Ago 27 2012
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OpiniónSociedad

Manifestaciones estudiantiles en Chile: las protestas y sus narrativas mediáticas

La “represión” en las sociedades burguesas contemporáneas corre paralela con el despliegue de la “seducción” del consumo y el “fasto mediático” del Poder. De este modo, la vigilancia policíaca, la publicidad y los escaparates se conjugan con la imagen rutilante de la sonrisa amable de las autoridades mostrando sus presuntos logros.| ÁLVARO CUADRA.*

 

Estos tres fenómenos se anudan en el ámbito de lo comunicacional, sea como celebración o censura.

 

1.-La condición mediática
En un diagnóstico mínimo de los medios, habría que desplazar la noción de “industria cultural”, propia de la cultura de masas del siglo XX, hacia aquella de “híper industria cultural”. La “condición mediática” en el seno de sociedades tardocapitalistas globalizadas no es otra que su simbiosis con el gran capital, sincronizando los flujos simbólicos a los flujos de consciencia de millones de seres.

 

Los medios fabrican el presente histórico. La “condición mediática” es de subordinación y, al mismo tiempo, de hegemonía. Subordinación en tanto dependiente de una economía-cultural en la que cualquier medio se inscribe y hegemonía en cuanto al despliegue de su potencial simbólico en el mundo entero.

 

En el caso de Chile, constatamos un paisaje histórico y sociopolítico que hace del “neoliberalismo” criollo una singularidad. En efecto, la adopción de las tesis neoliberales entre nosotros se hace desde un imaginario profundamente oligárquico presidido por una mitología aristocrática que nos acompaña por más de un siglo. Esto le da al capitalismo local su sello de nepotismo, exclusión y clasismo extremo.

 

La “condición mediática” traduce esta singularidad como un duopolio que, en el límite, pone en interdicción el principio mismo de libertad de expresión. Es claro que las dos empresas periodísticas hegemónicas en nuestro país están vinculadas a grupos económicos y a intereses políticos bien delimitados. La “condición mediática” en el Chile contemporáneo no podría ser sino oligárquica y neoliberal. Mercado y tradición constituyen las vigas maestras que se materializan en la prensa impresa, “El Mercurio” y “La Tercera”. Ambos periódicos constituyen parte de una arquitectura continental cuya cabeza visible se encuentra en los Estados Unidos.

 

Con todo, hay que decir que lo impreso va perdiendo aquella fuerza incontrarrestable de la que gozaba en el auge de la “Ciudad Letrada” hasta bien entrado el siglo XX. El advenimiento de la modernidad en nuestro país puede fecharse hacia 1922 con la primera transmisión de radio y la conformación de los primeros partidos obreros. Ambos fenómenos están estrechamente ligados a una incorporación de amplias mayorías a las luchas políticas que culminaría con el acceso al poder del Frente Popular.
Los “tiempos de radio” inaugurados la segunda década del siglo XX conocen su ocaso y transformación con el derrumbe de nuestra democracia representativa en 1973. No olvidemos que el presidente Salvador Allende hace un último discurso a través de las ondas radiofónicas.

 

Si bien la ley de televisión abierta se había sancionado hacia fines de la década de los cincuentas en nuestro país, la era de la televisión no se consolidaría sino hasta bien entrada la década de 1971/80. La idea inicial de convertir este medio en instrumento de ilustración para las masas bajo la tutela de las universidades muy pronto fue reemplazada por la idea de hacer de la televisión una vitrina de ofertas del mercado y un espacio de entretención, estrechamente vigilado por un gobierno autoritario que la instrumentalizó al servicio de sus políticas.

 

El regreso a una democracia formal en los años noventas del siglo pasado trajo la irrupción de capitales privados al mundo televisivo y más tarde, la televisión cable.

 

La condición mediática en la actualidad puede resumirse en un doble movimiento de concentración/diseminación. Por una parte, se mantiene el duopolio a nivel regional que se extiende a los formatos digitales. Sin embargo, las nuevas posibilidades tecnológicas han permitido la emergencia de un periodismo digital alternativo que está muy lejos de mostrar toda su potencialidad. En la actualidad, se está verificando una ampliación de la televisión abierta y la adopción de tecnologías que determinarán el futuro de este medio, todo ello, por cierto, en el marco de los intereses hegemónicos que operan en el país.

 

2.- Protestas en televisión: el relato
Las manifestaciones estudiantiles se han vuelto telegénicas. Esto ocurre, precisamente, en el momento en que la televisión se ha transformado en el centro de toda consideración sobre los medios. Los chilenos se informan, en su gran mayoría, a través de los noticieros televisivos y ya no a través de la prensa escrita. La cultura de la imagen desplaza la palabra escrita; la “grafósfera” pierde su hegemonía en favor de la “videósfera” Esto instituye un nuevo régimen de significación, un nuevo estadio de la comunicación mediática.

 

A primera vista se mantiene una “economía cultural” de carácter neoliberal y oligárquica que tiende a mantener los medios en pocas manos, pero al mismo tiempo las imágenes se diseminan y replican al infinito en la red. Insistamos, lo que se llamaba la industria cultural ha entrado en una fase de aceleración y expansión, los medios se han digitalizado y se multiplican en la red de redes, es la era de la híper industria cultural.

