Nov 1 2017
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CulturaPolítica

Neruda, Pinochet y los rumores de un homicidio

¬†A√ļn puedo recordar lo impactado que qued√© y el pesar que sent√≠ aquel d√≠a que escuch√© que hab√≠a muerto Pablo Neruda, el m√°s grande poeta chileno y uno de los pilares de la literatura del siglo XX. Era el 23 de septiembre de 1973. Dos semanas antes, el ej√©rcito chileno hab√≠a perpetrado un golpe de Estado en contra del presidente Salvador Allende y hab√≠a instalado una dictadura que iba a durar diecisiete a√Īos.

Temía por mi vida, como muchos otros intelectuales y defensores de Allende, y estaba escondido en una casa de seguridad de Santiago cuando me llegó la noticia de que, además de perder nuestra nación a manos del fascismo, perdíamos también al mayor escritor de esa tierra cuando más lo necesitábamos.

¬†Aunque hab√≠a motivos para dudar cada una de las palabras emitidas por la Junta mientras torturaban, asesinaban, persegu√≠an y exilaban a los seguidores de Allende, jam√°s se me ocurri√≥ que fueran tan est√ļpidos como para asesinar al mismo Neruda.

Sabía que estaba postrado en cama y que padecía cáncer de próstata. Parecía natural que el horror de ver destruida a la democracia chilena y la pena por las muchas muertes de sus camaradas del Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda hubieran acelerado su deceso.

A lo largo de los a√Īos, igual que la mayor√≠a de los chilenos, desestim√© los rumores de que un agente de la dictadura hab√≠a envenenado a Neruda durante su estancia en la Cl√≠nica Santa Mar√≠a. Los testimonios de amigos que hab√≠an estado a su lado durante sus √ļltimos d√≠as y horas reforzaban ese escepticismo. La viuda del poeta, Matilde Urrutia, me dijo que, en efecto, el c√°ncer era la causa de su muerte, aunque la abrumadora angustia de su esposo ante el destino de nuestra naci√≥n hab√≠a asestado el golpe final.

Sent√≠a recelo de las historias descabelladas que no pod√≠an corroborarse y que hac√≠an m√°s mal que bien. De cara a incontables atrocidades reales e indiscutibles, era in√ļtil proponer cr√≠menes que no parec√≠an tener fundamento y pod√≠an interpretarse como propaganda.

Décadas más tarde, sin embargo, las acusaciones presentadas a la revista mexicana Proceso por el antiguo chofer de Neruda, Manuel Araya, sobre que una inyección letal le había sido administrada al poeta horas antes de su muerte llevaron a un juez chileno a ordenar la exhumación del cuerpo y a buscar ayuda de organizaciones forenses extranjeras para determinar la verdadera causa de la muerte. Ahora dieciséis expertos anunciaron que Neruda murió por una infección bacteriana y no de caquexia por cáncer, como se consignó fraudulentamente en su certificado de defunción.

Aunque no ofrecieron pruebas de que hubo mano negra, su investigaci√≥n ha provocado cierta especulaci√≥n. En contraste con la inevitable circunspecci√≥n de los forenses, muchos chilenos ‚Äďcomentaristas, pol√≠ticos e intelectuales, acompa√Īados por uno de los sobrinos de Neruda‚Äď dan por hecho que se trat√≥ de un asesinato.

Estas conjeturas renovadas son reforzadas por el hecho de que, algunos a√Īos despu√©s de la muerte de Neruda, el expresidente Eduardo Frei Montalva muri√≥ en circunstancias sospechosas en la misma habitaci√≥n de la misma cl√≠nica donde hab√≠a fallecido el gran poeta.

Llev√≥ muchos a√Īos de investigaci√≥n, pero las cortes chilenas dictaminaron que Frei hab√≠a sido asesinado por un grupo de agentes de la polic√≠a secreta DINA. Es f√°cil suponer porqu√© lo mataron: aunque en un principio Frei hab√≠a apoyado la toma de poder de los militares, se hab√≠a convertido en el valiente l√≠der de la oposici√≥n al general Augusto Pinochet.

