Abr 4 2017
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Cultura

Este es mi barrio, esta es mi gente

Dice una ley del mundo que para cada Eufrasio exista un Pancracio, alguien que desde las sombras lo sostenga todo, como nos transmite el griego antiguo, hundido, agazapado en nuestro propio idioma. Y aunque esta historia trate de Eufrasio, por poner un nombre, uno quisiera saber algo más de Pancracio, por poner otro. Pero no sabe nada, pues la historia la hacen los Eufrasios aunque sus caminos los tracen los Pancracios.

Digo entonces que la historia pertenece a Eufrasio, el tontito del barrio, como dicen. Pues todo barrio que se precie de tal, si es que aún sobreviven los barrios como antes, debe tener su tontito y también su homosexual, su puta y su comunista, y últimamente su negro. Así cada mañana, a partir de las ocho, la historia la escribe este Eufrasio cuando su madre lo despacha de la casa, supone uno, para que salga a ventilar esa locura encabritada que es el torbellino de su vida y también su razón de ser. Ella espera, supone uno, que Eufrasio regrese sano y salvo, pero lo más tarde posible, cuando la actividad de su mente se haya sosegado un poco y el cansancio lo invite al sueño, quién sabe a qué clase de sueños.

A esta hora, que ya es otra, Eufrasio se encuentra sobre el terraplén adyacente al supermercado, un metro por sobre el nivel de calle, noventa centímetros por encima de los transeúntes. Cualquiera que lo vea en ese lugar sabrá que es un Eufrasio en su propio territorio, ese terraplén que es prolongación de la arquitectura espuria del supermercado, puro afán nervioso por ir rellenando espacios a punta de hormigón armado.

Cualquiera podría oírlo, porque el tontito del barrio canta –grita– a todo pulmón. Los edificios cercanos amplifican su voz por el vecindario. ¿Y esa voz qué dice, se pregunta uno, qué mensaje intenta comunicarnos? Nadie lo sabe. Sólo un Pancracio, a lo mejor. Pero luego se quita los audífonos y uno comprende que ya no desea reproducir la música del smartphone, a sus oídos idéntica a la original como si Eufrasio no fuera más que un medio transparente, un simple amplificador, sin percatarse de su propia fisiología involucrada en el proceso, libre por completo de aquella difundida idea de que el medio es el mensaje.

Digo que esta mañana se quita los audífonos sobre el terraplén que es su escenario y una luz del pasado se infiltra por los intersticios y se apodera de su pecho. Entonces el escenario se transforma en la pantalla de un televisor de los años ochenta, donde podríamos ubicar su infancia. Eufrasio salta en su lugar, grita y se mueve como si estuviera practicando baile entretenido, y todos al pasar lo miran por un instante y siguen como si nada hacia o desde el supermercado.

¡Este es mi barrio, esta es mi gente –grita Eufrasio–, somos amigos de vecindad! Una y otra vez repite el estribillo, y cualquiera que haya tenido el privilegio de nacer o haber crecido en los años setenta, ochenta y acaso principios de los noventa podrá reconocer el pegajoso jingle de Sábados Gigantes que le rapta la memoria en un impulso voluptuoso y al que luego siguen otros temas del mismo repertorio. Poseído por el programa de TV, vaya uno a saber la razón, su espíritu está fundido con la música y es uno con los recuerdos del público que se menea de un lado a otro en las gradas levantando los brazos, coreando cada frase, y Don Francisco que se mofa de los feos, de los raros, de los que pronuncian mal las palabras, de quienes hablan un inglés ridículo, y recompensa su desgracia y su pobreza con un auto o una casa. ¡El Bailongo, el Bailongo es un baile popular!, grita Eufrasio, más o menos un metro por encima del mundo.

Mediodía sobre el terraplén, pongamos, y Eufrasio transportado a la infancia, a las horas frente al televisor, que si pudiera uno pesarlas sumarían toneladas. Uno podría modelar su infancia a partir de esa materia arcillosa, patrimonio de varias generaciones, en cuyos grumos también podría uno, cualquiera, palpar su propia alma y emocionarse por el tiempo pasado, y nuestro.

