Jun 7 2012
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OpiniónSociedad

Costa Rica / Jóvenes violentos, comunidades violentas: una mirada sobre la desmitificación de la violencia en la juventud

Es curioso, porque todo el mundo aquí en Los Sitios le tiene miedo a Esteban, pero cuando nosotras vamos caminando por la calle y lo topamos, él aún nos dice:
“Adiós niña Martha, ¿cómo le va?”
(Directora escuela de Los Sitios, fragmento de entrevista en relación
a la descripción de uno de los jóvenes violentos de la comunidad).
MARCO GONZÁLEZ VÍQUEZ.*

 

Introducción
Así como en la historias de héroes que narran a los niños, los villanos y malos surgen mágicamente de la nada y no quieren otra cosa que la destrucción de un mundo hermoso que trata de defender el héroe, de igual modo se percibe a veces la imagen que se hace de las comunidades que sufren el fenómeno de la pobreza y usualmente además la violencia.

 

En estas comunidades(1) se suele atribuir la violencia a grupos descritos de forma mítica como “malvados” y definidos así por los medios de comunicación, los informes policiacos y en general por ese “lo que se oye decir”. Estos grupos míticamente malos por lo general son jóvenes; ésa es la característica más visible de ellos, su juventud.

 

Es común, entonces, encontrar razones que explican su comportamiento violento: como una característica inherente al lugar donde habitan, a la música que escuchan, a la droga que consumen, a la falta de educación, al fracaso de la familia, a la inmadurez… Es decir, cualquiera podría dar una explicación y miles de causas para estos jóvenes violentos, no obstante, rara vez la explicación de esta violencia se mira en términos de otras “violencias que la generan como respuesta”.

 

Las comunidades como Sitios de Moravia[2] se acostumbra describirlas en los medios de comunicación, y en general en la percepción de la gente, como comunidades peligrosas con gente enredada en drogas, armas y asaltos en la capital, San José. Es curioso cómo siempre que atrapan a un asaltante o sucede un asalto, no se pierde oportunidad de recordarle a la gente: “el sospechoso es de la zona de los Sitios, de la Carpio o de la León”. Parece que la violencia nace ahí y es ahí mismo donde crece y se reproduce para desgracia de los demás vecindarios que no tienen ese problema.

 

No se visualiza por tanto a la violencia de los jóvenes en los Sitios de Moravia como producto de otras violencias, menos señaladas pero igualmente presentes, no solo en la comunidad específica, sino en general en la sociedad costarricense.

 

El tema del presente ensayo trata entonces de un análisis de caso en el cual se interpreta como la violencia de un grupo de jóvenes en una comunidad es también el resultado de violencias de carácter político, simbólico y estructural que se muestran a través de la cotidianidad de grupos como estos jóvenes. Además, se incorpora un enfoque de interpretación del fenómeno de la violencia desde una perspectiva de los relacionamientos sociales intergeneracionales y las instituciones implicadas en este proceso de socialización de los sujetos. El análisis se basa en la descripción y estudio de un caso particular, nacido de los apuntes de campo hechos por el autor en el marco del Trabajo Comunal Universitario de la Universidad de Costa Rica (UCR), específicamente en la experiencia del proyecto Producción Social del Hábitat en los Sitios de Moravia, durante los meses de diciembre del 2010 a junio del 2011.

 

Desde la Antropología los datos etnográficos constituyen la materia prima para someter a prueba cualquier marco teórico sobre la cultura o aspectos particulares de la misma, e incluso generar miradas alternativas a lo escrito hasta el momento. El ensayo busca pues, poner en discusión cómo a través de estos “jóvenes violentos” se puede mirar la violencia sistemática y estructural de una sociedad como la costarricense a partir de una experiencia práctica.

 

La estructura del ensayo consiste en cuatro secciones. Primero se brinda una descripción del relato que da origen al caso de estudio, seguido se muestra un marco teórico básico desde el cual se presenta el análisis e interpretación del caso, y por último se exponen las principales conclusiones obtenidas.

 

1. Relato de la experiencia: jóvenes, pandillas y violencia en los Sitios de Moravia

 

1.1. Contexto de la comunidad

 

En la Escuela de Ingeniería Industrial de la UCR, un grupo compuesto por dos antropólogos y un ingeniero industrial se propuso trabajar el tema de la Producción Social del Hábitat dentro de un proyecto del Trabajo Comunal Universitario (TC-487) y en alianza con la Fundación Costa Rica-Canadá.

