Mar 13 2018
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Cultura

El incierto destino de los libros

Acabo de adquirir ‚Äďpara mi hija Sol‚Äď el C√≥digo Civil, columna vertebral de nuestro sistema jur√≠dico chileno, en versi√≥n 2018, que trae un total de mil doscientas p√°ginas (el original, obra del venezolano-chileno Andr√©s Bello, ten√≠a cerca de trescientas). Esta nueva edici√≥n no lleva en la portada el nombre del ilustr√≠simo autor, sino el de quien hizo de compilador, junto a un grupo de jurisconsultos encargados de recabar todas las adiciones de leyes y normas sobre el derecho civil, hasta hoy.

Se entiende y reconoce el esfuerzo, pero de ah√≠ a reemplazar el nombre de ese extraordinario intelectual, jurista, escritor y poeta, hay un abismo. Ser√≠a como si un estudioso y glosador de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (los hay por miles) inscribiera su nombre como autor de la m√°s excelsa novela jam√°s escrita; pongamos por caso, un tal Pamplino Pamplin√≥pulos‚Ķ En todo caso, no ser√≠a como el texto fantasioso de Borges, ‚ÄúPierre Menard, autor de El Quijote‚ÄĚ.

Desciendo a lo m√°s pedestre: el volumen cost√≥ $31.820, algo as√≠ como US$53. ¬ŅCu√°nto habr√° cobrado en su tiempo don Andr√©s Bello por la magna obra? ¬ŅAlguna vez recibir√≠a derechos de autor? En el rato que estuve en la librer√≠a Thomson Reuter (vaya nombrecito) se vendieron cinco ejemplares del famoso C√≥digo, en un lapso de diez o quince minutos. ¬°Fant√°stico! Tentado estuve por sugerirle al vendedor estrella que vendiese mis libros ¬†llev√°ndose a la faltriquera el cincuenta por ciento del precio, pero hubiera sido un desprop√≥sito, porque ellos se dedican a libros especializados en derecho y no a vender ficciones o testimonios de escribas reventados. Las leyes, en su forma escrita y divulgativa, pueden tambi√©n devenir en ping√ľe negocio editorial, mientras la literatura va ‚Äúcuesta abajo en la rodada‚ÄĚ, como bien grafica el tango.

Pero no seamos envidiosos del √©xito ajeno, sobre todo si √©ste procede del amplio universo de la palabra escrita, menos si nuestros propios libros duermen bajo la hojarasca aleve del olvido o la indiferencia. Yo mismo estoy en campa√Īa para recuperar ejemplares de mis propias obras, extraviados por ah√≠, en librer√≠as de viejo. Tengo dicho a mis amigos y conocidos que frecuentan la Casa del Escritor que si encuentran esos vol√ļmenes, los adquieran (su precio de venta no superar√° los tres mil pesos) y me los revendan, con un margen o plusval√≠a razonable. Estoy dispuesto a comprar o recomprar lo que nunca pude vender bien y de manera oportuna. Marisol me pregunta cu√°l es el objeto de adquirir esos a√Īejos artilugios de papel.

Le digo que pretendo guardarlos para disfrute de mis herederos. C√≥mo sabe ella si adquirir√°n el valor y el brillo de lo p√≥stumo excelso. Consuelo enga√Īoso, pero consuelo al fin. Ni Cervantes supo qu√© destino correr√≠an sus maravillosas obras, encomiadas con entusiasmo a los elusivos mecenas de su √©poca y escasamente le√≠das.

Un viejo amigo escritor me contaba que durante los primeros a√Īos de su exilio en Par√≠s, sol√≠a visitar librer√≠as de viejo y cuanta feria de las pulgas hubiese. A menudo omit√≠a el almuerzo, por falta de dinero, pero se las arreglaba para comprar algunos libros. En cierta oportunidad, encontr√≥ una de las primeras ediciones de la novela hist√≥rica de V√≠ctor Hugo, El 93, un ejemplar voluminoso, de tapas duras. La narraci√≥n, como sab√©is, se sit√ļa en el a√Īo del Terror en Francia, 1793, y describe la contienda fratricida de La Vende√©. El ocasional vendedor al parecer no entend√≠a mucho de literatura, y luego de un breve regateo, el escriba extranjero se hizo del ejemplar por pocos francos.

Un mes m√°s tarde, se embarc√≥ en un viaje a Madrid, donde proferir√≠a unas conferencias de literatura hispanoamericana. Llev√≥ el libro consigo. Mientras lo ojeaba durante el vuelo, advirti√≥ un desnivel en la contratapa interior, como si se hubiese escondido algo bajo el papel de la encuadernaci√≥n. En la habitaci√≥n del hotel madrile√Īo procedi√≥ a retirar la cubierta del empaste. Para sorpresa suya, encontr√≥ dos amarillentas hojas de papel, plegadas. Se trataba de una carta manuscrita original, escrita de pu√Īo y letra por V√≠ctor Hugo, dirigida a uno de sus hijos.

Resultado de imagen para Victor Hugo un carta a un hijoDe vuelta en Francia, nuestro amigo iba a recibir del Museo del Louvre el equivalente a cinco mil d√≥lares por aquella ep√≠stola, s√ļbita joya bibliogr√°fica despu√©s de impensado hallazgo.

