Jun 4 2012
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OpiniónPolítica

El después del cardenal cubano en Harvard

Con motivo de la discusión que ha surgido sobre la línea pastoral impulsada por la Arquidiócesis de La Habana y el cardenal Jaime Ortega, la revista publicada en Estados Unidos Progreso Semanal/Weekly* (es bilingüe) ha decidido pedir la opinión de algunos prestigiosos intelectuales sobre el sentido y eventuales consecuencias de los dichos del prelado. Más allá de las legítimas discrepancias que existen en torno a sus declaraciones en Harvard, ¿resulta aceptable juzgar los 30 años de liderazgo del cardenal Ortega a la luz de esos cinco minutos dentro de su comparecencia?

 

Algunos pasos en la política interna del país, en los dos últimos años, refrendan la viabilidad de este camino construido por el cardenal-arzobispo de La Habana, asentado en una metodología de diálogo crítico con el gobierno cubano y de respeto y promoción de la pluralidad nacional. Ortega posee el mérito de haber logrado abrir canales de comunicación entre el Partido Comunista y la Iglesia Católica, una institución autónoma dentro de la sociedad civil cubana.

 

Así lo reconocen los participantes en este Dossier. El profesor Mesa-Lago ratifica su apoyo a los programas de la Iglesia Católica que abren espacios para el debate respetuoso de cubanos dentro y fuera de Cuba, con diversas ideas, en busca de consenso y procurando las necesarias reformas económico-sociales que requiere el país.
Espinosa Chepe agradece a la Iglesia el apoyo a los familiares de los presos cuando estaban lejos de sus casas; asimismo, saluda la participación de las revistas Espacio Laical y Palabra Nueva en el debate nacional, con argumentos pero sin agresiones. Alonso considera que la iglesia en Cuba ha realizado acciones legítimas que el Estado ha reconocido, lo cual es una de las causas de que la crítica a esa institución se haya hecho más virulenta.
Julia Sweig piensa que el cardenal Ortega ha creado un espacio para el debate y el diálogo en Cuba, y no solo para los católicos.
López-Levy afirma que, frente al coraje de pactar y dialogar mostrado por el cardenal Ortega, los sectores radicales han acudido a la descalificación, la mentira y la organización de provocaciones para envenenar el ambiente donde las posiciones moderadas y dialogantes puedan fructificar.
Hakim opina que si bien Ortega hizo algunas declaraciones desafortunadas en Harvard, no es menos cierto que se trata de un hombre extraordinario que ya ha contribuido de manera importante al cambio en Cuba.

 

Los invitamos a leer las opiniones de nuestros entrevistados.

 

Carmelo Mesa-Lago
Catedrático Distinguido Emérito de Economía, Universidad de Pittsburgh.
He sido partidario del diálogo entre cubanos desde 1978 cuando fui a La Habana con una representación de la comunidad en el exterior; esa reunión resultó en la libertad de miles de presos políticos y el inicio de la reunificación de la familia cubana a través de viajes, remesas y ayuda. Por tanto, apoyo los programas y acciones de la Iglesia Católica que abren espacios para el debate respetuoso de cubanos dentro y fuera de Cuba, con diversas ideas, en busca de consenso, procurando las necesarias reformas económico-sociales que requiere el país.
En este sentido, Espacio Laical ha jugado un papel crucial y he tenido la suerte de que publicase varios de mis artículos sobre ese tema. También tuve la oportunidad de participar en la Semana Social Católica de 2010 a la que asistieron 150 representantes de toda la Isla y hubo un fructífero debate académico de cubano-americanos con sus homólogos residentes en Cuba. Me pareció muy atinado el Editorial de Espacio Laical (No. 2-2012) pidiendo que cesen los obstáculos del aparato ideológico del PCC contra espacios del Arzobispado y bloqueando la participación de académicos e intelectuales cubanos; espero que la Iglesia se abra también a la participación en los debates de disidentes políticos residentes en Cuba con posiciones documentadas y respetuosas.