 

El proyecto consiste en desarrollar un proceso participativo con la comunidad de los Sitios de Moravia para identificar las principales necesidades de infraestructura pública y colaborar en el diseño de una obra para satisfacer algún grupo de estas necesidades. El proyecto busca además fortalecer a los grupos organizados, formales e informales, como mecanismo para el empoderamiento y la sostenibilidad de las obras a construir. El equipo de trabajo del proyecto está compuesto por alrededor de veinte estudiantes de diversas carreras, coordinados por los dos antropólogos de la Fundación Costa Rica-Canadá y el ingeniero industrial de la UCR.

 

A inicios del 2011 el proyecto inició su trabajo en los Sitios, una comunidad del cantón de Moravia en la provincia de San José. Los Sitios, originalmente un pequeño pueblo rural en los años sesenta, se transforma en una comunidad más grande a partir de un proyecto de vivienda realizado por el Estado y el Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU) en 1986.

 

Este proyecto brindó terrenos y viviendas a familias provenientes de Hatillo, a pesar de la fuerte resistencia de los vecinos locales(3). Estos terrenos carecían por completo de infraestructura pública en el momento de realizar los traslados de las familias, por lo que la comunidad ha experimentado desde entonces problemáticas relacionadas con la carencia frecuente de servicios básicos como agua potable, electricidad, vías de acceso, zonas de recreación, entre otros.

 

Actualmente, los Sitios es una comunidad dividida en cuatro partes principales: los Sitios “viejo”, que constituye la calle que consiste en lo que era la comunidad original antes del proyecto urbanístico. Luego, dicho proyecto se divide en tres urbanizaciones: André Chalé I, II y III, en honor al nombre de la persona que donó los terrenos al INVU.

 

Como se mencionó, la comunidad experimenta serias carencias de infraestructura y servicios públicos. Por otro lado, la percepción tanto de habitantes locales como externos (en parte influenciada por los medios de comunicación y el Estado mismo) muestra como principal problema los actos de delincuencia realizados por jóvenes de la comunidad y el consumo y tráfico de drogas, lo cual se traduce en un sentimiento constante de inseguridad.

 

1.2. La experiencia vivida
A continuación se describe el relato de la experiencia personal del autor en los Sitios de Moravia.

 

Al empezar el trabajo, sabíamos que teníamos que incorporar acciones para procurar la seguridad tanto de los estudiantes como de las personas participantes de la comunidad. Esto a pesar de que, desde nuestro punto de vista, los Sitios no es una comunidad con fenómenos de violencia más fuertes que los de otros lugares más complejos, como la Carpio o la León XIII por ejemplo. En realidad, lo que enfrentábamos era una mitificación de la violencia atribuida a un grupo específico de jóvenes.

 

Si bien ya se había trabajado un par de años en el Trabajo Comunal Universitario en Moravia, no fue sino hasta con el Proyecto de Producción Social del Hábitat en los Sitios que en verdad sentimos que se estaba trabajando “en una comunidad y no a una comunidad”. Los proyectos anteriores se habían caracterizado por relacionarse principalmente con grupos políticos organizados y dentro de una marcada institucionalidad (instituciones públicas, asociaciones de desarrollo, organizaciones no gubernamentales, empresas privadas, universidades, en fin, instituciones…).
Había participación de la comunidad, pero hasta el momento no habíamos caminado por sus calles y en las aceras nunca le habíamos preguntado nada a nadie, sin embargo ya habíamos hecho un “Plan de Desarrollo Local”; es decir, la “comunidad” para nosotros era algo simbólico, maleable y siempre “potencialmente mejorable”.

 

En este sentido, muchos aspectos de una comunidad, como la violencia por ejemplo, eran construcciones sociales basadas más en medios de comunicación e informes que en voces propias de la comunidad. Esto significa que en el marco del proyecto, la violencia, como fenómeno, estaba (¿está?) completamente mitificada para nosotros: “hay gente mala que es violenta por naturaleza, son peligrosos y hay que alejarse de ellos”, pensábamos. Sin dejar de lado que esto también está marcado por emociones y sentimientos, entre ellos el miedo, instinto básico. A cargo del proyecto, tenía bajo mi responsabilidad a los estudiantes que iban a trabajar a la comunidad. Por ello, la logística para el trabajo de campo era sumamente sistematizada de forma que se cumplieran las acciones mínimas de seguridad. Me llamó mucho la atención que fue uno de los compañeros antropólogos quien nos dio la idea de un “plan de seguridad laboral para el trabajo en la comunidad”. Acciones como “todos entramos juntos”, “todos salimos juntos”, “no usar objetos llamativos”, “no enjachar(4) a nadie”, “andar cigarros sueltos y menudo(5), siempre son útiles…”, eran parte de lo acordado para ir a trabajar.