¿Cuál será la materialidad del tiempo?, se pregunta uno entonces, no un Eufrasio, sin duda, que se agita y vocifera, y de nuevo se pregunta uno si el medio será el mensaje, y no lo sabe, como tampoco sabe nada de Pancracio, pero sabe, eso sí, que más allá del caótico fluir de la singularidad eufrasiana sobre el terraplén, persisten en tontito residuos de planificación de su existencia, y si uno lo observa mejor se da cuenta de que son bastante más que residuos; son vigas o pilares poco visibles que lo orientan y sostienen de una manera difícil de predecir para quien no lo haya observado con detención. Pues lo cierto es que Eufrasio, en algún momento del día, piensa enseñarle el video de su smartphone a Clorindo —por poner otro nombre más.

Si a cada Eufrasio le calza un Pancracio, que viene a ser su sombra, acaso pueda uno sugerir la idea de que exhibir el video ante Clorindo sirva para dar a conocer su propia materia, su arcilla interna, pues está visto que el mal de la invisibilidad nos atraviesa el alma como las canciones de Don Francisco, y su contraparte debe ser el ansia de saberse alguien, uno, distinto a todos los demás y al mismo tiempo reconocido por todos, un Eufrasio hecho y derecho, con gustos peculiares y tatuajes, con una historia de vida auténtica, pongamos.

En alguna parte debe camuflarse el espejismo, y digamos que esta historia es una pesquisa iniciada a las ocho de la mañana en casa de Eufrasio, cuando la madre lo despachó a la calle para dejarlo ventilar su singularidad. Hay vigas y pilares, ya dijimos, hay un video en el smartphone, y camino a lo que todavía no tiene hora, el día va encontrando a Eufrasio, este es su barrio, esta es su gente, son sus amigos de vecindad. Antes de llegar a la esquina saluda a Torcuato, el diarero analfabeto ahora consumido por un cáncer que se alojó en sus entrañas, parado ahí desde las cinco de la mañana como todos los días desde hace cuarenta años. A quienes esperan la micro Torcuato les advierte que andan robando: uno alto de chaqueta azul, otro chico con un bolso de mano. Cosa de todos los días. Este es su barrio, también su gente. El diarero conoce a Eufrasio desde niño, lo ha visto crecer; Eufrasio está enterado de su mal, acaso sepa que le queda poco; pero nadie puede decir si ha sopesado el drama del diarero, nadie sabe cómo sopesa la muerte Eufrasio, tal vez sólo un Pancracio.

Eufrasio también canta en las micros, horriblemente. O toca la flauta dulce, aun peor, reproduciendo en su fantasía los acordes de los audífonos conectados al smartphone como si ejecutara una traducción simultánea, y luego avanza entre los pasajeros pidiendo plata, y casi ninguno le entrega una moneda.

Algunos días llega en la micro hasta otro barrio que no es el suyo y en las calles también encuentra a su gente. Nadie, sin embargo, podría decir si son amigos de vecindad, pues estamos en una zona comercial con tiendas de toda clase, la competencia es dura no sólo entre los negocios sino también entre quienes piden plata en las calles, y a Eufrasio le han dado palizas por pararse donde no debe, pero como es el tontito del barrio no se da por vencido y canta canciones de los setenta y principios de los ochenta, aquella época donde su alma se agrumó:

In the Navy, a mariner I wanna be…
We want you as a new recruit…

Los estentóreos gritos a la entrada del centro comercial se acompañan con el atuendo emplumado de indio apache o piel roja, o acaso sioux, vaya uno a saber, y una coreografía familiar para quienes han visto televisión en los años setenta y principios de los ochenta, época del grupo Village People y por cierto de Sábados Gigantes, y si uno estira y tuerce la imaginación puede concluir que Don Francisco lo habría asaltado con el micrófono y las cámaras para que Eufrasio diera espectáculo a miles de televidentes, y habría sido bastante más famoso que hoy.

En lo que toca a esta historia su fama no trasciende el terraplén del supermercado y un discreto radio, el de su barrio, donde Eufrasio se acopla a cada expresión de entusiasmo colectivo y es uno con los hinchas en cada partido de la selección de fútbol. Cualquiera puede verlo entonces con la camiseta roja, pero también se lo encuentra con un tarro pidiendo monedas el día de la Teletón, cuando todos somos solidarios, o con un casco de bombero si hay colecta nacional, o incluso disfrazado de boy scout o a veces con chaqueta reflectante para estacionar los autos del supermercado, un metro y veinte más abajo del terraplén, donde la competencia entre los acomodadores también es ardua.

