Ago 17 2012
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CulturaSociedad

El Impenetrable

Esta es la historia de una herencia, el destino de 5.000 hectáreas de selva virgen en el Chaco paraguayo, la segunda mayor selva del mundo después del Amazonas. El Chaco es una tierra misteriosa, que parece lejana pero que en realidad no lo es. Allí se repiten una vez más los conflictos de la frontera entre la “civilización” y la naturaleza, un western clásico, con tierras por conquistar, exterminio de indios e inmensas riquezas por explotar.| DANIELE INCALCATERRA.*

 

La historia empieza en 1994, con la muerte de mi padre o, para ser más precisos, doce años antes, en 1982, cuando mi familia se estableció en Paraguay. En ese entonces mi padre, funcionario de la embajada italiana, tuvo la oportunidad, de comprar por un puñado de dólares 5.000 hectáreas de monte en el El Impenetrable”, así llamaron al Chaco los españoles en la época de la conquista.

 

Nunca comprendí a mi padre, y menos aún cuando compró esa tierra en el Paraguay.

 

Mi padre era el agregado comercial de la embajada y estaba en contacto con ciudadanos italianos que en aquel tiempo se refugiaban en Paraguay huyendo de la justicia, ya sea por delitos financieros, estafas, malversaciones, etc., o por motivos políticos, por ser de extrema derecha. El Paraguay de Stroessner alentaba la llegada de esa clase de refugiados: los fascistas, porque los militares los empleaban para formar a sus tropas, y los delincuentes financieros, porque el régimen necesitaba capitales extranjeros, sin importar su procedencia.

 

Cuando yo criticaba su pasividad, me contestaba: “No estoy aquí como policía, el gobierno italiano no me pide que actúe ante la presencia de este tipo de personajes.”

 

En aquellos años, mi padre conoció a un hombre de negocios francés que lo sedujo con su proyecto de introducir el cultivo de jojoba en el Chaco. Según los cálculos del especulador francés, la producción de jojoba iba a rendir unos 15.000 dólares por hectárea y año.

 

Mi padre no conocía el Chaco, nunca había estado allí, y tampoco fue a ver aquella tierra, pero la compró. Lo único que yo pude hacer fue enojarme por la lógica de aquel negocio. Así, me alejé de mi padre y de un mundo que no era el mío.

 

El cultivo de jojoba resultó una ruina, las plantas no eran autóctonas y la polinización fue imposible. Lo intentaron todo, hasta pusieron en funcionamiento enormes ventiladores para esparcir el polen mecánicamente, pero sin éxito, miles de dólares lanzados al viento.

 

Trasladado a otra sede diplomática, mi padre dejó de ocuparse de la propiedad y, por suerte, la selva quedó intacta, con sus plantas autóctonas. Yo no pensé más en el tema, por lo menos hasta su muerte en 1994. ¡Entonces, paradójicamente me convertí, junto a mi hermano Amerigo, en propietario de un trozo de selva!

 

Pocos meses después fui al Chaco por primera vez, junto con Fausta, mi mujer. Entendí enseguida el sentido de aquella palabra, impenetrable. Me encontré con un territorio inmenso, donde la vegetación crea barreras inextricables, que no nos permitieron llegar hasta la propiedad: El Chaco era de verdad impenetrable.

 

A menudo volví al Paraguay en los años que siguieron, sobre todo para pagar los impuestos. Más de una vez pensé en vender todo, ocasiones no me faltaron.

 

Sin embargo, vender un trozo de selva para sacar ventajas económicas, no era parte mi historia, tal como no era parte de mi historia ser propietario. Una idea fue cobrando fuerza y Fausta le dio impulso: devolver la propiedad a sus habitantes originales, los indígenas. Hablé con mi hermano que apoyó la decisión: devolver la tierra a los guaranies ñandevas, el pueblo originario que aún vive en la región. Devolver la tierra a la Tierra.

 

Volvimos al Chaco en el 2010, para hacer lo que en ese momento creímos lo mejor, lo más justo. Llevábamos con nosotros un reducido equipo de filmación con el objetivo de documentar cada situación, cada encuentro.
Viajamos en un 4×4 hacia la propiedad, pero nos encontramos grandes sorpresas que cambiaron el curso de los acontecimientos.

 

Los obstáculos no fueren el calor seco, sofocante, la barrera verde impenetrable y hostil, ni los miles de insectos que se nos pegaban a la piel, sino las cadenas, los candados, los alambrados y los carteles de propiedad privada que nos cerraban el camino.

 

Hombres armados, radio receptores en mano y sombreros de cow-boy en la cabeza, se nos acercaban hostiles y nos impedían el paso.
Estábamos ante el latifundio de un tal Favero, un nombre que comenzó a cobrar protagonismo.

 

Descubrí que Favero era mi vecino y sus tierras circundaban totalmente a la mía, convertida así en una isla, una pequeñísima propiedad de 5.000 hectáreas en un mar de 320.000 hectáreas.
Una inmensa área donde se había operado una deforestación sistemática para convertir la selva en tierra de cultivo y pastoreo de ganado.