 

Con las primeras visitas al lugar, fuimos conociendo a grupos de vecinos que volvimos nuestros contactos cada vez que íbamos a la comunidad. Había pulperos, taxistas piratas, campesinos, gente que nació allí y gente que se había venido con el proyecto. Conforme acumulábamos visitas, nos hacíamos una noción de quiénes vivían allí, y por supuesto, la gente se hacía una noción de quiénes éramos nosotros.

 

Ya teníamos identificado a un grupo de jóvenes (que igualmente nos tenían identificados) que nos seguía en las visitas y manifestaba una actitud que juzgamos con intenciones de “asaltarnos”. Además, en varias de las entrevistas las personas hablaban de un grupo violento de muchachos: “tengan cuidado de unos jóvenes peligrosos que andan por ahí haciendo desastres, asaltando a todo mundo para consumir piedra (6), hasta armados andan”, “los que tienen feo esta vara”, “la juventud casi perdida” (entrevista a una vecina de la comunidad).

 

Todo esto creaba en mí una idea básica en relación al proyecto y especialmente a los estudiantes: “mantenerse alejado todo lo posible de ese grupo de jóvenes y no provocarlos”. Confiábamos en el plan de seguridad, pero a la vez, conocer a varios vecinos de la comunidad nos daba tranquilidad para el trabajo de campo. No obstante, hasta el momento no habíamos tenido un encuentro cara a cara con ellos y por tanto “su violencia y posición como peligrosos” seguía siendo una idea en mi cabeza. ¡Y claro que lo eran! Una mañana habíamos acordado vernos en el centro de la comunidad para entrevistar a personas que tuvieran algún tipo de actividad lucrativa formal o informal en la zona: comercios, sodas, bazares, pulperías, zapateros, sastres, entre otros. Ese día, previamente los coordinadores del proyecto habíamos conversado con agentes de la Fuerza Pública sobre nuestro proyecto. Ellos nos comentaron acerca de un trabajo con la comunidad que había logrado “sacar” a varios jóvenes de la violencia y que conocían a ese grupo del cual la gente temía (y nosotros también).

 

Hablaban de ellos como los chicos que no han podido “rescatar” de la violencia. Se notaban interesados en nuestro proyecto y nos motivaban constantemente, pues creían que el problema en los Sitios era “de falta de alternativas para la juventud”. Una agente de policía nos dijo: Son chicos que solo les hemos dado una mala imagen de la vida, por eso reaccionan con violencia, pero no son malos realmente, solo necesitan oportunidad.

 

Al final nos ofrecieron su apoyo al proyecto, por lo que coordinaríamos con ellos las visitas al campo para que nos apoyaran con la seguridad. Al encontrarnos en la plaza de los Sitios, nos dividimos en grupos para realizar las entrevistas mientras recorríamos la comunidad. Subí con otros dos estudiantes a la zona donde originalmente se fundaron los Sitios.

 

Allí entrevistábamos a un “chequeador” [revisor] de buses que nos relataba lo siguiente:
Anoche uno de los choferes fue asaltado, una vez más cuando pasaba por el centro; tuvimos que ir unos compañeros a traerlo, porque por radio nos decía que no lo dejaban salir. Hace como dos meses a uno nos lo golpearon tanto que tuvieron que operarle la cara, ¿qué va a pasar? Di, pobrecita la gente de abajo, pero van a tener que caminar afuera, porque los buses ya no van a entrar ahí.
En ese momento recibí una llamada de un estudiante que asustado me dijo que un grupo de jóvenes lo habían golpeado y que se había metido en una casa para refugiarse, pero que los “maes (7) estaban afuera esperándolo y no lo dejaban salir”.

 

Mi primera reacción fue bajar inmediatamente con el auto, le dije a uno de mis compañeros que llamara a los equipos para reunir a todos en la plaza y en ese momento llamé a la “Fuerza Pública(8)”, expliqué quién era y que horas antes había hablado con el comandante y que estaba en los Sitios con estudiantes amenazados por un grupo de jóvenes que habían asaltado a uno de ellos. No sabía qué tan grave era el asunto, ni tampoco si ameritaba llamar a la policía, sin embargo al sentirme responsable de los estudiantes, no podía titubear en pedir apoyo a la policía, éramos la universidad, “los buenos”. Temía por la integridad de los estudiantes, y también por mi trabajo, y tenía que reaccionar como se supone reacciona un profesor coordinador de proyecto en estas situaciones, pero en realidad la reacción fue la decisión por la primera alternativa que vino a mi mente, que claramente tenía miedo.