 

Oscar Espinosa Chepe
Economista, ex preso político de la causa de los 75 y activo opositor al gobierno cubano.
Creo que el balance que hay que hacer del trabajo de la Iglesia es altamente positivo, en el sentido de que los trabajos que está haciendo la Arquidiócesis de La Habana de unión de los cubanos, de servir de puente entre distintos sectores de nuestra sociedad es muy favorable; tanto la creación del Centro Cultural Padre Félix Varela, donde participan compatriotas de distinto signo político y debaten allí las ideas de una forma responsable, yo creo que esto es único desde hace muchos años en Cuba, no tengo antecedentes de una cosa parecida y creo que es un logro real, así como las revistas que se están publicando, Espacio Laical y Palabra Nueva, con enfoques muy correctos, con críticas al propio gobierno, a la lentitud de las reformas, pero hechas desde un ángulo no agresivo, de manejar siempre criterios basados en hechos reales, en argumentos irrebatibles.
Además, sabemos que la Arquidiócesis ha promovido cursos para los cuentapropistas, ha facilitado incluso cursos de otro tipo, para el conocimiento de Internet de muchas personas y de una forma muy plural, muy abierta, sin discriminaciones, sin exclusiones. Yo mismo soy un ejemplo de eso, yo no soy católico, sin embargo se me ha dado la posibilidad de participar en muchos de estos eventos, cosa de la que estoy muy agradecido. Pero yo diría más, efectivamente esta es una línea de acción de la Iglesia cubana desde hace mucho tiempo, de señalamientos y de enfrentamientos a muchas cosas mal hechas, de trabajar por una sociedad de la que todos podamos participar.
 Yo mismo sentí esta solidaridad cuando estuve preso, la única organización interna del país que se pronunció a favor de nosotros, los presos del grupo de los 75, fue la Iglesia Católica cubana, la única que le abrió las puertas a nuestras esposas, a nuestros familiares cuando nos iban a ver a las prisiones en el interior del país, les daban alojamiento y demás, en Santiago de Cuba y donde quiera. Fue la Iglesia Católica también quien le abrió las puertas a las Damas de Blanco en la Iglesia Santa Rita. Y esas son cosas que hay que recordar, independientemente de que también hay cosas de antes, de posiciones muy dignas, con mucha serenidad, con mucha responsabilidad, sin un espíritu agresivo pero diciendo las cosas con claridad. Hay que leer los documentos de la Iglesia desde muchos años atrás y con todos estos elementos hacer un balance más real.
Me parece que algunas personas se han dejado arrastrar por análisis muy superficiales, se han dejado arrastrar quizás por la desesperación, por el deseo del cambio, por el deseo de que Cuba rápidamente se transforme en los que todos queremos: una sociedad democrática. Pero eso no se puede lograr con una varita mágica y, mucho menos, insultando a entidades que han sido nuestras aliadas, que han sido nuestras protectoras, a todos, y repito, a todos, porque señalo este hecho, que la Iglesia nunca ha sido un obstáculo para que los cubanos, incluso de distintas creencias o filosofías, nos unamos y compartamos y esta es una cosa realmente muy valiosa que yo personalmente agradezco mucho.

 

