May 19 2014
1994 lecturas

Libro de la semana

Laura Esquivel: A Lupita le gustaba planchar

Una ácida parábola moral para estos tiempos de crisis permanente y corrupción generalizada, es como se presenta A Lupita le gustaba planchar, la novela más reciente de la escritora Laura Esquivel. Con amarga ironía, la autora de Como agua para chocolate hace protagonista de su libro a una mujer policía, que fue abandonada por su marido, es alcohólica y sobrevive a la muerte de un hijo. El asesinato del delegado en Iztapalapa, unos días antes de la crucifixión en el Cerro de la Estrella, inicia una ficción con doble filo: la historia de personaje y de novela negra. La Jornada presentó el primer capítulo de la novela, a manera de adelanto.Podía pasar largas horas dedicada a esta actividad sin dar muestras de agotamiento. Planchar le daba paz. Consideraba esa actividad como su mejor terapia y recurría a ella diariamente, incluso después de un largo día de trabajo:.

La pasi√≥n por el planchado era una pr√°ctica que hab√≠a heredado de do√Īa Trini, su madre, quien lav√≥ y planch√≥ ajeno toda su vida. Lupita invariablemente repet√≠a el ritual aprendido de su sacrosanta, mismo que iniciaba con el correcto rociado de la ropa. Las modernas planchas de vapor no requer√≠an que la ropa estuviera humedecida previamente pero para Lupita no exist√≠a otra manera de planchar y evitar el rociado representaba un sacrilegio.

 
Ese día, al entrar a su casa, de inmediato se dirigió a la mesa de planchado y comenzó a rociar las prendas. Sus manos temblaban como las de una teporocha en cruda, lo cual facilitó su trabajo. Le urgía pensar en otra cosa que no fuera el asesinato del licenciado Arturo Larreaga, jefe delegacional de su distrito, el cual ella había presenciado a corta distancia hacía sólo unas horas.

 
En cuanto dej√≥ rociada la ropa, se dirigi√≥ al ba√Īo.

 
Abri√≥ la regadera y dej√≥ correr el agua fr√≠a dentro de una cubeta a la cual le puso abundante detergente. Antes de meterse a la regadera abri√≥ una bolsa de pl√°stico y se asque√≥ del olor que desped√≠an los pantalones orinados que ven√≠an aprisionados en su interior. Los puso a remojar dentro de la cubeta y se dio un regaderazo. El agua la despoj√≥ del molesto olor a orines que su cuerpo desped√≠a pero no pudo quitarle la verg√ľenza que tra√≠a incrustada en el alma. ¬ŅQu√© habr√°n pensado de ella todos los que se enteraron de que se orin√≥? ¬ŅC√≥mo la iban a ver de ah√≠ en adelante? ¬ŅC√≥mo hacerlos olvidar la pat√©tica imagen de una polic√≠a gorda parada en medio de la escena del crimen con los pantalones escurridos? Ella, en su calidad de criticona empedernida, sab√≠a mejor que nadie el poder de una imagen. Lo que m√°s la angustiaba era pensar en Inocencio, el nuevo chofer del delegado. La √ļltima semana se hab√≠a empe√Īado tanto en hacerse notar por √©l. ¬°Y todo para qu√©! Sab√≠a que de ahora en adelante cada vez que Inocencio la saludara, la iba a recordar con los pantalones mojados. Vaya forma de llamar su atenci√≥n. Aunque ten√≠a que reconocer que Inocencio se hab√≠a portado especialmente delicado con ella. Record√≥ que mientras esperaba rendir su declaraci√≥n, ella se hab√≠a alejado de todos los dem√°s para que su olor no los molestara. De pronto vio que Inocencio se le acercaba y entr√≥ en p√°nico. Lo √ļltimo que quer√≠a en la vida era que la oliera. Inocencio llevaba en el brazo un pantal√≥n de casimir que guardaba en el interior de la cajuela del autom√≥vil. Lo acababa de sacar de la tintorer√≠a y amablemente se lo ofreci√≥ a Lupita para que se cambiara. No s√≥lo eso, le prest√≥ su pa√Īuelo para que secara sus l√°grimas. Ella nunca olvidar√≠a ese acto de ternura en toda su vida. Nunca. Pero en ese momento prefer√≠a no pensar en ello porque ya no pod√≠a manejar la cantidad de emociones que llevaba experimentando desde la ma√Īana. Estaba tan agotada que le urg√≠a planchar. Sec√≥ su cuerpo con vigor, se puso el camis√≥n y corri√≥ a encender la plancha.

 
Planchar le aquietaba el pensamiento, le devolvía el sano juicio, como si el quitar arrugas fuera su manera de arreglar el mundo, de ejercer su autoridad. Para ella, desarrugar era una suerte de aniquilamiento mediante el cual la arruga moría para dar paso al orden, cosa que ese día requería más que nunca. Necesitaba llenar sus ojos de blanco, de limpieza, de pureza y con ello confirmar que todo estaba bajo control, que no había cabos sueltos, que en la esquina de Aldama con Ayuntamiento, justo frente al Jardín Cuihtláhuac, no había manchas de sangre.