 

Cuando llegué al lugar, el estudiante estaba refugiado en una casa esquinera, donde dos mujeres jóvenes salían y gritaban al grupo de hombres que había golpeado al estudiante y permanecía en la acera opuesta a la esquina, en actitud tranquila, aunque sin dejar de observar a las mujeres y a la casa. Una de ellas gritaba: Hijueputas pendejos, todos ustedes son pura mierda(9), solo en pelota(10) andan; ya les dijimos que dejen de cagarse(11) en el pueblo, ¿cómo puede ser que viene gente a ayudar y ustedes la espantan? Ya les dijimos jalen de aquí, jalen de aquí…

 

Al tiempo que gritaba esto, la mujer se volvió hacia nosotros, que ya nos habíamos agrupado frente a la casa, y nos dijo: “Maes, ¿qué les hicieron estos hijueputas? No les tengan miedo, son unos carajillos(12) que si uno los enjacha se cagan(13)…”.

 

Luego el estudiante nos contaría que él, sumamente asustado por el grupo de jóvenes que lo habían golpeado, se metió en la casa que vio abierta y pidió auxilio; las mujeres, hijas de la familia de dicha casa, salieron en defensa del estudiante y al momento estaban los vecinos afuera enfrentados en una discusión con los jóvenes, que simplemente se mantenían de pie en silencio y sin dejar de mirarnos.

 

Minutos después llegó un auto con varios hombres que rápidamente salieron del carro y al vernos se nos enfrentaron diciendo que la casa en donde estábamos era de uno de ellos. Él nos preguntó cuál era el problema que teníamos con su familia. No sabían de lo que había ocurrido, y de seguro alguien les dijo que había un problema frente a su casa. El dueño de la casa era un hombre de unos cuarenta años y se notaba que tenía experiencia con las peleas. Luego nos explicó que ésa era su casa, y que él trabaja en un centro de rehabilitación para personas adictas a las drogas.

 

Primero estuvo internado ahí, cuando era adicto, y ahora, después de su rehabilitación, decidió quedarse trabajando, nos dijo que lo llamaban “Mafioli”. Los otros tres hombres que venían con él eran compañeros del “centro”. Las dos mujeres jóvenes eran su esposa y su hija.

 

Cuando este hombre salió del carro, al primero que vio fue a mí y se me abalanzó con intenciones de golpearme, sin embargo y por fortuna tuve el tiempo suficiente para explicarle que su familia había refugiado a uno de los estudiantes que había sido atacado por “aquellos maes”. El hombre cruzó entonces la calle y se enfrentó directamente con aquel grupo de muchachos que permanecía quieto, pero amenazante. Les dijo: “Ya se los había advertido, que si venía y los veía a una teja(14) de la choza(15), los mataba… ya les dije que jalen o los echo”.

 

Un hombre que estaba entre los vecinos se le acercó y le calmó: “Mafi, mae, usted ya los conoce, estos carajillos son tercos, mejor jale porque después es una bronca para usted, ya pasó la vara(16)”.

 

En ese momento mis compañeros antropólogos cruzaron la calle y se metieron entre “Mafioli” y otro grupo de jóvenes que estaba alrededor de él. Les explicaron lo que había sucedido y cuál era la razón por la que estábamos ahí. Un poco menos asustado, crucé con ellos y mientras hablábamos los jóvenes nos decían que estuviéramos tranquilos, que iban a hablar con los que habían golpeado al estudiante y en adelante podíamos andar tranquilos: “Si estos maes los ven con nosotros, ya no les hacen nada, son pendejos”.

 

Un par de mujeres, de unos cincuenta años y que estaban en el grupo de vecinas que había enfrentado también a los jóvenes, se nos acercaron y dijeron: Vean muchachos, estos carajillos andan jalándose tortas pero no son valientes, ya nosotros estamos cansados de esto. Vean, cuando vengan nos avisan y nosotras los acompañamos; a nosotras no nos hacen nada porque saben lo que les pasa.

 

El asunto terminó cuando llegó la policía y nos puso como opciones si queríamos que se llevaran a “los del problema” o dejábamos las cosas así. La cuestión era que si se llevaban a los jóvenes, en una hora estarían afuera y probablemente tomarían represalias contra nosotros; lo mejor, pues, era dejar las cosas así. Con todo, por solicitud de los vecinos, la policía detuvo a los muchachos que habían golpeado al estudiante y se los llevó a la Delegación en el centro del cantón.

