Ene 19 2014
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Política

En Centroamérica se afianza el progresismo

América Latina cambió desde inicios de la primera década del nuevo siglo, pero Centroamérica debió esperar todavía un poco para que esos aires soplaran con fuerza. A partir del 2007, fue evidente que fuerzas de centroizquierda se habían hecho un lugar en el espectro político y que avanzaban en toda la región.

Luego que el sandinismo perdiera las elecciones en 1990 frente a Violeta Chamorro en Nicaragua, el progresismo centroamericano vivió una década en la que el panorama que se le presentaba era desesperanzador. En ese contexto se firmaron los acuerdos de paz en El Salvador y Guatemala, y las fuerzas políticas de izquierda que surgieron, como partidos políticos legales, no levantaron cabeza durante esos años. Lo mismo sucedió en Nicaragua y Costa Rica, y más aún en Honduras, con lo que el panorama político que tenían por delante parecía desolador.

Hay que acotar que tales circunstancias y perspectivas no eran exclusivas de Centroamérica, pues ante el derrumbe de la Unión Soviética, la ofensiva neoliberal y el prepotente sentimiento de victoria absoluta del capital, toda América Latina se encontraba en circunstancias parecidas.

Pero en Centroamérica el peso de la amargura era mayor que en otras partes porque, apenas a inicios de la década de los 80 con la victoria de la Revolución Sandinista, el ascenso de la lucha revolucionaria en El Salvador y la guerra en Guatemala, parecían abrirse lo que Salvador Allende, en aquel fatídico septiembre de 1973, llamó “las anchas alamedas” por las que transitaría el hombre libre.

Como todos sabemos, ese panorama empezó a revertirse paulatinamente en América Latina desde inicios de la primera década del nuevo siglo, pero Centroamérica debió esperar todavía un poco para que esos aires de cambio soplaran con fuerza. A partir del 2007, fue evidente que fuerzas de centroizquierda se habían hecho un lugar en el espectro político y que avanzaban en toda la región. Los síntomas de tales nuevas circunstancias fueron distintas en función de la realidad de cada uno de los países: en Costa Rica, se concretó en la oposición al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos; en Honduras con el viraje hacia posiciones progresistas del liberal Manuel Zelaya, entonces presidente del país; en el Salvador con la elección del FMLN; en Guatemala con la presidencia de Álvaro Colom y en Nicaragua con el retorno del Frente Sandinista al poder.

El golpe de estado en Honduras fue una advertencia tajante que pretendió atajar esta tendencia. Las principales consecuencias tuvieron que ver con la agresiva y violenta avanzada de la derecha en la misma Honduras, pero también con el atemperamiento de las posibles reformas que podría acometer el FMLN en El Salvador, y el freno del timorato Colom en Guatemala, que estaba coqueteando con Petrocaribe.

Pero ahora, el progresismo está de vuelta. En Honduras, el partido LIBRE, fundado por Zelaya, disputó con bastante éxito las elecciones presidenciales del 2013; en El Salvador el FMLN encabeza de forma clara las encuestas para las elecciones del próximo 2 de febrero, con un candidato presidencial salido de sus propias filas, acusado alguna vez de radical, sobre todo en comparación con el actual presidente Mauricio Funes, hombre progresista que nunca militó en ninguna de las organizaciones que conforman el Frente; en Nicaragua, con el gobierno de FSLN, presidido por Daniel Ortega, cuya administración cuenta con el 65% de aprobación de la población según las últimas encuestas; y en Costa Rica, con el ascenso en la intención de voto que tiene la propuesta del Frente Amplio, que hasta ahora no había logrado sino elegir un diputado a la Asamblea Legislativa.

Otra tendencia que también se hace patente en la Centroamérica de nuestros días es la creciente polarización que quieren crear en la vida política las fuerzas que siente amenazados sus privilegios. Esta polarización que ellos crean, que como hemos visto en otros países latinoamericanos luego achacan a las fuerzas progresistas que cada vez tienen mayor presencia en el espectro político, tiene como eje central asustar con el fantasma del comunismo.

Apuestan para ello a que mucha gente no se preocupa por leer los programas de gobierno, y a que su retórica histérica movilice sentimientos de miedo ante lo que se presenta como desconocido. Pero lo evidente es que esas propuestas no llegan a tener ni siquiera la radicalidad de la misma socialdemocracia de décadas pasadas. En Costa Rica, por ejemplo, más radicales fueron las reformas emprendidas por José Figueres Ferrer en los años 50 y 60 que las que ahora se proponen. Figueres Ferrer es visto hoy, sin embargo, como un prócer que logró estructurar un país modelo para América Latina, que enorgulleció a todos los costarricenses.

Estas dos tendencias, pues, la del ascenso del progresismo y la de la incitación a la polarización política por parte de la derecha, son hoy patentes en Centroamérica.
*Presidente AUNA-Costa Rica

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