Dic 18 2020
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OpiniónPolítica

La utopía de la integración de América Latina

La polarización ideológica de la última década ha sido la responsable de los fracasos en el largo proceso de integración de América Latina. En 2019, los regímenes conservadores de Colombia y Chile propusieron la creación de Prosur. Así, la integración de América Latina seguirá durmiendo el sueño de los justos hasta que se repita un ciclo de nuevos líderes visionarios, que comprendan que la integración hoy no es un ideal romántico ni un juego exclusivo de intereses económicos y comerciales.

Es una de las enseñanzas que nos deja el largo camino que han debido recorrer los países que hoy conforman la Unión Europea.

Hace 200 años que los líderes latinoamericanos hablan de integración, pero hoy parece estar más lejos que antes. Los sueños de construcción de la llamada “Patria Grande” de Simón Bolívar    -que agruparía a las naciones bajo el dominio español- y de otros héroes de la independencia del siglo XIX, fueron siempre contrarios a los intereses de las oligarquías locales y de la potencia hegemónica del continente, los Estados Unidos.

Los procesos de consolidación de las repúblicas, es decir, la creación de estados nacionales a partir de la emancipación iniciada en 1810, fueron tiempos difíciles, duros, marcados por la conquista y la apropiación implacable del territorio de los pueblos indígenas. Paralelamente vino la transformación cultural de las sociedades, el mestizaje, la afirmación de la identidad nacional y la carencia de instituciones políticas y económicas, lo que llevó a muchos países a largas luchas civiles, conflictos sociales, dictaduras, disputas territoriales y guerras.

Todo ello facilitó que empresas extranjeras, inglesas y estadounidenses principalmente, se apropiaran de los inmensos recursos naturales y del comercio. Tristes son los recuerdos dejados en las páginas de historia de América Latina de compañías como la United Fruit, Anaconda Copper Mine, ITT y muchas otras.

El siglo XX consolidó los estados nacionales, pero mantuvo las voces y esperanzas de procesos de integración. Los discursos de los caudillos y líderes políticos se hicieron cada vez más encendidos, sin embargo, poco se avanzó en una integración real. Desde las Conferencias Panamericanas, creadas por Estados Unidos a fines del siglo XIX, hasta su reemplazo por la Organización de Estados Americanos (OEA), en plena Guerra Fría, la política exterior del continente estuvo supeditada principalmente a los intereses de Washington, creándose más de 30 organismos regionales.

Con el triunfo de la revolución cubana, en 1959, se alinearon los países detrás del gobierno estadounidense, lo que fue reforzado con el surgimiento de las dictaduras militares en los años 60 y 70 del siglo pasado. En 1994 Estados Unidos propuso el ambicioso Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que incluía a todo el continente, con excepción de Cuba. Despertó entusiasmo en muchos países de la región que pensaron daría un fuerte impulso a sus economías. Sin embargo, en la IV Cumbre de 2005 en Mar del Plata, Argentina, y en presencia del expresidente George Bush, se produjo el fracasó del ALCA por la firme oposición de Argentina y Brasil, principalmente, a los que se plegaron Uruguay y Paraguay, los otros miembros de Mercolsur (Mercado Común del Sur).

A ellos se sumó también Venezuela, encabezada por el fallecido presidente Hugo Chávez. Fue una dura derrota para Washington y su estrategia comercial y política pensada para mantener la fuerte hegemonía en la región, la cual compartían muchos otros países como Chile y México, que ya tenían acuerdos bilaterales de libre comercio vigentes con Estados Unidos.

Mercosur, la promesa de integración regional impulsada por Argentina y Brasil, en 1991, sufre una prolongada parálisis donde nadie puede retirarse, no se avanza y luego de 29 años se duda de su continuidad. En 2010 nació la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) con 33 países, excluyendo esta vez a los Estados Unidos y Canadá. Pese al entusiasmo que generó en el continente su creación -para algunos una suerte de renacimiento del concepto de la Patria Grande- hoy se suma a la larga lista de organismos que languidecen, sin tareas, sin mística y de existencia virtual. En 2019, el gobierno de Jair Bolsonaro, anunció el retiro de Brasil de la CELAC por el apoyo a regímenes como Cuba, Nicaragua y Venezuela.