 

Finalmente, tomamos los autos y regresamos a la universidad. De camino el estudiante nos contó que él se había atrasado para llegar al punto de reunión y que entonces se puso de acuerdo con uno de los equipos para encontrarse en los Sitios. Mientras caminaba, un grupo de cuatro jóvenes lo seguía y llamaba, diciéndole: “Ése mae fue, ése fue el mae”. Él se volvió hacia ellos para ver qué era lo que decían y en ese momento uno de ellos lo golpeó en la cara, mientras otro le pidió la billetera y el teléfono. Les dio las cosas y corrió hacia una casa que vio abierta. También nos contó que poco después de que hijas de la familia salieran a defenderlo, los jóvenes cruzaron la calle y le dijeron: “Tome mae” y le devolvieron la billetera y el teléfono; luego cruzaron la calle y ahí se quedaron.

 

Una semana después del incidente, un par de compañeros fuimos a una entrevista con la directora de la escuela de los Sitios. En medio de la conversación, nos relató una historia sobre uno de los jóvenes parte del grupo que estaba asaltando y causando problemas de inseguridad en los Sitios. Su nombre es Esteban (seudónimo), tiene 17 años y vino a los Sitios con sus padres cuando era un niño con edad de ir a la escuela. La directora nos relató que:

 

Todas las mañanas el niño llegaba tarde, a eso de las nueve, venía todo despeinado y con el uniforme arrugado. Recuerdo que una de las maestras lo regañaba por llegar tarde, pero luego yo le dije que era un pecado castigarlo si se notaba que hacía el esfuerzo por venir a la escuela. Su mamá y su papá eran alcohólicos que estaban tan borrachos todo el día, que el niño tenía que arreglarse solito y venir a la escuela; nos costó mucho mantenerlo aquí. Al fin logramos que sacara el sexto. Al principio venía al colegio nocturno, pero ustedes saben cómo son estas cosas: nosotros mismos le cerramos las puertas. Al tiempo cerraron el colegio por supuestamente falta de plata y de ahí él no volvió a estudiar. Es curioso, porque todo el mundo aquí en los Sitios le tiene miedo a Esteban, pero cuando nosotras vamos caminando por la calle y lo topamos, el aún nos dice: “Adiós niña, ¿cómo le va?”.

 

<2. Marco teórico de interpretación

 

Con respecto al contenido del relato, se propone un esquema de interpretación teórico para dos asuntos principales. El primero gira en torno al concepto de violencia. Para esto se acude a autores como René Girard con la función del rito sacrificial y la víctima en las culturas (Girard, 2005) y Franz Hinkelammert con su planteamiento sobre la violencia sagrada (Hinkelammert, 2003). Además se trae a discusión el planteamiento acerca de los tipos de culturas que expone Philippe Bourgois (Bourgois, 2005).

 

El segundo concepto trata sobre las relaciones sociales y las instituciones que las determinan. En este caso se recurre a la propuesta clasificatoria de Mario Zúñiga en torno a las instituciones presentes en la “relación sujetohemegonía dominante” y en la “relación intersubjetiva del sujeto” y a los tipos de relacionamientos post-figurativo y co-generativo propuestos por Margaret Mead (Zúñiga, 2010a y b).

 

A manera de resumen, se expone brevemente el argumento teórico a partir de estos autores. En relación a René Girard, éste plantea que existe una relación funcional entre rituales de sacrificios y la violencia en las culturas. Esta relación se in-visibiliza por medio de la mitología. La función que interpreta Girard consiste en la necesidad de las sociedades de desviar hacia víctimas sacrificiales aquella violencia que “amenaza con herir a sus propios miembros, los que ella pretende proteger a cualquier precio” (Girard, 2005: 12).
Esto significa que los sacrificios de víctimas particulares de sujetos en determinadas condiciones son interpretados como necesarios para contener una violencia mayor. Una lógica que prefiere la agresión hacia un miembro que hacia todos, y con base en ello se construyen significados y justificaciones del sacrificio.

 

Por otro lado, Franz Hinkelammert argumenta que la violencia ejecutada desde los grupos humanos que ejercen roles de poder dentro de determinada institucionalidad de las relaciones sociales es “violencia sagrada”, pues la misma institución permite que ésta no se visualice como mala violencia, sino como bondadosa y necesaria (Hinkelammert, 2003).
Ésta es la violencia que se ejerce cuando un sujeto se sale de los códigos de dicha institucionalidad y ella le castiga.

