Dic 8 2019
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AmbienteSociedad

La nueva realidad

¿De qué manera Parménides, Descartes, Sartre, Marx o Fanón podrían ayudar a atrapar el óxido de carbono? La acidificación de los océanos, la extinción de las especies o el derretimiento de los hielos en los polos y en la cumbre de las montañas son problemas que las humanidades, con su tendencia a los análisis filológicos, a las discusiones esotéricas y las interminables interpretaciones, parecieran estar mal equipadas para confrontar esta nueva realidad.

O tal vez no. Los problemas existenciales que la época presenta siempre han estado al centro de las discusiones humanistas… ¿Qué significa vivir?,¿cuál es el sentido de la vida?, ¿qué es la verdad?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? son ahora cuestiones que adquieren una nueva dimensión y presentan nuevos problemas a la ética, la política, la ontología y la epistemología al desafiar nuestras prioridades y hábitos intelectuales.

¿Qué significa la guerra de tarifas entre EU y China frente al posible colapso de la civilización global? ¿Qué decisiones significativas tendríamos que tomar para vivir en un futuro lleno de amenazas? Éstas son preguntas que no tienen respuestas empíricas o lógicas. Son cuestiones netamente filosóficas. Ni siquiera el Big Data puede ayudar aquí, porque estos problemas no se pueden graficar o cuantificar.

Según el teórico y académico estadounidense Roy Scranton, no es fácil pensar que esta civilización basada en la energía fosilizada se acaba y con ello, la humanidad tal como la conocemos. Sicológicamente nos rebelamos a la idea de nuestro fin porque tenemos la tendencia a creer que el mañana será como hoy.

Nuestra conducta a través del mundo indica que creemos que podemos continuar indefinidamente quemando petróleo, matando a los animales de la tierra, el aire y el mar y envenenando los ríos y los océanos sin que nada nos pase, a pesar de que la creencia se ve constantemente interrumpida por la intromisión climática.

¿Por qué los teóricos han empezado a hablar del fin de la especie humana? ¿No será que toda esta especulación es demasiado prematura? Después de todo, nadie sabe exactamente qué va a pasar en el futuro.

Cierto, no lo sabemos, pero sí sabemos lo que esta pasando en el presente. Sabemos que la civilización humana ha florecido en lo que ha sido el intervalo de clima más estable en los últimos 650.000 años. Sabemos que éste intervalo llegará a su fin si la temperatura promedio supera en 1,5 grados C los niveles de la época preindustrial. Según la Organización Meteorológica Mundial la temperatura promedio puede aumentar de 3 a 5 grados C para el 2100, incluso si se cumplen las promesas del acuerdo de París. Y sabemos, dada la política global, que una prohibición mundial de la emisión de CO2, es  pura fantasía.

El crecimiento y estabilidad económica del capitalismo depende de tener energía barata y eficiente. Decarbonizar la economía, sin el reemplazo de una fuente de energía alternativa eficaz, significaría desconectar aproximadamente el 80% de la capacidad energética que causaría una crisis económica como nunca vista. En este momento la población mundial no está dispuesta a cambiar el crecimiento económico por una menor emisión de CO2, especialmente cuando el poder económico es el índice más importante de estatus global. En estos momentos una nueva conferencia internacional, COP25, se realiza en Madrid. ¿Será otro ejercicio futil?

El capitalismo con su utopía tecnológica ha prometido un crecimiento e innovación infinitos y, paradójicamente, todo indica que va a ser incapaz de salvar la humanidad del desastre que ha creado, a pesar de toda la retórica ambientalista de algunos de sus líderes. Dentro del marco capitalista, por ejemplo, varias soluciones se han venido ofreciendo, pero por el momento ninguna de ellas pareciera funcionar.

Según el reporte del Panel Internacional del Cambio Climático del 2014 es posible evitar lo peor del calentamiento global con una pequeña disminución del crecimiento económico de no más de 0.06% si se transfiere la inversión del petróleo y el carbón a la investigación y desarrollo de la energía renovable, la energía nuclear y la captura y secuestro del carbono.

Muchos críticos, sin embargo, cuestionan la posibilidad de que la energía renovable sea una alternativa factible a la energía fosilizada porque la transición va a ser mucho mas difícil de lo que comúnmente se piensa, debido, entre otras cosas, a la menor densidad de la energía renovable, a la intermitencia de sus flujos, a la distribución desigual de sus recursos y, especialmente, al hecho de que va a tomar décadas el desarrollo e implementación de la infraestructura que estos sistemas requieren, décadas que como sabemos no tenemos.

Según los informes científicos del Panel Internacional se estima que el 2035 es el límite. Mas allá sería demasiado tarde.