Julia Sweig
Miembro principal del Nelson y David Rockefeller Center. Directora de Estudios Latinoamericanos del Concejo de Relaciones Exteriores, Washington, DC.
Desafortunadamente, en el contexto del debate en Estados Unidos acerca del futuro de Cuba, el término “sociedad civil” se ha convertido en sustituto de una agresiva versión ideológica y partidista del anticomunismo. Para aquellos quienes solo quedarán satisfechos con una versión cubana de la des-Baathificación, o una revisión radical–incluso violenta– del modelo político, económico y social de Cuba, las únicas voces o instituciones legítimas  de la sociedad civil dentro de Cuba son los que usan orgullosamente y a voz en cuello el manto de la oposición al régimen.
Lamentablemente, los contribuyentes norteamericanos están financiando declaraciones editoriales de Radio Martí, por ejemplo, que atacó al Cardenal Ortega, a la Archidiócesis de La Habana y al Centro Félix Varela como “lacayos” del gobierno cubano. Me eché a reír cuando leí la palabra “lacayo”, porque es un término que proviene de la década de 1950, o de la politiquería que existía, en vez de política, en la Cuba de Batista. Es un término polarizador que también me entristeció verlo como parte de cualquier discurso en cualquier lugar relacionado con Cuba.
Durante los últimos quince años me ha impresionado profundamente el espíritu de magnanimidad  y sabiduría demostrado por el cardenal Jaime Ortega, un hombre al que considero mi amigo. Pero mucho más allá de la amistad, el cardenal Ortega ha creado un espacio para el debate y el diálogo en Cuba, y no solo para los católicos. Sus esfuerzos por ayudar a la liberación de presos políticos –no solo en los últimos años, sino durante el tiempo que ha ocupado el cargo– ha sido eficaz e incluso heroico.
Se ha convertido también en un interlocutor esencial para la comunidad internacional. Cuba está atravesando un período de cambio significativo. Creo que hay más espacio para el desacuerdo, disensión y el choque de ideas que en ningún otro momento desde que comencé a viajar a la Isla en 1984. La Archidiócesis no es más que una institución de la sociedad civil que ha ayudado a crear ese espacio.
Pero debido a su enfoque civilizado a construir una sociedad más abierta, rechaza la confrontación y el radicalismo, las llamas ideológicas del anticomunismo ciego han sido avivadas. Por desgracia, en un aparente incendio intencional, estas mismas llamas han envuelto a ABC Charters de Miami, la agencia que llevó peregrinos a Cuba para la visita del papa Benedicto.
El ataque político a la archidiócesis de La Habana y al liderazgo del Cardenal Ortega representa un importante paso atrás en el proceso de reconciliación que hasta la fecha él ha dirigido exitosamente. Nunca pensé que fuera posible.

 

Aurelio Alonso
Sociólogo, escritor, sub-director de la revista Casa de la Casa de las Américas.
En la perspectiva de las proyecciones de la esfera política hacia la religión y los creyentes en Cuba sabemos que el IV Congreso del PCC en 1991 y la Reforma Constitucional de 1992 significaron un cambio sustantivo. No se trataba de pasos tácticos sino de una rectificación de fondo en concepción y estrategia. Por su parte, la Iglesia Católica también había recorrido un proceso de fortalecimiento pastoral que culminaba con la ampliación de la estructura diocesana, la designación del Cardenal, el crecimiento de la intelectualidad y las publicaciones católicas, y la primera visita pastoral del Papa, por referir los que considero los hitos más elocuentes junto a la densificación de la masa de los creyentes.
Yo lo sintetizaría diciendo que el proceso de recuperación que se producía desde en los noventa en la vida religiosa cubana, en sentido general, significaba para el catolicismo el rescate de un peso institucional en sintonía con el sistema político-social.
Es decir, desde su especificidad y sin que ello representara subalternación, claudicaciones doctrinales, ni renunciaciones. Caracterizables con los entendimientos que pueden darse entre una Iglesia que sustenta sus posiciones en su propia doctrina social y el Estado socialista. Recordemos que la visita de Juan Pablo II a Cuba en 1998 contó ya con enemigos, o al menos con censuras explícitas e implícitas: se abría una brecha de criticismo porque el Estado socialista cubano (resistente al derrumbe del experimento socialista soviético) permitía a la Iglesia jugar su papel en el escenario social, y porque la Iglesia asumía el protagonismo que le tocaba dentro de ese escenario. Entre la primera y la segunda visita pontificia, la Iglesia local ha avanzado en la asunción de actuaciones totalmente legítimas, y el Estado socialista en reconocerlos.
La crítica se ha hecho más virulenta, y hasta se inducen y organizan acciones de sabotaje, al margen de la ley, invasivas a instalaciones eclesiásticas. Al volverse contra la Iglesia las voces de la intransigencia con los argumentos que han utilizado contra el Estado están revelando la naturaleza inhumana de sus propias posiciones. Los intransigentes no protestan a nombre de la libertad y de la democracia, sino a nombre de la subordinación a la hegemonía, a nombre del desamparo social, de un estado de sitio económico sin tregua ni fin, de la liquidación de las esperanzas de desarrollo, del uso sin límites, devastador, del medio ambiente y de todo lo que en la última década se ha convertido también  en el motor de rebeldía y resistencia en los pueblos de nuestra América.
Seríamos ingenuos si pensamos que son posturas que vamos a erradicar en el debate público: hay que desnudarlas y debatirlas, pero tenemos que aprender que van a estar ahí, recurrentemente, y prepararnos a confrontarlas cada vez que aparezcan. Defender las posiciones de la justicia y la equidad, del bien común, del entendimiento y la cooperación, de la paz, de la libertad genuina, es en realidad un desafío a largo, larguísimo plazo, y de todos los días, que requerirán todas las acciones sociales que sean emprendidas. En realidad el Cardenal, el Arzobispado y la Iglesia cubana están siendo atacados hoy por sus acciones humanas, que son acciones cristianas. Así pienso, y me siento, con ellos, agredido. Y con ellos respondo.