 

A su vez, Philippe Bourgois discute sobre cuatro posibles tipos de violencia presentes en la cultura: política, estructural, simbólica(17) y cotidiana. La primera relacionada a la violencia física con objetivos definidos, administrados por autoridades oficiales (ejército) o por aquellos que se oponen (guerrilla). La segunda atribuida a los efectos de la opresión político-económica crónica y la desigualdad social de las sociedades. La tercera definida por Bordieu como las humillaciones y legitimaciones de desigualdad y jerarquía internalizadas. Por último la violencia cotidiana, vista como las prácticas y expresiones diarias de la violencia en el nivel micro-interaccional (Bourgois, 2005).

 

Con respecto a la propuesta clasificatoria de Mario Zúñiga, él considera que existen cuatro tipos de instituciones en el proceso de socialización de los sujetos. Estos tipos de instituciones son “oficiales y alternativas” para la relación del sujeto con la hegemonía dominante, y “primarias y secundarias” para la relación intersubjetiva del sujeto. La mezcla de estas categorías origina tipos de instituciones como “oficial primaria” (la familia biológica) u oficial secundaria (la escuela o el ejército); por otro lado estarían las alternativas secundarias (la guerrilla o pandilla, por ejemplo), o las alternativas primarias (iglesias) (Zúñiga, 2010a).

 

Estas instituciones pueden sufrir rupturas en sus relaciones sociales, provocando la violencia como mecanismo de ruptura y efecto a la vez. Además, tras una ruptura institucional, una institucionalidad alternativa se puede presentar como sustituta de la anterior, competir o transformarse, por ejemplo la sustitución de la familia biológica por la pandilla (Zúñiga, 2010a).

 

Por último, este autor recurre a Margaret Mead para mostrar formas que caracterizan el relacionamiento entre sujetos. Denomina relacionamiento “post-figurativo” a la relación entre diferentes generaciones (adultosniños) y “co-figurativo” a la relación entre generaciones iguales o cercanas (niños-jóvenes) (Zúñiga, 2010b).
Una vez expuesto este resumen del argumento teórico, se procede con el análisis y la interpretación de la experiencia vivida por el autor.

 

3. Análisis e interpretación del caso

 

3.1. Introducción al análisis
A partir del trabajo en el proyecto de Producción Social del Hábitat, se ha podido registrar experiencias sobre las historias de vida de jóvenes que son catalogados como violentos. De hecho, la experiencia vivida por el equipo de trabajo, descrita desde una perspectiva antropológica, sirve de insumo para discutir acerca de la siguiente idea:
alrededor de una comunidad con características particulares como la pobreza, el histórico clientelismo político en torno a los proyectos de desarrollo, deficiencia en los servicios para la salud, educación, transporte, recreación entre otros, además de las rupturas institucionales que determinan las relaciones sociales, se produce no un único tipo de violencia, usualmente atribuida a un único grupo como los jóvenes, sino que existe una mezcla de formas de violencia que terminan unas ocultando a las otras, pero siguen estando presentes en lo que comúnmente se dice el círculo vicioso de la violencia.

 

El sujeto principal para realizar el análisis es el llamado “Esteban”(18), el joven que protagonizó el asalto al estudiante y es temido en la comunidad por sus acciones violentas.

 

3.2. Tipos de violencia presentes
El asalto sufrido por el equipo de trabajo fue una más de las acciones violentas en las que participa Esteban. De hecho, en la comunidad se le asocia con otros jóvenes de similar edad que agrupados en una especie de pandilla llevan a cabo asaltos a choferes de buses y personas caminantes, principalmente. Se podría decir que los frecuentes actos de violencia de estos jóvenes corresponden a un tipo de “violencia cotidiana” a la cual la comunidad, aunque inconforme, aún alberga. En efecto, fue muy interesante el hecho de que Esteban y sus compañeros no se marcharan del lugar del asalto una vez realizado, como supondría cualquiera, sino que por el contrario se posicionaron en una acera y parecían no prestarle mayor atención a los reclamos de los vecinos, hasta que vino la policía y se los llevó.

 

Cabe destacar entonces que había más una intención de defensa y legitimación de un territorio que un asalto corriente, como lo demuestra el que los mismos jóvenes le devolvieran al estudiante sus pertenencias. Este tipo de comportamiento violento para defender un territorio y legitimar una posición es habitual en grupos humanos y no solamente en pandillas de jóvenes; no obstante, lo interesante aquí es analizar este asunto como presente en la reacción de Esteban y sus amigos ante la presencia de extraños en la comunidad, como lo eran los integrantes del equipo de trabajo del proyecto.

