May 16 2018
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Cultura

Mi vida como muerto

Cuando uno se muere por fin entiende la vida. Uno sabe por qué suceden las cosas y comprende la inevitabilidad de todo; no queda otra que reírse de las inscripciones en las lápidas, de todos los epitafios que se han escrito. Uno, como muerto, aprecia la vida de forma distinta. Algo redondo, cerrado, perfecto.

Fui un hombre cualquiera, más bien pobre que rico. Sufrí diabetes. Fui rondín, nochero, vigilante, guardia. Todo al mismo tiempo, sin antes ni después. Eso se comprende una vez muerto. Todo a la vez. Podría pensar que la diabetes me quitó la vida, pero me parece que no hay un antes ni un después, no hay causas ni consecuencias.Imagen relacionada

Fui rondín, ya se dijo. Me pagaban por cuidar cosas ajenas. Entre los muertos nadie roba nada. Entre los vivos es otra historia. Mi vida consistió básicamente en permanecer largas horas de pie o bien girando en círculos. Pues las rondas suelen ser circulares, dado que el mundo es redondo y uno debe abarcarlo en 360 grados cuando se trata de vigilar o cuidar los bienes de los otros. Se roba mucho en la Tierra. Y se vigila el doble.

Hubo un tiempo en que inventaron los relojes de control. Esto se veía venir y yo diría que fue la perdición de los rondines. Había que pasar regularmente por el mismo punto y marcar una tarjeta donde quedaba en evidencia cuántas vueltas daba uno alrededor, cuánto se demoraba y todo eso. Luego cambiaron las tarjetas por los llamados huelleros biométricos, cosa de que nadie pudiera suplantar a otro. Tu dedo índice o nada.

A nadie se le ocurrió que yo iría perdiendo los dedos uno por uno. Por culpa de la diabetes, ya se dijo. Primero los de los pies y luego los de las manos. En mi vida como muerto pienso que fue una manera de rebelarme. Ofuscada, sin duda.

Digo que la enfermedad empezó por abajo. Una herida que me causaron los bototos o acaso las heladas de invierno. O ambas cosas. Los dedos se entumecen. Cuando uno está vivo. Luego no vuelve a suceder.

Para mi gusto la vida de los muertos vale la pena. Yo era muy bruto cuando estaba vivo. Me dej√© estar y empec√© a curarme las heridas con un desinfectante para pisos y ba√Īos. Tomaba el envase y me rociaba el l√≠quido en los pies. No quer√≠a mirarme las heridas, ten√≠a esa convicci√≥n idealista o infantil de que aquello que desaparece del horizonte visual deja de existir. S√≥lo como muerto puede uno darse esos lujos.

Resultado de imagen para muerteUna ma√Īana mi mujer sinti√≥ el olor a podrido y al quitarme el bototo se encontr√≥ con las llagas. Pobrecita, era tan bruta como yo. Tambi√©n est√° muerta pero ya no nos vemos, pues aqu√≠ uno no se encuentra con nadie y tampoco echa de menos a nadie. Vale la pena estar muerto, insisto. Las curaciones no dieron resultado, avanz√≥ la podredumbre y debieron amputarme tres dedos del pie izquierdo. Mientras no te corten el dedo gordo puedes seguir caminando. Te bamboleas y todo, pero puedes dar un paso tras otro, que as√≠ se camina en el mundo de los vivos.

Junto conmigo progres√≥ la diabetes. Esto se comprende de muerto. Es como una m√ļsica donde los instrumentos suenan al mismo tiempo y en pleno acuerdo. Uno oye la melod√≠a. Cuando ya est√° muerto, digo. Aqu√≠ nada desafina. Al mismo comp√°s nos √≠bamos mudando de casa, pues nos sub√≠an el arriendo o nos echaban porque s√≠. En vida fui rond√≠n, vigilante y n√≥made.

Ahora me expreso en la lengua universal de los muertos y todos pueden entenderme. En dos a√Īos perd√≠ los diez dedos de los pies y me qued√© en silla de ruedas. En el hospital no se molestaban en avisarme. Despertaba de la anestesia con los pies vendados pregunt√°ndome cu√°ntos dedos faltar√≠an. Cada vez que me mudaba de casa terminaban por amputarme alg√ļn pedazo del cuerpo. No entiendo por qu√© era as√≠, pero suced√≠a. Tambi√©n es parte de la melod√≠a que puedo o√≠r desde este lugar. El cuerpo es una molestia sonora.

La diabetes me solt√≥ por abajo y empez√≥ a atacarme por arriba. Me quedaron dos mu√Īones en las manos con los que segu√≠ empujando la silla de ruedas con ayuda de unos guantes especiales, de cuero muy √°spero. Me hab√≠an jubilado por invalidez pero necesitaba dinero. As√≠ de bruto era yo. Me dejaban en la silla con un pito en la boca para soplar en caso de cualquier movimiento sospechoso.

Luego me amputaron los pies, tras los pies siguieron las piernas, hasta las rodillas, y luego me cortaron los muslos y me quedaron dos tocones grotescos. Me quitaron el pito de la boca y me pusieron frente a un bot√≥n que pod√≠a presionar con el chongo de una mano si alguien entraba a robar. No me desped√≠an por caridad; ahora de muerto lo comprendo muy bien. Pero cuando uno est√° vivo se cree siempre √ļtil, y siempre desea sentirse √ļtil.

La utilidad mueve al mundo y los corazones. Nada que hacer. En lo poco que me restaba de vida no tuve oportunidad de presionar aquel bot√≥n; ¬°no saben lo que me habr√≠a gustado escuchar su sonido! Pas√© horas en silencio pidiendo ser √ļtil. Esperando a los ladrones, digamos.

Entretanto la diabetes me visit√≥ por arriba de nuevo. Fuera ambos brazos. No hab√≠a nada m√°s que amputar, mi mujer lo sab√≠a y miraba con una especie de horror compasivo a ese bofe que era yo botado encima de la cama. Mi gran problema era estar vivo. Mi problema, dir√≠a yo, era haber nacido. ¬ŅC√≥mo se les hab√≠a ocurrido a mis padres la idea de concebirme?

Todos mis hijos apartaban la vista de mi cuerpo lamentable, d√°ndome mayor raz√≥n. Yo no cre√≠a en Dios y la muerte me ha dado mayor raz√≥n a√ļn. Yo los invito a morir.

 

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