 

Arturo López-Levy
Académico, investigador asociado de la Universidad de Denver, Estados Unidos.
Varios progresos en la política cubana de los últimos dos años han vindicado la posición constructiva del cardenal Jaime Ortega y la Iglesia Católica, asentada en una metodología patriótica de diálogo y respeto por la pluralidad. En contraposición a la ineficacia de aquellos actores que prefieren lo contencioso y hasta adoptan posiciones ambiguas o favorables hacia el embargo norteamericano, el diálogo paciente de la Iglesia con el gobierno no solo alcanzó  la liberación de los prisioneros de la primavera de 2003 sino también abrió nuevos canales de comunicación entre el Partido Comunista y la organización de más amplia membrecía dentro de la sociedad civil cubana.
Como resultado de esos logros, que rompieron lógicas de confrontación, el cardenal Ortega se ha ganado el respeto de la abrumadora mayoría del pueblo cubano en la Isla y la Diáspora. Con el diálogo iniciado el 19 de mayo de 2010, fructificó la construcción paciente y gradual por las comunidades religiosas cubanas de variados repertorios de acercamiento entre los diferentes componentes de la nación cubana.
Rechazando la lógica subversiva enunciada en la ley Helms-Burton; que como ha confesado uno de sus gestores, el ex -subsecretario de Estado Roger Noriega, requiere un periodo de “inestabilidad y caos” para Cuba, las comunidades religiosas cubanas optaron temprana y pacientemente por la formación de identidades patrióticas y, a la vez, conscientes de la pluralidad social.
Resistiendo las caricaturas simplistas de ángeles y demonios en la política cubana, que llevaron a la guerra civil de los sesenta, las congregaciones de fe han preferido dotar la sociedad con una cultura de derechos humanos, fe y  responsabilidad patriótica. Esa cultura, no la imposición de resultados dictados a priori, es la mejor contribución al proceso de construcción de una Cuba democrática.
No es extraño entonces que las fuerzas interesadas en victorias de facción más que en la promoción de los intereses nacionales, reaccionen con hostilidad ante la agenda reconciliadora de la Iglesia. Frente al coraje de pactar y dialogar mostrado por el cardenal Ortega, los sectores radicales han acudido a la descalificación, la mentira y la organización de provocaciones para envenenar el ambiente donde las posiciones moderadas y dialogantes pueden fructificar. Carecen de una agenda positiva y sueñan con un periodo de “caos e inestabilidad”, desde la esperanza desleal de que mientras peor le vaya al país, mejor será para el tipo de oposición que proponen.
El intento de ocupaciones políticas de varios templos católicos en la víspera de la visita papal fue celebrado inmediatamente por Mauricio Claver Carone, el cabildero pro embargo por excelencia, como “un aguacero en la fiesta del Cardenal”. Es ese contexto el que guía las explicaciones dadas por el cardenal Ortega en su conferencia en la Universidad de Harvard, donde fue invitado por el respeto que generó su figura a partir de la organización de la visita del Papa a Cuba.
Los miembros del llamado partido republicano de Cuba no buscaban refugio en los templos que pretendieron ocupar, como sí ocurrió en otros países u otras épocas cubanas. Se trataba simplemente de actuar como “aguafiestas”, imponiendo un esquema de confrontación que frustrara la creación de un ambiente de dialogo favorable a que el mundo se abriera a Cuba, mejorando las relaciones también entre los diferentes componentes de la nación cubana, en la isla y la diáspora.
