Dic 27 2011
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EconomíaSociedad

Narcocapitalismo: acaso el problema de las drogas no sea el verdadero problema

Un verano, hace cuarenta a√Īos, el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, adopt√≥ dos decisiones que marcar√≠an el futuro de su pa√≠s ‚ÄĒy del resto del mundo‚ÄĒ. Una es la desvinculaci√≥n del d√≥lar con el patr√≥n oro (15 de agosto de 1971), el llamado ¬ęshock Nixon¬Ľ, que liquid√≥ unilateralmente el sistema estable de tipos de cambios establecido en Bretton Woods en favor del sistema de flotaci√≥n libre de las divisas que luego facilitar√≠a la financiarizaci√≥n. | SAMUEL.*

La otra fue la iniciativa puritana lanzada un mes antes (el 17 de junio de 1971) y que bautiz√≥ como ¬ęguerra contra las drogas¬Ľ al identificar el consumo de drogas como el ¬ęenemigo p√ļblico n√ļmero uno¬Ľ. Sobre la primera escriben preferentemente economistas e historiadores. Sobre la segunda juristas, soci√≥logos y crimin√≥logos.

Sin embargo, ambas est√°n m√°s relacionadas de lo que parece a primera vista, pues forman parte de la respuesta que se dio desde el poder a los tumultuosos a√Īos sesentas, a la rebeli√≥n contracultural en Estados Unidos y a las revueltas populares en los pa√≠ses del entonces llamado Tercer Mundo. Ambas anticipan la era neoliberal.

La madeja que teje otra cosa

Durante la d√©cada de 1961/70 proliferaron en Estados Unidos luchas y reivindicaciones sobre la base de m√ļltiples identidades, que con frecuencia se entrecruzaban (j√≥venes, negros, mujeres, gays y lesbianas, etc.) en torno al deseo de emancipaci√≥n individual y social. Central en todos ellos fue la cuesti√≥n del cuerpo, o m√°s bien de la reapropiaci√≥n del propio cuerpo, lo que sol√≠a venir acompa√Īado de la modificaci√≥n qu√≠mica voluntaria y l√ļdica de los estados de la conciencia, con sus riesgos.

Estos movimientos cuestionaron abiertamente los equilibrios políticos y económicos del fordismo e implicaron a quienes trabajaban fuera de las fábricas o directamente rechazaban la disciplina productivista. Los cambios profundos en las subjetividades determinaron la respuesta del capital por la vía tecnológica, financiera y policial.

Como sucede con otras ¬ęguerras¬Ľ interminables (guerra contra el terror, lucha contra la inmigraci√≥n ilegal) la guerra contra las drogas foment√≥ aquello que oficialmente pretend√≠a erradicar, solo que reencauzado de otra manera. Cuatro d√©cadas despu√©s del anuncio de Richard Nixon ‚ÄĒy de las prohibiciones que lo precedieron (LSD en 1968, anfetaminas en 1971)‚ÄĒ los estadounidenses consumen m√°s drogas, legales e ilegales, que nunca.

Porque lo que el prohibicionismo y la penalización del comercio y el consumo de drogas alentó fue el intervencionismo en política exterior y el despliegue de diversas modalidades de control social y policial (especialmente intenso con respecto a negros e hispanos, tanto hombres como mujeres), sobre todo a partir de 1980, coincidiendo con la liberalización de la economía y la expansión financiera.

Estados Unidos concentra la cuarta parte de los presos de todo el mundo, en buena medida por delitos relacionados con la posesi√≥n o tr√°fico de estupefacientes, y la tasa de encarcelamiento es de 748 presos por cada 100.000 habitantes, una tasa ocho veces superior a la de Alemania. A la ¬ęguerra¬Ľ se le sum√≥ en la d√©cada de los noventas las pol√≠ticas urbanas de ¬ętolerancia cero¬Ľ, que suele implicar detenciones y penas de prisi√≥n por delitos menores vinculados con lo que aqu√≠ se llama ¬ęcivismo¬Ľ.¬†

En Estados Unidos se dictan m√°s sentencias de prisi√≥n que en otros pa√≠ses desarrollados y las penas son de m√°s larga duraci√≥n: cinco a√Īos de media para delitos relacionados con las drogas (en Finlandia es de a√Īo y medio). La consecuencia es que por t√©rmino medio uno de cada tres j√≥venes estadounidenses ha sido detenido alguna vez.

Palos y zanahorias

El palo policial acompa√Īa necesariamente la zanahoria financiera. Una zanahoria que encontr√≥ un abono importante en la¬† econom√≠a paralela ‚ÄĒa que no est√° sometida a los circuitos oficiales de regulaci√≥n‚ÄĒ que trajo consigo el prohibicionismo. Productos como la coca√≠na o la hero√≠na no proporcionar√≠an tanta rentabilidad si no fuera por la prohibici√≥n.

