Ene 30 2012
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OpiniónSociedad

La utopía social-comunista y la trampa del sistema*

 

Sabios y científicos estudian al animal humano. Las dicotomías cuerpo/alma; materia/idea o espíritu; sentidos/mente; práctica/teoría; emoción/razón, y un largo etcétera, han sido su martirio. Al inicio del siglo XXI seguimos en el mismo dilema. La tarea de la filosofía, la política, la religión, las ciencias sociales, consiste en conocer al ser humano y contribuir con su progreso. Del reino de la necesidad al reino de la libertad.

 

En su proceso de evolución el ser humano construyó la “comunidad primitiva”. De la horda pasó a la familia grupal. Después a la monogamia, base de la propiedad privada. La fase feliz del “comunismo prehistórico” se nos grabó en el subconsciente (y lo gravó).

 

Al faltar, el trauma produjo dos tipos de pensamiento (y religión): el judeo-cristiano-musulmán de tipo punitivo, que dio origen a la búsqueda del “paraíso”; y, el budista-brahmán-hindú que concilia vida y muerte, razón y magia, ser y espíritu. Éste último enseña que la vida es un paraíso pero que el ser humano está obnubilado por la sociedad del consumo (fetichismo de la mercancía).[1]

 

El sistema capitalista usa la trampa correctora. La conciencia del “pecado original” es una carga. Según Freud, la mejor cualidad de una persona se vuelve —si se extrema— en su peor defecto. Así, el capitalismo explota el “miedo original”, maximiza nuestra ansiedad, nos empuja al hacer y al tener y no, a ser.

 

Esa es nuestra tragedia existencial.

 

Hoy —que los pueblos se encuentran ante un mundo sin futuro, que se ahoga en un inmenso mar de mercancías, atravesado de arriba abajo por toda clase de información, inmerso en un vacío espiritual, al borde de una catástrofe nuclear o ambiental— es cuando los revolucionarios debemos esforzarnos por revisar nuestros valores y repensar las ideas.

 

La utopía social-comunista y la necesidad de un replanteamiento

 

Las revoluciones nacionalistas de Suramérica, el movimiento democrático de los pueblos árabes, los “indignados” españoles, los “ocupas” estadounidenses y la infinidad de luchas que se desarrollan en el mundo, dejan ver que “desde abajo” existen las fuerzas renovadoras que pueden revivir la utopía “social-comunista”.

 

Si embargo, no existe la disposición teórica y política para reaccionar a tales estímulos. Los sucesos del año 2011 nos deben alertar. No se entendió el momento, nos paralizó la duda. Mientras tanto, el imperio y las potencias europeas de la OTAN nos ganaron de mano. Aprovecharon nuestras vacilaciones para posar de luchadores por la libertad y la democracia. Y ahora, ineludiblemente preparan una gran guerra preventiva.

 

A pesar de ello, el mundo se movió el 15 de octubre de 2011 contra la plutocracia financiera internacional. Allí no estuvo el pueblo de Venezuela, Ecuador, Bolivia o las bases del MST del Brasil. Latinoamérica fue ausente. Según algunos, “nosotros ya superamos la etapa de la indignación”[2]. Para otros, no se le hace el juego al complot mediático gringo.[3]

 

Los revolucionarios estamos divididos. Los nacionalistas se alinean —por inercia—, con los gobiernos de Rusia, China, Irán, etc., para enfrentar el águila imperial. No hay estrategia propia. El imperio juega con la política de contención[4]. Amenaza con la guerra para engañar a su pueblo.

 

Y la réplica es la de siempre. Se responde automáticamente a los estímulos bélicos de los EE.UU. Ayudamos a confundir, nos ponemos en bandeja. Gato y ratón.

 

Los internacionalistas proletarios —dispersos en movimientos sociales y en propuestas nacional/populares— tenemos que reaccionar. Debemos unirnos para proponerle a la juventud revolucionaria un programa político y un plan de acción. ¡Nos lo está exigiendo!

 

Corrientes democráticas que dirigen
la burguesía y pequeña burguesía

 

Los pueblos y los trabajadores han construido verdaderas corrientes democráticas en las últimas dos décadas. Se han unido los sectores sociales para enfrentar la política neoliberal y a los gobiernos que representan los intereses de las oligarquías trans-nacionalizadas. Pero existe un vacío de dirección revolucionaria.

 

Cuando se agudizan las contradicciones propias del capitalismo, los residuos de la “burguesía nacional” o sectores de la pequeña burguesía se acercan a las ideas socialistas, usan su lenguaje y consignas. Siempre lo hacen de palabra. Su naturaleza es inconsecuente. Si ellos lideran los procesos, éstos finalmente fracasan.

 

Las revoluciones nacionalistas y democráticas de América Latina — especialmente de Suramérica— así lo enseñan. Los partidos y movimientos políticos que dirigen dichas revoluciones no tienen claro como avanzar. No rompen con el Estado “colonial” heredado. No pueden avanzar hacia la “democracia participativa” que es compartir el poder con “órganos populares de la revolución”.

 

Esa tarea sólo se puede realizar con la existencia de un “contra-poder-desde-abajo” que ayude al pueblo a auto-gobernarse y a impedir que la riqueza social que se acumule en la fase de consolidación de la autonomía nacional, termine alimentando el surgimiento de una burguesía burocrática como ocurrió en la Unión Soviética, en China, India y Vietnam, en los países árabes, y ahora está en pleno desarrollo en los países del ALBA.