Harold Bloom, el controvertido autor de El Canon de Occidente, sostiene la curiosa hipótesis de que Betsabé, mujer de David y madre de Salomón, habría escrito a lo menos tres de los primeros libros de la Biblia (Antiguo Testamento). El connotado crítico literario estadounidense afirma esta creencia en la especial factura narrativa de los textos, de impronta femenina, cuyos desenlaces y forma de narrar parecen obra de una corajuda mujer. La conjetura de Bloom escandaliza a los exegetas y creyentes del Libro de los Libros como obra de amanuenses anónimos, por lo general profetas, que escribían bajo la directa inspiración de Jehová, alentados por su soplo divino, especie de gran consueta o relator que les hablaba desde el más allá… Me parece fascinante la teoría de Bloom, pues si nos atenemos a la primera forma de narrar que conocemos: la transmisión oral, esta es atribuible a las féminas, contando alrededor del fuego, transmitiendo sin pausa la cultura a sus hijos y nietos, mucho antes de la invención del libro.

Reci√©n, a partir de los Evangelios, aparecen autores con filiaci√≥n de individuos identificables: los evangelistas, con profesiones u oficios como sost√©n intelectual de su capacidad de escritura. Sin poner en duda ‚Äďclaro est√°‚Äď que un ente superior e inefable les dictaba las frases can√≥nicas para una perfecta y eficaz escritura. ¬ŅSer√° esto semejante a la inspiraci√≥n de las musas, a la que se aferraron, sobre todo, los poetas rom√°nticos? Yo mismo he ‚Äúsoplado‚ÄĚ frases y oraciones a otros, sin poseer atributos de musa ni ser dilecto disc√≠pulo de Jehov√°‚Ķ (Ya ves c√≥mo las palabras eligen a veces cauces equ√≠vocos para plasmarse).

En las postrimer√≠as del a√Īo 2002, el emigrante lucense, Jos√© Mar√≠a Moure Rodr√≠guez, estaba en su lecho de moribundo. Yo sol√≠a visitarle dos o tres veces por semana. Pese a su postraci√≥n y a los malestares de la cruel dolencia, se manten√≠a animoso, l√ļcido e ir√≥nico, haciendo gala de su end√©mico humor gallego. Me narraba su vida en Buenos Aires, a inicios de la d√©cada del 40 del pasado siglo XX. Ten√≠a entonces 22 a√Īos; hab√≠a nacido el 6 de enero de 1919. Trabajaba en la capital del Plata como estafeta y ayudante administrativo en una empresa de turismo de la que iba a ser gerente y propietario, con el andar vertiginoso del tiempo. Jos√© Mar√≠a Moure se interes√≥ muy joven por los libros. Alguna vez pens√≥ en optar por una carrera intelectual humanista, pero las circunstancias vitales le llevaron a trabajar a temprana edad, derivando hacia el comercio tur√≠stico, donde alcanz√≥ envidiable prosperidad.

No obstante, en 1942 se las arregl√≥ para asistir a unos breves cursos did√°cticos de Filosof√≠a, impartidos en Resultado de imagen para Historia como Sistema, obra de Ortega y GassetBuenos Aires por su ilustr√≠simo tocayo, Jos√© Ortega y Gasset. De aquella luminosa experiencia, Jos√© Mar√≠a Moure conservaba un ejemplar autografiado de Historia como Sistema, obra de Ortega y Gasset editada en Argentina, en 1940. En diciembre de 2002, sesenta a√Īos despu√©s de haber recibido aquel regalo, me cont√≥ que hab√≠a extraviado el ejemplar: -‚Äúen alguno de tantos cambios de casa ‚Äďdijo, o alg√ļn amigo que se lo llev√≥ prestado, porque has de saber, Edmundo ‚Äďcomo bien dijera tu padre‚Äď, que quien presta un libro es un huev√≥n, pero m√°s huev√≥n todav√≠a es quien lo devuelve‚ÄĚ. Hab√≠a un brillo triste en sus ojos por aquel extrav√≠o.

D√≠as m√°s tarde, en una de mis asiduas visitas a las librer√≠as de viejo de Torres de Tajamar, encontr√© un ejemplar del libro, entre una ruma de vol√ļmenes a mil pesos cada uno. Lo adquir√≠, abord√© el Metro y me fui a lo de Jos√© Mar√≠a, pensando que se iba a poner contento. En el camino hoje√© el libro‚Ķ En la portadilla de los cr√©ditos, con tinta azul desva√≠da, pude leer: A Jos√© Moure Rodr√≠guez, joven amigo, con el aprecio de‚Ķ Jos√© Ortega y Gasset.

Mi relato pareci√≥ no convencer del todo a Jos√© Moure. Quiz√° lucubr√≥ que le hab√≠a prestado el libro, alguna vez, a su hermano mayor C√°ndido, y que yo lo hab√≠a adquirido de aquella biblioteca, como otros ejemplares apetecidos que se fueron conmigo, porque no es pecado hurtar libros ‚Äúdormidos‚ÄĚ con el loable prop√≥sito de disfrutar su vivificante lectura.

Otro cuento es el móvil artero de robárselos para transformar en vulgar calderilla el oro inapreciable de sus palabras.

Te juro (mejor, te prometo), fiel amigo lector, que la historia del libro de José María es cierta, tal y como la he contado aquí. Otra cosa muy distinta es el enigma que sigue ocultando para nosotros el incierto destino de los libros.

*Publicado en Politika

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