Como toda esa estrategia de frustrar avances reconciliadores fracasó ante la visita de Benedicto XVI, acompañada cordialmente por un sector importante de la diáspora, incluido el obispo de Miami monseñor Thomas Wenski, los mercaderes de la confrontación se han concentrado en atacar y difamar la figura del cardenal Jaime Ortega. La idea revanchista es hacerle pagar caro al Cardenal de Cuba sus proyectos reconciliadores y su patriotismo, dañando la credibilidad de la Iglesia Católica y las comunidades religiosas cubanas para nuevos diálogos.
Es lógico entonces que Radio Marti, Estado de Sats y toda la comparsa de “aguafiestas” dediquen insultos a Su Eminencia que antes solo dedicaron contra Fidel Castro. Es lo mismo que hicieron contra Nelson Mandela, el presidente James Carter o incluso personalidades de la cultura universal como Juanes o Billy Joel. No es que crean que el Cardenal es un agente del gobierno cubano, ellos saben bien que mienten. Es que de triunfar los proyectos reconciliadores, como el que el Cardenal promueve, habría que desmontar las estructuras de hostilidad a ambos lados del estrecho de la Florida. Y esa si sería la peor derrota para las industrias del odio.
La mejor respuesta entonces por parte de toda la comunidad pro-reconciliación y reforma es no asumir una lógica de reacción, sino proactiva. En lugar de enfrascarse en debates espurios con radicalismos verbales cada vez menos relevantes, la Iglesia y el gobierno deben renovar esfuerzos de dialogo, avanzando responsablemente en mayores aperturas. Después de haber caminado todo el tiempo con la mano extendida a todo patriota, la disciplina inherente a una postura racional de dialogo y reconciliación requiere no distraerse respondiendo a ataques personales e insultos que carecen de la mínima consistencia ética, política e intelectual.
En un dialogo nacional, las bases patrióticas son tan importantes como el reconocimiento de diferencias legitimas. De cara al futuro, el dialogo Iglesia-Estado requerirá de una mayor creatividad. Un elemento esencial es bajar falsas expectativas porque los mangos bajitos ya se cogieron. (Es el caso de los feriados religiosos y las celebraciones de peregrinaciones públicas de elevado simbolismo para la Iglesia pero relativo baja dificultad para el gobierno, de cara a sus sectores más doctrinarios).
Un caso prueba de la voluntad del gobierno a abrir espacios legítimos a la pluralidad creciente dentro de la sociedad cubana será su respuesta a los pedidos de la Iglesia Católica a incursionar institucionalmente en la educación. La concepción del Iglesia en esta área no es confrontacional pero implica un cambio significativo en relación al casi monopolio del gobierno en la formación de las nuevas generaciones. En ese sentido un indicador relevante de madurez en el dialogo Iglesia-Estado es si sus líderes son capaces de articular un sistema de formación postgraduada bajo guía religiosa en áreas de impacto social y económico.
Un reto importante para la Iglesia Católica cubana será movilizar líderes e intelectuales de la emigración para la defensa de su postura dialogante dentro de la diáspora.  Es verdaderamente lamentable que después de todos los esfuerzos del Cardenal Ortega para abrir diálogos con   el Grupo de Estudios sobre Cuba o los redactores del informe “Diáspora y Desarrollo”, de FIU, ninguno de sus miembros ha tomado una actitud diáfana de defensa sin ambigüedades de las posturas dialogantes del Cardenal, de las cuales se han beneficiado. En ese sentido político, quizás la Iglesia debería exigirle a esos sectores más firmeza y cooperación por los espacios y auditorios que les ha dado. José Martí que decía que la moderación era el espíritu de Cuba se encargo de defender esa postura sin falsas delicadezas. Cuba necesita un centro pro-reconciliación tan firme como los extremos que tratan de aniquilarlo.