Por otro lado, los excedentes de narcod√≥lares necesitan circular, como los petrod√≥lares o los bonos soberanos, mientras que las finanzas ‚ÄĒy los Estados- necesitan a su vez la liquidez que le proporcionan los comercios ilegales y el ¬ęblanqueo¬Ľ que facilitan los bancos por medio de los para√≠sos fiscales‚ÄĒ. De hecho, el dinero ¬ęnegro¬Ľ y ¬ęgris¬Ľ proveniente fundamentalmente del narcotr√°fico (y otros negocios ilegales) contribuy√≥ enormemente a amortiguar el colapso financiero de 2008.

El ex director de la Oficina de Naciones Unidas contra la droga y el delito, Antonio Maria Costa, reconoci√≥ en 2009 que en los inicios de la crisis financiera el √ļnico capital l√≠quido disponible fue el que proporcion√≥ el comercio ilegal de estupefacientes. El blanqueo mantuvo muchos bancos a flote.

Por ejemplo, Wells Fargo adquiri√≥ el banco Wachovia, el cuarto mayor banco en activos totales, despu√©s de que este hubiera blanqueado durante a√Īos miles de millones de d√≥lares procedentes del narco mexicano. ¬ęLa conexi√≥n entre crimen organizado e instituciones financieras comenz√≥ a finales de los a√Īos setenta y principios de los ochenta, cuando la mafia se globaliz√≥¬Ľ, explica Antonio Maria Costa. Si los Estados no se deciden a acabar con los para√≠sos fiscales no es (solo) porque sus elites pol√≠tico-empresariales se valgan de ellos para evadir impuestos sino porque son necesarios para el buen funcionamiento del aparato circulatorio del capitalismo financiero.

El factor subjetivo

La conexión más íntima entre las finanzas y las drogas concierne a la subjetividad. El capitalismo de hoy, más que objetos materiales que se intercambian, produce nuevas relaciones sociales o formas de vida, que luego cooperan y crean en red, proceso que pretende ser controlado indirectamente mediante una nueva servidumbre voluntaria, el trabajo sobre sí mismo individual y colectivo que impone las relaciones de deuda.

Lo que se valoriza es la actividad de nuestras mentes cuando se articulan en redes cognitivas (internet, pero no sólo) y las capacidades de contextualización compleja que de este modo se pueden desarrollar. La economía de la atención del capitalismo cognitivo requiere sujetos activos, motivados, creativos, cooperativos, sociables, multitarea, y capaces de resistir el estrés.

No deber√≠a extra√Īar por tanto que esta transformaci√≥n del capitalismo haya venido acompa√Īada de importantes cambios en las pol√≠ticas relativas a las sustancias qu√≠micas que contribuyen a moldear nuestras subjetividades y a mantener activos los cuerpos frente al desgaste de trabajos cada vez m√°s exigentes intelectualmente.

Un primer paso consisti√≥ en delimitar qu√© es legal e ilegal. Inicialmente se trata de acabar con la producci√≥n popular y el consumo libre, local, de las multitudes. No se busca tanto erradicar por completo la producci√≥n o comercio de determinadas drogas ‚ÄĒimposible mientras haya demanda‚ÄĒ como con la producci√≥n o comercio no controlados, por los Estados o por mafias o corporaciones conexas, y con aquellos usos que contravengan la producci√≥n de subjetividades en el sentido que desea el capital.

La delimitación no fue sencilla en el marco internacional por lo que se refiere a las sustancias químicas sintetizadas en laboratorio y no a partir de plantas. Muchas sustancias habían sido desarrolladas por la industria farmacéutica europea y estadounidense para diversas aplicaciones, por lo que dicha industria podía verse afectada negativamente por la deriva prohibicionista. Así, la Convención de 1971 sobre Sustancias Psicotrópicas introdujo mecanismos de control más débiles que los establecidos en la Convención Única sobre Estupefacientes (1961) derivados de plantas (coca, cannabis).

Ambas convenciones internacionales pretendieron acabar con los usos tradicionales de la coca, el opio y el cannabis, limitar su cultivo a las cantidades necesarias para el uso médico y frenar el empleo de psicofármacos para propósitos no médicos, objetivos reforzados en 1988. El otro gran problema fue que la prohibición y la financiarización permitió la formación, a una escala sin precedentes, de organizaciones paraestatales que compiten con los Estados o los permean.

Paralelamente se foment√≥ el consumo masivo de las sustancias consideradas legales, con un fuerte gasto p√ļblico en la factura sanitaria de los europeos. El aspecto m√°s destacado de este proceso fue la revoluci√≥n psiqui√°trica de la que habla Andrew Scull; esto es, el pasaje del reinado del psicoan√°lisis a una psiquiatr√≠a dominada por neurocient√≠ficos y psicofarmac√≥logos y, de paso, por la industria farmac√©utica, un pasaje que coincide precisamente con el paso del fordismo al posfordismo y con teorizaciones alternativas como el Anti-Edipo de Gilles Deleuze y F√©lix Guattari (1972).

Deleuze y Guattari hab√≠an derribado ¬ęel pilar del centro del psicoan√°lisis, a saber, el deseo como carencia, reemplaz√°ndolo por una teor√≠a de las m√°quinas deseantes vistas como pura productividad positiva que debe ser codificada por el socius, la m√°quina de producci√≥n social.¬Ľ (Metaf√≠sicas can√≠bales, Eduardo Viveiros de Castro, 2009).