 

Otro aspecto interesante fue la reacción de los vecinos de la comunidad que salieron a defender al estudiante e increparon fuertemente a Esteban y sus compañeros por los actos cometidos. Según nos comentaron los vecinos después, este tipo de eventos es corriente en los Sitios, lo que se puede interpretar como una violencia cotidiana entre agrupaciones de jóvenes y vecinos de la comunidad.
Por otro lado, el papel de los policías representa esa violencia sagrada que no se cuestiona y, en este caso, incluso nosotros mismos procuramos para la defensa de nuestra integridad física. Esto es, la acción policial representa la institucionalidad oficial secundaria que ejerce el derecho de realizar actos también violentos, pero con la justificación de la misma institucionalidad que la contiene: Esteban y compañeros eran sujetos salidos del orden público que habían agredido físicamente a una persona, y por ello la policía los arresta.

 

3.3. Rupturas institucionales y reacciones del sujeto
Cuando días después, la directora de la escuela de los Sitios nos comentó que supo lo sucedido y nos explicó quién era Esteban, pues lo conoció cuando estudió en la escuela. Saber esta parte de la historia nos permite analizar otras violencias en las cuales Esteban ya no es responsable sino víctima, y que en gran medida se relacionan con la misma violencia que él provoca.
Su familia tenía problemas de alcoholismo, por lo que el niño constantemente no recibía la atención requerida:

 

Todas las mañanas el niño llegaba tarde, a eso de las nueve, venía todo despeinado y con el uniforme arrugado. Recuerdo que una de las maestras lo regañaba por llegar tarde, pero luego yo le dije que era un pecado castigarlo si se notaba que hacía el esfuerzo por venir a la escuela. Su mamá y su papá eran alcohólicos que estaban tan borrachos todo el día que el niño tenía que arreglarse solito y venir a la escuela; nos costó mucho mantenerlo aquí. Al fin logramos que sacara el sexto (directora de la escuela de los Sitios).

 

Esta situación podría interpretarse como marcada por esa “violencia simbólica” que termina siendo cotidiana en la vida de Esteban. No obstante, es importante resaltar el esfuerzo de las maestras de la escuela y su directora por lograr que el joven permaneciera en la institución para que lograra terminar la primaria. Esteban posteriormente seguiría con estudios de secundaria en el colegio nocturno, sin embargo, como explica la directora, “al tiempo cerraron el colegio por supuestamente falta de plata y de ahí él no volvió a estudiar”.

 

El cierre del colegio por problemas económicos, representa esa “violencia estructural” que experimentan estas instituciones por la falta de recursos o por la negación de los mismos. La propia directora de la escuela nos narra cómo “batalla” todos los días con los problemas de infraestructura, debido a la nula inversión en la misma desde hace algún tiempo. Una parte de la escuela (servicios sanitarios) carece de servicio de agua potable, a pesar de que la instalación está recién construida y en condiciones de funcionar. Hacen falta aulas, y cuando llueve, el centro educativo se inunda por problemas de canalización de aguas. A esto se suma la necesidad de mayor número de docentes en la escuela, situación que el Ministerio de Educación conoce e ignora.

 

Éste es un claro ejemplo de la violencia estructural que cierra las oportunidades a personas como Esteban, quienes se convierten en víctimas de ella y ejecutores de violencia cotidiana. Vemos entonces cómo detrás de un tipo de violencia se entrelazan otras y hay diferentes actores en el proceso. En este caso, una institución oficial secundaria como lo es la escuela, es lugar para la violencia estructural que provoca rupturas en los procesos de socialización de los sujetos como Esteban.

 

Por último, se analiza la desmitificación de Esteban y de estos jóvenes como “violentos por naturaleza”, con razones inexplicables para sus actos y comportamientos. La directora de la escuela señala: “…es curioso, porque todo el mundo aquí en los Sitios le tiene miedo a Esteban, pero cuando nosotras vamos caminando por la calle y lo topamos, el aún nos dice: ‘Adiós niña, ¿cómo le va?’”. Esto se puede interpretar como que Esteban aún mantiene respeto y cariño ante una figura casi materna; se podría afirmar que constituye un tipo de relacionamiento post-figurativo que todavía mantiene unido a Esteban y la institución “escuela” por medio de sus maestras y la directora. Según ellas, Esteban y sus compañeros no son “malos muchachos”, “nosotros les hemos dado la espalda”. Se puede interpretar que Esteban y sus compañeros son jóvenes que comparten una vivencia similar en sus relacionamientos primarios, en los cuales las instituciones primarias han sufrido rupturas de algún tipo y el relacionamiento co-figurativo surge como sustituto de esta institucionalidad primaria que pierde validez.