En el sur del continente las cosas no han sido mejores. En 2008, se formalizó la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) compuesta por 12 países y que buscaba junto a la integración económica y política, la creación de una identidad sudamericana, para hablar con una sola voz. En solo una década, en 2018, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú suspendieron su participación, quedando el organismo paralizado, como ha sucedido reiteradamente con otras instituciones a lo largo de la historia.

Mejor suerte ha tenido hasta ahora, la Alianza del Pacífico, creada en 2011 por Chile, Colombia, Perú y México.  Busca fundamentalmente, la libre circulación de bienes, servicios y personas. Es considerada uno de los órganos más exitosos de integración como lo reflejan los más de 50 países que han adherido como observadores. Sin embargo, la integración regional no puede ser vista como un pequeño club de países que coinciden en sus políticas macroeconómicas.

Los desafíos para América Latina son lograr una integración política y económica respetando las diferencias y características propias, pero buscando converger en la diversidad de manera de lograr una voz común que nos represente. En un mundo de grandes bloques, con actores como Estados Unidos, China, la Unión Europea, la Federación Rusa o la India, los países latinoamericanos no tienen posibilidades de hacer valer sus intereses de manera individual ni de pequeños grupos.

Eso que parece tan simple, de sentido común, ha sido condicionado muchas veces por la falta de un diálogo profundo, de mirada larga, con sentido político, para no ceder a la presión de intereses internos y la influencia externa.

Sin embargo, la integración regional no puede ser vista como un pequeño club de países que coinciden en sus políticas macroeconómicas.

La polarización ideológica de la última década ha sido la responsable de los fracasos en el largo proceso de integración de América Latina. Mientras varios líderes izquierdistas abusaron de la retórica integracionista e intentaron ideologizar el concepto de Patria Grande, los sectores conservadores, nacionalistas, han buscado dar a la integración un carácter “desideologizado”, de carácter estrictamente económico, impregnado de la doctrina neoliberal y desprovisto de mística.

El ciclo progresista y comprometido con la integración en la región impulsado por presidentes como Lula, Dilma, Kirchner, Chávez, Correa, Morales, Bachelet, Vásquez y Mujica, fue reemplazado por gobiernos de derecha que rompieron un proceso que, si bien pecó en algunos casos de ideologismo, marcó un camino en la larga ruta de la integración.

En 2019, los regímenes conservadores de Colombia y Chile propusieron la creación de PROSUR (Foro para el Progreso de América del Sur) al cual adhirieron los gobiernos afines de Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú. Sin sede establecida ni burocracia, “para ahorrar recursos fiscales” y hoy con Cumbres virtuales por la pandemia, buscan una integración pragmática, desprovista de grandes metas.

En realidad, más que un organismo de integración parece un grupo de amigos de WhatsApp y no un real instrumento político, salvo en su obsesión con el dictatorial régimen venezolano. La corta vida de este grupo está garantizada por los cambios de gobierno producidos ya en Argentina y Perú y por carecer de densidad política.

Así, la integración de América Latina seguirá durmiendo el sueño de los justos hasta que se repita un ciclo de nuevos líderes visionarios, que comprendan que la integración hoy no es un ideal romántico ni un juego exclusivo de intereses económicos y comerciales, sino una necesidad imperiosa de reafirmar una identidad cultural de un continente mestizo que, de latino, es decir, de herencia europea, tiene tanto como de población indígena y afroamericana.

La voz de la región tendrá peso en la escena internacional cuando logremos hacer converger los intereses nacionales con el interés común. Es una de las enseñanzas que nos deja el largo camino que han debido recorrer los países que hoy conforman la Unión Europea. Edición de Diciembre de 2020.

 

*Economista de la Universidad de Zagreb, Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile.  Durante 36 años fue funcionario del Servicio Exterior de Chile alcanzando el grado de embajador en 2004. Renunció a la carrera diplomática el 10 de marzo de 2018. Le correspondió servir en Ecuador, Corea del Sur, Suecia, Estados Unidos e Italia. Como embajador representó a su país en Vietnam, Portugal, Trinidad y Tobago, Italia y ante las agencias de Naciones Unidas con sede  en Roma.

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