Ene 2 2012
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Ciencia y TecnologíaOpinión

La era del ciberfetichismo

El ciberfetichismo ‚ÄĒun subproducto de la concepci√≥n mercantil del v√≠nculo social‚ÄĒ es la ficci√≥n de que las tecnolog√≠as de la comunicaci√≥n y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o pol√≠tico. |C√ČSAR RENDUELES.*

De ese fetichismo provienen muchos de los errores recientes en los medios, por ejemplo al caracterizar revueltas pol√≠ticas dentro de categor√≠as esp√ļreas como ciber o twitter-revoluciones.

En los d√≠as previos a la invasi√≥n de Irak, un diario madrile√Īo public√≥ un dibujo de gran formato que ilustraba los adelantos tecnol√≥gicos del equipamiento del soldado estadounidense. El marine 2.0 era un cyborg que los ciudadanos de Bagdad m√°s afortunados tendr√≠an la oportunidad de admirar antes de que les achicharrara con uranio empobrecido.

Se trata de un lugar com√ļn de las pel√≠culas de¬†Hollywood. La m√°s brutal carnicer√≠a de un boina verde resulta aceptable cuando est√° mediada por unas gafas de visi√≥n nocturna y una mirilla l√°ser.

No siempre ha sido as√≠. Antes de la ca√≠da de la¬†URSS, a menudo Occidente reivindicaba el esfuerzo anal√≥gico del individuo libre frente a la tecnolog√≠a deshumanizadora. En Rocky IV, Balboa se entrena en un establo siberiano mientras su rival, el ruso Iv√°n Drago, aumenta sus m√ļsculos en un sofisticado laboratorio sovi√©tico. Hoy, en cambio, la tecnolog√≠a es una infalible depuradora ideol√≥gica.

Seg√ļn un dogma muy difundido, vivimos en sociedades del conocimiento. Muchas personas inteligentes parecen convencidas de que enviar fotos con un tel√©fono m√≥vil implica un salto evolutivo crucial, mientras que plantar ma√≠z con una azada de madera es una tarea al alcance de un simio subnormal.

En realidad, la parte importante de la expresi√≥n ‚Äúsociedad del conocimiento‚ÄĚ es ‚Äúsociedad‚ÄĚ. Creemos desesperadamente en la capacidad de las nuevas tecnolog√≠as de la comunicaci√≥n para ampliar y fortalecer los v√≠nculos entre las personas. Esto es muy notable, pues nuestra historia reciente est√° m√°s bien marcada por una progresiva fragilizaci√≥n de las relaciones sociales.

Las ciencias humanas se han mostrado casi un√°nimes al relacionar la modernizaci√≥n con la destrucci√≥n de los lazos comunitarios tradicionales. La industrializaci√≥n, la mercantilizaci√≥n, el crecimiento de las ciudades ‚Äďcomo tambi√©n la democratizaci√≥n y la ilustraci√≥n‚Äď, tienden a disolver el magma simb√≥lico que anta√Īo orientaba las vidas individuales y las decisiones colectivas.

Es un proceso profundamente ambiguo: ha generado ansiedad y desorientación, pero también nos ha liberado de las cadenas de la tradición. Marx o Durkheim trataron de afrontar este dilema mediante apuestas políticas. Los ideólogos de nuestro tiempo, en cambio, piensan que la tecnología sencillamente disuelve el problema, creando un círculo virtuoso de, por un lado, libertad y creatividad y, por otro, un nuevo tipo de densidad comunitaria no opresora.

Vivimos en la era del ciberfetichismo

No es trivial que todos los medios de comunicaci√≥n se apresuraran a buscar un explicaci√≥n tecnof√≠lica de los alzamientos populares de Egipto o T√ļnez en 2011. Si uno da cr√©dito a¬†The New York Times, el ¬ęLenin del Magreb¬Ľ era un blogger de clase media experto en redes sociales.

Algunos izquierdistas llegaron a pensar que se trataba de una estrategia deliberada para ocultar la relaci√≥n de estas revueltas con din√°micas econ√≥micas y pol√≠ticas globales que se remontan a la contrarrevoluci√≥n liberal de los a√Īos setentas. Yo m√°s bien creo que era una forma inconsciente de depurar estos movimientos sociales de su inquietante atavismo.

La moraleja que extrajeron los ciberfetichistas es que la potencia revolucionaria de¬†Facebook¬†logra penetrar incluso en un contexto cultural marcado por un inmovilismo terminal. Muy sintom√°ticamente, la valoraci√≥n que los medios de comunicaci√≥n ‚Äďy por cierto, tambi√©n muchos izquierdistas‚Äď hicieron de¬†las revueltas en¬†Libia, donde s√≥lo el 5% de la poblaci√≥n tiene acceso a¬†Internet, fue mucho m√°s ambigua:

‚ÄúLos libios recelan de la democracia; les gusta tener un gobernante fuerte que sea capaz de impedir que estallen las rivalidades entre tribus. Pero no les gusta demasiado su gobernante actual‚ÄĚ, escrib√≠a Andrew Solomon en¬†El Pa√≠s.¬†Parece ser que Twitter a√ļn no les ha descubierto a los libios la naturaleza de la genuina emancipaci√≥n.

En realidad, ocurre justo al contrario. Lo cierto es que s√≥lo el 21% de los egipcios tiene acceso a Internet. Si los ciudadanos de estos pa√≠ses han dado semejante salto pol√≠tico es porque en ellos la fraternidad ‚Äďel tercer valor republicano‚Äď sigue siendo alimentada por familias extensas, comunidades religiosas, c√≠rculos de afinidad, compromiso sindical y relaciones culturales densas.