 

Peter Hakim

 

Director Emérito de Diálogo interamericano, Washington, DC.
No veo que exista otro camino para lograr un cambio exitoso y pacífico en Cuba en un período cercano. ¿Qué otra cosa puede haber que haga llegar a un relajamiento de las restricciones políticas y a una apertura democrática sostenida? Sin diálogo, participación y reconciliación es difícil ver otro camino, excepto la violencia o el estancamiento político. El papel que la Iglesia cubana ha asumido me recuerda al de la Iglesia chilena durante los años de Pinochet —cuando trató de proteger a los opositores al régimen, abrir espacios para que los ciudadanos ejercieran sus derechos de libertad de palabra, de reunión, etc. y alentar al régimen a relajar en general las restricciones a la actividad política.
A pesar de las contradicciones y conflictos diarios entre estos objetivos, la Iglesia tuvo éxito más allá de las expectativas de todos. En Cuba el camino es más difícil por múltiples razones históricas y geográficas, pero por eso los esfuerzos de la Iglesia son tan importantes.
El cardenal hizo algunas declaraciones desafortunadas en Harvard, no solo porque eran insultantes para algunos individuos valientes, sino porque también pueden dificultar el trabajo de la Iglesia en Cuba y disminuir el apoyo a ese trabajo en Estados Unidos. Pero nadie tiene toda la razón todo el tiempo. El cardenal es un hombre extraordinario que ya ha contribuido de manera importante al cambio y a la decencia en Cuba. El problema para el cardenal, y para cualquiera que promueva el diálogo y la reconciliación, es que el conflicto lleva tanto tiempo y la brecha divisoria se ha hecho tan profunda, que las palabras, en vez de servir como forma de comprensión y compromiso, se han convertido en armas para destruir a los adversarios.
Las reacciones más virulentas al comentario del cardenal provinieron de aquellos que consistentemente han buscado oponerse y desacreditar al líder eclesiástico. Sus palabras en Cambridge fueron nuevas armas para ellos. La reacción es una razón para que la Iglesia y el cardenal redoblen sus esfuerzos. Nadie más puede realizar o se dedica a realizar la tarea que ellos mismos se han impuesto.
——
* Progreso Semanal.
La imagen del cardenal se tomó de la información —noticiario de televisión— de Martí Noticias; en su sitio-web, puede verse el sesgo de la información, aquí.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Jaime Alfredo Carrasco
    7 junio 2012 19:12

    En el comentario de Peter Hakim se hace una comparacion entre la Iglesia Cubana y la Iglesia Chilena durante la dictadura de Pinochet. Esta comparacion puede ser interpretada como que ambos gobiernos (Chile durante Pinochet y Cuba de ahora) representan el mismo tipo de gobierno (dicatadura resepresora). Que yo sepa en Cuba socialista nunca han existido escuadrones de la muerte (La DINA y CNI lo eran en Chile); no se pueden comparar melones con naranjas.