 
Esos eran los deseos de Lupita, pero en vez de ello, las blancas s√°banas se convirtieron en peque√Īas pantallas de cine sobre las cuales se empezaron a proyectar escenas de lo sucedido esa tarde.

 
Lupita se vio a sí misma cruzando la calle ubicada frente al Jardín Cuitláhuac en dirección al automóvil del delegado. Inocencio, el chofer del licenciado Larreaga, le estaba abriendo la puerta. El licenciado venía hablando por teléfono. Lupita se cruzó con un hombre que levantó el brazo para saludar al delegado. El delegado se llevó la mano al cuello que comenzó a sangrar abundantemente.

 
Lupita no recordaba haber escuchado ning√ļn balazo. A partir de ese momento todo fue confusi√≥n. Ella grit√≥ y trat√≥ de auxiliar al delegado. Era un verdadero misterio lo que hab√≠a sucedido ante sus propios ojos. Nadie dispar√≥ en contra del delegado. No hubo ninguna explosi√≥n. Tampoco encontraron evidencia de que alguien hubiera sacado una navaja, sin embargo la herida en la yugular que provoc√≥ que el licenciado Larreaga muriera desangrado fue ocasionada por un objeto punzocortante. En fin. Por m√°s que Lupita se empe√Īaba en entender lo que hab√≠a sucedido m√°s dudas le surg√≠an. Mientras m√°s esfuerzo pon√≠a en olvidar la mirada de sorpresa que hab√≠a puesto el licenciado Larreaga antes de recibir la herida que le arrebatar√≠a la vida, con m√°s fuerza la reviv√≠a y el recuerdo le provocaba n√°usea, temblor, angustia, molestia, rabia, indignaci√≥n‚Ķ miedo. Un miedo enorme. Lupita conoc√≠a el miedo. Lo hab√≠a experimentado miles de veces. Lo ol√≠a, lo percib√≠a, lo adivinaba ya fuera en ella o en los otros. Cual perro callejero lo detectaba a metros de distancia. Por la forma de caminar, sab√≠a qui√©n tem√≠a ser violada o robada. Qui√©n tem√≠a ser discriminado. Qui√©n le tem√≠a a la vejez. Qui√©n a la pobreza. Qui√©n al secuestro. Pero no hab√≠a nada m√°s transparente para ella que el miedo a no ser amado. A pasar desapercibido. A ser ignorado. Ese precisamente era su miedo mayor y ahora lo sent√≠a en carne viva a pesar de haber acaparado por horas la atenci√≥n p√ļblica. A pesar de que todos la hab√≠an interrogado. A pesar de que hab√≠a salido en todos los noticieros como la testigo principal de un asesinato, que no era tal. A pesar de que su palabra era la que pod√≠a llevar a la polic√≠a a la captura del culpable que no aparec√≠a. La hab√≠an presionado tanto para que diera su versi√≥n de los hechos que se hab√≠a visto forzada a declarar lo que fuera con tal de no parecer una est√ļpida que no hab√≠a visto nada ni escuchado nada y todo esto le generaba un miedo creciente de hacer un rid√≠culo mayor.

 
Foto

Incluso escuch√≥ que un reportero de Televisa, refiri√©ndose a que ella se hab√≠a orinado, dijo: ‚Äúeso pasa por poner a las ‚Äėchachas‚Äô de polic√≠as‚ÄĚ. ¬ŅQu√© se cre√≠a el muy imb√©cil? Lo peor es que su comentario le dol√≠a. La lastimaba.

 
La arrinconaba en su condici√≥n de ciudadana de tercera. La colocaba dentro del grupo de los que nunca ser√°n queridos ni admirados aunque est√©n en el centro del hurac√°n. Su pronta actuaci√≥n para auxiliar al delegado no le pudo evitar ser motivo de escarnio por el hecho de haberse orinado en los pantalones. Lo que m√°s la molestaba era recordar la mirada de burla del Ministerio P√ļblico cuando le tom√≥ su declaraci√≥n y ella mencion√≥ que le parec√≠a importante la desaparici√≥n de una arruga del cuello de la camisa del delegado. Lupita sent√≠a que no se hab√≠a dado a entender bien. Que no pudo explicar la importancia de la mentada arruga, que estaba presente en la camisa que el delegado tra√≠a por la ma√Īana y que repentinamente desapareci√≥ en la que portaba al momento del asesinato.

 
Y mucho menos que, a su ver, eso dejaba abierta una línea de investigación.