La dificultad mayor con la energía renovable es que el viento y el sol no son lo suficientemente confiables para suministrar la energía necesaria para mantener los aparatos eléctricos, como ampolletas, equipos médicos o medios digitales, funcionando sin intermitencia. En el próximo futuro la energía renovable no será una fuente suficiente de energía eléctrica. Hoy día hay un amplio consenso entre expertos en energía que las únicas dos opciones realistas para eliminar la emisión de CO2 son la captura y secuestro de carbono y la energía nuclear.

La energía renovable ciertamente jugará un papel en el futuro, pero no lo suficiente para proveer energía barata y confiable capaz de sostener la economía global. Teoréticamente, dicen algunos científicos, es posible estabilizar el clima sin la energía nuclear, pero prácticamente no sería posible sin su inclusión.

El problema con estas opciones es que, por un lado, la fisión nuclear presenta el problema insoluble de sus residuos y para reducir lo suficiente la emisión de carbono por debajo de 450 ppm habría que construir más de 12.000 plantas nucleares, el equivalente a “una nueva planta cada día hasta el año 2050”.

Bien poco probable, especialmente si consideramos los desastres de Three Mile Island, Chernobyl y Fukushima. Y, por otro lado, la captura y secuestro del carbono es una tecnología nueva y cara que no tiene muchas posibilidades de ser desarrollada rápidamente a escala global, porque hay bien poco incentivo comercial por parte de la empresa privada y ausencia total de cualquier tipo de regulación proveniente de los gobiernos, influenciados por la poderosa industria de los combustibles fósiles.

Los cuatro proyectos existentes en el 2013 secuestraron alrededor de 50 millones de toneladas de CO2 y al mismo tiempo se emitieron 200 veces esa cantidad. Los reportes más recientes de la Agencia Internacional de Energía indican que el progreso en la captura y secuestro no inspira confianza.

La extracción del dióxido de carbono del aire como solución técnica tampoco ha logrado desarrollarse y, aunque sería importante hacerlo, no es una solución fácil o, incluso, viable según algunos expertos debido a la ausencia de datos experimentales, al uso de energía que va a requerir y al costo de ingeniería.

Y, por último, el enfriamiento artificial del planeta o geoingeniería, como otros proponen, posee fallas bastantes serias. La idea es crear una cortina de sulfuro en la estratosfera para aumentar la reflexividad de la tierra. Mientras el procedimiento es barato y al alcance de corporaciones y países pequeños, la toxicidad del sulfuro podría degradar las capas de ozono o hacernos más vulnerables a las consecuencias de las erupciones volcánicas que con la adición de aerosol crearían una gruesa capa atmosférica capaz de producir un enfriamiento masivo catastrófico para la agricultura que causaría una hambruna generalizada.

El calentamiento global no ofrece ninguna solución clara, solo respuestas malas o peores. Uno de los problemas más difíciles de tratar es que requiere de una acción colectiva. Y esto es bien difícil de lograr. Cualquier gobierno que trate de liberar su economía de la dependencia del carbón y petróleo no tiene muchas probabilidades de sobrevivir, porque la austeridad necesaria que ello implica traería depresión y pobreza económica o una masiva redistribución de la riqueza o ambas. A nivel global todo el mundo tendría que trabajar unido.

El problema es que el petróleo y el carbón es el que conecta el mundo e integra su economía. Sin la información, la energía, el transporte y la infraestructura sostenida con la energía fósil no habría civilización global.

Para expertos en política y científicos del clima la cuestión no es si existe el calentamiento global o como podemos prevenirlo, sino como nos vamos a adaptar a la vida en el mundo caliente y volátil que hemos creado. Como dice Roy Scranton, el capitalismo impulsado por el carbono es un sistema zombi, voraz y estéril. Un sistema tóxico, caníbal, autodestructivo e insostenible, tanto en sí mismo como en respuesta al catastrófico cambio climático.

No hemos podido evitar el calentamiento global y la civilización capitalista tal como la conocemos esta llegando a su fin. Afortunadamente, el capitalismo impulsado por el carbono no es la única forma en que los humanos pueden organizar sus vidas. La humanidad puede sobrevivir y puede adaptarse al nuevo mundo del Antropoceno si acepta sus límites y la fugacidad de la vida como verdades fundamentales.

Aprender a morir como individuo, dice Scranton, significa dejar de lado nuestras predisposiciones y miedos. Aprender a morir como civilización significa dejar esta forma particular de vida con sus ideas de identidad, libertad, éxito y progreso. Las posibilidades de que la humanidad sobreviva, sin embargo, son bien escasas. Las dificultades en las que nos encontramos son demasiado tremebundas para manejarlas bien.

Es el momento en que nuevamente la especie humana se ve frente a una tarea que es demasiado difícil de resolver y de la que no puede escapar. El futuro dependerá de la habilidad para confrontarlas con la negación y el pánico o con paciencia, reflexión y amor.

 

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