Eliminarlo era una manera de deshacerse de una figura que podía unir a la gente y a quienes querían que se restaurara la democracia. Fue un motivo similar al del asesinato en Washington de Orlando Letelier, el popular y carismático ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Allende.

Sin embargo, matar a Neruda sigue pareciendo no tener sentido. ¬ŅPor qu√© los secuaces de Pinochet se arriesgar√≠an a asesinar a un poeta que ya estaba muriendo, a un ganador del Nobel reverenciado por los chilenos de todos los tipos y filiaciones? ¬ŅNo estaba ya enfermo y debilitado, a punto de exilarse en M√©xico, donde pronto fallecer√≠a de cualquier modo?

Cualquiera que haya sido el motivo de su muerte, su efecto fue impresionante. El funeral de Neruda, celebrado el 26 de septiembre de 1973, se convirti√≥ en el primer acto de desaf√≠o p√ļblico en contra de los nuevos gobernantes chilenos.

Llenos de valor de cara a los soldados en las calles y al miedo en sus corazones, miles de patriotas acompa√Īaron el ata√ļd de Neruda al Cementerio General, para despedirse del poeta que hab√≠a contado la historia de todos ellos y la de Latinoam√©rica en su b√ļsqueda de la liberaci√≥n. ¬ŅC√≥mo podr√≠an no haber acompa√Īado en su viaje final al cuerpo del poeta que hab√≠a celebrado el cuerpo humano en todos sus deseos sensuales y su m√°s profunda desesperanza?

Estas personas hab√≠an aprendido a trav√©s de sus versos c√≥mo dar forma a sus sue√Īos y c√≥mo so√Īar su amor, as√≠ que desolados y furiosos, cantaron que su bardo vivir√≠a en ellos por siempre. Prometieron que Allende, nuestro presidente muerto, no ser√≠a olvidado; juraron que Chile no sucumbir√≠a a la tiran√≠a.

Lo significativo del evento no s√≥lo residi√≥ en el simbolismo de que tantos hombres, mujeres e incluso ni√Īos se pusieran en peligro para expresar su necesidad de ser libres. Ese funeral tambi√©n fue el prototipo de la manera en que la resistencia finalmente vencer√≠a a Pinochet en los duros a√Īos que vendr√≠an, apoder√°ndose de cualquier espacio disponible, grande o peque√Īo; empujando los l√≠mites de lo permisible; declarando, con bayonetas y balas enfrente, que el silencio no prevalecer√≠a.

En los versos m√°s famosos de su ‚ÄúCanto General‚ÄĚ, Neruda les habl√≥ a los muertos an√≥nimos de Latinoam√©rica, cuando escribi√≥: ‚ÄúSube a nacer conmigo, hermano‚ÄĚ, con lo que les ped√≠a a los olvidados y profanados por la historia que renacieran. ‚ÄúHablad por mis palabras y mi sangre‚ÄĚ.

La discusi√≥n renovada sobre la muerte de Neruda nos permite recordarlo una vez m√°s, verlo de nuevo como un profeta en la lucha en contra de la oscuridad, la condena y el olvido. Igual que ayer, cuando estaba vivo, nuestro Pablo contin√ļa, desde m√°s all√° de la muerte, enviando a la humanidad un mensaje de esperanza, alentando la batalla por la justicia y la libertad en estos tiempos nefastos.

Quizá tome mucho tiempo, pero los crímenes del pasado no se borrarán. Quizá tome mucho tiempo, nos dice el recuerdo de Neruda, pero habrá, finalmente, un ajuste de cuentas. Quizá tome mucho tiempo, nos dice la poesía de Neruda, pero es seguro que las víctimas de la historia encontrarán una manera de nacer de nuevo.

* Profesor emérito de literatura en la Universidad Duke, es autor de la obra de teatro La muerte y la doncella, el libro de ensayos de próxima aparición Homeland Security Ate My Speech y la novela Los fantasmas de Darwin.

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