Sep 2 2017
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AmbienteSociedad

El cambio climático y yo… o tú.

Hubo un tiempo, 250 millones de años atrás para ser precisos, la tierra era inmensamente más caliente de lo que es ahora. En el pasado reciente la última edad de hielo terminó aproximadamente 12.000 años atrás. Hace 20.000 años era tan caliente que los hipopótamos vagabundeaban en el sur de Inglaterra. Si hoy existimos y hemos creado una civilización es solo porque hemos vivido en un período inter glacial que ha hecho posible la existencia humana…. período que está a punto de terminar. La memoria de las rocas revela que la superficie terrestre está sujeta a una continua organización y reorganización.

La temperatura global media ha variado enormemente en la historia del planeta y la razón básica tiene que haber sido la cantidad de energía solar que llega a su superficie. Ya en el siglo XIX se sabía que la trayectoria de la tierra alrededor del sol es menos estable de lo que aparece. En 1920 el matemático yugoslavo, Milutin Milanković, precisó los tres tipos de variaciones que afectan el movimiento de la tierra en el espacio. La tierra viaja en una órbita elíptica excéntrica. En el curso cíclico de 100.000 años la órbita se hace menos elíptica y más circular para luego volver a la trayectoria elíptica.

Además la Tierra misma está inclinada y el ángulo de la inclinación cambia en el curso cíclico de 41.000 años, de un máximo de 24.5 grados lejos de la vertical a un mínimo de 21.5 grados. La inclinación actual se encuentra exactamente en el medio de estos dos extremos. Y, por último, la tierra también gira alrededor de su eje con una oscilación de 22.000 años, con un pequeño cambio en su giro cada 19.000 años. Milanković en una serie de ecuaciones liga estos tres tipos de excentricidades con los cambios climáticos.

En 1976 la evidencia apoya su teoría cuando los científicos descubren que los sedimentos del fondo del océano pueden revelar la temperatura que el agua tubo hace miles de años. Las capas más profundas de sedimento muestran que las profundidades del océano durante el período Cretáceo, el tiempo de los dinosaurios, fue de cerca de 20 grados más caliente de la que hoy tenemos. Este es un tremendo cambio. Otros menos drásticos se han descubierto que coinciden con el enfriamiento gradual que comenzó hace 115.000 años y que culmina con la edad de hielo 15.000 atrás. En 1979 el físico suizo Hans Oeschger, trabajando con burbujas atrapadas en el hielo, fue capaz de demostrar que el nivel de dióxido de carbono fue 100 partes por millón más alto cuando el mundo empezó a calentarse  hace 12.000 años comparado con los niveles de hace 17.000 años durante la más reciente edad de hielo.

El dióxido de carbono aparece, de acuerdo con estas evidencias, como el facilitador que aumenta el efecto de los ciclos de energía solar en la atmosfera de la Tierra. Los mecanismos de su funcionamiento han sido investigados desde diferentes direcciones conocidos ahora como el “efecto invernadero”.

La cosa es esta… ¿el actual aumento de la temperatura global causará que el clima mundial se dispare fuera de control? Uno de los factores más importantes en este proceso, como la evidencia muestra, es el aumento del dióxido de carbono. Estamos en la etapa en que una nueva edad de hielo debiera empezar. Pero, hay un problema con este escenario. Debido a la excesiva liberación de dióxido de carbono producida por la actividad humana los resultados del calentamiento global pueden desrielar todo el proceso. Si este es el caso puede que estemos dirigidos hacia otro período de deterrimiento del hielo polar en lugar de la edad de hielo programada. De acuerdo a los datos esta es la dirección en la que ya estamos.

El escritor David Wallace-Wells acaba de publicar el 9 de julio de este año un largo artículo en la revista “New York” en el que promete que las cosas serán mucho peor de lo que pensamos… hambrunas, colapso económico y un sol que nos cocinará a todos.

Como cualquier buen mamífero somos motores térmicos y nuestra sobrevivencia depende de nuestra capacidad para enfriarnos. Para eso necesitamos que la temperatura sea lo suficientemente baja para que el aire actúe como un refrigerante y enfríe la piel para mantener la máquina funcionando. La línea roja es de una temperatura máxima, que refleja la humedad y calor (wet-bulb), de 35 grados Celsius. Estamos cerca. Desde 1980 el planeta ha experimentado 12 récords de máxima temperatura. El último fue en el 2016 con un aumento de 0.12 grados Celsius. Sobre 40 grados la temperatura es letal.

¿El fin del alimento? Por cada grado de aumento de temperatura la cosecha de cereales disminuye en un 10% . Si el planeta es 5 grados más caliente y hay un 50% más de seres humanos tendremos un 50% menos de cereales para alimentarlos. Y con el ganado es peor. Se necesitan 16 calorías para producir una caloría de carne. En estos momento los trópicos ya son demasiado calientes para cultivar granos eficientemente y los lugares donde hoy se producen ya tienen una óptima temperatura. Bastará un pequeño calentamiento o continuas sequías para causar una inmediata disminución de la producción. Y no es tan fácil mover la producción agrícola a otras regiones más remotas donde la calidad de la tierra es inferior, como el norte de Canadá o Rusia. Para el 2080 el sur de Europa experimentará sequías extremas al igual que Iraq, Siria, el Medio Oriente, Australia, África, América del Sur y China. Ninguno de estos lugares, de donde hoy proviene la mayor parte de alimentos, serán fuentes seguras.

