Ene 12 2012
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Opinión

Hungría, el laboratorio de Frankenstein

El dos de enero de 2012 alrededor de 100.000 ciudadanos húngaros salieron a las calles para protestar contra la nueva Constitución que entraba en vigor ese mismo día. Como Los Chicos de la Via Paal entablaron una batalla ya perdida cuyos efectos se sentirán dramáticamente en los próximos meses.

| GIULIETTO CHIESA.*

Hungría es una de las avanzadillas experimentales donde la crisis europea está alcanzando el rojo vivo y cuyo desarrollo y resultado no es posible imaginar por el momento.

El parlamento en manos del primer ministro Viktor Orbán (abajo, izq.) y su partido ha cambiado radicalmente, valiéndose de una abrumadora mayoría, la ley fundamental del Estado húngaro. La nueva Constitución aumenta el control gubernamental sobre el Tribunal Constitucional —culpable de haberse opuesto al control casi total sobre los medios de comunicación que pretendía la ley de medios del gobierno.

Pero este es sólo uno de los pasajes más inquietantes del cambio que ha emprendido Orbán. El otro consiste en la introducción de dios en el sistema jurídico húngaro, cuyas leyes, de alguna manera, tendrán carácter divino por decisión parlamentaria.

El 23 de diciembre de 2011, mediante otro golpe, la mayoría parlamentaria aprobó una nueva ley electoral que reduce el número de diputados, modifica los distritos electorales, aumenta el número de firmas que debe reunir cada candidato, permite por primera vez el derecho al voto a los húngaros que viven en el extranjero: un conjunto de medidas (algunas de las cuales conocen bien los italianos, que las han probado en su propia carne) que garantizarán la victoria al partido de Viktor Orbán, Fidesz.

Ya se habían aprobado otras medidas en relación con este cambio de marcha autoritario: desde hoy los miembros del antiguo Partido Comunista Húngaro (muchos de los cuales forman ahora parte del Partido Socialista) podrán ser perseguidos retroactivamente por “crímenes comunistas” cometidos antes de 1989, año de la caída del famoso Muro.

Además, para mayor alegría del partido de extrema derecha Jobbik, aliado de Orbán, se modifica el estatuto de los húngaros en el extranjero, poniendo en tela de juicio nada menos que el Tratado de Trianon firmado tras la primera guerra mundial, mediante el cual Hungría se vio privada de casi dos tercios de su antiguo territorio como castigo por haber participado en la guerra del lado de las potencias centrales. Esto significará en poco tiempo un empeoramiento de las relaciones entre la Hungría de Orbán y los países vecinos, donde quedaron, sin encontrar jamás la paz, minorías húngaras significativas. Sobre todo en Rumania y Serbia.

Por ahora se trata de un rebrote de nacionalismo y pulsiones xenófobas, revanchistas, antilibertarias, antidemocráticas; pero Orbán es algo más complejo. Su mayoría también ha aprobado una nueva ley que requiere una mayoría de dos tercios para modificar el sistema tributario vigente. Dicha medida ha de entenderse como un desafío para la Unión Europea y su Banco Central, ya que le da al parlamento el poder de limitar la legislación europea e incluso de evitar su aplicación en el territorio de Hungría.

Como confirmación de todo ello, Orbán ha aprobado el nuevo estatuto del Banco Nacional de Hungría, que reduce drásticamente su independencia, dejando el banco bajo el control directo del gobierno.

Tras este doble gancho de boxeo de Budapest ha llegado la venganza de las potencias europeas.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, que mantenían negociaciones con Hungría sin éxito desde hace meses, las han roto de modo abrupto. Estamos ante una guerra abierta entre la Unión Europea y Hungría, que es Estado miembro a todos los efectos.

Está bastante claro que la delegación de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional han llevado a cabo una orden, cuyo objetivo es crear las condiciones para forzar la renuncia de Viktor Orbán. La ofensiva se ha desencadenado de manera coordinada centrándose en las medidas antidemocráticas introducidas por Orbán. Así lo han dado a entender la Comisaria europea de Derechos Humanos, Viviane Reding; el Parlamento Europeo en una resolución de condena al rumbo autoritario del gobierno húngaro, incompatible con los principios de la Unión; una posición similar adoptada por el Consejo de Europa; otra de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, y un pronunciamiento de la Comisión de Venecia, que se ocupa de los medios de comunicación.

También puntuales han llegado desde el otro lado del Océano las reprimendas del Departamento de Estado de EEUU y del Secretario General de la ONU. De modo que Viktor Orbán ha sido proclamado urbi et orbi peor enemigo, incluso peor que Silvio Berlusconi, aun sin bunga bunga.

El ultimátum del FMI marca, hasta el momento, el punto culminante. Luego intervendrán las agencias de crédito, el mercado, para castigar a los húngaros que han conducido al enemigo hasta el poder. Las imponentes manifestaciones masivas, también sin precedentes desde el fin del régimen socialista, indican el comienzo de una revuelta interna, que  podría conjugarse con la presión desde el exterior.

Nos hallamos, pues, ante una prueba inédita. Hungría está a punto de convertirse en un laboratorio experimental donde se produce una compuesto químico explosivo.

Una de las posibles salidas es un tercer golpe de Estado legal, después de los que han llevado al poder en Grecia a Lucas Papademos, y a Mario Monti en Italia. Se trataría de ver si, en este caso, encuentran un hombre de Goldman Sachs para Hungría —acaso puedan pedir consejo a George Soros, que es de por ahí.

Pero no está claro que la cosa acabe así. Por lo menos no de inmediato. La mezcla es difícil de manejar para todo el mundo: una intervención desde el exterior a favor de la “democracia bancaria” europea, contra el régimen autoritario,  nacionalista, reaccionario de Orbán (que, sin embargo, representa al mismo tiempo, la soberanía nacional, monetaria, de la Hungría de hoy y la mayoría parlamentaria expresada por la población), o  bien la victoria de la autarquía nacional, la salida de la UE (y de Europa tout court), una política independiente del forint, la reapertura del litigio que sucedió al Tratado de Trianon, la reapertura de la caja de Pandora de las minorías magiares que han vivido fuera del territorio de la República de Hungría.

En otras palabras, o dominio tecnocrático europeo o dominio reaccionario interno. Esto es lo que le espera a Hungría. No el “pueblo” de Hungría que, en la actualidad, está claramente a favor, con mayoría absoluta, de la segunda hipótesis.

La opinión pública democrática (dividida en diferentes corrientes, incluidas las que cuenta con distintos apoyos de Bruselas y los EE.UU.), representada por los 100 000 que se reunieron alrededor de la Casa de la Ópera, tendrá que elegir entre estos dos males.

Sin embargo el pueblo húngaro no ha delegado en nadie (excepto en sus elegidos) para decidir en su nombre el ordenamiento del país. Así pues, “construir una democracia occidental europea” en contra de la mayoría de la gente podría ser una decisión (sin duda externa, sin duda semejante a un golpe de Estado) exactamente especular a la que impusieron los soviéticos después de su victoria en la segunda guerra mundial. Sabemos cómo terminó todo en 1989. No hubo sangre en las calles de Budapest porque el régimen se rindió.

Estas dos variantes que se anuncian, una contra la otra, no parecen muy dispuestas a entregar el botín sin luchar.

* Periodista italiano. Fue corresponsal en Moscú Fundador del portal Megachip, democracia en las comunicaciones (www.megachip.info)

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