Mar 2 2012
1471 lecturas

Opinión

Leonardo Padura* / Cuba y los horrores del mundo moral

Ya se sabe que las √©pocas turbulentas generan pasiones que no suelen ser turbulentas. En medio de esas alteraciones, disputas y luchas por la preeminencia individual o la subsistencia de un status, la posible focalizaci√≥n del inter√©s p√ļblico en una determinada coyuntura social o pol√≠tica tiende a propiciar que afloren, con mayor intensidad de lo habitual, las miserias humanas.

 

Una de las m√°s comunes manifestaciones de esas actitudes es la b√ļsqueda de protagonismo y hasta de so√Īadas dosis de poder y, con ellas, que los individuos traten de colocarse lo m√°s cerca posible de ese reflector alimentado por la energ√≠a de la turbulencia, pretendiendo adquirir una corporeidad con la cual jam√°s habr√≠an podido so√Īar en √©pocas y sociedades normales. O, cuando menos, que tales personajes se aprovechan de las circunstancias que, en la atm√≥sfera turbia del temporal, les permiten detentar una cercan√≠a a la luz que en otras condiciones jam√°s tendr√≠an, una posici√≥n desde la cual se erigen fiscales, aunque solo sea para crear sombras sobre quienes tienen mayor posibilidad de brillar.

 

Una de las estrategias m√°s lamentables y socialmente m√°s miserables que suelen practicar esos personajes es la de azuzar el odio desde una supuesta o pretendida pureza propia; la de reclamarle a los otros lo que el reclamante, en igual posici√≥n o disyuntiva, jam√°s se habr√≠a atrevido a poner en pr√°ctica. Por lo dem√°s, no importa que la denigraci√≥n sea falsa, injusta, tra√≠da por los pelos: lo importante es que la acusaci√≥n salga al ruedo y circule, generando cuando menos sospecha sobre el denigrado y, de paso ‚ÄĒalgo muy ansiado‚ÄĒ resalte la supuesta integridad del denigrante.

 

Los cubanos sabemos mucho de estas artes mezquinas. Una de nuestras historias de odio y envidia m√°s ejemplares ocurri√≥ cuando apenas comenz√°bamos a ser cubanos. Su cl√≠max se produjo entre los meses finales de 1836 y los primeros d√≠as de 1837 (lo cual, para una naci√≥n tan joven, constituye muestra de una larga pr√°ctica hist√≥rica), cuando el poeta rom√°ntico Jos√© Mar√≠a Heredia, desterrado en M√©xico por sus ideas independentistas, pidi√≥ un permiso a las autoridades coloniales para realizar la que ser√≠a su √ļltima visita a Cuba, deseoso de ver a su madre antes de morir.
 

 

La estrategia de atacar ¬ęal otro¬Ľ para, con esa cortina de humo, ocultar biograf√≠as bochornosas, miedos vividos, valent√≠as nunca mostradas, participaciones que luego resultan molestas dentro de la nueva biograf√≠a re-creada, ha sido una pr√°ctica a la que han acudido personajillos de las m√°s diversas filiaciones pol√≠ticas y cataduras morales.

 

El recurso de esgrimir purezas ideológicas, supurar odios viscerales como si se tratase de urgentes actos de justicia, y vomitar toneladas de envidia por el éxito del otro, por la actitud más limpia, por la consecuencia y el valor del riesgo y el sostenimiento de la verdad (siempre del otro), forman parte de una realidad con demasiados representantes dentro y fuera de la isla, profesionales del odio y el ataque artero, al estilo delmontino. Personajes hoy muy abundantes, especializados en el ataque, la difamación y la creación de rumores.

 

La ¬ędemocratizaci√≥n¬Ľ que ha propiciado la internet, con los ¬ęsitios webs¬Ľ y los ¬ęblogs¬Ľ, ha permitido el florecimiento de una plaga de estos individuos. Cierto es que estos medios, en efecto m√°s democr√°ticos por su accesibilidad (acceso m√°s que complicado y nada democr√°tico dentro de la isla), han propiciado una v√≠a de expresi√≥n a personas honestas y valientes que, incluso, en ocasiones han puesto muchas cosas en riesgo por expresar sus opiniones. Pero tambi√©n es innegable la abundancia de oportunistas de toda laya que, gozando de dis√≠miles protecciones (incluso de grupos de poder), o escondiendo la propia identidad tras seud√≥nimos, se dedican a la denigraci√≥n de quienes, con su trabajo y obra se les oponen, molestan o ponen en evidencia. O simplemente a aquellos a los que envidian y, peor aun, odian, por razones similares a las que movieron, en su momento, a Domingo del Monte.

 

Por eso, creo que no debe resultar extra√Īo que en su c√©lebre ¬ęHimno del desterrado¬Ľ, poema que por s√≠ solo bastar√≠a para inmortalizar a su autor, Jos√© Mar√≠a Heredia haya debido exclamar, pensando en el destino de su patria y, seguramente, en las actitudes de algunos de sus compatriotas ‚ÄĒde ayer y hasta de hoy:

 

¬°Dulce Cuba! ¬°en tu seno se miran
en su grado m√°s alto y profundo,
la belleza del físico mundo,
los horrores del mundo moral!

‚ÄĒ‚ÄĒ
* Escritor y periodista.
En www.other-news.info.
© IPS

  • Compartir:
X

Envíe a un amigo

No se guarda ninguna información personal


    Su nombre (requerido)

    Su Email (requerido)

    Amigo(requerido)

    Mensaje

    A√Īadir comentario