 
Sentir que hab√≠a hecho el rid√≠culo la consum√≠a por dentro. Sent√≠a un fuego interno encenderle el rostro. Era tal su malestar que no pod√≠a estar en paz ni despu√©s de haber planchado dos horas seguidas. Su mente iba de un lado a otro, lo mismo que la plancha. Lupita no se daba cuenta pero a diferencia de otras ocasiones, su planchado era brusco y torpe. Deslizaba la plancha sobre la tela de manera descontrolada, provocando que la tela se arrugara, lo que la obligaba a rociar nuevamente la prenda para quitar las marcas. El vapor que la ropa desped√≠a la molestaba, le acrecentaba la sensaci√≥n de calor que ten√≠a dentro del cuerpo. A la altura del estern√≥n es donde se la hab√≠a acumulado una cantidad enorme de verg√ľenza que giraba alocadamente. No pod√≠a describir lo que sent√≠a, era parecido a un ataque de gastritis o al ardor que el reflujo ocasionaba en el es√≥fago. Era una especie de fuego destructor que la impulsaba a querer salir de su cuerpo, a alejarse, a huir de ella misma antes de ser destruida por las llamas. Sent√≠a el coraz√≥n desbocado por la taquicardia.

 
Las manos se le empezaron a dormir. Por un lado deseaba no estar en el mundo, no ser ella, pero al mismo tiempo le daba un miedo enorme morirse. La respiración le faltaba.

 
Presentía que podía perder de un momento a otro el control sobre su mente y se iba a volver totalmente loca.

 
Apagó la plancha y la dejó de lado. Le urgía aliviar un poco el dolor que sentía o iba a estallar de pura angustia.

 
Para colmo su padrino de Alcoh√≥licos An√≥nimos no respond√≠a el tel√©fono. Ya le hab√≠a dejado varios mensajes y nada. Tal vez aprovechando el d√≠a festivo se hab√≠a ido de puente. Ten√≠a una lista de compa√Īeros a los cuales pod√≠a acudir para pedir ayuda pero no encontr√≥ a ninguno.

 
¬°Pinches d√≠as de descanso!, ¬°pinche pa√≠s!, ¬°pinches comentaristas televisivos!, ¬°pinches pol√≠ticos corruptos!, ¬°a lo que hab√≠an llegado con tal de que el delegado no se atravesara en sus planes!, ¬°pinches matones!, ¬°pinches narcos! Y ¬°pinches drogadictos gringos! Si no fuera porque consumen la mayor parte de la droga que se produce en el mundo no habr√≠a tantos c√°rteles. ¬°Pinches narcogobiernos! Si no necesitaran tanto el dinero ilegal que les dejan las drogas no habr√≠a tanta muerte. ¬°Pinches legisladores culeros, si tuvieran los g√ľevos de legalizar la compraventa de estupefacientes no habr√≠a tanto crimen organizado! ¬°ni tanta pinche ambici√≥n por el dinero f√°cil! ¬°ni tanto desorden, carajo! ¬°y pinche Dios que sabe por qu√© andaba tan distra√≠do! Lupita sigui√≥ maldiciendo hasta que no le falt√≥ nadie en la lista, incluida ella misma. Esto se deb√≠a a que en alg√ļn momento de su vida Lupita hasta hab√≠a llegado a proteger a narcomenudistas con tal de asegurar su abasto de drogas.

 
Por un momento estuvo a punto de ir a comprar una botella de tequila pero la memoria de su hijo muerto la contuvo. Hab√≠a jurado frente a su cad√°ver que nunca m√°s iba a beber y no quer√≠a romper su promesa. Trat√≥ de recordar el rostro de su hijo y no pudo. Se le borraba. Parec√≠a evadirla. Trat√≥ de recordar su risa infantil con los mismos resultados. Era como si no la tuviera registrada en la memoria. Su memoria funcionaba de manera extra√Īa.

 
Quién sabe a quién obedecía pero no a Lupita. Es más, era la mejor arma que tenía para lastimarse ella misma.

 
Sólo recordaba aquello que le dolía, que la torturaba, que la hacía sentirse la peor de todas las mujeres y madres del mundo. No podía recordar eventos alegres y luminosos sin relacionarlos con otros totalmente dolorosos y devastadores.

 
Despu√©s de un gran esfuerzo pudo recordar el color de los ojos de su hijo y vino a su mente la inocente mirada del ni√Īo y el gesto de sorpresa que puso mientras ella, en estado alcoholizado, le propinaba el golpe que lo hizo perder la vida accidentalmente y se dobl√≥ de dolor.

 
Un golpe de culpa la azotó, la tiró al piso y la obligó a llorar como animal herido.

 
Esa noche, por primera vez en su vida, Lupita dejó ropa sin planchar sobre la mesa.

 

 

 

 

  • Compartir:
X

Envíe a un amigo

No se guarda ninguna información personal


    Su nombre (requerido)

    Su Email (requerido)

    Amigo(requerido)

    Mensaje

    1 Coment√°rio

    Comentarios

    1. cristy
      21 agosto 2014 22:12

      ¬°Woooowww, que fuerte! Quiero leer mas, gracias por esta parte felicidades y arriba M√°xico