En el borde del terraplén Eufrasio vende libros usados, de otras épocas, enciclopedias obsoletas, cactus en miniatura, calcetines chinos, cachureos que nadie sabe dónde los consigue, e incluso ha puesto a la venta el cinturón de boxeo de los pesos pesados obtenido por Mohamed Ali tras noquear a George Foreman en Zaire, y también una camiseta original de Pelé y otra del arquero soviético Yashin, la Araña Negra, a quien por supuesto nadie recuerda, pues se ha visto que Eufrasio está como empastado en el ayer, aunque de tanto en tanto regresa al presente y al borde del terraplén clava los ojos en su smartphone y entonces los videos de los youtubers mezclan los grumos de su alma con la arcilla más joven, más tierna.

No es ya el mediodía, sino que son las siete de la tarde y nadie sabe dónde ha pasado Eufrasio la hora de almuerzo, solo un Pancracio, a lo mejor, o quizás su madre que lo vio entrar a la casa con un apetito del demonio y algunas monedas para comprarse nuevos guantes de arquero y jugar en la cancha del colegio que cuida Clorindo contra la selección nacional de Hungría que los visitará el próximo mes, según le han informado en el barrio.

Digo que tras haber desaparecido un buen rato, el tontito del barrio regresa al terraplén para vender sus cactus. Siete de la tarde, los vecinos van y vienen del supermercado y a lo mejor le compran una plantita que casi no demanda agua ni cuidado especial, una planta independiente que no molesta en nada, y al ver al Hijo del Rigor Eufrasio lo invita a su cumpleaños. ¿No fue el mes pasado?, le pregunta el Hijo del Rigor. No, es mañana, insiste Eufrasio que, a todo esto, cumple años todos los meses y por eso su madre le prohíbe traer gente a la casa y para dejarlo tranquilo lo celebra mes a mes con un pastel de la esquina, ellos dos, una vela y nadie más. Dice Eufrasio que mañana habrá una fiesta en su casa y Elvis Presley está invitado, ante lo cual el Hijo del Rigor le recuerda que Elvis murió hace un montón de años. Falso, dice Eufrasio. Elvis Presley vive en Venus y viaja a la Tierra cada cuatro meses. Lo vio en Internet y lo invitó a su cumpleaños y Elvis le prometió que vendría. Estupendo, te felicito, le dice el Hijo del Rigor.

El Hijo del Rigor es gerente de algo que a nadie le interesa demasiado, salvo a él, a quien le importa muchísimo, por supuesto, y como viene de abajo celebra y estimula cada esfuerzo por ganarse la vida, por más infructuoso e improbable que resulte, como vender cactus en miniatura y un cinturón de plástico dorado que alguna vez perteneció a Mohamed Ali. Uno está abajo y va escalando por sus propios medios y capacidades y así el orden del mundo decanta por su propio peso como sedimentos en el mar; todo es mucho más sencillo de lo que parece, la receta es el trabajo, trata de explicar a Eufrasio el Hijo del Rigor, digamos en una lección de vida al borde del terraplén, y el tontito del barrio lo observa desde arriba y luego le pregunta si le interesa una camiseta de Pelé firmada por el Rey, por ser él se la deja en un millón de pesos. Chao, flaco, se despide el Hijo de lo que ya se ha dicho.

De flaco, Eufrasio no tiene nada; las pastillas lo tienen hinchado, todo su peso decanta en la forma de una pera y alguien debe de raparlo todas las semanas, pues nunca se le ha visto un mechón brotar de su cabeza menuda. No son ya las ocho de la mañana, tampoco mediodía y ni siquiera las siete de la tarde. La historia la hacen los Eufrasios; este es su barrio, esta su gente, y como en su vida hay vigas maestras, pilares hundidos, llega la hora de cruzar la avenida hacia el colegio de los curitas, ir a la cancha sintética para mostrarle el video a Clorindo, digamos el administrador de la canchita, aunque el administrador previo opinara otra cosa, es decir, que Clorindo estaba para limpiar los camarines, los wáteres; ese era su lugar en el colegio y no debía inmiscuirse en los turnos ni en los pagos ni en nada parecido. Pero a ese otro hombre, un Teobaldo, pongamos aquí, lo despidieron los curitas por fresco, por no dar boletas y meterse plata de los arreglos al bolsillo, y también por quedarse tomando junto a la cancha. Poco y nada de esto sabe Eufrasio, que a veces se presenta en la canchita con una máscara de lucha libre mexicana, nadie sabe, nadie entiende por qué lo hace, salvo Pancracio, a lo mejor.

