Nov 6 2014
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Ambiente

Naomi Klein/ Los contaminadores deben pagar

Las ganancias de las compa√Ī√≠as de combustibles f√≥siles son moralmente ileg√≠timas. La sociedad tiene derecho a apropiarse de esas ganancias para corregir el desorden que han provocado.

Las empresas de combustibles f√≥siles, que desde hace tiempo son t√≥xicas para nuestro entorno natural ¬Ņest√°n volvi√©ndose t√≥xicas tambi√©n para el entorno de las relaciones p√ļblicas?

Cuando lleg√≥ la llamada de que la Universidad de Glasgow hab√≠a votado desprenderse de su dotaci√≥n de 153 millones de libras de las compa√Ī√≠as de combustibles f√≥siles, me encontraba en una habitaci√≥n llena de activistas por el clima en Oxford. Inmediatamente irrumpieron en aplausos. Hubo un mont√≥n de abrazos y algunas l√°grimas. Se trataba de algo grande, la primera universidad de Europa que hac√≠a un gesto como √©ste.

Al d√≠a siguiente hubo m√°s celebraciones en los c√≠rculos clim√°ticos: Lego anunci√≥ que no renovar√≠a su relaci√≥n con Shell Oil, un largo acuerdo de marca compartida que hac√≠a que los ni√Īos llenaran sus veh√≠culos de pl√°stico en las gasolineras Shell de juguete. ¬ęShell est√° contaminando la imaginaci√≥n de nuestros ni√Īos¬Ľ, declaraba un video de Greenpeace que alcanz√≥ gran difusi√≥n en la red con m√°s de 6 millones de visitas. Actualmente se est√° presionando a la Tate Modern de Londres para que corte la larga relaci√≥n del museo con BP.

¬ŅQu√© sucede? Las empresas de combustibles f√≥siles, que desde hace tiempo son t√≥xicas para nuestro entorno natural ¬Ņest√°n volvi√©ndose t√≥xicas tambi√©n para el entorno de las relaciones p√ļblicas ? Eso parece. Galvanizados por la investigaci√≥n de la Iniciativa de Rastreo de Carbono, que demostraba que estas empresas tienen muchas m√°s reservas de carbono de las que nuestra atm√≥sfera puede absorber de forma segura, el ayuntamiento de Oxford, Inglaterra, ha votado desinvertir; tambi√©n lo ha hecho la Asociaci√≥n M√©dica Brit√°nica.

A nivel internacional, hay cientos de campa√Īas activas de desinversi√≥n de combustibles f√≥siles en los campus universitarios, as√≠ como las dirigidas a los gobiernos municipales, fundaciones sin fines de lucro y organizaciones religiosas. Y las victorias van siendo cada vez m√°s grandes.

En mayo, por ejemplo, la Universidad de Stanford, en California, anunció la desinversión de su dotación de 18.700 millones $ procedente del carbón. Y en la víspera de la cumbre climática de Naciones Unidas de septiembre, en New York, una parte de la familia Rockefeller, un nombre sinónimo de petróleo, anunció que iba a desprenderse de las participaciones de su fundación en combustibles fósiles y ampliar sus inversiones en energías renovables.

Algunos observadores se muestran esc√©pticos. Se√Īalan que nada de esto va a perjudicar a las empresas del petr√≥leo o del carb√≥n – otros inversores se apoderar√°n de sus existencias y la mayor√≠a de nosotros continuar√° comprando sus productos. Al fin y al cabo nuestras econom√≠as siguen enganchadas a los combustibles f√≥siles y las opciones asequibles de renovables est√°n demasiado a menudo fuera de alcance. As√≠ pues, estas batallas respecto a inversiones y patrocinios en combustibles f√≥siles ¬Ņson s√≥lo una farsa? ¬Ņuna manera de limpiar nuestras conciencias, pero no el ambiente? Esta cr√≠tica pasa por alto el poder m√°s profundo y el potencial de estas campa√Īas. Fundamentalmente todas apuntan a la legitimidad moral de las compa√Ī√≠as de combustibles f√≥siles y de los beneficios que generan. Este movimiento est√° diciendo que no es √©tico asociarse con una industria cuyo modelo de negocio se basa en desestabilizar a sabiendas los sistemas de soporte de la vida del planeta.

Cada vez que una nueva instituci√≥n o marca decide cortar sus v√≠nculos, cada vez que se hacepetroleo p√ļblico el argumento de la desinversi√≥n, se refuerza la idea de que los beneficios de los combustibles f√≥siles son ileg√≠timos, que ¬ęestas industrias son actualmente industrias canallas¬Ľ, en palabras del autor Bill McKibben. Y esta ilegitimidad es la que tiene el potencial de romper el punto muerto de una acci√≥n clim√°tica significativa. Porque si esos beneficios son ileg√≠timos y esta industria es ruin, ello nos lleva un paso m√°s cerca del principio que lamentablemente ha faltado en la respuesta clim√°tica colectiva hasta el momento: El que contamina paga.

