sabemos, mil disculpas.

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