Decimos: Eufrasio atraviesa la calle hacia el colegio de los curitas, que pronto visitará la selección de Hungría, con Puskas incluido según le han informado en el barrio. Al interior de los camarines hay una placa conmemorativa que data de los años ochenta, época en que fue construido el gimnasio de este colegio religioso. La placa de mármol sobre el muro de ladrillos agradece al autor inmaterial de la obra: Augusto Pinochet Ugarte, Presidente de la República. A pesar de los años subsiste aún, rota en una esquina como si le hubieran dado un martillazo, con algunos garabatos a plumón y un pene sobre el primer apellido, pero todavía en su lugar. Eufrasio se sienta y la observa y mientras hay jugadores equipándose, o desvistiéndose para meterse a las duchas, comenta que un tío suyo, ya difunto, fue un conocido general en los tiempos de Pinochet, y nadie podría decir si lo pronuncia con orgullo, con vergüenza o con absoluta neutralidad, lo más probable es esto último, pues nadie podría decir de qué modo sopesa Eufrasio diecisiete años de abominable dictadura, así como no sabemos de qué modo sopesa la muerte.

Pero bueno. El hecho es que encuentra a Clorindo en la caseta a un costado de la canchita y Clorindo no esconde el fastidio que le produce encontrar a Eufrasio, pero el tontito del barrio tampoco sopesa el fastidio que causa en los demás, así es que le dice de entrada, pues a eso ha venido: ¿Quieres conocer a mi polola?, a lo cual Clorindo no puede negarse. Entonces Eufrasio saca del bolsillo su smartphone y le muestra el video.

En la pantalla, en un ángulo no muy cerrado, hay un hombre con una peluca rubia, rizada, que lo está sodomizando sobre un catre. El tontito del barrio en cuatro patas, el de la peluca detrás, penetrándolo con embestidas. Uno y otro gimen, pero los sonidos de Eufrasio son de una gravedad rasante, una emanación prehistórica que agrieta el mundo entre el dolor y el placer. El de la peluca se echa encima de Eufrasio, lo voltea con violencia y lo plancha como en la lucha libre, le encaja el pene en la boca, el tontito del barrio succiona, se quita el pene gruñendo, el otro se lo vuelve a meter y le eyacula adentro.

Sobreponiéndose al asco visceral, al aturdimiento de la escena, Clorindo le pregunta quién es esa polola, y que por favor le diga dónde vive. Pero el tontito del barrio ha prometido silencio eterno, porque tienen planes de casarse, explica. Nadie podrá saber si se trata de Pancracio. En otros videos hacemos cositas más ricas, dice por último, antes de entrar a la cancha donde falta uno, y para eso está Eufrasio cuando empieza a oscurecer, para parchar los equipos, ojalá de arquero pues con los pies es una nulidad y con las manos algo se defiende, al menos como número, así escribe su historia de aquí hasta la noche, cuando termina el partido, es hora de volver a casa, su madre ya lo espera, las calles están vacías y es la hora de los fantasmas.

No cualquier espectro, digamos, pues a cada barrio le calzan sus propias almas en pena, y en este, a la hora convenida, se elevan las almas del convento de monjas demolido para construir un supermercado, y sepan ustedes —cuentan los taxistas—, que las monjitas enterraban en los patios a los embriones y fetos de sus relaciones con los curas del monasterio donde se erigió el colegio, y durante la noche hay casas donde uno apenas logra pegar los ojos por culpa de los ruidos, de los objetos que caen al suelo sin razón aparente, de cosas movidas por las fuerzas de otro mundo y sobre todo por unas apariciones furtivas con forma indefinida, abortos a medio camino entre el ser y el no ser, lo más espantoso que pueda imaginarse, dicen en el barrio; nada de esto preocupa a un Eufrasio, entrando ya a su casa, para el que siempre habrá un Pancracio, dice una ley maldita.

*Publicado en Politika

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