Dic 21 2013
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Política

Elecciones en Costa Rica: recrudece la campaña sucia

Lo que está sucediendo en Costa Rica muestra cómo los pueblos de Nuestra América están despertando en todo el continente. Es una tendencia que no se detendrá en una elección, mientras sigan existiendo las condiciones materiales creadas por las políticas neoliberales que impulsan los políticos tradicionales, obstinadamente y de acuerdo a sus intereses, cavando su propia tumba.
Costa Rica habrá elecciones generales en febrero del 2014 y, como es usual, se ha hecho campaña política durante todo el 2013. Durante un buen tiempo, el candidato del partido en el poder actualmente, el Partido Liberación Nacional, Johnny Araya, encabezó las preferencias del electorado con una amplia ventaja.
El Partido Liberación Nacional (PLN) se fundó en 1951, y hasta finales de la década de 1970 fue el principal impulsor de la construcción del Estado de bienestar costarricense. Su principal figura, José Figueres Ferrer, conocido como Don Pepe, tuvo el suficiente pragmatismo como para no eliminar las reformas impulsadas en la década de los 40 por una alianza constituida por el gobierno socialcristiano presidido por el Dr. Calderón Guardia, la Iglesia Católica y el Partido Comunista, a la cual combatió y venció en una guerra civil en el año 1948, sino que, además, tomó una serie de medidas que profundizó el rumbo reformista que esa alianza -a la que se opuso- había iniciado.
En la década de los 80, sin embargo, y tal como sucedió en muchas otras partes del mundo, ese mismo partido, que se autodefinió como socialdemócrata, tomo las riendas de la reforma neoliberal acorde con el Consenso de Washington, e inició el desmantelamiento de la obra que había construido en los primeros treinta años de la segunda mitad del siglo XX.
La tarea que se impusieron desde entonces no ha sido, sin embargo, obra solamente suya. Los mismos socialcristianos, que se dicen herederos del legado del Calderón Guardia reformista de los años 40, han puesto su granito de arena. Entre ambas fuerzas políticas, hasta hace unos años las más grandes del país, fueron desmontando paso a paso lo anteriormente hecho en aras de una modernización que dijeron que pondría al país en la lista de países desarrollados del planeta.
Las consecuencias sociales de tal emprendimiento han ido apareciendo cada vez con más claridad. El índice de pobreza, por ejemplo, lleva más de diez años estancado, y la desigualdad ha crecido más que en cualquier otro país de América Latina. Los costarricenses, que siempre se han enorgullecido de ser un país diferente del resto de América Latina por ser una sociedad más igualitaria, y han buscado en su historia razones justificantes para esa diferencia, de pronto se dan cuenta que todo eso se puede transformar en un espejismo.
Esta situación se viene presentando desde hace ya varios años, pero en esta campaña electoral ha quedado más al descubierto que nunca, y nuevas fuerzas políticas, con programas de gobierno que pretenden ponerle un freno al rumbo iniciado en los años 80, se han hecho presentes. La más importante de ellas es el Frente Amplio, que pretende retomar algunas de las políticas del Estado de Bienestar de los años 60 y 70, profundizándolas y remozándolas de acuerdo a nuevas necesidades que han ido apareciendo con el tiempo.
Su impacto en la sociedad ha sido sorprendente, al punto que en las últimas encuestas de opinión aparece superando al candidato del PLN y posicionándose en el primer lugar. Entonces cundió el miedo. Inmediatamente arreció la campaña amedrentadora y los movimientos de piezas en el ajedrez político: el diario La Nación, representante de los intereses de la derecha costarricense, editorializó haciendo un llamado de alerta contra quienes cataloga como seguidores del chavismo y el sandinismo en Costa Rica. Cuadros políticos, impulsores de las políticas neoliberales en el país, cambiaron de partido con tal de fortalecer a quienes tienen más opciones de derrotar a quien catalogan de peligro extremista. Y el PLN despide a su agencia de publicidad para iniciar en enero, después de la tregua política que el sistema electoral impone durante el fin de año, con una campaña que, según uno de sus dirigentes, “no será del miedo” sino de aclaración a la ciudadanía de los peligros que implica el supuesto radicalismo del Frente Amplio.
A buen entendedor pocas palabras: en enero, la derecha costarricense soltará los perros de la guerra y recrudecerá la propaganda que, por demás, ha sido utilizada en toda la América Latina de nuestros días: la de meter miedo con el fantasma de Chávez, el ALBA o el sandinismo.
Esta panorama, por demás, es una nueva edición de lo que ya se hizo en las elecciones de 1978 cuando, también de manera sorpresiva, el Partido Pueblo subió vertiginosamente en las encuestas de opinión con vistas a la intención de voto en las elecciones. Entonces, y acorde al leguaje de la época, se puso en marcha la maquinaria anticomunista, y por la televisión aparecían los tanques soviéticos y estridentes gritos de alerta contra la mancha roja que se extendía por el mundo.
Independientemente del desenlace de las elecciones de febrero, lo que está sucediendo en Costa Rica muestra cómo los pueblos de Nuestra América están despertando en todo el continente. Es una tendencia que no se detendrá en una elección, mientras sigan existiendo las condiciones materiales creadas por las políticas neoliberales que impulsan los políticos tradicionales, obstinadamente y de acuerdo a sus intereses, cavando su propia tumba.
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