Una de las maneras que tuvo el capitalismo de adaptarse al deseo liberador fue mediante el control m√©dico-farmac√©utico. Seg√ļn Andrew Scull, ¬ęlas manifestaciones ‘superficiales’ de las enfermedades mentales, que los psicoanalistas hab√≠an despreciado durante mucho tiempo como meros s√≠ntomas de los des√≥rdenes psicodin√°micos subyacentes de la personalidad, pasaron a ser los marcadores cient√≠ficos, los elementos que realmente defin√≠an diferentes formas de desorden mental. Y el control de tales s√≠ntomas, preferentemente por medios qu√≠micos, se convirti√≥ en el nuevo Santo Grial de la profesi√≥n.¬Ľ

El arma principal fue ¬ęun sistema antiintelectual publicado en forma de libro¬Ľ, el Manual diagn√≥stico y estad√≠stico de los trastornos mentales (DSM). La tercera edici√≥n del DSM, publicado en 1980, incluy√≥ una lista de nuevos trastornos a los que la industria farmac√©utica pronto encontr√≥ remedio.

Por ejemplo, el psiquiatra Jos√© Valdecasas y la enfermera especializada en salud mental Amaia Vispe nos cuentan en su excelente blog Postpsiquiatr√≠a ‚ÄĒdonde regularmente fustigan la promiscuidad existente entre la industria farmac√©utica y la profesi√≥n m√©dica‚ÄĒ c√≥mo durante los a√Īos ochentas la timidez se convirti√≥ en una fobia social con su correspondiente f√°rmaco. Millones de personas acabaron consumiendo un f√°rmaco de dudosa eficacia y seguridad Paxil, patentado por SmithKline (hoy GlaxoSmithKline), gracias a potentes campa√Īas de m√°rketing.

Llama la atenci√≥n las edades tempranas en las que se recetan estos productos. Otro trastorno estrella, el trastorno por d√©ficit de atenci√≥n con hiperactividad (TDAH), condujo en Estados Unidos a una explosi√≥n del consumo del psicoestimulante metilfenidato (Rital√≠n), especialmente entre ni√Īos y adolescentes. En general, se estima que dos de cada tres ni√Īos estadounidenses consumen alg√ļn tipo de psicof√°rmaco que induce cambios en el comportamiento.

El sacrificio televisado del Dr. Conrad Murray, condenado por el homicidio involuntario de Michael Jackson, o el de otros médicos en aras de la lucha contra el dopaje, escamotean todas estas cuestiones.

La sociedad productivista no admite que podamos ser dispersos, inquietos, o estar tristes. O mejor dicho, podemos siempre que ello nos espolee para que maximicemos nuestras potencialidades físicas y mentales. Es lo que logra el miedo o el sentimiento de culpa.

De ah√≠ que el consumo de f√°rmacos de todo tipo suela extenderse m√°s all√° de lo que propiamente se consideran como patolog√≠as, dejando convenientemente a un lado riesgos, abusos y efectos secundarios que en cambio justifican la prohibici√≥n de otras sustancias. Pero como sucede con las drogas malas, el problema no es el producto en s√≠ ‚ÄĒcomo suelen denunciar los moralistas, tanto de derecha como de izquierdas‚ÄĒ sino c√≥mo se produce, c√≥mo se comercializa y se apropian sus rentas, c√≥mo se consume, con qu√© fines.

Toda sociedad tiene su régimen de producción y consumo de narcóticos, estimulantes y fármacos diversos. aLibertarios de mercado, como Milton Friedman, la revista The Economist o en nuestros lares Antonio Escohotado, favorables a la despenalización, pretenden hacernos creer que la libertad del capital es incompatible con el control policial, estatal o corporativo de nuestros cuerpos, que conciben como propiedad privada.

Pero, como he intentado describir, nada más lejos de la realidad. En el capitalismo los Estados desarrollaron, especialmente durante el período de hegemonía estadounidense, el régimen regulatorio más sofisticado que haya existido jamás, al tiempo que se ha generalizado y fomentado el uso de una enorme cantidad de sustancias tanto para hacer la guerra (el soldado moderno no se concibe sin el consumo abundante de drogas, desde las anfetaminas hasta los antidepresivos) como para la producción material o inmaterial.

La crisis hegem√≥nica occidental est√° permitiendo una reflexi√≥n m√°s profunda sobre la despenalizaci√≥n. En enero de 2012 se conmemora un siglo del control internacional de la producci√≥n y tr√°fico de drogas, un buen momento para reclamar reformas fundamentales, aunque en Estados Unidos ‚ÄĒorigen de la represi√≥n internacional‚ÄĒ sea a√Īo electoral.

La lucha contra el mando financiero, contra la servidumbre laboral, por una sociedad más justa y democrática, pasa también por cambiar la forma en que nos relacionamos con las sustancias que nos afectan somática y psíquicamente, y por el modo en que organizamos socialmente su producción, su comercio y su consumo. Sin hipocresías.

* Publicado en el portal Quilombos , donde existen enlaces que amplían y aclaran conceptos.

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