Ago 22 2012
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OpiniónSociedad

Manifestaciones estudiantiles en Chile: ecología educacional de clases

Cuando un país está gobernado por unos pocos, unas cuantas familias poseedoras de gran parte de la riqueza, se puede hablar con propiedad de una forma política oligárquica. Advirtamos que riqueza no es sinónimo de capital, por tanto ha habido en la historia oligarquías no capitalistas. | ÁLVARO CUADRA.*

 

1.- El “neoliberalismo oligárquico” en Chile

 

De hecho, en la historia de Chile durante la segunda mitad del siglo XIX se produce una apropiación y reinvención del imaginario burgués “moderno” que había cristalizado en París, precisamente, por una oligarquía que podríamos calificar de pre-capitalista, dando como resultado un híbrido que se ha llamado “modernidad oligárquica”.

 

Lo interesante de la cuestión es que, aun cuando lo oligárquico es una forma política reconocida desde la antigüedad, es también un imaginario histórico social que atraviesa toda la cultura de una sociedad.

 

En nuestro país se puede rastrear el “imaginario oligárquico” en la prensa periódica de la época, pero también en la disposición espacial de barrios y en la arquitectura de la capital como una cierta “ecología de clases” que separa un Santiago ilustrado, cristiano y opulento de aquellos arrabales que don Benjamín Vicuña Mackenna calificó como un verdadero “potrero de la muerte”.

 

La ciudad pobre no es concebida sino como un injerto, solo sujeta a medidas de higiene, control policial y al negocio inmobiliario. Fue este imaginario el que adquirió plena vigencia a fines del siglo XIX, tras la derrota de Balmaceda, y hasta las primeras décadas del siglo XX.
Entre nosotros, la oligarquía se expresó a través del llamado “mito aristocrático”, una narrativa que limita con el “ocio”, el “buen tono”, el “dinero”, el “linaje”, el “apellido”, la “raza” y una visión muy particular del poder como una extensión natural de sus prerrogativas.

 

El imaginario oligárquico, sin embargo, nunca nos ha abandonado del todo, al igual que la pátina en las estatuas de bronce, se adhiere de modo natural a cierto pensamiento conservador hasta nuestros días. De algún modo, la dictadura militar de Pinochet, alimentó e instrumentalizó este imaginario en el seno de una oficialidad, tan arribista como ritualista, para investir la ignominia de un aura de imposible decencia.

 

En el Chile de hoy se puede afirmar que, efectivamente, estamos sumidos en un neoliberalismo oligárquico, donde un puñado de familias concentra el poder y la riqueza del país. Los vértices de la narrativa de derechas siguen siendo, en lo fundamental, los mismos; todavía importa entre nosotros el apellido, la raza y, desde luego, el dinero.

 

La misma “ecología de clases” que detectamos en el paisaje urbano como ordenamiento topológico se advierte en la distribución de los establecimientos educacionales y en lo que podríamos llamar una ecología educacional de clases, una historia que está por escribirse.

 

La educación en nuestro país, es, ha sido y sigue siendo un sistema educacional marcadamente clasista, subordinada a un cierto imaginario oligárquico que bajo nuevos rostros sigue excluyendo a quienes no se reconocen entre los privilegiados. Esta exclusión opera tanto a nivel de jardines infantiles, colegios básicos, secundarios y universidades.

 

La educación prescribe un trayecto para los oligarcas, un trayecto para sectores medios y otro para pobres. Si bien existen prácticas filantrópicas para tranquilizar las conciencias públicas y privadas, lo cierto es que estamos muy lejos de ser una sociedad abierta donde la movilización social sea una realidad. Como en un régimen de castas, se estudia para gerente, se estudia para funcionario, se estudia para trabajador en el mejor de los casos.

 

Una de las paradojas que vive el país bajo un gobierno de derechas es, justamente, la imposibilidad de avanzar hacia el despliegue de todas las fuerzas productivas del capitalismo que, dicho en términos marxistas, significaría una “revolución democrática burguesa”, por sus limitaciones culturales ancladas en la mitología conservadora.

El imaginario oligárquico no solo significa la imposición de condiciones miserables hacia los trabajadores y el mantenimiento de formas políticas arcaicas heredadas de una dictadura sino, y muy especialmente, un lastre a la posibilidad misma de dinamizar su propio proyecto tecno económico, y la imposibilidad de avanzar hacia diseños políticos más democráticos. Esta contradicción cultural del neoliberalismo oligárquico lo torna políticamente inepto e incapaz de ir más allá de sus propios límites y prejuicios.

 

Esta parálisis congénita de la que adolece la derecha le impide concebir la educación como un derecho de todos los chilenos.

 

2.- La nueva percepción y participación política

 

Llama la atención que mientras la noción de clase ha sido expurgada del imaginario de la masa de consumidores, cualquier especialista en márketing conoce de memoria la categorización de “públicos” ABC 1, C2 etc.
Esto significa que subjetivamente no hay una conciencia plena del lugar social que se ocupa, ese lugar ha sido reemplazado por la autoconciencia de tipo narcisista, exaltando el individualismo; aunque objetivamente, somos sujetos de estrategias altamente estratificadas de mercadeo.