 

Cinco mil hectáreas pueden parecer una cifra enorme pero de repente, ante esa realidad, nos parecieron poco y nada. Al mirar nuestra propiedad en los mapas, riendo para no llorar, con Fausta empezamos a apodarla el “brócoli”: un mechón de selva sobreviviente, mientras toda la vegetación a su alrededor desaparecía, arrasada. Cuarenta topadoras, trabajan desmontando día y noche, ininterrumpidamente, para Tranquilo Favero.

 

En un mapa satelital pude constatar la ubicación de mi propiedad, y descubrí también dos picadas perpendiculares que la dividían en cuatro sectores.

 

Un topógrafo confirmó mi percepción: alguien había hecho trabajos dentro de la propiedad. Su consejo fue que contratase un abogado para poner una denuncia en la fiscalía. Al mismo tiempo, pedí una cita con Favero.

 

Tranquilo Favero es uno de los hombres más ricos y poderosos del Paraguay. Setenta y tres años, hijo de emigrantes italianos, es todo un símbolo en el país, un hombre hecho a sí mismo, capaz de transformar la soja en oro. Sus negocios se extienden sobre 13 de los17 provincias del país, entre cultivos transgénicos y pasturas —con 150.000 cabezas de ganado.

 

Nada puede detenerlo, nadie para los pies a los sojeros en el Paraguay, gozan de privilegios y facilidades de todo tipo, los impuestos que pagan sobre la exportación y la renta son casi ridículos. La legislación los favorece aunque el país obtiene escasos beneficios de su actividad.

 

En la oficina de Favero, me enteré de que un tal Sergio Manuel Fernández, de nacionalidad uruguaya, era el propietario de aquella tierra y que por lo tanto no podía ser yo el propietario.

 

Favero me aconsejó aclarar la situación con el uruguayo y solucionar el asunto lo más tranquilamente posible. Era evidente que Favero tenia intenciones de adquirir aquella tierra y fue igualmente evidente que nosotros no se la habríamos vendido nunca. El uruguayo quizás sí.

 

Fui al Catastro donde descubrí que los títulos de propiedad suman 529.000 kilómetros cuadrados mientras la superficie del país es de 406.000 kilómetros cuadrados. Hay miles de títulos duplicados expedidos por el Estado. El título de propiedad adquirido por Fernández existía como un duplicado del mío.

 

Por suerte descubrí algo más, ese titulo había sido adquirido al diputado Miguel Teófilo Romero. Se trataba de un titulo del IBR, Instituto de Bienestar Rural, que en tiempos del dictador Stroessner se encargaba de la reforma agraria. El IBR en lugar de repartir la tierra entre los campesinos la repartió entre los amigos del régimen. Militares, diputados, senadores obtuvieron títulos a pesar de que la ley vigente impedía que los funcionarios públicos se beneficiaran.

 

Este hecho me favoreció porque en aquella época Romero era diputado del gobierno Stroessner. El partido Colorado ha gobernado el Paraguay durante 60 años, 35 de los cuales el general Stroessner se mantuvo en el poder. En agosto de 2008, su hegemonía fue interrumpida inesperadamente cuando venció las elecciones Fernando Lugo, líder de la coalición de centro izquierda.

 

La agenda política puso enseguida en primer plano la reforma agraria y la expropiación de más de ocho millones de hectáreas de tierras malhabidas (tierras ilegítimamente adquiridas) para devolverlas a los campesinos y a los pueblos originarios. La reacción de los grandes propietarios fue muy dura, pero el presidente Lugo hizo publicar la lista del Tierras Malhabidas, dónde también aparecía, entre el de otros propietarios, el nombre de Romero. Como consecuencia de la publicación de esta lista, Romero se apresuró a vender la propiedad al uruguayo Fernández.

 

La situación era compleja, pero yo tenía claro que si hubiésemos llevado adelante el proyecto de restitución de la tierra a los guaranies ñandevas, Favero, en poco tiempo, habría encontrado la manera de apropiarse de ella.

 

Llegué a la conclusión de que el único camino para proteger la tierra era convertirla en una reserva natural privada a perpetuidad y gestionarla juntos a los guaranies ñandevas. Convencí a mi hermano Amerigo y al ministro de medio ambiente.

 

El 15 abril de 2011 con la firma del presidente Lugo se creó Arcadia, una nueva reserva natural.

 

Si miramos los mapas satelitales abarcando la superficie que Favero ha logrado destruir deforestando el Chaco, la devastación sólo puede desesperarnos.

 

Aquéllas 5.000 hectáreas de selva virgen, que ahora son una reserva llamada Arcadia, están solas, rodeadas por pasturas, cow-boys armados, cercos y carteles de propiedad privada. Un “brócoli”, un mechón de selva. Pero si las cosas funcionan como esperamos, quedarán como un símbolo de que hay otras maneras en que el hombre puede relacionarse con la tierra, con su propiedad y con su futuro.

 

Por eso, esta historia no sólo concierne mi familia o al Paraguay, ésta es una historia que habla de un mundo en el que vivimos todos.
El impenetrable es también el título de la película que cuenta esta historia.
——
* Cineasta italiano.
En www.other-news.info/noticias

 Addenda
Ficha Técnica del filme:
Duración 94 minutos
Formato de filmación HD
Formato de distribución cinematográfica DCP
Color
Versión Original : italiano, español y guaraní.
Subtitulados: español, frances, ingles, italiano
Aquí puede verse una sinopsis de la película.

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