¿Qué pasará cuando las capas de hielos polares se derritan? El hielo es historia congelada que puede reanimarse nuevamente. Atrapadas en el Ártico hay enfermedades que no han circulado en el aire por millones de años, algunas de ellas desde antes que los humanos existieran. Lo trágico es que nuestro sistema inmunitario no sabe como combatir estas plagas prehistóricas. En el 2016 un niño murió al ser infectado por ántrax cuando el descongelamiento del permafrost expuso la carcasa de un reno muerto por la bacteria 75 años atrás. Lo que preocupa a los epidemiologistas, más que las enfermedades antiguas, son los flagelos actuales reevolucionados por el actual calentamiento climático. El ejemplo es Zika. Atrapado en Uganda no parecía causar defectos de nacimiento… hasta ahora.

Necesitamos oxígeno y el oxígeno es solo una fracción de lo que respiramos. La fracción de dióxido de carbono está creciendo. Acaba de superar las 400 partes por millón y la extrapolación de este crecimiento actual sugiere que alcanzará 1.000 ppm en el 2100. A ese nivel la habilidad cognitiva humana declinará en un 21%. El aumento de la polución, además, acortará la duración de la vida en 10 años. Según el Servicio Forestal de Estados Unidos los incendios forestales serán dos veces más destructivos que ahora y en algunos lugares las áreas quemadas crecerán cinco veces más comparadas con las de hoy. La emisión que estos incendios producen aumentará el dióxido de carbono hasta un 40%. Más incendios significa más calor y más calor, más incendios… que es lo que ya estamos experimentando. Lo más escalofriante es la posibilidad de que la foresta del Amazonas, que ya en el 2010 sufrió su segunda sequía en cinco años, puede secarse lo suficiente para llegar a ser vulnerable a este tipo de devastación, lo que agregaría más dióxido de carbono a la atmósfera.

¿Tiene el calor algo que ver con la violencia? Los investigadores Marshall Burke y Solomon Hsiang cuantificaron algunas de las relaciones entre temperatura y violencia. Por cada medio grado de aumento de temperatura la sociedad verá entre un 10 a un 20 por ciento de aumento en conflictos armados. En la ciencia climatológica nada es simple, pero la aritmética es angustiante. Un planeta cinco veces más caliente doblará el número de conflictos armados en el transcurso de esta centuria, lo que aumentará las migraciones que ya empezaron. A lo menos 65 millones de seres humanos ya han sido desplazados de sus territorios. Esta es la razón de que el Pentágono este obsesionado con el cambio climático.

Un gran número de historiadores han empezado a sugerir que el crecimiento económico que empezó en el siglo XVIII se debe, no tanto a las innovaciones, intercambios comerciales o al dinamismo del capitalismo global, sino al descubrimiento del combustible fósil. El costo ha sido desbastador… rápido cambio climático. Según Hsiang y sus colegas el aumento de cada grado Celsius de temperatura cuesta, promedio, 1.2 del PIB. Su proyección media es de una pérdida del 23% per cápita globalmente para el final de la centuria. La magnitud de esta devastación económica es bien difícil de comprender.

La emisión de gases, según los cálculos actuales, subirá el nivel del mar en 1,2 metros y, probablemente, en 3,5 metros para el término de la centuria. Un tercio de las mayores ciudades del mundo están en la costa junto con plantas de energía, puertos, bases navales, tierras de cultivo, pesca, pantanos y arrozales. A lo menos 600 millones de seres humanos viven actualmente a 10 metros de la costa. Y esto es solo el comienzo. El mar absorbe más de un tercio del dióxido de carbón que causa acidificación oceánica que mata las capas de coral que mantienen más de un cuarto de la vida marina. El coral es el primer eslabón de la cadena alimenticia. Un océano con poco oxígeno es el ambiente propicio para todo tipo de microbios que hace el agua más ‘anoxic”. Este proceso destruye la vida marina y , por supuesto la pesca, como ya lo vemos en partes del Golfo de México y las costas de Namibia.

¿Por que no vemos todo esto? Tal vez porque los dilemas y dramas del cambio climático son incompatibles con el tipo de historias que buscamos y nos contamos a nosotros mismos. Historias que enfatizan la actitud optimista y la fe en la humanidad para responder a cualquier desafío que se le presente. De todas maneras la tecnología y la ingeniosidad humana, según la mantra contantemente repetida, encontrarán la solución… ¿realmente? ¿por cuánto tiempo durará esta ceguera? Podemos predicar el optimismo todo lo que queramos… pero, el mundo que viene no desaparecerá por ello. Con seis grados más de temperatura los sistemas ecológicos se verán atacados por tifones, tornados, inundaciones y sequías cada vez más fuertes y más seguidas.

Según la visión de algunas mentes perspicaces el cambio climático equivale a algo así como un deuda moral que se ha venido acumulando desde la Revolución Industrial y cuya fecha de pago esta por vencer. De alguna manera la quemazón de carbón, que comenzó en el siglo XVIII en Inglaterra, fue el fusible desde el cual todo lo otro sigue. Su aceleración alcanza su máximo en las tres últimas décadas en donde el dióxido de carbono emitido por la humanidad ha sido la mitad de lo emitido en toda su historia. En una sola generación desde la Segunda Guerra Mundial la cantidad es del 85%.

¿Hay una solución? Parar la emisión de energía fósil y la industria de la carne. El problema es que, como dicen los historiadores del “capitalismo fósil”, la base que sostiene el capitalista es justamente la energía fósil. Sin ella todo el proceso de permanente crecimiento económico y consumo que requiere el sistema colapsa, dejando como secuela una cesantía masiva. Ni las corporaciones ni los trabajadores están dispuestos a pagar este precio… ¿cómo, entonces, cuadramos éste círculo?

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