Tomemos los Rockefeller. Cuando Valerie Rockefeller Wayne explic√≥ su decisi√≥n de desinvertir, dijo que precisamente porque la riqueza de su familia se hizo a trav√©s del petr√≥leo ten√≠an ¬ęuna mayor obligaci√≥n moral¬Ľ de utilizar esta riqueza para detener el cambio clim√°tico.

Eso es, en pocas palabras, la esencia del principio de ¬ęel que contamina paga¬Ľ. Sostiene que cuando la actividad comercial crea un da√Īo considerable a la salud p√ļblica y al medio ambiente, los contaminadores deben asumir una parte significativa de los costes de reparaci√≥n. Pero no puede limitarse a las personas y las fundaciones, ni el principio cumplirse de forma voluntaria.

Tal como exploro en mi libro Esto lo cambia todo, las empresas centradas en los combustibles f√≥siles se han comprometido desde hace m√°s de una d√©cada a utilizar sus beneficios para hacer la transici√≥n fuera de la energ√≠a sucia. BP se ha rebautizado a s√≠ misma como ¬ęBeyond Petroleum¬Ľ ‚Äď para luego desentenderse de las energ√≠as renovables y apostar por los combustibles f√≥siles m√°s sucios.

Richard Branson se comprometió a gastar 3.000 millones $ de las ganancias de Virgin para encontrar un combustible verde milagroso y luchar contra el calentamiento global, para luego disminuir sistemáticamente las expectativas mientras aumentaba significativamente su flota de aviones. Es evidente que los contaminadores no van a pagar por esta transición a menos que se vean obligados a hacerlo por ley.

Hasta principios de los a√Īos 80 hab√≠a todav√≠a un principio rector de la legislaci√≥n medioambiental en Am√©rica del Norte. El principio no ha desaparecido totalmente ‚Äď es por ello que Exxon y BP se vieron obligados a hacerse cargo de una gran parte de las facturas despu√©s de los desastres del Valdez y Deepwater Horizon.

Pero desde que la era del fundamentalismo de mercado se afianzó en la década de 1990, las normas y las sanciones directas a los contaminadores han sido sustituidas por un giro hacia la creación de mecanismos de mercado complejos e iniciativas voluntarias para minimizar el impacto de la acción medioambiental de las empresas.

Cuando se trata del cambio clim√°tico, el resultado de estas supuestas soluciones que benefician a todos ha sido una doble p√©rdida: las emisiones de efecto invernadero han aumentado y el apoyo a muchos tipos de actividades a favor del clima se ha reducido, en gran parte porque las pol√≠ticas se perciben ‚Äď correctamente – como una forma de pasar los costes a los ya sobrecargados consumidores mientras que los grandes contaminadores corporativos se salen de rositas.

Es esta cultura del sacrificio desigual la que tiene que acabarse y los Rockefeller, curiosamente, muestran el camino. Gran parte del trust Standard Oil, el imperio que John D. Rockefeller cofund√≥ en 1870, se convirti√≥ en Exxon Mobil. En 2008 y 2012 Exxon obtuvo alrededor de $ 45 mil millones en beneficios, lo que sigue siendo el mayor beneficio anual jam√°s registrado en los EE.UU. por una sola compa√Ī√≠a. Otras compa√Ī√≠as derivadas de Standard-Oil incluyen Chevron y Amoco, que m√°s tarde se fusionar√≠an con BP.
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Los beneficios astronómicos que estas empresas y sus cohortes siguen obteniendo de la excavación y la combustión de combustibles fósiles no pueden continuar vertiéndose en las arcas privadas. Hay que instar, en cambio, a que ayuden a desplegar las tecnologías limpias y las infraestructuras que nos permitan ir más allá de estas fuentes de energía peligrosas, así como a que nos ayuden a adaptarnos al mal tiempo en el que nos encontramos ya encerrados.

Un impuesto m√≠nimo sobre el carbono cuyo precio puede ser transmitido a los consumidores no puede sustituir a un verdadero encuadramiento de ¬ęquien contamina paga¬Ľ, no despu√©s de que d√©cadas de inacci√≥n han hecho el problema inconmensurablemente peor (la inacci√≥n garantizada, en parte, por un movimiento de negaci√≥n del cambio clim√°tico financiado por algunas de estas mismas corporaciones).

Y ah√≠ es donde entran estas victorias aparentemente simb√≥licas, desde Glasgow a Lego. Los beneficios del sector de los combustibles f√≥siles, obtenidos a base de tratar, a sabiendas, nuestra atm√≥sfera como un vertedero de aguas residuales, no pueden ser vistos √ļnicamente como t√≥xicos – algo de lo que se distanciar√°n naturalmente las instituciones con mentalidad p√ļblica. Si aceptamos que esos beneficios son moralmente ileg√≠timos, tambi√©n deben ser vistos como odiosos – algo que puede reclamar la propia sociedad, a fin de arreglar el desastre que estas empresas han dejado, y continuan dejando, atr√°s.

Cuando esto suceda, por fin comenzará a levantarse la sensación generalizada de desesperanza frente a una crisis tan amplia y costosa como el cambio climático.

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