Abr 27 2019
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OpiniónSociedad

El mito de la democracia electoral

 

La democracia burguesa se reduce al espect√°culo electoral que se celebra cada cuatro a√Īos y que supone que es la gente, o si se prefiere, el pueblo, quien elige a los candidatos, partidos y programas… ¬ŅCierto? No realmente. En todas las democracias los pol√≠ticos pasan por un complejo proceso de selecci√≥n que le asegura al verdadero poder que ellos no constituyen una amenaza a sus intereses.

Los que se salen del libreto son eliminados como Salvador Allende en Chile, removidos del poder como Jos√© Manuel Zelaya en Honduras y Dilma Rousseff en Brasil o se cambia el r√©gimen como intentan en Venezuela. Los otros, bien conscientes de esto, entran en pol√≠tica sin ninguna intenci√≥n de cambiar fundamentalmente el sistema o desafiar a la clase dirigente. Es la √ļltima domesticaci√≥n de los que hasta hace poco se llamaban socialistas.

El sistema es sorprendentemente eficaz en conocer, absolver y luego transformar los desaf√≠os m√°s radicales que bajo el peso de la oligarqu√≠a global terminan disolvi√©ndose. Por supuesto, alg√ļn cambio ocurre, pero siempre de acuerdo a lo que la elite econ√≥mica permita. La gente puede protestar, marchar y concentrarse todo lo que quiera, pero la oligarqu√≠a tiene bastante poder y habilidad para guiar las protestas hacia donde quiera. Los medios de informaci√≥n, los partidos pol√≠ticos, las fuerzas de seguridad, los gerentes de industria y de las finanzas m√°s el Fondo Monetario Internacional configuran la imagen pol√≠tica dentro de la cual nuestras acciones ocurren. Frente a este panorama,¬† ¬Ņqueda alg√ļn incentivo real para votar?

Seg√ļn se dice, si no votas, no tienes derecho a reclamar. Y, sin embargo millones y millones de personas con derecho a voto en las democracias occidentales reh√ļsan votar. De acuerdo a un estudio del Banco Mundial la participaci√≥n electoral en el mundo disminuy√≥ del 80% en 1945 al 65% en el 2015. El mensaje es simple: ‚Äúhemos perdido la fe en la democracia electoral‚ÄĚ. Como se rumorea, ‚Äúsi votar hiciera alguna diferencia, ellos no nos dejar√≠an votar‚ÄĚ.

No es solo una desilusi√≥n acerca de los candidatos y sus programas, es una desilusi√≥n acerca de las instituciones democr√°ticas mismas. Si el sistema ni siquiera tiene la voluntad de enfrentar los peligros presentes y que son bastantes, ¬Ņque raz√≥n tenemos para tener fe en √©l? T√°citamente, los que se niegan a votar han concluido que el sistema no necesita cambiar desde dentro. Necesita ser reemplazado.

El calentamiento global ha sido la prueba suprema de la democracia electoral. Si no puede abordar este peligro existencial, ¬Ņpara que nos sirve? Si la evidencia muestra que el votar no funciona, cuando votamos, la pregunta es, entonces ¬Ņquien se beneficia?

La respuesta la podemos encontrar en la distribuci√≥n de la renta nacional. El 1% ahora posee la mitad de la riqueza mundial (Credit Suisse Report). Votar est√° bien lejos de ser un ejercicio popular en defensa del inter√©s de la mayor√≠a. En verdad, es la entrega de nuestro poder como miembros de la comunidad. Es la afirmaci√≥n del sistema imperante. Es la falsa esperanza de que el pr√≥ximo l√≠der arreglar√° las cosas. Es la renuncia a decir ‚ÄúNo‚ÄĚ.

El gobierno, o mejor a√ļn, el orden econ√≥mico, necesita la legitimaci√≥n que proviene del voto del pueblo. Decir ‚ÄúNo‚ÄĚ es una poderosa arma pol√≠tica que como miembros de la sociedad tenemos para deslegitimar el poder olig√°rquico. ¬ŅQu√© pasar√≠a con una abstenci√≥n del 90%? ¬ŅQu√© legitimidad tendr√≠a un gobierno con una participaci√≥n electoral de s√≥lo el 10%?

Pero esto no ocurre. Seguimos participando en el rito electoral porque a√ļn creemos que se puede encontrar contenido donde ya no existe. El problema es que ello nos desv√≠a de la necesidad de explorar colectivamente c√≥mo gobernarnos y enfrentar el futuro. En la situaci√≥n actual votar no es el ejercicio popular del poder pol√≠tico, sino la renuncia del poder que poseemos como miembros de una comunidad.

