Mar 18 2013
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Las cosas simples / Es el día en que las piedras comiencen a gritar

stones1Cuando los europeos llegaron a nuestro continente se encontraron con ciudades perfectamente planeadas, con economías que, sin ser sofisticadas, funcionaban correctamente para proveer las necesidades de los habitantes en un intercambio de mercancías que de ninguna manera se podía considerar atrasada o salvaje.
Hallaron también, por cierto, ruinas de antiguas civilizaciones.
| ROLANDO GONZALEZ ALTAMIRANO.*

 

Tenian rasgos tan complejos y sofisticados que ninguno de los invasores (que algunos denominan “descubridores” y “conquistadores”) fueron capaces de entender, los “buenos salvajes” como les llamaron buenamente los jesuitas, eran salvajes no solamente “buenos”, sino: ¡Excelentes!

 

Al parecer, los únicos invasores capaces de encontrar rasgos de humanidad en el rostro de los habitantes de la que denominaron América fueron los sacerdotes jesuitas, sobre todo cuando los vieron desnudos y amables su religiosidad los hizo imaginarlos igual como las historias del pasado habían descrito a los viejos Adán y Eva, solos, desnudos bajo el entorno de una naturaleza acogedora y pródiga en ausencia absoluta de pecado.

 

Por eso estos jesuitas, bajo el ceño ideológico de sus ideas religiosas, les llamaron “buenos salvajes” a estos amables  “aborígenes”, habitantes, dueños originales y únicos de las tierras que los terribles y verdaderamente salvajes invasores dieron en llamar la “Nueva España”.

 

Pero estos salvajes, violentos y belicosos invasores-conquistadores, al contrario de los jesuitas, no perdonaron y arrasaron a sangre y fuego no sólo con  las formas de propiedad de los aborígenes existentes, sino hasta con sus formas de pensar y de adorar a sus dioses.
stones3Se apoderaron de todo cuanto alcanzaban a ver sus ojos, incluso los cuerpos de los que llamaron indios pasaron a constituir parte de las propiedades que robaron impunemente, sembrando de dolor, miseria y muerte las otrora pacíficas formas de coexistencia social.

 

El hierro, el fuego y la figura omnipotente, terrorífica y cruel del Dios de los conquistadores logró imponerse política, ideológica y militarmente, cubriendo de oprobio y humillación a nuestros antepasados, con sus diferentes formas de producción, propiedad y explotación de la tierra.

 

Han pasado poco más de cinco siglos desde que los europeos se aposentaron en la tierra que pertenece a los pueblos de nuestra América. Por los cuerpos de la mayoría de nosotros los que nos decimos americanos circulan a velocidad intrigante las huellas de la herencia ancestral indígena.

 

A veces —más de las veces que quisiéramos aceptar— muchos de nosotros llegan a creer que con la simple negación de nuestra herencia genética, esgrimiendo tontamente los escudos heráldicos de los nombres que les pusieron los sacerdotes-invasores por orden del Rey de España a nuestros antepasados, sienten dentro de sí su ascendencia europea, así se consideran étnicamente “blancos”, aunque el bronceado de su color de piel, la forma y el tono de sus ojos, los rasgos innegables de su fisonomía, la estatura y la conformación de todo su cuerpo los desmientan tercamente ante el resto de la comunidad social de nuestros países americanos.

 

Toda su estructura corporal los presenta como los criollos mestizos y ladinos que llegamos a ser cuando no somos capaces de reconocer lo que somos. stones2Es más, nuestros apellidos podrían tercamente traducirse como “propiedad de…”

 

Los que se apropiaron indebidamente de la tierra que pertenece a las comunidades indígenas de toda nuestra América no han sabido ver que los indios no están solos, que la sangre tira y que todos nosotros “los ladinos” no tenemos más alternativa que responder a ese llamado de la sangre.

 

Las caras aparentemente inexpresivas, inconmovibles, hieráticas, de piedra de los indígenas de nuestro mal llamado “continente americano” han comenzado a exigir en tono cada vez más elevado sus derechos inalienables.
Creo que ha llegado el día en que las piedras comiencen a gritar y exigir ante las autoridades de sus respectivas naciones lo que les corresponde como derechos inalienables.

 

Ha llegado el momento de aclararle al recientemente nombrado Papa o jefe de la Iglesia Católica que las piedras no solamente sirven para construir catedrales, sino que también pueden gritar y dar la batalla que ya se antoja necesaria.
¿No le parece?
De nada y hasta siempre
——
* Profesor universitario (retirado).
La imagen de apertura pertenece a Jose Navarro
Galeria de acuarelas (www.acuarelart.cl).

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