 

4. Conclusiones

 

Se concluye, primero, que el marco teórico utilizado permitió realizar un análisis de la experiencia vivida de forma que se pudiera aplicar una mirada antropológica al fenómeno de la violencia y su relación con la juventud en la comunidad de los Sitios de Moravia.

 

Tal mirada antropológica a la experiencia vivida permitió desmitificar a una persona joven como violenta y entender esta violencia como el resultado de la relación de otras violencias. Desde este punto de vista, se tuvo oportunidad de compartir un aprendizaje que permitió de-construir esquemas sobre la violencia en grupos como los jóvenes que viven en comunidades en condiciones de pobreza, exclusión y/o riesgo social, y abrir las posibilidades de interpretación, análisis y trabajo en estas comunidades.

 

Por otro lado, es frecuente escuchar en los discursos políticos gubernamentales y los medios de comunicación que las pandillas como las “maras” son una amenaza para la seguridad del país, por lo que se debe cuidar su expansión a través de la migración de pandilleros. Esto estereotipa completamente a esas personas y supone continuar con la metáfora de las “maras” como monstruos invasores que devoran todo a su paso. El fenómeno se percibe entonces como un problema externo que amenaza con entrar.

 

No obstante, en este ensayo se demuestra cómo las condiciones que posibilitan agrupaciones violentas de personas, en este caso jóvenes, están más determinadas por factores propios de la sociedad que por “invasiones extranjeras”.
O sea, la violencia estructural que provoca el cierre de instituciones educativas limita la posibilidad de que personas como Esteban continúen un proceso de relaciones sociales que no lo “lance” a la calle a delinquir. Esto, por supuesto, no borra la propia responsabilidad del sujeto, sin embargo no se puede interpretar la violencia en los Sitios de Moravia aislada de estos factores. En conclusión, es la misma sociedad la que lleva la semilla de todas las violencias y depende de estas instituciones primarias o secundarias, oficiales o alternativas, el posibilitar las condiciones para que distintos grupos humanos se constituyan particularmente violentos.

 

Bibliografía
Bourgois, P. (2005). “Más allá de la pornografía de la violencia. Lecciones desde el Salvador”, en F. Ferrándiz & C. Feixa, Jóvenes sin tregua. Culturas y políticas de la violencia. Barcelona, Anthrophos, pp. 11-34.
Girard, R. (2005). La violencia y lo sagrado. Barcelona, Anagrama. Hinkelammert, F. (2003). El asalto al poder mundial y la violencia sagrada del imperio. San José, DEI.
Zúñiga Núñez, M. (2010a). Pensar a las personas jóvenes: más allá de modelos o monstruos. San José, DEI.
Zúñiga, M. (2010b). “Heridas en la memoria: La guerra civil salvadoreña en el recuerdo de niñez de un pandillero”, en: Revista Historia Crítica (enero-abril), pp. 60-83.
… … …

(1) y (2) Moravia es el cantón número 14 de la provincia de San José, Costa Rica.

(3) Fuente: www.cne.go.cr/CEDO-CRID/CEDO-CRID%20V4/pdf/…/doc1773-b.pdf, consultada el 18.06.2011 a las 16 horas.

(4) “Enjachar” es un término popular que se refiere a cuando se mira a alguien de forma extraña.

(5) “Menudo” se refiere a dinero en monedas.

(6) “Piedra” se le dice a la pasta base de la cocaína o por su otro nombre “crack”.

(7) Maes en este contexto significa gente, muchachos.

(8) Policía.

(9) Pura mierda significa cobardes, poco valientes.

(10) En barra o en grupo.

(11) Cagarse en este contexto significa molestar, dañar.

(12) Quiere decir niños.

(13) Aquí el significado de cagarse cambia a tener miedo.

(14) Significa a cien metros de distancia.
(15) Significa casa, habitación.

(16) En este contexto, “vara” significa situación, cosa, asunto.

(17) Ésta se le atribuye a Pierre Bourdieu en: Pierre Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 2007, pp. 91-138.

(18) Esteban es un seudónimo para mantener en confidencialidad el nombre de la persona.
——
*Licenciado en Ingeniería Industrial de la Universidad de Costa Rica y candidato a la maestría académica en Antropología Social.
Coordinador de proyectos de trabajo comunal universitario; consultor independiente en temas de planificación estratégica, desarrollo organizacional y diseño de procesos, y en proyectos de apoyo a comunidades en condiciones de pobreza, exclusión, vulnerabilidad y riesgo social.


En www.adital.com.br
[Fuente: Revista Pasos/DEI – Publicación de trabajos realizados a partir del diálogo entre Teología y Ciencias Sociales, con Comunidades, Movimientos Sociales ecuménicos y redes alternativas].

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