 

Este fenómeno psicosocial se traduce en la emergencia del llamado consumidor que desplaza del espacio público al ciudadano.

 

De este modo, los nuevos públicos se comportan como consumidores en un mercado incluso frente a las elecciones políticas. Por ello, la propaganda política adquiere la fisonomía del “márketing político” en el cual, como se sabe, un candidato es un producto y un partido una marca.

 

La gran masa de “consumidores” sumergidos en el nuevo imaginario y despojados de una conciencia social e histórica del lugar que ocupan, instituyen un clima de aparente de individualismo igualitario, el llamado homo aequalis.

 

Si todos somos consumidores, todos somos iguales. De alguna manera, el espacio público se ha transformado en un gran supermercado. Esto posee consecuencias inmediatas en el ámbito político, no solo en relación a los procesos electorales sino en los comportamientos relativos a los reclamos y demandas.

 

Los reclamos de los consumidores ya no obedecen a grandes relatos ideológicos y mucho menos a una regimentación partidista, se constata más bien una fragmentación en lo diverso y un flujo laxo que adquiere densidad episódica frente a puntos concretos.

 

Si bien algunos signos de antaño persisten, lo hacen solo como guiño estético contestario; así, el rostro del Ché estampado en una camiseta o cierta música contestataria retro que inunda algunos ambientes.

 

Ante una realidad como la descrita es fácil confundirse y decretar sin más una desaparición de lo político y el fin de la historia. Nada más alejado de la realidad. Digamos, de partida, que la situación actual es, en primer lugar, un momento histórico que entraña, de suyo, una dimensión política y social. La mejor muestra de ello, lo constituye, precisamente, el desarrollo de las manifestaciones estudiantiles.

 

La cuestión, entonces, es establecer la singularidad política y social de este momento. La pregunta adecuada debiera apuntar hacia las nuevas condiciones creadas cuando el capital se hace lenguaje, cuando sus imágenes prescriben y ordenan la nueva subjetividad de los individuos, esculpiendo un nuevo carácter social en el Chile actual.

 

Un principio de respuesta a la interrogante planteada la han entregado las movilizaciones estudiantiles. Las nuevas generaciones de estudiantes han irrumpido en el escenario nacional seduciendo y comunicando sus demandas y con ello “lo político” hoy.

 

Notemos cómo las cualidades inmanentes a los productos del mercado, su condición de efímeros o de temporada que exigen el cambio constante, su capacidad de seducción y, por último, la diferenciación marginal o la cualidad de novedosos, todas están contenidas en las protestas de estudiantes.

 

Las protestas estudiantiles han invertido la lógica del “marketing”; las movilizaciones invierten el vector utilitarista y mercantil, “des-automatizando la percepción y la participación política”. Si el mercadeo domestica a la muchedumbre, automatizando su percepción y regimentando su imaginario, la protesta procede de manera exactamente inversa.

 

Si antaño lo político se manifestaba desde el discurso deliberativo, sintagmático, apelando a la convicción, en el presente la acción y la imagen de la acción es seducción. Esto nos lleva a la inquietante sospecha de que lo político bien puede cristalizar, ya no como un discurso lógico-argumentativo sino como experiencia estética radical: háppening, nueva forma de percepción y participación política.

 

3.- Camila yo te amo

 

Cada vez que en las movilizaciones de estudiantes escuchamos los gritos por una educación pública, gratuita y de calidad, se está impugnando una ecología educacional de clase que, en nuestro país, tiene ya más de dos siglos de existencia.

 

Si establecemos la analogía con el espacio urbano, podríamos decir que existe una ciudad opulenta, cristiana e ilustrada en que un estudiante tiene asegurada una educación de calidad desde el “kindergarten” hasta alguna prestigiosa universidad europea o norteamericana, en tanto que en el “potrero de la muerte”, la deserción escolar, el embarazo precoz y la drogadicción son el preámbulo de una vida mínima y marginal.

 

Hasta hoy, las diversas medidas en el ámbito educacional no han hecho sino reproducir en cada nueva cohorte las mismas desigualdades, el trágico destino de miles de niñas y niños de este país al que se les ha negado sistemáticamente cualquier otra posibilidad. En el límite, se trata de una decisión política postergada desde siempre y moralmente inaceptable.

 

La aparición de una figura emblemática como Camila Vallejos ha logrado darle un rostro tan hermoso como lúcido al reclamo estudiantil. Ella junto a sus compañeros tienen todavía un largo camino por recorrer, un camino no exento de riesgos y dificultades. Sin embargo, las movilizaciones estudiantiles constituyen ya un primer paso en la dirección correcta.

 

Como en todas las empresas históricas, y esta lo es qué duda cabe, se mide la estatura política de sus líderes. Saber que detrás de estos dirigentes estudiantiles están las siluetas de miles de niños de familias pobres que esperan mucho más de su país le confiere a las protestas estudiantiles una estatura moral que no hemos visto en el país por varias décadas.

 

Despertar a un pueblo para restituir la justicia social allí donde ha sido pisoteada es una de las cotas más altas a la que puede aspirar un ser humano.
Camila yo te amo.
——
* Semiólogo.
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Universidad de Artes y Ciencias (ARCIS), Chile.

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