 

Si antaño los medios eran dirigistas y centralizados al estilo “broadcast”, hoy en día se trata más bien de un mundo mediático “podcast”

 

Todo suceso puede ser transmitido en vivo y puesto-en-relato por las imágenes. Las protestas de los estudiantes se convierten así en la-noticia-del-día en la que confluyen diversos actores sociales. Las nuevas generaciones de estudiantes están muy conscientes de ello. Lo visual posee, de suyo, una componente estética que es un aspecto constitutivo del relato televisivo. Notemos que una transmisión “en directo” impone tres operaciones televisuales: “describir” las circunstancias políticas, el paisaje físico y el perfil de los líderes; “narrar” las acciones que se desarrollan ante la vista de los espectadores y “comentar” el alcance y las perspectivas de las acciones.

 

La mirada televisiva en nuestro medio va a reconocer ciertos énfasis en estricta conformidad con las pautas emanadas de la autoridad. De este modo, la “violencia” va a constituir el centro de gravedad en la construcción del relato. Por una parte, se apela a las “víctimas” de la violencia urbana representada por algún comerciante que ve interrumpida su rutina.

 

Por otra parte, se generaliza un clima de violencia mediante la selección de los episodios más agudos de la manifestación. Notemos que en este modo de relatar un acontecimiento se posterga, justamente, el fundamento de una demanda política y social.
La descripción-narración de la violencia reafirma en el imaginario de la población dos cuestiones centrales en el pensamiento conservador: “amenaza” e “inseguridad ciudadana”.

 

El relato televisivo desacredita la protesta estudiantil y cualquier forma de movilización social, instalándola como una acción que está fuera de la ley.

 

A la hora de comentar el acontecimiento, las voces autorizadas para ponderar las acciones emanarán de La Moneda o alguno de los ministerios, acaso de algún oficial de la policía. El relato monótono en cada ocasión se resume en un grupo de estudiantes, con la participación de “elementos violentistas” que se niegan a un “diálogo” con el gobierno.

 

Como es obvio, nadie comenta las demandas políticas y sociales que animan al movimiento y rara vez se invita a sus dirigentes a exponer sus puntos de vista ante la ciudadanía.

 

A todo esto se suman los “expertos”, un grupo selecto de voces esclavas cuya tarea es demostrar que la demanda estudiantil es inmadura, no viable, utópica y fuera de lugar.

 

La híper industrialización de la cultura es la hegemonía plena del sistema tecno-industrial en la producción del imaginario, la experiencia y cualquier memoria posible. Es el hecho político y cultural central de nuestro tiempo. No obstante, es también la posibilidad de erigir medios alternativos capaces de poner en cuestión el discurso oficial. Los estudiantes chilenos han comenzado a aprender la lección y ya es posible encontrar en la red una serie de sitios y una infinidad de imágenes en Youtube que constituyen el equivalente de los antiguos panfletos como portadores de la voz contestataria.

 

3.- Protesta e imaginario
Las manifestaciones de los estudiantes chilenos nos muestran que esta era híper industrial de la cultura, cuyo lenguaje de equivalencia es digital, no es tan solo una guerra tecno-económica entre países o corporaciones sino una guerra por las consciencias, una empresa planetaria por colonizar el imaginario histórico y social que determine “modos de vida”, “modos de ser” y representaciones del mundo. De tal manera que, en cada protesta estudiantil se juega, ni más ni menos, la posibilidad de un horizonte ciudadano democrático.

 

El Chile actual vive todavía bajo la sombra lamentable de una dictadura que se prolonga en cada una de sus instituciones, en su constitución, pero sobre todo en un clima de miedo y amenaza ante cualquier demanda democrática. Una experiencia histórica traumática ha instalado en el seno de nuestra sociedad un imaginario del temor, que ha sustituido la noción de libertad por la de orden.

 

Varias generaciones de chilenos han renunciado a toda forma de expresión vital y democrática a cambio del “consumo a crédito”, naturalizando un modo de vida, convenciéndoles mediante encuestas que la gran mayoría de ellos es feliz, aunque la vida cotidiana lo desmienta.

 

En nuestra sociedad se ha instalado un imaginario histórico y social no solo construido desde el miedo internalizado como pauta de vida sino también la de un marcado individualismo. El imaginario que habitamos da buena cuenta de la apropiación de modelos globales, pero también de las trágicas experiencias locales.

 

No es casual que el Chile de hoy se haya erigido sobre olvidos y ocultamientos, verdadera negación del pasado reciente. El resultado está a la vista, una sociedad mezquina e injusta, timorata y miedosa a la hora de plantearse un futuro político o moral, carente de grandeza espiritual. Un país mediocre que ha olvidado a sus estudiantes, pero también a sus ancianos, a los pobres y a sus propios muertos, instituyendo un modo de vida muy alejado del amor y la libertad, una “vida enferma”.

 

En los años venideros se hace imprescindible desarrollar con fuerza una cierta conciencia moral ciudadana en nuestro país. Una conciencia ciudadana de nuevo cuño, anclada en el nuevo espacio global, sensible a las crecientes amenazas a la paz, el medio ambiente y la dignidad humana. Una conciencia ciudadana global capaz de vivir la diferencia como legítima y necesaria en una comunidad de hombres libres.
——
* Semiólogo.
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. Universidad de Artes y Ciencias (ARCIS), Chile.
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1 Comentário

Comentarios

  1. maria cristina
    28 agosto 2012 19:32

    mas k encontrarte la razon ,,,alvaro,,creo k cuando el miedo casi insertado en nuestras celulas,,, ya no exista ,por ambas partes ,habra,,buena voluntad ,, el miedo te hace ser egoista,, miserable ,,