Los sistemas desp√≥ticos pueden torturar y matar a quien quieran, invadir y derribar gobiernos y explotar a otros pa√≠ses sin tener que darle explicaciones a nadie. Es el ejercicio irrestricto del poder. El capitalismo global, en cambio, no puede darse este lujo. Necesita la simulaci√≥n de la democracia que el consumidor occidental desesperadamente reclama para encubrir la maquinaria criminal del imperio corporativo y la riqueza obscena de la elite internacional. El condicionamiento del ciudadano occidental a creer que vive en ‚Äúel mundo libre‚ÄĚ no le deja a la clase capitalista dirigente otra elecci√≥n que mantener la ficci√≥n democr√°tica. Sin ella ¬Ņqu√© quedar√≠a del imperio?

Para quitarle el poder a la aristocracia feudal, la burguesía le ofreció el concepto de democracia a la masa trabajadora. Desde entonces Libertad e Igualdad ha sido la narrativa oficial del capitalismo hasta ahora. Por supuesto que la vida en el capitalismo es más democrática que en el despotismo feudal. No es que el capitalismo sea intrínsecamente malo o perverso. Es, más bien, una máquina cuya función primordial es la de eliminar cualquier valor despótico para reemplazarlo por uno solo: el valor de cambio determinado por el mercado.

Es esta m√°quina la que cambi√≥ la tiran√≠a del sacerdote y del rey por la tiran√≠a del libre mercado, que transforma todo en mercanc√≠a. Pero, a pesar de este cambio, el capitalismo no nos condujo a la democracia, al ‚Äúgobierno del pueblo y por el pueblo‚ÄĚ y hoy ya ha alcanzado el l√≠mite de la libertad que puede ofrecer sin correr el riesgo de desequilibrar toda la estructura imperial.

En el fondo, la libertad que ofrece es la libertad de elegir entre una variedad de opciones que no tienen mucho que ver con la democracia. Libres para trabajar, para amar a quien queramos, comprar, endeudarnos, insultar al presidente, a los parlamentarios, incluso al Papa, algo inimaginable en un Estado despótico. Pero, esto es lo más lejos a lo que se puede llegar. Nunca la clase capitalista dirigente va a permitir gobernarnos a nosotros mismos de una manera significativa. Los salvajes reaccionarios que gobiernan el mundo no tienen ninguna consideración por el sufrimiento del otro.

Esta seudo libertad que encontramos dentro de este arreglo temporal ha distorsionado completamente el significado de lo que podr√≠a ser una aut√©ntica libertad y, peor a√ļn, ha debilitado la voluntad para actuar con prop√≥sitos orientados hacia una verdadera igualdad humana. Si libertad ha venido a significar la libertad del individuo para triunfar materialmente, lo que deja afuera a la mayor√≠a de la gente, entonces tenemos que rechazar esa libertad y todo lo que viene asociado a ella.

La democracia electoral no es el fin de la historia. No hay sistema pol√≠tico que haya sido eterno y esta no es la excepci√≥n. El anhelo de las organizaciones populares siempre ha sido el de dejar atr√°s este orden de cosas para crear sociedades mas democr√°ticas, econ√≥micamente igualitarias y sostenibles. Una utop√≠a ciertamente, pero… ¬Ņc√≥mo podr√≠amos mantener una pol√≠tica de la esperanza, una pol√≠tica de cambios y transformaciones sin utop√≠as? El valor de una utop√≠a radica justamente en la creaci√≥n de proyectos, en la generaci√≥n de nuevas esperanzas y en la formulaci√≥n de fines que funcionen como factores subversivos de la realidad presente.

Hay bastante acuerdo entre la izquierda no domesticada de que no hay salida de la continua catástrofe que ha ocasionado la hegemonía capitalista global, fuera de la desobediencia masiva, la negación revolucionaria, la huelga general o la insurrección para deslegitimar la autoridad. Es dudoso, sin embargo, que esto pueda ocurrir en el próximo futuro considerando que casi todas las organizaciones obreras y de masas han sido debilitadas o destruidas por el neoliberalismo. El espontaneismo nunca ha funcionado muy bien en el pasado y si agregamos a esto el control mental que ejercen los medios de comunicación e información, lo que viene no es muy alentador.

 

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