El fetichismo cibern√©tico es, en el fondo, un subproducto de la concepci√≥n mercantil del v√≠nculo social. Hace m√°s de doscientos a√Īos Montesquieu acu√Ī√≥ la expresi√≥n ‚Äúdulce comercio‚ÄĚ para designar el modo en que los negocios pod√≠an fomentar un tipo de relaci√≥n social superficial, pero amable y serena. Cre√≠a que el mercado era una alternativa a las grandes pasiones pol√≠ticas y religiosas que hab√≠an convertido Europa en un campo de batalla secular.

Otros autores radicalizaron esta perspectiva hasta llegar a concebir la propia sociabilidad no como un hecho primario ‚Äďuna caracter√≠stica esencial de los seres humanos‚Äď sino como un fen√≥meno derivado de las relaciones voluntarias y consideradas mutuamente beneficiosas. En la era del capitalismo de casino, es dif√≠cil seguir manteniendo esta confianza en el poder social del mercado.

Internet ofrece un sustituto muy oportuno. Seg√ļn una opini√≥n muy extendida, hoy el cemento de nuestras sociedades se fragua en un espacio telem√°tico en el que se encuentran individuos aut√≥nomos sin otra relaci√≥n que sus intereses comunes.

La verdad es que la mercantilización y sus sucedáneos telemáticos destruyen los vínculos sociales, no los crean. Ninguna sociedad puede sobrevivir a la hostilidad generalizada. Por eso la mayor parte de las culturas han puesto fuertes límites a la conducta competitiva típica del comercio, donde tratamos de obtener ventaja sistemáticamente de nuestro oponente. De hecho, el mercado es uno de los pocos espacios de nuestras sociedades ilustradas donde se acepta la agresividad extrema.

Otros dos son la internet y las carreteras. Seg√ļn algunos estudios, y pese a lo que cabr√≠a esperar, los coches descapotables reciben menos pitidos del resto de conductores que cualquier otro veh√≠culo de motor. La raz√≥n parece ser el contacto visual directo con la persona que conduce el descapotable: en lo m√°s hondo de nuestras mentes, la sociabilidad y la empat√≠a se mueven a un nivel paleol√≠tico previo a las autopistas y los chats.

Lo más parecido a los descapotables que tenemos en el mundo de las tecnologías son los movimientos en favor del conocimiento libre. Sin embargo, el ciberfetichismo está especialmente presente en estos movimientos cooperativos. Con mucha frecuencia, los partidarios del copyleft centran su actividad exclusivamente en la eliminación de las barreras que impiden la libre circulación de la información: monopolios, DRM, censura, impuestos…

La cooperación se entiende como la concurrencia en un espacio comunicativo extremadamente depurado, compuesto por individuos unidos tan sólo por intereses similares y, esto es crucial, neutral respecto a los contenidos. La información debe fluir, no importa si es la Crítica de la razón pura o un episodio de Bola de dragón.

Poco sorprendentemente, la soluci√≥n que se suele proponer a las externalidades negativas que genera la liberaci√≥n de contenidos digitales ‚Äďcomo la remuneraci√≥n de los autores o la financiaci√≥n de proyectos muy costosos‚Äď suele ser alg√ļn dogma anarcoliberal mal digerido.

Sencillamente, se dice, los creadores de copyright viven de una industria obsoleta que el mercado darwiniano se encargará de depurar si se eliminan las regulaciones.

Por eso, a lo largo de la extenuante polémica en torno a la Ley Sinde,[1] prácticamente nadie ha propuesto algo tan sencillo como acabar con ese residuo medieval que son las entidades de recaudación de impuestos privadas.

La creaci√≥n de una entidad de gesti√≥n de derechos p√ļblica que sustituya a SGAE, VEGAP o CEDRO podr√≠a asegurar una remuneraci√≥n de los autores evitando los abusos actuales, por ejemplo, mediante un l√≠mite razonable de la cantidad que un autor puede recaudar o con un sistema generoso de excepciones (¬°no m√°s guarder√≠as denunciadas por pinchar ‚ÄúAl corro de la patata‚ÄĚ!). Una organizaci√≥n como esta podr√≠a potenciar las licencias libres mediante incentivos fiscales y redistribuir una parte del dinero recaudado invirtiendo en proyectos culturales.

De hecho, podr√≠a ser el pistoletazo de salida de una implicaci√≥n masiva de las instituciones en la defensa del conocimiento libre, creando editoriales, plataformas de desarrollo de software, estudios de grabaci√≥n, escuelas y repositorios digitales p√ļblicos que creen empleo para los trabajadores del sector y garanticen, adem√°s, que aquellas producciones culturales minoritarias pero de alto valor art√≠stico cuentan con los medios adecuados para su desarrollo.

Por supuesto, ning√ļn abracadabra tecnol√≥gico, jur√≠dico o mercantil garantizar√≠a el √©xito de un proyecto tal. Podr√≠a convertirse en un ruinoso monstruo burocr√°tico corrupto y arbitrario. Que no fuera as√≠ depender√≠a de compromisos pragm√°ticos extremadamente fr√°giles. De la supervisi√≥n y la exigencia continua por parte de los ciudadanos.

Vaya, de eso que solíamos llamar política.

1] Ver aquí.

* Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.Adjunto a la Dirección del Círculo de Bellas Artes. Ensayista. Miembro fundador de la herramienta de intervención cultural Ladinamo.
En http://iniciativadebate.wordpress.com

Se informa que es un texto inédito escrito por el autor en marzo del 2011, recuperado por Nodo50 (www.nodo50.org).

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