 

Por ello es tan urgente y necesario construir una verdadera “corriente proletaria e internacionalista”, que ayude a aclarar las ideas y a reconstruir la base social proletaria.

 

Cuatro grandes dificultades

 

La principal dificultad que tenemos es de tipo filosófico. A pesar de los avances y desarrollos del pensamiento dialéctico y científico, rechazamos la espiritualidad. No nos hemos reencontrado con nuestra mente mágica. Repetimos el principio de la incertidumbre de Heisemberg[5] pero no lo interiorizamos. Tenemos miedo. No estamos preparados para percibir los “saltos cuánticos”.

 

La segunda dificultad es ideológica y política. Casi un siglo de prácticas “nacionalistas” impidieron el desarrollo del pensamiento proletario que lograron desarrollar parcialmente Trotsky, Gramsci, Mao Tsé Tung y otros tantos revolucionarios proletarios. El “anti-imperialismo proletario” (anti-capitalismo consecuente) formulado por Lenin dio paso a un anti-imperialismo nacionalista (anti-capitalismo inconsecuente) que hundió a la revolución proletaria internacional.

 

El falso socialismo nacionalista del siglo XX se convirtió en una lápida para los trabajadores y en un pedestal para el sistema capitalista.

 

La tercera dificultad consiste en que la base social proletaria está dispersa, fraccionada, diseminada. Los cambios post-fordistas de las últimas tres décadas del siglo XX (transectorización, deslocalización, desconcentración y descentralización del aparato productivo) desperdigaron a los trabajadores en millones de pequeñas y medianas empresas. Sólo unos pocos se mantienen concentrados en grandes empresas o en el Estado, pero están a la defensiva luchando por mantener las conquistas del “Estado de bienestar”.

 

La cuarta dificultad es la tirantez mundial creada por el imperialismo para mantener a los pueblos en una permanente tensión nerviosa. Los conflictos con Irak, Afganistán, Irán, Corea, Libia, Siria, ahora China y Rusia, son herramientas de una estrategia de “contención” que han logrado perfeccionar en los últimos 60 años. Por ello es tan importante entender que el imperio no hace las guerras para ganarlas. Su objetivo principal es el control ideológico de su propia población con la supuesta “lucha contra los enemigos de la libertad y del modelo de vida occidental”.

 

Además, necesitan tener activo el aparato de guerra que incluye el complejo industrial, tecnológico, mafioso y militar, que es una herramienta para incentivar a las nuevas industrias de destrucción y reconstrucción de la infraestructura básica en los territorios arrasados y despojados (puertos, carreteras y vías férreas; zonas francas y turísticas; áreas para producción de agro-combustibles; etc.), única forma de sobreaguar la crisis sistémica que afecta a su forma de vida.

 

Propuesta en desarrollo

 

En América Latina las rebeliones contra el FMI y el Banco Mundial se transformaron en revoluciones pacíficas por independencia, autonomía y democracia. La fase actual es de dualidad de poderes. Las burguesías regionales se están reorganizando para impedir el avance de la revolución. La orientación burguesa es impedir el desarrollo de un “contra-poder-desde-abajo”. Las burguesías brasileña y argentina así lo han entendido.

 

Mientras, la dirigencia de la pequeña burguesía está enredada en tareas administrativas. Su principal función es embellecer la democracia representativa con “flores” multi-culturales y pluri-nacionales. Nada flota y naufraga entre el neo-desarrollismo burgués y el “pachamamismo fundamentalista”. Las ONGs imperiales mueven los hilos desde ambos extremos.

 

Es por ello que debemos hacer todos los esfuerzos por juntar a los internacionalistas proletarios. No hay tarea más importante que ésta. No es para enfrentar a los nacionalistas democráticos sino para “ir más allá”. Las necesidades del movimiento así lo señalan.

 

No serán los “diablos capitalistas” vestidos de “ángeles comunistas” quienes impulsen el Socialismo del Siglo XXI, como algunos creen[6]. La experiencia muestra que las burguesías burocráticas de los “Estados socialistas” (URSS, china) una vez han acumulado poder, utilizan las “revoluciones democráticas” para convertirse en cuajadas burguesías. Ya lo han hecho.

 

Notas
[1] El fetichismo de la mercancía es un concepto creado por Marx en su obra El Capital que define el fenómeno social/psicológico en donde —en una sociedad productora de mercancías— éstas aparentan tener una voluntad independiente de sus productores.
Marx, Karl, Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844.
[2] Frase de la dirigente estudiantil chilena Camila Vallejo ante “indignados” españoles.
[3] J. Petras. “El imperialismo y el “antiimperialismo de los tontos”, ver aquí.
[4] La política de contención —también llamada contención global— fue adoptada por Estados Unidos hacia la URSS durante los años de la Guerra Fría. El propósito de esta política era derrotar a la Unión Soviética impidiendo la expansión del territorio bajo control de regímenes comunistas y todo otro tipo de expansión de su influencia.
[5] W. Heisemberg. El principio de incertidumbre establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas sean conocidas con precisión arbitraria. Es decir, que no se puede determinar —en términos de la física clásica—, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son, por ejemplo, la posición y el momento lineal (cantidad de movimiento) de un objeto dado. (Nota del autor)
[6] Heinz Dieterich. “Partido Comunista de China se abre al Socialismo del Siglo 21”, ver aquí.

 

* Publicado en el “blog” Arañando el Cielo y arando la Tierra por Fernando Dorado.

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